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El zorro de arriba
De política, cultura y cosas peores

Categoría: Literatura

24/12/2009 GMT 1

LA HISTORIA DE LA NAVIDAD

consejerodelobo@hotmail.com @ 18:50

 Por Gabriel Apaza Mamani  

Lo que llamamos “navidad” es el resultado de una mezcla de tradiciones paganas muy coloridas e interesantes. Para empezar, no fue Jesús El Cristo el único que nació del seno de una virgen: también Krishna nació de una virgen llamada Neith; y según las tradiciones de muchos pueblos, lo mismo sucedió con otros personajes como Quetzcóatl, Zoroastro, Buda, Apolunio, Huitzilopochtli, Pitágoras. Ciro El Grande, Escisión El Viejo, Platón, Karna, Rómulo y Remo, Pie Negro, Dionisios, Alejandro El Grande… pues nacer de virgen era, en muchos pueblos, uno de los signos de los “elegidos”, que eran, por lo general, hijos de un dios (o su representante) y una mortal.  

Pero sigamos: en los albores de la era cristiana nadie estaba seguro de la fecha en que había nacido Jesús. Más aún, se seguían rigiendo por el calendario instituido por Diocleciano, emperador romano que tuvo la dudosa gloria de haber perseguido con ferocidad a los cristianos. El Papa Julio I decidió entonces que ya era hora de romper con dicho calendario y le encargó al monje Dionisio el Exiguo  determinar con exactitud la fecha precisa del nacimiento de Jesús. Éste, sin ninguna prueba conocida que justificara su precisión, determinó que este había nacido 754 años luego de la fundación de Roma. Así, gracias al “cálculo” del monje Dionisio se empezó a contar desde ese año nuestra era.   

UN PROBLEMA DE FECHAS  

Quedaba sin embargo el problema de la fecha precisa, pues era evidente que en diciembre y enero -se daban y se dan- las temperaturas más bajas (hasta 0,1 bajo cero en grados Celsius) y las precipitaciones más altas (hasta 187 milímetros) en Tierra Santa, de tal manera que resultaba imposible que los pastores durmieran a cielo descubierto mientras cuidaban el ganado, según escribió San Lucas -médico sirio convertido al cristianismo muchos años después de la desaparición de Jesús-, pues durante esa época, incluido febrero, hombres y ganado dormían bajo techo. Era entonces absurdo que el censo de población decretado por Quirino, gobernador de Siria, se llevara a cabo en diciembre, enero o febrero, en medio del frío y la lluvia, pues los caminos anegados y resbaladizos habrían hecho imposible el desplazamiento de los miles de peregrinos que se dirigían a sus lugares de origen, como era el caso de José y María.  

Algunos indicios históricos parecen indicar que Jesús nació seis años antes de su nacimiento oficial, pues los censos se llevaban a cabo cada 14 años y el último había sido en el 20 a.c. Más, si nos atenemos a los distintos fenómenos cósmicos que explicarían la “estrella de Belén”, bien podría haber sido entre el año 7 y el año 2 antes de su nacimiento oficial, como veremos más adelante.  Así pues, se comenzó a especular con las fechas: 16 o 20 de mayo, 9, 19 o 20 de abril, 29 de marzo o 29 de setiembre… hasta que en el año 334, el papa Julio I dictaminó que Jesús había nacido el 25 de diciembre, y punto. No era, por supuesto, una fecha escogida al azar, pues coincidía con las festividades que realizaban muchos pueblos durante el solsticio de invierno, esto es durante el retorno del sol en el hemisferio norte.  

 Cada 25 de diciembre, los antiguos egipcios celebraban el nacimiento del dios solar Horus, los celtas encendían fogatas en las colinas para honrar al dios sol Baal, se llevaban a cabo ceremonias vikingas en honor de Odín, se festejaba en Persia el nacimiento del dios indo-iraní Mitra, en tanto los romanos celebraban las Saturnalias con el propósito de honrar al sol venidero. Fue de esta forma que el nacimiento de Jesús El Cristo logró mezclarse con las festividades paganas y fue fácilmente asimilado al regreso de la luz, al nacimiento del “sol niño” de los egipcios.  

El Cristo dice (Juan 8,12; 9,5): “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”, y más adelante: “Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo”. Es sabido además que durante la Edad Media fue llamado Sol Justitiae (Sol de la Justicia) y Sol Invictus (Sol Invencible).  

Desde muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, el dios romano Adonis, amante de Venus diosa de la fecundidad y el amor, moría y renacía durante la primavera de cada año. Pese a que su “muerte” era cíclica y duraba unos pocos días, en cada ocasión sus seguidores lloraban inconsolables su muerte, en la misma medida en que más tarde celebraban su resurrección.

¿Qué tiene que ver esto con Jesús El Cristo? Que el lugar de nacimiento de Adonis fue, según la tradición, nada menos que Belén, y que la resurrección de éste era otro elemento de su aura mítica así como de su mensaje simbólico.  

Hay además otro hecho de suma importancia que explica Javier Arriés, basándose en los textos de San Jerónimo: la cueva donde la tradición cristiana afirma que nació Jesús fue en su origen santuario de Atis, dios arbóreo asociado con los Misterios de Cibeles, diosa griega de la fecundidad. Más tarde Atis sería a su vez asociado con Mitra, el dios sol de los persas cuya semejanza con el Cristo es muy grande.  

Puestos a desentrañar más “coincidencias”, cabe decir que según antiguas tradiciones esotéricas, la fecha de la muerte de El Cristo se calculó de acuerdo con las posiciones del sol y la luna durante el equinoccio de primavera, que es cuando muchas religiones de la antigüedad celebraban la muerte y resurrección de sus dioses: entre los más conocidos, la del dios egipcio Osiris, que solía representarse con los brazos extendidos, como si estuviera crucificado.  

Por otro lado, el que El Cristo haya muerto y renacido luego de tres días, está asociado con los ciclos de la luna que cada vez “muere” y “renace” luego de tres días de oscuridad. Y es que no en vano para varios autores la figura simbólica de El Cristo goza del privilegio de ser la “síntesis de las figuras fundamentales del universo”, tanto del cielo como de la tierra, tanto de lo divino como de lo humano, tanto de la ascensión como del descenso y, sin duda, tanto del sol como de la luna, con sus respectivas simbologías.   

¿Y DE DONDE SALIÓ PAPÁ NEOEL?  

Pero sigamos nuestro viaje: otro elemento pagano de la Navidad es el árbol. Muchos pueblos les han rendido culto a un puñado de árboles considerados sagrados por distintos  motivos. El más común, desde Grecia hasta Noruega, era el roble, pero con el devenir del cristianismo se cambió al macizo roble por el abeto pues, según los misioneros, la forma triangular de la enramada correspondía al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este “tres” mágico caló muy bien en todas partes ya que era un número  venerado por muchos pueblos, miles de años antes de la venida de Jesús. De esta manera bastante singular, se impuso el abeto y con correr de los siglos el espantoso pino de plástico.  Durante esta época se había convertido en una costumbre milenarista adornarlos con piedras pintadas y telas de colores, con el doble propósito de “vestir” a los árboles que se habían quedado “desnudos” tras el otoño, esto es sin su respectivo “espíritu”, y por otro lado lograr que el “espíritu” que había escapado de los árboles regresara a dar frutos en primavera, como efectivamente sucedía para regocijo de todos. De ahí surge toda esa parafernalia alrededor del arbolito de Navidad que parpadea hipnóticamente durante las fechas navideñas y guarda bajo su “sombra” los famosos regalos.  

Y ya que entramos al tema de los regalos, otro elemento pagano es, por supuesto, Papá Noel, que en un principio se trataba del Abuelo Invierno, al que los vikingos agasajaban para que fuera benévolo, y llegado el momento, partiera sin resentimiento con el fin de dar paso a la nueva vida. Una vez cristianizados pero siguiendo la costumbre vikinga, los bretones lo denominaron Viejo Padre Navidad: uno de ellos se disfrazaba del personaje y con gran alegría el pueblo entero le ofrecía de comer y de beber en abundancia hasta su partida.  

Algo parecido sucede con el Taita Carnaval entre ciertas poblaciones indígenas de los Andes ecuatorianos. Este Taita agente de abundancia y fertilidad, está asociado con la llegada de las lluvias y recorre los pueblos al ritmo de la fiesta agasajado por cuantos lo reciben en sus casas: aunque de origen ancestral, su presencia mítica se “mezcló” con la celebración del carnaval que trajeron los españoles a estas tierras.

 Con el tiempo, el mítico Padre Invierno, así como el Padre Navidad o Papá Noel, se confundió con la imagen de Nicolás, un hombre sumamente rico nacido en lo que hoy es Turquía y famoso por su generosidad con los más pobres, en especial con los niños.  Pues bien, este Nicolás que más tarde se transformó en obispo, y luego en santo, no sólo ha sido durante siglos el santo más querido de los originarios del pueblo de Bari, Italia (¿se acuerdan de Nicola di Bari?), sino también nadie sabe por qué, de los holandeses, quienes lo llamaron en su lengua Sinter Klaas (San Nicolás), y con este nombre pasó a América, más específicamente a Nueva Ámsterdam, que luego los ingleses bautizaron como Nueva Cork.

Con el tiempo y las aguas navideñas, Sinter Klaas se transformó en el famoso Santa Claus (jo jo jo), es decir en el Papá Noel de los franceses, quiero decir en el Padre Navidad de los bretones, o más bien en el Padre Invierno de los vikingos, con las más variadas formas y vestimentas, hasta que en 1931 una publicidad de la Coca Cola puso “orden” en la confusión y lo dejó en su forma actual: más redondo que largo, largas barbas de algodón de azúcar, nariz de alcohólico, ropajes de gnomo y botas de cosaco, a todo lo cual se sumaron los colores de la Coca Cola: rojo y blanco.  

A propósito de la mezcolanza anterior, los lapones solían constatar cómo cada vez que estaba por llegar el invierno, los renos empezaban a bajar en manadas desde las montañas hasta los valles menos azotados por los vientos gélidos: puesto en metáfora, los renos precedían al (Padre) invierno. Sabedor de esta creencia o al menos así lo supone Desmond Morris, el poeta norteamericano Clement Moore incorporó renos a su famoso poema “Una visita de San Nicolás”, allá por 1824. Desde entonces los renos han precedido el carruaje de Papá Noel, y se teme que Rodolfo el Reno, que tenía la nariz como un tomate, se sumó al séquito inspirado por el poema de Moore.  

Los habitantes de este lado de América a duras penas sí hemos contribuido a la Navidad con el pavo del que los aztecas tenían grandes criaderos. Una vez introducido en Inglaterra por David Strickland, éste obtuvo el derecho a poner como centro de su escudo familiar un pavo macho. Pese a este pasaje kitsch de la historia inglesa, durante años, -confundiendo el pavo de América con la gallina de Guinea- se creyó que habían sido los turcos quienes habían introducido el pavo en Inglaterra, de ahí su nombre en Inglés: turkey (turco).   

LOS  REYES  MAGOS  

Al parecer, lo único cristiano de la Navidad es Jesús El Cristo, y de alguna manera el pesebre, que en el año 1224 fue incorporado por Francisco de Asís, con animales vivos y personajes disfrazados, para imitar la forma en que se celebraba la Navidad en Tierra Santa.    Desde esa fecha, muchas casas nobles de Europa empezaron a competir entre ellas para diseñar el mejor pesebre cada año, hasta llegar a excesos verdaderamente surrealistas.  

Luego, esta costumbre se trasladó a América en donde se incorporaron figuritas de alpacas, cóndores, tapires y caimanes, amén de indios pastores, ídolos precolombinos, así como chamanes amazónicos o emperadores incas en sustitución del algún rey Mago, por lo general Gaspar.  

Y ya que entramos en el tema de los Reyes Magos, recordemos que solo hay dos narraciones en el Nuevo Testamento respecto del nacimiento de Jesús: la de Lucas y la de Mateo. No hay unanimidad en sus relatos: Lucas en ningún momento menciona a los Reyes Magos, sino que hace énfasis en la adoración de los pastores. Mateo en cambio habla de los Reyes Magos y de su encuentro desafortunado con Herodes, sin mencionar para nada a los pastores.

Está claro sin embargo que ni Lucas ni Mateo conocieron a Jesús El Cristo y que sus relatos fueron escritos más de 40 años luego de su crucifixión.   De todas maneras, lo único que dice Mateo de manera general- es que los Reyes Magos eran sabios de Oriente, pero con el transcurso del tiempo el pueblo convirtió a estos Reyes en Melchor (soberano persa), Gaspar (rey de la India) y Baltasar (jeque de Arabia). Más tarde éstos fueron “interpretados” por el ecumenismo de la Edad Media, como Melchor (europeo: a caballo), Gaspar (asiático: sobre un camello) y Baltasar (africano: a lomo de elefante) con el propósito de que “cada rey representara a una parte de la Tierra hasta entonces conocida”, según señala el antropólogo Segundo Moreno.  

Como todos sabemos, los Reyes Magos se guiaron por una misteriosa estrella que ahora corona el árbol de Navidad. Intrigados, algunos astrónomos se han propuesto determinar de qué fenómeno cósmico se trataba: los científicos coinciden en que hubo un cometa navegando los cielos cinco años antes del nacimiento de Jesús, en tanto a través del telescopio Hubble- se descubrió la posibilidad de que una supernova iluminara el cielo en esa misma época.

Sin embargo, algunos astrónomos se inclinan por un fenómeno raro que sólo se da cada 800 años, más o menos: la triple alineación de Júpiter, Saturno y la Tierra que sucedió siete años antes del nacimiento oficial de Jesús y que produjo un efecto luminoso que duró varios días. Cabe destacar además que algo similar ocurrió dos años antes de su nacimiento, cuando el planeta Venus se superpuso a Júpiter en su trayectoria, creando así una luminosidad extraordinaria.  

Esto empataría con lo dicho anteriormente, esto es, que El Cristo nació años antes de su nacimiento oficial, pero ¿qué tenía que ver esto con los Magos, en el supuesto de que lo relatado to? Que los judíos vivieron muchos años en Persia, de donde se supone eran estos sabios de “Oriente”, y que por tanto conocían las profecías de este pueblo. De ahí que al constatar el fenómeno luminoso en el cielo se dirigieran hacia tierras hebreas para a su vez atestiguar sobre el nacimiento del Meshua o Mesías, esto es, del Ungido o Iniciado.

 En todo caso cabe recordar que cuando murió el gran emperador francés Carlomagno, los astrónomos de la época inventaron y fecharon el paso de un comete, pues, -se dijo- no podía ser que el emperador contara con un cometa el día de su muerte: así de importante era la presencia de estos cuerpos celestes tanto en el nacimiento como en la defunción de un gran personaje.

Assimov nos ha descubierto además que fue el famoso pintor italiano El Giotto quien popularizó la estrella al pintarla por primera vez allá por 1304. en efecto, en 1301 apareció el Halley en los cielos de Europa casando pánico entre la población, pero un joven de 24 años llamado Giotto di Bondone aprovechó la ocasión para observarlo con ojos diferentes. Fue así que, tres años después, plasmó su experiencia en el cuadro que luego se conocería como “La Adoración de los Magos”. Hace unos años la NASA lanzó una sonda espacial para examinar el polvo dejado por el Halley en su paso hacia el sol. Adivinen cómo bautizaron la sonda: en efecto, la bautizaron “Giotto”.  

De esta manera, queridos lectores, queda demostrado cómo la Navidad, fiesta especialmente diseñada para ser disfrutada por los niños, es un verdadero popurrí de tradiciones, mitos y ceremonias paganas. No olvidemos sin embargo su sentido profundo, esto es el retorno arquetípico de la luz esencial: manifestación de las fuerzas uránicas fecundantes, expresión de la llegada cíclica del orden en medio del caos, pero sobre todo de la oportunidad que todos tenemos de una vida plena a todo nivel, incluido el espiritual- tras el aparente reinado de las sombras.

28/09/2009 GMT 1

Homenaje al Padre LUCHO ZAMBRANO

consejerodelobo@hotmail.com @ 18:54

La poesía como una razón humana

 


En estos tiempos de “poetas puristas” casi no quedan los “intelectuales” que consideren que las continuas huelgas de los obreros y campesinos tienen una justificación y un fin meritorio. Que consideren imposible, que el gobierno que se halla depositado en las manos de veinte o treinta individuos, se metiera a saco las acciones de todos los ciudadanos, cercenara sus iniciativas, aniquilara sus industrias.

Poetas que asuman que los gobernantes tienen miedo de que el pueblo, de pronto, se dé cuenta de que lo están engañando. Que por eso preparan grandes desfiles militares, así como en los tiempos de Nerón se ofrecían espectáculos llamativos en el Circo para que los romanos rumiaran resignadamente su miseria.

Ahora no hay cristianos para sacrificar, y los leones han sido prácticamente borrados en los continuos safaris que los gringos organizan dentro del territorio de los negros. Pero los gobernantes cuentan con nuevos elementos: aviones a propulsión, vistosos uniformes, dólares, medallas. El pueblo, embelesado, aplaude, y por un momento se olvida de que está descalzo, de que sus hijos se mueren en la ignorancia, casi en los prolegómenos del crimen, de que sus mujeres no tienen otro remedio que prostituirse, y de que ellos mismos están colocados entre dos muros tenebrosos: el hambre o el delito.

Por todo eso Lucho Zambrano hace poesía. No es la suya una cruzada política; no es tampoco una tarea social. Es, simplemente, una razón humana. Se trepa sobre una mesa, sobre los restos de un muro derruido, sobre el silencio. Y hace poesía.

Asume que es necesario terminar con la injusticia. ¿Cómo puede hablarse de paz, de fraternidad, cuando unos hermanos, los altos, roban a los que están colocados en un nivel inferior? ¿Cómo pueden los gobernantes dirigirse al pueblo diciéndole “compatriotas”, si no los reconocen como tales o si apenas así los consideran cuando necesitan su voto ciego y sordo?

Lucho Zambrano se hizo muy conocido. Y empiezan a disputárselo. Los pobres lo quieren para ellos, porque ven en él a un nuevo apóstol, un moderno Cristo que en lugar de la paz trae la bandera de la revuelta, que en vez del conformismo predica la necesidad de batallar y de superarse, que no pide perdón sino justicia, que no implore caridad sino igualdad. Los de la siempre crucificada clase media lo califican como una esperanza, porque los que están colocados en la mitad de la balanza sienten la tentación de confiar en algo bueno, en algo nuevo. Los ricos quieren atraerlo a sus círculos para callarlo con un trozo de carne, para aquietarle las manos con monedas, para limarle el inconformismo con vituallas.

Los políticos lo señalan como un rebelde y quisieran desparecerlo, porque ven que está destruyendo sus patrañas. Y los que se hallan sentados en los sillones de poder, los que meriendan con la ira del pueblo y con la sangre del pueblo le quisieran tender una emboscada.

Pero Lucho Zambrano no los ve. Sólo ve: Las calles negras, cruzadas en distintas direcciones por diferentes angustias bípedas, que se acercan y se repelen como en una continua mascarada, las grandes barriadas de viviendas hacinadas donde el hombre queda reducido a una especie de gusano que trajina ciegamente, locamente por un panal inmenso, las minifabricas a punto de quebrarse indefinidamente inactivas ante la imposibilidad de competir con la mercadería extranjera, los policías que con su fusil comprado por el pueblo vigilan al pueblo y disparan contra el corazón del pueblo, los revolucionarios que obedecen una oscura consigna que ni siquiera son capaces de comprender, los pequeños burgueses acorazados detrás de su imbecilidad y de su abulia, los obreros con un pan y una maldición entre un talego, los dueños de los centros industriales con un automóvil lujoso y una inevitable bomba de tiempo, las iglesias en donde Dios es pesado en libras para calmar el hambre de los fieles, los hogares que a duras penas sostienen la mentirosa estabilidad del orden social, cada vez más carcomido y más próximo a desmoronarse, los ladrones que se juegan la vida como en una partida de cartas contra la posibilidad de la muerte, las prostitutas que deshojan su cuerpo todas las noches como una mentirosa margarita de amor cada vez más ajada, los alcaldes y los concejales que de tanto fingir acaban hablando como el pueblo, los políticos que siembran palabras de odio para lograr después una buena cosecha de votos, los congresistas que duermen reclinando su ociosidad sobre la espalda de los menesterosos, los gobernantes que piensan en llenar sus bolsillos a expensas del pan de cada “compatriota”, los economistas que con los recortes hechos al mercado de cada propietario estrenan un traje de colores, los dueños del país que en sus autos lujosos vigilan porque los colonos no se levanten contra la disciplina, los extranjeros que llenan de su propia semilla la parcela en donde el hombre de la patria está cultivando su esperanza, los cenáculos literarios donde las plumas de la vanidad coronan la frente de los imbéciles y de los fariseos.

23/06/2009 GMT 1

Alexander Fadeiev y la novela La Joven Guardia

consejerodelobo@hotmail.com @ 21:39

fadeiev.jpgUNA NOVELA ACERCA DEL VALOR Y DEL HEROÍSMO

La novela de Alexander Fadeiev La Joven Guardia, que trata de heroicos sucesos de la II Guerra Mundial, se hizo famosa no sólo en la Unión Soviética, sino también muy lejos de sus fronteras.

Escrita siguiendo las huellas de aquella gran batalla contra el fascismo, reflejó de manera brillante su magnitud, su dramatismo y el propio espíritu de lucha sin cuartel en defensa del socialismo.

En plena guerra, la mayoría de los escritores soviéticos combatía en el frente al lado de su pueblo: más de cuatrocientos -una tercera parte de la organización de escritores- cayeron en el campo de batalla. Pero combatían también con la pluma. En los años de la guerra aparecieron obras famosas de Mijail Sholojov, Alexei Tolstoi, Konstantin Simonov, Alexander Tvardovski y otros escritores.

Fadeiev hacía constantes viajes al ejército de operaciones. Sus crónicas del frente aparecían en Pravda y eran transmitidas por radio. Expresaban la enjundia esencial de la literatura, el profundo interés por la hazaña de los que se habían encarado con la muerte para atajar con su pecho el camino al fascismo.

Encontrándose en Moscú en el verano de 1943, Fadeiev fue en cierta ocasión al Comité Central del Komsomol, la organización de la juventud comunista. Allí estaban estudiando unos documentos, recién recibidos de la pequeña ciudad minera de Krasnodon, relativos a la organización clandestina Joven Guardia que practicaba la guerrilla en aquella localidad contra las tropas nazis. Fadeiev se llevó los documentos para estudiarlos y redactar su famosa novela.

Criado en una familia de revolucionarios, desde la edad escolar Fadeiev había elegido el camino de la revolución:

Estudiábamos con el escaso dinero de nuestros padres. Mi padre y mi madre, practicantes en una aldea retirada, trabajaban ellos mismos la tierra. En igual caso se hallaban mis contados compañeros de escuela [...]

Rebosábamos entusiasmo liberador porque en Siberia y el Extremo Oriente ruso se había afirmado por entonces el poder del almirante Kolchak, más cruel que el poder antiguo. Rebosábamos entusiasmo patriótico porque nuestra tierra patria era pisoteada por las botas herradas de los intervencionistas. Como escritor debo mi nacimiento a aquella época.

A los 17 años, ingresó en el Partido Bolchevique. Al poco tiempo se unió a los guerrilleros que luchaban por la liberación del Extremo Oriente. De simple combatiente, llegó a comisario de brigada. La rigurosa escuela de la lucha guerrillera fue de gran provecho para el futuro escritor. Luchó codo a codo con muchas figuras relevantes del movimiento revolucionario, como Serguei Lazó, legendario jefe guerrillero del Extremo Oriente, o Vsevolod Sibirtsev, primo hermano del escritor, hechos prisioneros por los contrarrevolucionarios y quemados vivos en la caldera de una locomotora de vapor.

Del fusil y la hoguera en plena taiga, Fadeiev pasa a la mesa de despacho, a la labor de literato. Pero no de golpe. Primero ingresa en el Instituto de Minas de Moscú para volver más tarde como ingeniero a Primorie, donde tiene muchos amigos entre los mineros. Reparte su tiempo entre los estudios y la labor de Partido, y para continuar ésta es enviado en 1924 al Cáucaso.

Únicamente en 1926, cuando ha terminado La derrota, pasa a ser la literatura la ocupación esencial de Fadeiev, que compaginaba el trabajo de literato con una gran actividad política. Fue reiteradamente elegido a los organismos dirigentes del Partido y del Estado soviético y durante tres decenios presidió la organización de los escritores de la URSS.

La primera novela de Fadeiev, La derrota, acerca de la guerra civil en el Extremo Oriente, fue ya una de las mejores producciones de la joven literatura soviética. En ella, la rigurosa verdad de lo cotidiano se codea con el sueño de lo que ha de ser el hombre nuevo y con la lucha heroica por él.

Este tema fue desarrollado en su segunda novela, El último de los udegnés, donde un grupo de jóvenes hablaban del hombre nuevo como de un sueño del futuro, como de algo que todavía ha de ser alcanzado, sin sospechar que justamente ellos son hombres nuevos vivos, cada uno de cuyos pasos en la Gran Guerra Patria de nuestro pueblo va iluminado por la luz de los pensamientos y los hechos más grandes que ha conocido la humanidad.

Embargado por la nueva idea creativa, Fadeiev partió para Krasnodon que había sido, en efecto, arena de acontecimientos sorprendentes y, al mismo tiempo, muy típicos de la Unión Soviética. Los ocupantes alemanes irrumpieron allí en el otoño de 1942, pero en esos mismos días nacía en la ciudad la organización komsomol clandestina Joven Guardia, en la que ingresaron alrededor de cien jóvenes de ambos sexos.

Los fascistas se consideraban dueños de la ciudad, pero sobre ella ondeaban, los días de fiestas soviéticas, banderas rojas colocadas por los muchachos de La Joven Guardia. La propaganda de Goebbels pregonaba la bancarrota del primer Estado socialista del mundo, pero los habitantes de Krasnodon leían octavillas preparadas en el Estado Mayor de La Joven Guardia, informando de la creciente resistencia popular a los ocupantes. Los jóvenes guerrilleros conseguían armas, realizaban audaces golpes de mano y castigaban implacablemente a los traidores.

Durante la guerra, en muchas otras ciudades y aldeas ocupadas existían también organizaciones clandestinas que combatían contra el fascismo. Como héroes combatieron y como héroes murieron los jóvenes antifascistas de Krasnodon. Entregados por un provocador, casi todos cayeron en manos de la Gestapo. Ninguno vaciló ni se amedrentó. Fueron a la muerte con la cabeza en alto y una canción revolucionaria en los labios.

El 15 de septiembre de 1943 apareció un Decreto del Presidium del Soviet Supremo de la URSS condecorando a los miembros de la organización guerrillera clandestina.

Un año y nueve meses vivió Fadeiev en Krasnodon entregado de pleno a la novela, manteniendo entrevistas con familiares y amigos de los miembros de La Joven Guardia: Puedo decir sin exageración -declaró- que pinté a los héroes de Krasnodon con gran amor y entregué a esos héroes mucha sangre de mi corazón.

La Joven Guardia se publicó en periódicos y revistas a lo largo del año 1945 y, en 1946, se editó el libro y enseguida adquirió la obra amplísima popularidad. Más tarde fue llevada a la pantalla, a la ópera y al teatro. Fadeiev supo presentar de modo veraz las fuentes sociales e ideológicas de la resistencia de todo el pueblo a los invasores fascistas, describir a héroes auténticos. En estos héroes integros revivió el radiante ideal por cuyo logro lucharon los personajes de La derrota y de El último de los udegnés.

El libro canta el heroísmo masivo del pueblo soviético. Al autor no le importaba sólo la descripción de los sucesos, sino también su contenido interno, la descripción de las raíces políticas del heroísmo de todo un pueblo, que están en la forma de vida de las masas bajo el socialismo. Fadeiev mostró de manera convincente que el socialismo es el único modo de vida posible para la humanidad. Por el contrario, el pueblo consideraba el orden fascista como algo opresivo y moribundo. Recordando su vida de antes de la ocupación, Uliana Gromova pronuncia unas palabras que podría repetir cada uno de los personajes de la novela: O viviré así o no viviré en absoluto. La necesidad de luchar por el socialismo se convirtió en una exigencia interior para el hombre soviético.

Como muestra el autor, en la sociedad soviética las tradiciones revolucionarias de los padres y los hermanos mayores estaban unidas por lazos consanguíneos con los hechos y los pensamientos de la juventud. Oleg Koshevoi toma el apodo clandestino de Kashuk, apellido de su padrastro, que participó en la lucha guerrillera durante la guerra civil. El libro tiene de epígrafe las palabras de una canción de la época revolucionaria: Adelante hacia la aurora, camaradas de lucha. En la cárcel, las muchachas entonan canciones revolucionarias del pasado, y con esas canciones van los de La Joven Guardia al lugar de la ejecución.

El escritor percibía cómo debían conducirse los jóvenes en semejantes condiciones. Cuando empecé a trabajar en La Joven Guardia -confió a uno de sus viejos amigos- tuve la impresión de que no estaba escribiendo acerca de la organización clandestina de Krasnodon en el período de la segunda guerra mundial, sino de la lucha bolchevique clandestina en Vladivostok.

En la primera versión de la novela, que con razón se centra en los miembros de La Joven Guardia, también se dedica un lugar considerable a las personas de la generación anterior, al relato de las operaciones del Ejército Rojo, a la meditación sobre la marcha de la guerra. Cierto que los retratos de los viejos bolcheviques no tuvieron relieve suficiente entonces y el autor retocó más tarde, bajo la influencia de la crítica, algunas líneas de la novela. Esto se debe a que, al comenzar a escribirla, aún no poseía datos -se conocieron algo más tarde- sobre los dirigentes de la actividad clandestina, que observaban minuciosamente todas las leyes de la conspiración durante la guerra. Sin embargo, en su plan creativo figuraba desde el primer momento pintar un cuadro único de los sucesos con participación de todo el pueblo, de todas las generaciones.

Pero su novela no trata sólo de la juventud: Cometería un gran error el crítico literario que enfocara esta novela como una novela acerca de la juventud. Encierra la idea de que yo personalmente quería impregnar la novela, escrita con mucha más amplitud. Para mí tienen importancia los luchadores clandestinos adultos y todas las relaciones de las generaciones, este tema del hombre sencillo que yo procuré encarnar no sólo en los jóvenes, sino también en los adultos, en sus padres y en sus relaciones mutuas.

En la primera versión, la experiencia de los luchadores clandestinos adultos estaba insuficientemente desarrollada. Al retocar la novela sobre la base de los documentos que se conocieron a fines de la década del 40 acerca del comité clandestino del Partido del distrito de Krasnodon, Fadeiev dio mucho más color, en su redacción del año 1951, a las figuras de los comunistas Liutikov, Protsenko y demás. Así en la obra adquirió su debido reflejo el papel del Partido Comunista en la II Guerra Mundial y se complementan los komsomoles con los dirigentes comunistas de mayor experiencia.

Fadeiev reflexiona también sobre los rasgos distintivos de la generación que se incorporó a la lucha, con muchas facetas propias, nuevas, inimitables.

Basta recordar las vías de desarrollo de la sociedad soviética, meditar sobre las cualidades que arraigaron entre los soviéticos en el curso de la revolución, de la lucha por el socialismo, luego en los planes quinquenales, para comprender la idea de Fadeiev acerca de la síntesis de las peculiaridades combatientes que penetraron entre los jóvenes que se enfrentaron a los nazis en la II Guerra Mundial. El escritor pintó retratos veraces de personas que actúan, piensan y sienten a su manera en virtud de las circunstancias de la vida, a tenor de su carácter y de la nueva sociedad que estaban creando y defendiendo.

Especialmente entre la juventud, el heroísmo antifascista palpita y no se detiene ni siquiera en los momentos finales. Cuando Liubov Shevtsova iba a ser fusilada por las hordas hitlerianas, quisieron ponerla de rodillas para dispararle el tiro en la nuca, pero ella se volvió de cara hacia la bala fascista. Pero aunque Fadeiev no oculta su admiración hacia los jóvenes militantes clandestinos, no quería que sus personajes tuvieran los rasgos de algo excepcional, netamente aparte. Sus personajes, modestos y sencillos, poseen sublimes rasgos de coraje en la lucha.

Literato muy personal, Fadeiev se asemeja al mismo tiempo a Gorki por la tendencia a concentrarse precisamente en la fuerza de lo nuevo, de lo que hay en el trabajador consciente, en el luchador.

Los miembros de La Joven Guardia -dijo una vez Fadeiev- son, naturalmente, muchachos y muchachas soviéticos de vanguardia, pero al mismo tiempo gente corriente y sencilla. Sin embargo, el hombre de verdad se revela en sus mejores aspectos cuando se halla ante un gran desafío. Entonces es cuando saca lo mejor que lleva dentro, su impulso de rebeldía.

La novela es una narración épica penetrada de lirismo. El autor tan pronto se dirige al lector como a los personajes del libro. En otros casos habla en nombre de los protagonistas de la novela o debate sobre los sucesos descritos. En las digresiones del autor se juntan la percepción de los sucesos vividos y la síntesis de su propia experiencia guerrillera. A menudo se produce el paso de las digresiones líricas directamente a la narración y, viceversa, los monólogos interiores de los personajes se funden con el verbo del autor, y resulta ya difícil distinguir dónde ha terminado la manifestación del personaje y dónde ha tomado la palabra el propio novelista.

La fuerza ideológica del pueblo soviético también se manifiesta con comparaciones y contrastes. En realidad, toda la novela está edificada sobre un choque abismal: de una parte, la vida luminosa y espléndida de la sociedad socialista, los anhelos colectivos que mueven a los soviéticos; y de otra parte, las tinieblas, el horror, la arbitrariedad, los usos misantrópicos que trae el fascismo. El enfrentamiento de los hombres verdaderos con los verdugos fascistas engendra colisiones trágicas y el violento conflicto de la novela.

En La Joven Guardia, Fadeiev prosiguió la lucha que sostuvo toda la vida con los enemigos de la revolución. Relata las torturas y los apaleamientos a los que los nazis sometían a los soviéticos, los horrores de las mazmorras de la Gestapo y las ejecuciones sumarias. Descubrió la proximidad interna entre los métodos fascistas y los que el imperialismo internacional reconoce legales. Fenbong, un miembro de las SS explica con naturalidad que tanto los capitalistas como los nazis saquean y se lucran, sólo que unos lo hacen con medios legales y otros empleando las armas.

El hecho de que la novela termine con la muerte de los militantes de La Joven Guardia traspasa con un dolor lacerante el corazón del lector. Sin embargo, no es una nota luctuosa desesperada la que vibra en las páginas finales del libro, donde se enumeran los nombres de los héroes caídos. La Joven Guardia es una tragedia sublime que ensalza el valor y la firmeza del combatiente y llama a la lucha contra el fascismo.

No hay que olvidar el carácter documental de la novela. Pero siguiendo las huellas de los sucesos reales, Fadeiev subraya que había escrito no la historia auténtica de los militantes de La Joven Guardia, sino una novela con inventiva literaria. Las leyes de la creación artística autorizaban a Fadeiev cierta reagrupación de los episodios y su desplazamiento cronológico. También hacía falta la inventiva artística para representar los impulsos de los personajes. Las escenas escritas con mayor minuciosidad son aquellas en que aparecen condensadas las ideas, los sentimientos y las sensaciones de las personas.

Transcurren años, decenios, pero el recuerdo de los héroes no se borra, se recrea en el corazón y en el alma de los actuales combatientes antifascistas y antimperialistas.

25/02/2009 GMT 1

Cuento breve de Eduardo Galeano: Los nadies

consejerodelobo@hotmail.com @ 23:14

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata

24/10/2008 GMT 1

Sergio Esenin II

consejerodelobo@hotmail.com @ 03:43

esenin-4.jpgEl imaginismo

En 1918, con el regreso de Esenin a Moscú, se inicia para él un nuevo periodo. En principio toma contacto con los poetas del Proletkult e incluso vive durante algún tiempo en casa de éstos. Escribe conjuntamente con Guerasimov, Klichkobui y Pavlovich el escenario de La llamada de la aurora; posteriormente organiza la Cooperativa moscovita de escritores. El poeta se multiplica a través de una intensa actividad. Su poesía vira hacia los temas sociales y épicos, reflejando una lírica más directa basada en las profundas crisis de su vida.

Ya por esta época su nombre ha sido reconocido, la juventud se interesa por su obra. La popularidad se acentúa durante estos tiempos de revolución, en los cuales en las ciudades la poesía oral o escrita es el género más apetecido hasta para los tranquilos burgueses, desplazando a la prosa en plazas y cafés como lo describe Ilya Ehrenburg en sus Memorias.

En 1919 entra a formar parte del grupo de los imaginistas. Desde el punto de vista organizativo este grupo fue uno más entre los muchos de carácter decadente que subsistían como residuos del pasado. Al igual que los nichevok, bio-cósmicos y evfuisti, los imaginistas editaban ellos mismos sus libros, organizaban recitales, utilizando a granel la autopropaganda y el escándalo. Para recolectar fondos abrieron una pequeña librería en la calle Nikitski y más tarde el conocido café El establo de Pegaso en la calle Tverski. También solían visitar el café de los miembros de la Unión Rusa de Poetas, el de los futuristas y el de los poetas del grupo Los forjadores. Esenin era uno de los contertulios habituales de El establo de Pegaso. En estrecha unión con los imaginistas hizo varias giras por Jarkov, Rostov y otras ciudades. En lo que concierne a la identidad de criterios teóricos y artísticos con los imaginistas, Esenin estuvo desde el comienzo en clara divergencia con ellos. Sólo aceptaba la noción de imaginismo asimilándola al convencimiento de que, en lo profundo de todo arte, la noción de imagen es fundamental. De este principio concluía que tanto más rica, más plástica dicha imagen, tantas más posibilidades presentará para ser trabajada. Uno de los teóricos del imaginismo, V. Scherchenievich, argumentó en su folleto 2 X 2 = 5 que la imagen tiene valor propio, independientemente del contenido de la composición. Los imaginistas argumentaban, asimismo, que un poema debe poder leerse al derecho y al revés, de arriba a abajo y viceversa, del mismo modo que las monjes pasan las cuentas del rosario. Ateniéndose a este principio se escribieron muchos poemas francamente extravagantes o recargados del más burdo naturalismo. Todo esto era por completo ajeno al carácter poético de Esenin. Comienza a alejarse lentamente del movimiento y refrenda su actitud publicando un manifiesto sobre la disolución de la orden imaginista. Y escribe en el artículo Arte y vivencia dirigido a sus compañeros de grupo: Mis camaradas imaginan que el arte sólo existe como arte, sin ninguna ligazón con la vida y sus maneras... A mis camaradas tan sólo les atrae la plasticidad del lenguaje, pareciéndoles que la palabra y la imagen lo es todo. Sabrán pues perdonarme si les digo que semejante arte no es más que una tontería. Finalmente abandona el grupo literario y declara que lo importante no es la imagen, sino el sentimiento poético del mundo.

Esenin termina su manifiesto diciendo: Mis camaradas carecen de cualquier sentimiento patriótico, en el más amplio sentido de la palabra y de ahí su inconexión. Y por eso aman a tal grado esa disonancia que han sabido absorber a la manera de un sofocante vaho de bufonadas gracias a la bufonada misma... Pero la vida exige lo que le pertenece y siendo el arte una de sus armas, todo lo que la niega se elimina a sí mismo como ocurre con la confusión. Esenin, pues, no sólo sentía profundamente la interrelación entre arte y vida sino que incluso consideraba el arte como un arma para vivir.

No exageramos al afirmar que hoy día apenas sí recordamos los nombres de unos pocos imaginistas cuya obra no dejó huella alguna en la literatura soviética, e incluso recordamos la palabra imaginismo sólo por haber estado vincula al quehacer literario de nuestro poeta.

El hecho de que en los años inmediatamente posteriores a la revolución Esenin se marginara del procesó que estaba viviendo, no cayó en el vacío. Su relación con los imaginistas dejó su huella en las creaciones de 1919-1920. Los módulos de esa relación pueden concretarse en dos puntos: primero, su afición por las imágenes y metáforas extravagantes y, segundo, la profusión de motivos que utilizó como protesta contra el ambiente urbano. En Novenario, la ciudad arremete contra la choza campesina. En ciertos poemas como En el potro de las torturas, Esenin describe su horror frente a la destrucción y el hambre que azotan el país, condoliéndose de las víctimas con expresiones que llegan a desfigurar el sentido de la composición: Zarpas azuladas, fétida ventisca, jardín de masacradas calaveras, frenético resplandor de cadáveres:

Ciudad, ciudad, tras una lucha salvaje
nos has bautizado como carroña y deshecho.

Las contradicciones entre el campo y la ciudad no afectaron solamente a Esenin pues muchos otros poetas se ocuparon del tema. Hasta los mismos poetas del Proletkult escribieron poemas a este propósito, entre ellos Alexandovski, Guerasimov y Kirilov.

Debía pasar mucho tiempo antes que en el panorama de la literatura soviética apareciese un talento capaz de poetizar la vida del campesina. Esa figura fue la del poeta campesino Mijail Isakovski, oriundo de Smolensk y cuyas canciones aún canta el pueblo.

Volviendo al período imaginista de Esenin es preciso hablar del poema Pugachov, biografía del héroe rebelde cosaco del siglo XVIII, porque ilustra las diferencias que lo separaban de dicho grupo. El poema describe la rebelión espontánea de los campesinos y señala, justamente, como forma de lucha, el primer estadio de la lucha popular, la primera muestra de conciencia histórica. El tratamiento que Esenin le dio al tema constituye, asimismo, un paso adelante respecto de piezas anteriores como Inonia, El tamborilero celestial, El compañero, sin dejar de mencionar algunos poemas cortos como Transfiguración y Viejo amante, saturados de simbolismo religioso.

Pugachov está dedicado a la rebelión de los siervos contra el zarismo y los terratenientes. En un fragmento suprimido por el poeta del texto definitivo, leemos lo siguiente: campesinos en vuestro gobierno no debéis ser los últimos, sino los primeros El poema se ocupa de la etapa final de la rebelión, cuando las tropas comandadas por Pugachov pierden la batalla al enfrentarse con el ejército zarista (1774). Los emisarios del gobierno consiguen la complicidad de algunos de los compañeros de Pugachov -se trataba de algunos cosacos acomodados como Tvorogov, Chumakov y otros- permitiendo así la derrota.

La pieza no enfoca la totalidad del suceso que, por cierto, hizo temblar el trono de Catalina. Estamos pues ante un poema de corte lírico en cuyo fondo se suceden los acontecimientos históricos, tratados de una manera especialmente subjetiva. Pugachov concita sus guerreros a sacar el cuchillo de la bota y hundirlo en la espalda del señorito, sintiendo, según subraya el poeta, l inexplicable presentimiento de su propio fin. Encontramos seguidamente un monólogo de Pugachov donde habla de su amor por el olor de la hierba y como le duele iluminar la maléfica espesura. Asombrosamente inactivo, Pugachov prefiere escuchar la huida del viento y sus pasos entre la hierba, porque en lo hondo del pecho, corno si fuese una guarida, su alma se agita sofocada. Bueno hasta la ingenuidad, extraordinariamente sensible, impresionable, el héroe no se nos aparece como un dirigente de masas, como el guía de una rebelión contra los terratenientes feudales. He ahí por qué, en el fondo, la incitación a la violencia se convierte de pronto en una protesta contra la violencia.

La elección del tema de Pugachov que, como ya hemos explicado, poetiza la revolución campesina del siglo XVIII, se vincula con el drama personal del propio poeta. Ahí están enmarcados todos sus estados de ánimo: su sensibilidad ante la belleza de una manera de vida, el sentimiento de la pureza y la fugacidad de las cosas, su amor por el hombre. Pero no sería exacto reducir todo el contenido de Pugachov al reflejo de las inquietudes subjetivas del poeta. Es indudable que el poema consigue también -sobre todo en el monólogo de Jopuschi- orquestar todo el ímpetu de la rebelión, poniendo énfasis en el anhelo de libertad que embargaba al pueblo trabajador.

Apología del gamberrismo

En aquel momento su poema dramático Pugachov fue mal acogido por la crítica, que lo interpretó como una exaltación del individualismo anárquico. Esto acentuó su desajuste con la realidad, aumentó su depresión y su afición a la bebida.

Pero Esenin sigue seduciendo a todos con su figura de joven de cabellos rubios y ojos azules, su popularidad es muy grande, tanto en su vertiente de poeta como de camorrista y borracho. Precisamente el escándalo se convierte en otros de los motivos que animan la poesía de Esenin durante estos años. Es necesario dejar muy en claro lo que a estos temas se refiere, por cuando, en cierta medida, han jugado un papel negativo en la reputación del poeta. Las actitudes del gamberro han estado siempre referidas al ambiente campesino y fuertemente enraizadas en el folklore. Gorki señalaba cómo una de las paradojas de la poesía popular de muchos países, la poetización de la figura del gamberro, del golfo, es decir, del individuo dispuesto a realizar toda suerte de calaveradas, lo que puede explicarse teniendo en cuenta el deseo del campesino de destruir el medio que lo asfixia.

Habrá que distinguir, sin embargo, entre la grosería y la rebeldía, propia del campesino, de la mezquindad y el gamberrismo pequeño burgués, que expresa nihilismo y desmoralización. Esenin no veía esta diferencia. Su actitud extravagante no pudo surgió en él tan sólo de los imponderables de la lucha revolucionaria, sino más bien de la bohemia pequeño burguesa, de los círculos literarios que frecuentaba a su llegada a la capital.

Gamberro, Confesión de una gamberro, Poemas de un golfo, títulos como estos ostentan algunos de los poemas de Esenin. Se dibuja a sí mismo despeinado, con la cabeza como una lampara de keroseno sobre el pecho e incluso admite gustarle cuando en él bullen las blasfemias. Se llama a sí mismo bandido, fresco, gamberro, y asegura que por naturaleza es un cuatrero de las estepas. Y dicen aún: Si yo no hubiese sido poeta, es muy probable que fuese un pícaro.

Pese a la rotundidad de la frase, Esenin puso en ella un sentido absolutamente distinto al que nosotros le atribuimos hoy. En su acepción más simple, el gamberro es para nosotros aquel individuo superficial, deshonesto, irrespetuoso con la sociedad a la cual pertenece, motivadamente agresivo con los demás. Nada de esto encontramos en Esenin. De allí que sus alabanzas al gamberrismo no sean otra cosa que pose. El tema del gamberrismo en Esenin adquiere una nota de ternura hacia aquellos que no son capaces de encontrar su camino, ni siquiera en los momentos históricos más decisivos, y quizá por ello mismo, por el nuevo telón de fondo que se les presenta ante sus ojos. En la medida en que su delicadeza vistió los ropajes de un lenguaje religioso, asimismo sus sentimientos de desesperación, de inquietud, confusión y protesta se expresaron a través de imágenes tan poco sugestivas como las del gamberro y el golfo. Al hablar de su gamberrismo, el poeta expresaba más bien el eco de su propia tragedia, de su propio dolor:

Sí, yo poco me he dispuesto
para una vida en paz y entre sonrisas.
Y cuanto más corto ha sido mi camino
tanto mayores mis caídas.

Esta es una nota de humanidad que no denigra del hombre sino que, por el contrario, sabe extender una mano cálida en la que los otros encontrarán siempre comprensión compañía.

Con Isadora Duncan

En 1921 conoció en casa de un amigo, el pintor G. Iakulov a la célebre bailarina Isadora Duncan, Esenin se casó con ella el 10 de mayo del año siguiente y salieron juntos para el extranjero. Para su evolución intelectual estos viajes al extranjero entre 1922 y 1923 tuvieron excepcional importancia. Le llevaron por Alemania, Francia, Italia y Bélgica. Posteriormente, desde octubre de 1922 a febrero de 1923, visitó Estados Unidos. Radicalizó en el poeta su patriotismo. Comparando a la Unión Soviética con el occidente burgués, Esenin acierta a comprender con mayor profundidad la médula de las relaciones entre la ciudad y el campo, la significación de una sociedad industrializada y la trascendencia de la construcción del socialismo. También Maiakovski señaló al regreso de Esenin que había vuelto con un claro entusiasmo hacia lo nuevo.

Para Esenin, no obstante, el viaje fue penoso. La prensa imperialista, ávida de sensacionalismo, lanzó toda clase de conjeturas sobre las relaciones entre un poeta ruso y una bailarina americana, sin detenerse a pensar lo que había en ellos de común: temperamento artístico, carácter, nobleza, generosidad.

Isadora Duncan fue una artista y una mujer de ideas, sin interés por el dinero, que ganaba a manos llenas, ni por las comodidades pequeño burguesas, limitándose a tener lo necesario, aunque las costumbres que le imponía su modo de vida y el medio en que se movía, tenían mucho de la anarquía y la bohemia pequeño burguesas. Con razón A. Lunatcharski escribiría poco tiempo después del trágico deceso de la bailarina en 1927: En lo profundo de su concepción del mundo, Isadora sentía odio por las costumbres burguesas. Pensaba que las operaciones mercantiles, el sistema burocrático, las condiciones de trabajo y la vida pequeño burguesa en general, excepción hecha, según sus propias palabras, del mundo campesino, significaban una grosera y torpe negación de la naturaleza. Estaba convencida que el mundo entero había sido desfigurado por el capitalismo.

Una de las piezas preferidas de Isadora Duncan fue su danza de la Internacional, interpretada por ella en la escena del Gran Teatro de Moscú y posteriormente en sus giras por Estados Unidos, motivo por el cual fue privada de su ciudadanía americana. Su protesta contra los estamentos burgueses del mundo occidental, se resolvieron en una posición consecuente cuyo resultado fue su viaje a la Unió Soviética, donde habría de conocer a Esenin.

Ya en el extranjero, Esenin quien desconocía otras idiomas diferentes del ruso, se vio inexorablemente ligado a los viajes y compromisos artísticos de su esposa, hasta el extremo de que los periódicos apenas lo mencionaban como el marido de la célebre bailarina, lo que no podía dejar de herir su orgullo de hombre y de poeta ya ampliamente conocido en su patria. Le acometió, entonces, un sentimiento de mortal soledad, decidiendo regresar a la Unión Soviética tan pronto estuvo cerca de sus fronteras. Sólo el amor que sentía por Isadora, la admiración permanente por su talento y por sus cualidades de artista, pudieron sostenerle en medio de la agobiante soledad en el extranjero. Finalmente se produjo la ruptura no sólo con el género de vida que llevaba al lado de la bailarina, sino con ésta misma. Rompiendo con todo regresó, o más bien, para ser fiel a los hechos, huyó de París volviendo a Moscú en agosto de 1923. Tras él regresaría también Isadora. Jamás el poeta volvería a abandonar la Unión Soviética.

Su contestación al pútrido occidente tuvo un carácter bastante complejo, reflejado en sus cartas desde el extranjero: ¿Qué decirle a Usted -escribe Esenin- sobre este horrible reino de mezquindad, rayana en el idiotismo. Descontado el fox-trot no hay nada aquí que valga la pena. Todos beben y se atragantan y de nuevo fox-trot. Aún no encontré un hombre de verdad y no tengo idea de dónde se lo podrá encontrar. En los dominios del Señor Dólar el arte verdadero no cuenta, el producto más acabado es el music-hall. Una violenta crítica contra el sistema de vida americano está contenida en su ensayo La urbe de hierro donde el poeta consigna estas palabras: Cada vez me es más entrañable la sociedad socialista. Es cierto que no me identifico con los comunistas y que como el romántico de mis poemas apenas los siento próximos de corazón, pero espero algún día identificarme con las tareas que se proponen.

Regreso a la URSS

Durante la ausencia del poeta habían cambiado muchas cosas en la Unión Soviética. Cuando Esenin partió, el país de los soviets comenzaba a reponerse de las heridas de la guerra civil; a su regreso habían comenzado a sentarse las bases de la nueva política económica. En el campo se había procedido a reemplazar el sistema de contingentación por el impuesto en especie. La agricultura tomaba nuevos impulsos y en las ciudades se reanudaba la producción industrial.

En el campo de la literatura se vivía asimismo una profunda agitación, surgían tendencias y grupos por doquier. Esenin rompe definitivamente con los imaginistas y con los escritores campesinos. Sus preferencias, en este momento, se inclinan hacia los escritores agrupados en torno a la revista El erial rojo, especie de compañeros de viaje, en su mayoría al margen del Partido Comunista pero, en el fondo, compenetrados con las tareas del poder soviético. A través de la correspondencia de Esenin con Benislavski, resulta claro que aquel no quiso tomar parte en la lucha de grupos que se estaba librando. Es de todo punto de vista significativo el que uno de sus mejores poemas de la época, el titulado Canción sobre una gran gesta, haya sido entregado por el poeta a la revista proletaria Octubre. Por este mismo tiempo Esenin traba amistad con los escritores V. Ivanov, L. Leonov, Y.Levidznski, con las escritoras S. Vinograd, G. Ustinov y otras y con los periodistas P. Chagin, A. Verzin y otros, colaboradores del diario Pravda.

En las búsquedas de Esenin en torno a la poetización de los temas que le eran contemporáneos, ocupa un puesto especial el poema dramático. Una de sus primeras experimentaciones en este terreno es la pieza En el país de los canallas o Nomaj. El poeta no la consideró terminada y en vida sólo publicó un fragmento de ella que corresponde al monólogo del obrero Nikadr Rasvietov. Dentro de la obra general de Esenin la pieza tiene fundamentalmente el mérito de esclarecer los puntos de vista ideológicos del poeta.

A diferencia de Pugachov, El país de los canallas no es una obra lírica sino más bien de carácter publicístico, a través de la cual Esenin exploró nuevas posibilidades como narrador épico. El tema fundamental se lo proporcionó su periplo por el extranjero. Se trata, en el fondo, del enfrentamiento de dos sistemas y, más aún, del enfrentamiento entre la Unión Soviética y Estados Unidos.

En los razonamientos de los personajes se percibe el eco de las discusiones políticas que tuvieron lugar en el transcurso del Congreso del Partido Comunista. En medio de los personajes se destacan, por ejemplo, un desviacionista de derecha Chestikov, trotskista.

La figura de Nomaj, cabecilla de una banda, es bastante complejo. Romántico a todas luces, aparece de una parte como el folklórico gamberro tradicional: Quiero hacer una fiesta para los pobres, afirma aludiendo a su deseo de repartir entre ellos el botín robado. De otra parte Nomaj se siente atraído por la filosofía anarquista, pues está contra los rojos y los blancos, contra el gobierno: A mí me revientan estos y los otros. He perdido el equilibrio. Tampoco se encuentra contento con la nueva política económica, lo que significaba entonces colocarse al margen de las tareas de la revolución, que caracterizó una tendencia muy acusada, por aquellos años, en la obra de algunos poetas. No menos visible resulta cierto aire de aventurerismo e imaginismo en la figura de Nomaj, quien en una de sus últimas acciones aparece ataviado con un abrigo de moda y sombrero de copa. La complejidad de este personaje complica a su vez la significación que pudo tener para el autor mismo, destacándose en primer plano la impresión de un subjetivismo a cuya negatividad se añade un romanticismo de dudosa especie.

Como contrapartida, la figura del obrero bolchevique Nikadr Rasvietov aparece magníficamente bien delineada. Tanto el bolchevique Rasvietov como el trostkista Chestikov, han estado en la emigración, como obreros en Estados Unidos. Luego el Partido Comunista le destina a un rincón perdido de los Urales, como comisario de minas. Rasvietov no protesta, no se lamenta ni inventa teorías para probarse a sí mismo que el pueblo ruso es un pueblo de holgazanes, indiferentes y otras cosas por el estilo. Le dice a un compañero: No, mi querido amigo. Me doy cuenta que Usted no entiende las masas. ¿A quién se le oculta que en la Rusia de antes todos eran atacados bien por el cólera, bien por la viruela?... Para unos, dorados placeres, para otros, las más lóbregas tinieblas. Con una fe profunda en el porvenir el obrero bolchevique exclama:

Falta aquí sólo un remedio:
construir una red de vías férreas
      y carreteras.
La piedra entronizar y no la madera.
Y el hormigón y la teja y la hojalata.
La ciudad se levanta con las manos,
como una promesa: honor y gloria.
¡Esperad!

Aún señalando la poetización de la espontaneidad, evidente en la pieza, es innegable que Esenin se propuso reflejar de la mejor manera el conflicto ideológico entre el capitalismo y el socialismo.

Cada vez con mayor intensidad Esenin se interesa por los temas de su época, como lo prueban sus poemas de 1924 Rusia soviética y Regreso a la patria, y Ana Sneguin de 1925. Al igual que sus coetáneos Maiakovski, Tijonov, Poletaiev, Yarov y Bezimienski, se vuelve hacia la figura de Lenin. Es también una época de intensos viajes por el interior del país.

Hay un énfasis distintivo en cada poeta como bien lo hizo notar Bielinski. Y en Esenin, circulando como una savia secreta que irriga toda su poesía, el énfasis no es otro que su amor por la patria, razón de amor de su vida y su poesía. Esta constante adquiere las más acusadas variantes como podemos ver en estos versos, en donde late una dolorosa nota de patriotismo:

Y entonces,
cuando sobre el planeta
haya cesado la discordia entre los hombres,
y la mentira y la amargura,
celebraré con toda mi voz
esta sexta parte del mundo
cuyo nombre es tan breve: Rusia.

El patriotismo en Esenin no nacía de un impulso instintivo sino de una actitud plenamente consciente. I. Rosanov, en sus memorias, recuerda que el poeta le dijo en 1921: Dése cuenta... en mi poesía prácticamente no hay motivos amorosos. 'Cuentos de amapolas' no cuenta; excluí la mayor parte de ellos de la segunda edición de 'Arcoiris'. Toda mi lírica gira en torno de un solo amor, mi amor por la patria. El patriotismo es fundamental en mi obra.

Es cierto que los motivos amorosos sólo aparecen de una manera definida en la poesía eseniana de los últimos tres años. Sin embargo, el querido rincón natal, el amor por el terruño, por la patria despuntan en ella. ¿Acaso su imagen puede disociarse del esplendor del mediodía en el Sur o de la belleza de la mujer? Todo el ciclo de los Motivos persas (1924-1925) está impregnado de una delicada ternura por la mujer, por el broncíneo color del otoño y por las nieblas eternas del lejano norte:

Acaso porque vengo del norte, acaso
es allí la luna cien veces más grande.
El Schiraz es bello, aunque no alcance
a ser del Riazan el más señero espacio.
Será acaso porque vengo del norte, será acaso.

He aquí una expresión múltiple y profunda de su amor por la patria y la cual es suficiente para distinguirlo de los motivos que inspiraban la poesía decadentista.

También los motivos patrióticos debían sufrir en su poesía una transformación con el correr de los años, y si bien es cierto que en algunas de sus poesías tempranas domina la nota sentimental, lastimera, por la Rusia que se fue, hacia 1925 el poeta escribe:

Ha cambiado mi espíritu primero...
En el marchito resplandor de la luna
como de piedra, como de acero
siento de mi terruño la bravura.

Este cambio refleja, no obstante, el pesar de romper con las ilusiones de antaño en torno a un paraíso para el mujik.

Mientras tanto, la vida misma del poeta se fue tornando hondamente dramática, hasta el punto de verlo aproximarse de nuevo a los medios decadentistas. Esta faceta de su vida se opone abiertamente a todo lo claro, humano y bello que sostiene su universo lírico, como también a sus sentimientos revolucionarios. Su poesía testimonia entonces, con la honradez que le caracterizó siempre, ese momento particular de su aventura vital. El poeta escribe en La Rusia que se va:

¡No soy de ahora!
Qué debo pues ocultar?
Quedé con un pie en el pasado
intentando a mi pueblo alcanzar,
y por tierra en mi empeño he rodado.

Fue este drama íntimo el que inspiró al poeta sus notas de rebelión y desesperación, drama que, por otra parte, vivieron muchos para quienes resultó difícil comprender la nueva coyuntura social, definida por una lucha sin cuartel entre lo viejo y lo nuevo.

No en vano escribiría Gorki en los ensayos que componen su libro Por el país de los soviets que Sergio Esenin es inseparable de nuestra realidad; él representa el clamor y el gemido de cientos, de miles, él representa viva y dramáticamente la inconciliable ruptura entre lo viejo y lo nuevo.

Entre la revolución y la bohemia

A su regreso del extranjero encontramos toda una serie de extraordinarios poemas escritos bajo el impacto del momento histórico que está viviendo el país soviético. A ese ciclo pertenecen poemas como Rusia soviética, Balada de los veintiséis, Poema sobre los treintaiseis, fragmento del poema De paseo por el campo, Ana Snegin. En un poema expresa su deseo de remangarse los pantalones y correr tras el komsomol. Y en De vuelta a la patria exclama:

Yo veo
que más triste, más desolados parecen mi madre y mi abuelo
más alegre, y sonriente el rostro de mi hermana.
Para mí, sin duda
Lenin no es un icono
pues yo conozco el mundo.
Pero amo mi hogar.
Y mi hermana comienza
abriendo como una biblia el Capital ventrudo
a hablarme de Marx y de Engels.
Jamás, en ninguna estación
yo he leído, por cierto, esos libros.

Pero por otro lado, la vida bohemia tenía que reflejarse necesariamente en su poesía, adquiriendo tonalidades decadentistas. Llegan los años de la NEP, la época más tenebrosa en la vida y la obra del poeta. En 1924 publica su breviario poético Moscú tabernario, en donde narra su vida de desplazado social y que en su momento se constituyó en símbolo de sus admiradores, y en el que advertimos mucho de una pose ya de antes conocida. El énfasis tabernario de esta poesía, como hemos dicho, se apoya tanto en la osadía como en el pesar. Esenin vuelve a hacer de la fanfarronada infantil una de sus imágenes preferidas: el bajo y flaco héroe de su grupo, o bien, mi nombre suscita espanto, como si se estuviera delante de la más grosera blasfemia. El poeta parece admirarse a sí mismo o, como se acostumbra decir popularmente, posa de guapetón. El escenario de sus fanfarronadas es el café y la taberna, y su auditorio, delincuentes y prostitutas con quienes el protagonista se incendia en alcohol. Reforzando el conjunto aparecen algunas imágenes accesorias poco acostumbradas como la guitarra, las canciones gitanas y el vino que corre a raudales. A menudo el énfasis escandaloso del poeta se transforma en lástima por sí mismo: El azul de tus ojos se empaña en la taberna o ¿Qué sucede? Qué ha quedado de mí?, etc.

Al respecto entre 1926 a 1927 hubo encendidas polémicas en la URSS sobre el espíritu de disolución que embargaba a ciertos sectores juveniles, publicándose varios trabajos importantes al respecto. Destacados escritores criticaron duramente la poesía bohemia de Esenin. No puede afirmarse, sin embargo, que Gorki, Lunacharski o Maiakovski, hayan personalizado en Esenin y sus admiradores los símbolos de un fenómeno colectivo. Maiakovski dijo: Establecer una relación entre el espíritu de decadencia y Esenin carece de sentido. Dicho estado de decadencia es un fenómeno mucho más serio, mucho más complejo y vasto en sus consecuencias que Sergio Esenin. Y en su artículo Cómo escribir poesía, Maiakovski subrayó que al escribir su poema A Sergio Esenin, se había propuesto la tarea de arrancar al poeta de los que han querido aprovechar su muerte.

Desde el punto de vista formal, la poesía bohemia de Esenin propone dos variantes: la primera la integran romances de una calidad muy relativa (por ejemplo, Vida, engaño y deliciosa pena o Ni me amas, ni me extrañas), y la segunda, extravagantemente insertada por el poeta mismo en la tradición de la canción popular. Al mismo tiempo, Esenin escribe ciertos poemas de sutilísima delicadeza artística como Canción, Entreveo un sueño. Sendero oscuro, Pena, estrella mía, no te extingas y Ay de los trineos, Ay de los corceles.

El punto culminante de la tragedia personal de Esenin está expresado en su poema Extraño visitante. El oscuro visitante resume en sí todo lo oscuro que había en el espíritu del poeta. Embargado hasta las heces por la repugnancia y la cólera, el poeta lanza su bastón a la cara del visitante, pero sólo consigue romper su propio rostro, reflejado en el espejo.

Durante su último año de vida, 1924-1925, Esenin escribe lo mejor de su obra lírica y épica: Ana Sneguin, Los motivos persas y otros. En su conocido Esta luna imposible (1925), el poeta escribe:

Ya no sé cual ha de ser mi destino...
Inútil soy para la vida que empieza,
pero quisiera ver trocarse en granito
esta Rusia miserable y hambrienta.

Según el testimonio de Lievidinski, en 1924 Esenin decide por segunda vez ingresar en el Partido Comunista, recomendado por el veterano Flerovski. Su tentativa se remontaba a la época de su trabajo junto a los escritores proletarios para volverme útil, como entonces se lo manifestara al periodista Ustinov, colaborador de Pravda.

Por esta época Lunacharski, comisario del pueblo de cultura, se interesa por el poeta. En Bakú, Esenin lee sus poemas a Kirov y Frunze. El diario Pravda se ocupa asimismo de su obra, despertándose un interés multitudinario por su talento, interés que se traduce, en 1925, en la edición oficial de sus poemas que alegró mucho al poeta.

Esenin pensó que era necesario estar más cerca del Partido Comunista, pero su propio estado de ánimo iba de mal en peor, rodeado como estaba, en todos los sentidos, por sus amigos de farra. En medio de éstos aparecieron antiguos amigos (Kliuev, Ganin) y otros que querían aprovecharse de su renombre. Semejante situación hizo extremadamente difícil su trabajo. La vida de Esenin se debatía entre dos extremos: de una parte, todo lo que le brindaba la nueva sociedad, de la otra, todo lo que le recordaba la Rusia de antaño.

El fallecimiento de Lenin le impresionó vivamente. Como delegado de Pravda, hizo guardia durante varias horas en la sala de las columnas en donde fueron velados los restos mortales del dirigente de la revolución. El poema escrito por Esenin en su memoria testimonia la difícil comprensión que el poeta tuvo de la tarea llevada a cabo por el dirigente comunista. El legado revolucionario leninista encontró eco en la obra de los más destacados intelectuales soviéticos: Yo me acicalo en nombre de Lenin, escribe Maiakovski en su poema Vladimir Ilich Lenin.

Esenin escribiría dos poemas alusivos al tema, el primero, inacabado, en 1924 lleva como titulo Desocupado y el segundo al año siguiente, intitulado El capitán de la tierra. El poeta evoca los avatares de la guerra civil:

¡Rusia! ¡Querido rincón natal!
Cuanto ha que no se escucha en el bosque
el trinar de los pájaros, ni los perros
                    ladrar.

El poeta veía en Lenin un salvador de Rusia:

Con su verbo de fuego
nos condujo a la fuente de lo nuevo.
Nos decía Para acabar con los tormentos
poned vuestra confianza en los obreros.
No os queda otra salvación
que vuestro poder y vuestros soviets
.

En su poema El capitán de la tierra escribe: Me siento feliz de que en los momentos más lóbregos, con él respiré y viví.

Quizá el poeta no comprendió la figura de Lenin en toda su dimensión pues escribe: Para mí fue a modo de una esfinge, pensando que quizá sea a otro poeta a quien corresponda entonar una nueva canción en honor de los que han luchado con nuevas palabras. Y es posible comprobar, no cabe duda, ciertos momentos fallidos en el tratamiento de la figura de Lenin, pero de cualquier modo no se puede dejar de lado la sinceridad con la que el poeta encara la tarea.

Las piezas épicas de Esenin pueden servir como ejemplo para demostrar que las tareas impulsadas por la vida misma como fuentes de un arte socialista, debían adoptar nuevas formas, impulsando a su vez a los escritores y poetas en la búsqueda de un lenguaje acorde con la época. Esenin, que durante toda su vida de creador fue un buscador infatigable de dichos medios innovadores, se orienta no obstante hacia las formas épicas, pese a haber escrito con anterioridad que no era partidario de aquella poesía a la que son tan adictos los amantes de las bellas artes.

Un ejemplo admirable de la incursión de Esenin en el campo de la épica lo constituye su Canción de la gran gesta, escrito en 1925 y en donde empleó generosamente los motivos folklóricos. La canción está dirigida a expresar la hondura de la lucha popular en búsqueda de su destino; escrito en un ritmo de copla popular, el poema toma la figura del zar Pedro I, no desde el punto de vista de su significación histórica, sino más bien con la mirada de Kondr Bulavin, el dirigente de la revuelta contra el zar, es decir, como opresor del pueblo. Y si en Pugachov el llamamiento a la violencia termina en arrepentimiento, en la Canción de la gran gesta se escucha otro acento: Colgaremos a los nobles por los hombros -dice el pueblo- ¡y los colgaremos de sus propios faroles! Y más adelante en forma de copla popular lírico-humorística añade:

Oficialita,
sí, palomita,
se ajustaron cuentas
ayer en Guvcheka.
Se coreó 'Yablochko'
Un joven marino:
Aún falta por ver,
¡de encima os sacaremos!

En la segunda arte de la Canción, Esenin traza un fresco de la Revolución de Octubre y de la guerra civil. Interpretando la ira popular, el poeta habla del campamento de los blancos donde se revuelcan como el ganado, empapados en vodka y blasfemando, donde beben por el zar, por la santa Rusia, entre caricias de nobles rameras, olvidando el dolor. La imagen de los rojos, por el contrario, está trazada con profunda simpatía:

Los que no duermen de noche,
en sus chaquetas de cuero embutidos,
por los pobres viviendo
y sintiéndose contentos.
Los que no quieren entregar,
la ciudad de Pedro.

La obra de madurez de Esenin, tanto por su cualidad artística como por su significación histórica es, sin duda, Ana Sneguin. En esta pieza está claramente reflejada la lucha de clases revolucionaria en el campo que siguió a la Revolución de Octubre para liquidar la propiedad latifundista. La acción se desarrolla en el Riazan natal del poeta, en la aldea rica de Radovo, donde cada quien tiene su patio cubierto, y granero y jardín y, en las fiestas, carne y kvas a la mesa. Kriuschi, la otra aldea, es pobrísima, En ella sólo es posible labrar a todo correr un pedazo de tierra ayudado por dos derrengados jamelgos. Todos las personajes del poema están espléndidamente bien articulados en el plano social tanto como en el sicológico, ya se trate del cochero de Radovo, del molinero, del terrateniente o de la amiga del poeta, Ana, y muy especialmente caracterizados dos personajes de Kriuschi, los hermanos Pron, y Labuti Ogloblini. Los kriuschianos asedian con preguntas al desocupado poeta. En el portal de Pron se alza un vocerío de mujiks. ¿Entregarán a los campesinos la tierra sin rescate alguno? ¿En qué parará la guerra? Y Lenin, quién es? Y no es fácil comprender la respuesta que el poeta da a los campesinos cuando estos preguntan por Lenin. A través del personaje, el poeta contesta: él es Ustedes.

Artística y verazmente dibuja Esenin la imagen de los primeros campesinos forjadores del poder soviético. Pron es un rebelde. Al referirse a él la rica molinera de Radovo dice: zoquete, camorrista, patán. Al declararse la guerra de 1914, metido entre la multitud que gritaba, Pron mató a un sargento. Ahora, después de octubre, Pron se muestra diferente: firme y atento, arde en deseos de comenzar la reconstrucción de la vida campesina e incluso crear en Kriuschi una comuna. Con el aliento entrecortado por la alegría le dice al poeta:

Sin rescate alguno a partir del verano
tomaremos los campos y los bosques.
En Rusia de hoy mandan los soviets
con Lenin como primer comisario.

Pron, el primero, irá donde Sneguin, el terrateniente de Radovo, con la solicitud de que se entreguen las tierras a los campesinos, y cuando un regimiento de guardias blancos haga una de sus incursiones en Kriuschi, será también Pron el primer sacrificado.

En el trasfondo de estos acontecimientos revolucionarios se, despliega también un tema lírico: el encuentro del poeta-narrador con la hija del terrateniente, el amor que surge entre ambos y la irreversible separación. Pero Ana cambia, provocando la desilusión del poeta.

Los últimos momentos

En Moscú, en el verano de 1925, Esenin trata otra vez de reorganizar su vida, de crear una familia. Se casa con la nieta de León Tolstoi, Sofía, pero este matrimonio apenas duró unos meses. Los amigos del poeta se empeñan en seguirlo por doquier, acechándalo en la calle y provocando incluso incidentes que terminan can la intervención de la policía.

Una tarde antes de la Navidad de 1925 Esenin se aloja sombrío en el Hotel Angleterre de Leningrado. Durante tres días yace en su cuarto, sumido en estado de ebriedad. En un acceso de locura termina por ahorcarse a los 30 años en su habitación. Como testamento dejó escrito con su propia sangre un poema que termina diciendo:

Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras,
no te entristezcas ni frunzas el ceño.
En esta vida el morir no es nuevo
y el vivir, por supuesto, no lo es.

Sergio Esenin, junto con Blok y Maiakovski, es el más importante de los poetas ruso-soviéticos, siendo los tres considerados como lo señala Sophie Laffitte: figuras mitológicas contra el fondo apocalíptico de la Revolución.

La víspera había entregado a uno de sus amigos papeles con el encargo de ser leídos más tarde. Se trataba del poema: Adiós, amigo mío, adiós, desesperada conclusión de su En esta vida morir no es nada nuevo, atendiendo a la repercusión que podía tener. Dicho poema sirvió de base para que Maiakovski escribiera su A Sergio Esenin.

El trágico fin de Esenin -igual que cualquier otro final parecido- fue el resultado de toda una serie de circunstancias: inadaptación, fracasos sentimentales, dipsomanía... En medio de estas se destaca la indefensión del poeta en medio de las dificultades personales que atormentaron su vida. Esenin era dueño de una enorme sensibilidad. El pueblo ha perdido a su resonante guitarrero borrachín escribió Maiakovski.

Sobre él podemos decir, con las palabras de Chejov, que estaba dotado de un talento especial para intuir todos los matices del dolor. Esenin se quitó la vida bajo la presión súbita de un dolor torrencial de la desesperación, del cansancio espiritual.

En sus momentos de depresión Esenin consideraba que su poesía resultaría superflua en una sociedad nueva. Sin embargo, hoy día Esenin está considerado uno de los grandes de la poesía soviética y sus obras se editan en miles de ejemplares. Han dejado una huella profunda en la literatura soviética. Poeta difícil, quizá uno de los más difíciles, fue un talento admirable. Para Gorki era no sólo un hombre común y corriente, sino más aún, alguien a quien la naturaleza había dotado con la sensibilidad de un poeta para que expresara la inagotable tristeza del campo, el amor por todo lo que de entrañable y querido hay sobre la tierra y que, más que cualquier otra cosa, merece el hombre.

Serguéi Esenin, más que un hombre es un órgano que ha creado la naturaleza exclusivamente para la poesía, dijo Gorki cuando lo conoció. Asombra tanto como la riqueza y humanismo de su lenguaje poético, su sinceridad, y el hecho de que en el brevísimo lapso de 10-12 años pudiese crear un mundo con el cual se identifican en mayor o menor medida quienes le admiran.

Ante del nombre de Esenin salta siempre a la mente el tema del poeta nacional ruso, como si se quisiera parafrasear las palabras de Gogol sobre Pushkin, el poeta más amado de Esenin. Todo el paisaje ruso, Rusia misma, se halla reflejada en su poesía: Ah, sucede que ladeas el sombrero, aflojas las riendas del caballo y lo acercas al pienso: entonces acuérdate de mí. Esto nos recuerda a Nekrasov: No importa, pon pies en polvorosa, etc.

Esenin es, pues, un poeta popular. Lo es no sólo por su léxico, por su raigambre folkórica; lo es también por la esencia misma de toda su temática.

El motivo de su poesía es la vida en toda su dimensión, el rincón natal, el abedul, que el poeta se complace en grabar con su cuchillo, las canciones del los jóvenes comunistas, e incluso la agitación de la taberna. La industrialización del país, el Cáucaso y Riazan, el morduino y el gruzino, la estepa y la mujer. Y como héroe central, el poeta mismo. Todo lo que hay en el hombre, todo lo que puede sensibilizarlo: ¿La campanilla, su eco lejano? Todo se aposenta dulcemente en el pecho. Él nombró todo lo que aún carecía de nombre, lo que permanece dormido en el espíritu del hombre y que hace falta nombrar.

El secreto de su lirismo está en la forma en que su poesía abarca todo, en una época especialmente dura, cuando tanta sangre se ha vertido: Pienso -escribe en Ana Sneguin- ¡qué hermosa es la tierra sobre la que el hombre vive y cuántos mutilados y monstruos al llegar la guerra!

He aquí pues el por qué de la universalidad de Esenin. Él es junto a Maiakovski uno de los poetas más importantes de la Rusia del siglo XX. Su poesía sirve para comprender a todos aquellos que sufren, que padecen en medio de los escombros, a todos los que trabajan, a todos en fin los que aman la justicia social y la buena poesía. Por eso está entre los poetas más luminosos del siglo XX. El poeta turco Nazim Hikmet señaló también a Esenin como uno de los más grandes poetas universales. En la propia URSS Alexei Tolstoi escribía después de la muerte de Esenin: Ha muerto un gran poeta... Su poesía es como si nos hubiese entregado el tesoro de su espíritu a manos llenas.

Esenin supo despertar en el corazón los lirios de nuevas primaveras y escribió sobre sí mismo algunas palabras preñadas de plasticidad:

Vida, ¿acaso has sido un sueño más?
Es como si en el alba de la primavera
                                                            resonara
de mi rosado corcel su galopar.

Biografia completa de Sergio Esenin

consejerodelobo@hotmail.com @ 03:39

esenin-3.gifSergio Esenin
(1895-1925)

Sumario:

— El juglar de la aldea
— Obrero tipógrafo en Moscú
— Primeras publicaciones
— El espíritu de la naturaleza
— Influencia de Pushkin
— Los motivos religiosos
— El embrujo de Octubre
— El imaginismo
— Apología del gamberrismo
— Con Isadora Duncan
— Regreso a la URSS
— Entre la revolución y la bohemia
— Los últimos momentos

El juglar de la aldea

El poeta ruso Sergio Esenin nació el 21 de septiembre de 1895 (3 de octubre del antiguo calendario), en el seno de una familia campesina de la aldea de Konstantinov, distrito de Kuzminski (actualmente distrito Ribnoski, provincia de Riazan), una de las provincias más aisladas de Rusia.

En 1909, una vez finalizada la escuela primaria, sus padres decidieron matricularlo en la escuela religiosa de Spas-Kliepik, situada a unos 30 kilómetros de Konstantinov. Una vez graduado, Esenin se examinó para ingresar en una escuela religiosa de magisterio junto con algunos de sus antiguos compañeros; otros, unos pocos, continuaron con la escuela secundaria; algunos más, siguieron en distintos seminarios. La mayor parte de ellos, sin embargo, se trasladó a la ciudad, convirtiéndose en obreros.

Durante los tres años que duró su asistencia a la escuela de magisterio, cada día, mañana y tarde, esencialmente los días de fiesta y con la asistencia del maestro de turno, los alumnos debían asistir a los oficios religiosos en la iglesia próxima a la escuela. Ningún maestro se preocupaba de su formación, de manera que ésta corría por su cuenta. No sólo no había biblioteca, sino tampoco libros de lectura, excepto los manuales imprescindibles. Solicitaban los libros de lectura en la biblioteca de la escuela primaria, que se encontraba a dos kilómetros de donde estudiaban.

Por la noche, cuando estaba fatigado de estudiar, leía poesías de Pushkin, Lermontov y otros poetas, y después les leía a sus compañeros algunos de sus primeras composiciones poéticas. Fue un poeta dotado y muy precoz. Escuchaba a los poetas populares errantes y repetía sus canciones, a la vez que componía las propias. Se unía a los peregrinos para visitar las catedrales, admirar los iconos, haciendo ya entonces una vida de vagabundo. Cantaba sus poemas a los peregrinos que esperaban el tren agrupados en una pequeña estación. En una ocasión conmovió en tal forma a una de esas almas vagabundas, que lo hizo llorar; un viejo se salió del grupo, y aproximándose al poeta, tembloroso de alegría, desanudó el pañuelo que le servía de monedero y sacó de él cincuenta kopeks, toda su fortuna para el camino, que obligó a Esenin a aceptar.

Era entonces un muchacho apuesto de cabello rubio, crespo, rizado y expresivos ojos azules, tremendamente temperamental y vivo.

Amplios sectores campesinos de aquella depauperada Riazán habían comenzado a ser ganados por las ideas revolucionarias, llegando el eco, incluso, hasta algunos grupos estudiantiles. Aquellos fueron los años en que, como escribiera Lenin el gobierno ha comprendido que la paz entre él, una población campesina y una masa a la que arruina y lleva hasta la más completa miseria, no puede existir. En la aldea de Kuzminski, vecina de Konstantinov, vivían dos hermanos Iván y Esteban Klemenov, quienes pasarían a la historia como saboteadores del zarismo y los terratenientes. Iván Klemenov recuerda precisamente a Esenin en su autobiografía, rencordándolo como uno de sus maestros.

Obrero tipógráfo en Moscú

En el otoño de 1912, Esenin se traslada a Moscú y vive allí con su padre en una residencia destinada a los dependientes del almacén Krilov. Alexander Esenin consiguió colocar a su hijo en las oficinas del almacén. Pero bien pronto el poeta empezó a abandonar el trabajo apenas el jefe desaparecía de su vista, conducta que lo llevó a reñir con su padre y a alejarse de él poco tiempo después. Una vez sin trabajo, Esenin decidió regresar a su aldea meses más tarde.

De nuevo en Moscú en marzo de 1913, trabajó en la tipografía de I.D.Sitin, como ayudante del corrector de pruebas. Con razón Lunatcharski escribiría más tarde que Esenin llegó de la aldea no como aldeano, sino en cierta forma, como un exponente de la inteligencia campesina. En modo alguno tenía la apariencia de un campesino, ataviado con su vestido color castaño, cuello almidonado y corbata amarilla. Su cabello rizado le daba un cierto aspecto de fascinante coquetería. Por otro lado, su ánimo era el de alguien hondamente abatido. Su padre le reñía constantemente, reprochándole que no se ocupara de cosas más prácticas que escribir versos. Todo su tiempo lo ocupaba en leer, empleando su sueldo en comprar libros, revistas, alocadamente.

Continuó en la tipografía de Sitin hasta mediados de mayo de 1914 y en septiembre de ese mismo año ingresó en la tipografía Chernichev, donde trabajaba de ocho de la mañana a siete de la tarde, y por tanto le era casi imposible dedicarse a leer y escribir. En diciembre decide abandonar el trabajo y dedicarse por entero a la poesía, escribiendo infatigablemente. En enero comenzaron a publicarse sus poemas en varias revistas.

La agitación revolucionaria que cundía por el país habría de influir, naturalmente, sobre la juventud, despertando en ella sentimientos dormidos. Sobre la influencia que tales inquietudes dejaron sobre Esenin, ha quedado testimonio en las cartas dirigidas por éste, desde Moscú, a su compañero de estudios en Spas-Kliepik, Grigory Panfilov, con quien el poeta compartiera sus ideas progresistas. Esenin no sólo participó en el ambiente político reinante (incluso durante su permanencia en la tipografía de Sitin) sino que llegó a padecer los registros de la policía. Me siento atontado. Una tristeza brutal se agazapa en mí. Ya el verano se extingue con sus rayos dorados y yo no puedo verlo, escondido como estoy detrás de las paredes de la tipografía. Donde quiera que mires, la mirada tropieza con fríos muros y sólo vemos edificios grises sobre una calzada salpicada aún con la sangre de los sacrificados de 1905, escribe el poeta a su amigo Panfilov.

Es suficientemente conocida la importancia literario-musical que sobre la formación de Esenin tuvo el círculo literario del poeta campesino Surikov. Este círculo tenía entre sus miembros a escritores noveles y poetas venidos del campo. En los comienzos de la primera guerra mundial, sus miembros imprimirían el diario El amigo del pueblo. Para esta publicación Esenin escribió su poema Papamoscas, secuestrado antes que viera la luz, sin que haya sido conservado. Desde el punto de vista político, el círculo de Surikov mostraba un aspecto bien abigarrado. Allí participaban eseristas, mencheviques e incluso algunos bolcheviques.

La agitación revolucionaria que conmovía al país, se reflejó en Esenin, que ya había compartido las inquietudes políticas de los obreros de la tipografía Sitin. Esenin llegó a distribuir propaganda entre ellos y a participar en mítines, lo que motivó que fuera puesto bajo vigilancia policial.

En suma, la permanencia de Esenin en Moscú tuvo gran importancia. Una vez superada -pero de ninguna forma olvidada- la atmósfera campesina y estudiantil de su juventud, el poeta experimentará un nuevo universo, esta vez de tipo proletario y urbano, además en una etapa de plena efervescencia política revolucionaria que se manifestaba en incontables paros y huelgas.

Esenin asiste por aquellos días a la Universidad popular de Shaniavski, primera institución a la cual se podía asistir libre y gratuitamente, y en donde destacaban las conferencias de los catedráticos de ideas progresistas. Allí estudiaron muchos coetáneos de Esenin, por ese entonces apenas iniciados en las tareas literarias, tales como I. Filipchenko, V. Nasiedkin, N. Kolokolov, S. Malashkin, D. Simionovski, B. Sorokin y otros.

De esta manera Esenin se vinculó al movimiento progresista obrero y cultural en plena ebullición. Pero no será ni de la ciudad en plena agitación y mucho menos del movimiento revolucionario de donde el poeta extraiga los motivos fundamentales de su verso. Más allá de las imágenes que le propone el medio circundante, su poesía estará motivada por el universo patriarcal de su infancia.

Traslado a Petrogrado

Las publicaciones en donde Esenin logra insertar sus primeros trabajos en 1914, no gozaban de mucho eco. Adaptándose muchas veces al nivel de dichas revistas, Esenin estaba lejos de publicar en ellas sus mejores poemas, como pueden atestiguarlo El sueño de la campana y Oración por la madre, de clara inspiración religiosa.

El medio literario frecuentado por Esenin se componía, en su mayoría, de obreros y campesinos autodidactas procedentes del círculo de Surikov, sin ningún talento poético especial, lo que terminó disgustándole profundamente, consciente como era de su propio talento y de la posibilidad que tenía de conquistar un primer puesto en la vida literaria. Pero las revistas más prestigiosas de Moscú lo ignoraban por completo. Esenin decide entonces probar suerte e Petrogrado, la capital. Su proyecto, de sufrir un nuevo fracaso, era partir hacia Revel, donde vivía un tío suyo y emplearse allí como obrero. Pero sucedió lo contrario: en unas cuantas semanas Esenin se convirtió en la estrella de los más influyentes y refinados círculos literarios de Petrogrado. Y si aún la víspera el poeta no encontraba dónde instalarse, atormentado por la posibilidad de pedir ayuda a su padre, se encuentra de pronto convertido en el poeta de moda y mimado de revistas y salones. La vida entera de Esenin cambia a partir de este momento.

En carta dirigida a Romain Rolland Gorki trazó un retrato excepcionalmente vívido del Esenin de aquellos años: Yo vi a Esenin inmediatamente después de su llegada a la ciudad; de baja estatura, bien formado, pelo claro, rizado, vestido igual que el Vania de 'La vida por el zar', de ojos azules y limpísimos como Lonhgrin, así era él. Y la ciudad lo recibió maravillada, igual que el glotón las fresas de enero. Se comenzó a elogiar su poesía, excesiva e insinceramente como suelen hacerlo los envidiosos e hipócritas. Tenía 18 años entonces y al llegar a los 20 comenzó a adornar sus rubios cabellos con un bombín de moda que le daba el aire de un dependiente de pastelería.

El poeta se convirtió, pues, en el invitado especial de diferentes salones, ya a la torre de V. Ivanov, ya al salón de Hippius, y Merezhovski o al de los condes Kleimnigel o, en fin, a muchos otros salones conocidos por su mundanidad. Pero Esenin, con la sagacidad propia del campesino, captó de inmediato los motivos de aquellas invitaciones y cuál era el precio que se le exigía a cambio para entrar a formar parte de los medios culturales de Petrogrado. Había, por tanto, que aceptar las reglas de juego y no vaciló en hacerlo. Fingió convertirse en el muchacho adocenado que querían ver en él los gastrónomos y secuaces del populismo oficial.

La vida literaria con que se encontró Esenin en Petrogrado era difícil, muy variada, y no fue simple para él orientarse. Pululaban por doquier las más encontradas tendencias: simbolistas, acmeístas, anarquistas, místicos, neo-cristianos, futuristas, ego-futuristas, neo-populistas, etc. Paralelamente estaba el campo de las seguidores de Gorki, quien editaba a la sazón la revista Crónica. Esenin entregó a Gorki su poema María Posadnitsa que la censura vetaría.

 El sentimiento anti-militarista a menudo distinguió a Esenin de la mayoría de los escritores petrogradenses, embebidos en loas del jaéz de ya resuena el trueno de la victoria. Sin embargo, Esenin tampoco habría de sumarse a la órbita de Gorki. Alexander Blok más que ningún otro, conocía bien ese mundo extraño que cercaba a Esenin: Yo creo que para Usted -le escribía al novel poeta- el camino será corto y que para no perderse en él hará falta ir despacio, sin inquietarse. Por cada paso que demos, tarde o temprano debemos responder, y avanzar ahora resulta difícil, tanto más si hablamos de literatura.

En efecto, el camino resultó arduo para Esenin. Pese a todo el empeño que el poeta puso en conservar lo más noble, lo más limpio que su primera juventud le diera, la nueva situación terminó por quebrantar su espíritu.

Hasta octubre de 1917 podemos dividir los poemas de Esenin en tres grupos principales. En primer término, los ensayos iniciales que él mismo jamás pensó publicar. A continuación las producciones correspondientes a 1910-1911 e impresas muchos años después. Estos poemas, vistos desde su mejor ángulo, se diferencian claramente de aquellos que el poeta escribiera en sus cuadernos escolares y, en especial, de los que enviara a su joven amigo y poeta Panfilov, entre 1912 y 1913. Del tercer grupo, inmediatamente anterior a la revolución, los más acabados corresponden a los años 1915-1916.

El espíritu de la naturaleza

La lírica de Esenin nos transporta al ámbito de la vida campesina, de donde mana, inagotable, la imperecedera belleza de la naturaleza. En algunos poemas tempranos aparecen ciertos bocetos que bien podemos catalogar como estudios líricos o cuadros de la vida rural: En la barraca, Primeras nieves, El abedul y otros, evocadores, en cierta medida, de la poesía de Nikitin y Surikov; algunas de sus tentativas juveniles, por ejemplo Mi vida, tienen, ciertamente, un carácter imitativo.

Sin embargo, no podría decirse, que estos primeros escarceos definan la lírica eseniana. Bien pronto el poeta ha de encontrar su propio y singular estilo en donde plasmará las más nítidas, delicadas e íntimas imágenes de su espíritu. Su poesía traduce el hondo amor por la tierra natal, el paisaje y las emociones que éste suscita, todo ello expresado con frescas y originales metáforas que son, a un mismo tiempo, júbilo por el esplendor que nos rodea y tristeza al advertir la brevedad de las cosas, la fugacidad de esa irrepetible belleza en un mundo en el cual al hombre sólo le es posible vivir una vez.

Años más tarde Esenin se propuso explicar, a través de toda una teoría contenida en su ensayo Las llaves de María y el artículo Arte y vivencia, su universo poético. Según Esenin, todo arte está basado en imágenes y es la plasticidad de dichas imágenes la que constituye la clave del arte popular ruso. A este respecto es preciso recordar que el poeta se había familiarizado ya, desde los tiempos de su asistencia a la escuela de Spas-Kliepik con el Cantar de las huestes de Igor, cantar épico del siglo XII cuya influencia fue decisiva en su formación. Esenin leería, asimismo, mucho más tarde, los tres tomos del conocido trabajo del folklorista ruso A. Afanasiev, Las concepciones poéticas del pueblo eslavo en torno a la naturaleza. Tanto una obra como la otra habrían de ser no sólo modelo para ejercicios de imitación sino, además, la demostración de la riqueza del sentimiento popular y el vivero de leyendas que subyace en él, en incomparables imágenes.

La lírica eseniana centra la atención sobre la espiritualidad del mundo circundante. Los motivos que elige, al igual que el paisaje mismo, tienen su propio movimiento. Esto viene a explicar la abundancia de su material poético. Así, pues, el mes, el cual el poeta compara con un rizado corderito, se pasea por entre la hierba celeste. Los cuernos del mes reflejados en las aguas tranquilas del lago cornean los carrizos, y si miramos el lago desde el sendero, entonces parecerá que el agua se mece en la orilla. El ajenjo no huele sino que aroma el jardín, no esplende sino que fulgura como una hoguera, etc.

Semejante percepción del mundo, las estrellas, las flores, los árboles, tratados como si fueran objetos animados y en constante movimiento, transformándose unos en otros, forman parte también del material utilizado por Esenin en sus cuentos, leyendas y mitologías populares. Nutriendo todo su sistema poético, dicha concepción, perfeccionada por la realidad, explica la unidad indisoluble del hombre con su entorno, es decir, con la vida misma. Sin embargo, el pensamiento de que tanto el mundo como el hombre que lo habita son perecederos, condujo al poeta al pensamiento de la muerte. Ya en su Canción imitada, el poeta, que apenas contaba quince años, nos habla acerca de una bellísima muchacha que sabía ufanarse por no importa qué; el poema finaliza describiendo una escena en que la joven es llevada a la tumba mientras el poeta observa el paso del cortejo desde su ventana. He aquí una de las verdades constantemente invocadas por Esenin: todo lo bello, como la vida misma, es efímero. Y esa nota impregnará de un extremo a otro la lírica del poeta: Bendito sea por los siglos de los siglos aquel que vino a florecer y a morir.

La influencia de la poesía oral juglaresca sobre Esenin, y en particular sobre su más temprana poesía, presupone un parentesco con la obra de Kolzov. A este propósito, baste recordar tan sólo poemas como Haz sonar, acordeón, tu almibarado fuelle, Oh, tu, Rus, querida mía, Hermosa fue Taniuska, más bella no la hubo en la aldea, Doncellita y otras. La imagen de la muchacha en No errar ni empantanarse en los rojos arbustos recuerda también a las jóvenes rusas celebradas por Kolzov. Incluso la tan utilizada imagen eseniana del pendenciero ruso tiene su deuda con el pendenciero de Kolzov. Tiene plena razón Bielinsi cuando escribe que por su índole como por su situación, Kolzov fue ruso en el más pleno sentido de la palabra. En él se ponían de manifiesto todos los elementos del alma rusa y particularmente, una extraordinaria fuerza tanto frente al sufrimiento como a la alegría, capacidad para entregarse sin reservas a los más opuestos estados de ánimo y encontrar, al mismo tiempo, en no importa dónde, el más turbulento, espléndido e indefinible encanto. Es claro que resulta difícil comparar a un poeta con otro pero, no obstante, teniendo en cuenta la diferencia de edades o la naturaleza de sus respectivas actividades, la riqueza léxica de Esenin no puede menos que asombrarnos; en su obra podemos encontrar unos diez mil giros diferentes.

Como Lermontov, Esenin es de aquellos poetas que llegaron a su plenitud en un lapso de tiempo intenso, fulgurante y extraordinariamente breve.

La poesía de Esenin está muy cerca de la canción popular. Sin embargo, partiendo de este punto, podemos distinguir claramente en su poesía varias etapas, rápidamente transformadas unas en otras. La más temprana de estas etapas está sin duda marcada por su inclinación hacia el habla arcaica rusa, como puede observarse en Canción sobre Evpaty Kolovrat. Esenin aporta al dibujo de su héroe denominaciones típicas del campo relacionadas con la caza, la agricultura, la pesca y la guerra. Así, por ejemplo, aún niño, Esenin compara las nubes con redes de pájaros, también utiliza como medio de comparación la antigua palabra loniezni (en años pasados), puinia (pequeño arbusto), dikomit (halcón). Habrá que tener en cuenta también dentro de esta etapa la supresión o cambió de ciertas vocales y letras.

La relación romántica con lo arcaico y su utilización como medio para poetizar la antigüedad patriarcal corresponden al período prerevolucionario de Esenin. Esta tendencia desaparece en el período siguiente. No obstante, de aquella primera etapa subsisten ciertos elementos tales cómo la utilización de sustantivos apocopados, cuyo papel dentro del poema es eminentemente rítmico.

Se sucede a continuación, como si desembocara una en la otra, una etapa caracterizada por el uso de términos bíblicos y eclesiásticos. Y como resulta ya habitual en Esénín, este nuevo momento de su tarea creadora será también aluvional pero, no obstante, y en el más alto grado, marcado por el alambicamiento, por el exceso de estilización. Es curioso que en el poema Advenimiento, fechado en 1917 y dedicado a Andrei Biely, se haga una alusión a la Revolución de Octubre comparándola... con Cristo resucitado:

Oh Rusia, inmarcesible,
de la muerte vencedora.
Has llegado del firmamento estrellado
a tu lugar en la tierra.

Muchos de los trabajos de Esenin posteriores a la revolución muestran asimismo el uso de imágenes propias de la mitología eclesiástica, como Otkoi (Breviario), Transfiguración, La estrella de Jordán, El monje, etc. En el poema, Viejo amante (1917) lo cristiano se mezcla con lo bíblico-folklórico. A partir de la revolución emplea a menudo expresiones como: Amante mío, mi querido, quien con sus hombros poderosos puede tallar montañas. La imagen del mujik tomado a la manera de la épica rusa aparece levantando sobre sus hombros la tierra misma. Incluso las más caóticas épocas de la historia rusa convocan al pueblo alrededor de los principados, arrastrando consigo a todos los demás, tal como se desprende del cuento El lúgubre enemigo.

Todos estos motivos bíblicos y religiosos desaparecen bien pronto de la poesía de Esenin, una vez el poeta comienza a interrogarse sobre su papel en el proceso revolucionario. Ya hacia 1920 sólo quedan algunos eslavismos en su poesía, utilizados como contrapuntos retóricos.

El tercer grupo de variaciones estilísticas de la poesía eseniana está relacionado con la romantización de las costumbres campesinas y las tradiciones en general, como por ejemplo, la emoción frente a la naturaleza, el amor por la mujer, por el hombre, por la vida, sentimientos éstos que el poeta consigue expresar con un mayor dominio de su arte, valiéndose de un mayor colorido y una mayor concentración y pureza en los tonos. Así, pues, Esenin nos habla del mundo nuevo que se abre ante él, entonces es igual, yo seguiré siendo el poeta de las doradas chozas de troncos. Es de anotar que los colores amarillo y azul fueron siempre sus preferidos, de modo que un resplandor de oro se proyecta sobre todos sus poemas, pasando del sol al pan, los cabellos, la juventud, la vida, la mujer, etc., Mi corazón se vuelve un témpano dorado, Eh, tú, juventud, turbulenta juventud, dorada travesura ¡Azul, sin igual azul! Bajo tu hechizo ni siquiera me duele morir. El azul está presente en todos los momentos: mayo azulado, indecible, celeste, delicado, aire pleno y azul, etc. El dorado puede ser también amarillo y el azul celeste y negro. Es decir, los colores caracterizan los objetos, mezclándose, jugando entre sí.

Como antípodas o disolventes de esta tonalidad romántica, Esenin utiliza a menudo las palabras ruin y torpe. Crea así un contraste sumamente agudo, verificable en expresiones como los sapos negros, las blancas rosas. Dentro de esta línea está escrito el poema, Plegaria.

Es posible distinguir variantes que tienen como fin darle forma a entonaciones epistolares, diálogos y monólogos, cuyo predecesor, Apujtin, había empleado ya en poemas como Carta, Respuesta a una carta, Antes de la operación, El loco y otras. En los poemas de 1924 tales como Carta a la madre, Carta de mi madre, Respuesta, Carta a una mujer, Carta al tío, Carta a la hermana (1925), y Ana Snegin, Esenin creó algunas de las mejores obras en este género, tradicional, por otra arte, en la poesía rusa. Con todo, la lírica epistolar de Esenin se encuentra por encima de la de todos sus antecesores -Apujtin, Apolona Grigoriev, V. Schubin- y más próximo a Pushkin.

Si ahondamos en el lenguaje y el estilo de Esenin y en el sello que imprimió a los diferentes géneros literarios, podremos detenernos en sus poemas de intención publicística ("En el país de los canallas"), en sus relatos épicos, en sus poemas de corte retórico y hondo lirismo ("Estancias"). Un sitio destacado en medio de estas producciones lo ocupa su canción-romance. La entonación de su romance gitano se apoya más en Alexander Blok que en Apolona Grigoriev, pese a que la influencia del primero puede advertirse muy a menudo en su poesía: Si ardes es porque ya eres fuego, etc.

El tema de la juventud o la aflicción por el derroche que de ella hicimos ocupa un lugar predominante en la poesía de Esenin, aunque no sea algo absolutamente nuevo, sino vinculado con la tradición folklórica popular que, además, es característica de Kalzov y Nikitin.

Sería, pues, mucho mejor hablar de la aproximación de Esenin y Kalzov a la canción popular que de la influencia del segundo sobre el primero.

Dentro de esta misma perspectiva podríamos hallar ecos de Nekrásov, si tenemos en cuenta que los poemas de tema rural de Esenin se abren sobre aquella atmósfera triste, pobre, de la Rusia campesina. Esta sería la caracterización que en alguna oportunidad Hertzen hiciera de Kalzov. En fin, que la imagen del campo en Esenin no es sólo una idealización sino la expresión de una vivencia, la traducción de un sentimiento hondamente encarnado en su poesía.

Influencia de Pushkin

Al lado de lo folklórico-popular ha de señalarse en la poesía de Esenin lo que podríamos denominar su ascendencia pushkiniana, tan clara en la poesía popular. La tradición pushksniana dentro de la lírica rusa está en su carácter nacional, en su riqueza, en su capacidad para interpretar y representar el alma rusa, desde los más sutiles tonos de la tristeza hasta la exultante alegría de la autorrealización, desde las más ligeras pinceladas de carácter lírico hasta los poemas políticos, todo este universo gira en torno del amor al hombre, al pueblo, a la patria. Y todo él plasmado en un lenguaje y en unas unas formas poéticas cristalinas, transparentes. De esta manera, Pushkin representa no sólo el pasado, sino la más preciada herencia popular y, al mismo tiempo, el futuro. El mundo de Pushkin es diáfano y capaz de despertar todos los rincones del espíritu.

La lírica de Esenin está fundada sobre esa herencia: veracidad, amor por la humanidad, sensibilidad para cada vivencia, y estas características están fundidas, profundamente imbricadas con el lenguaje y el estilo que le son propios. Esenin maduró dentro de la tradición popular y clásica de la poesía rusa, y el haber tomado como ejemplo a Pushkin y su ternura por la humanidad, ha forjado un poeta un hijo predilecto de su pueblo, de esa tierra regada por tanta sangre y por tantas agresiones conmovida.

La riqueza de la lírica eseniana se proyecta sobre todas sus imágenes, ya se trate de un abedul, el campo, el pan mismo, confirmando su talento de cantor de la naturaleza. Pero el lado social de la vida campesina y sus contradicciones apenas si llegaron a impregnar su poesía. Es cierto que en sus primeros poemas (los que enviara a su amigo Panfilov desde Moscú y entre los cuales podemos citar Gotas y Plegaria), aparecen ciertas preocupaciones urbanas, pero se trata de composiciones inmaduras. Estos primeros poemas evidencian la influencia de Nadson y más aún, la de Kalzov y otros poetas costumbristas como Nikitin, Surikov o Drozhin. Incluso un poema como Poeta recuerda no precisamente a Lermontov -Esenin más tarde daría cuenta del afecto que sentía por él- sino más bien una pieza de Nadson del mismo título: Bien está que tu canción arda en el fuego de la ira y tu espíritu en el de la verdad.

Precisemos, entonces, que si bien los motivos urbanos y progresistas aparecen en las piezas tardías de Esenin (El herrero, Rusia, Maria Posadnitsa y otros) es de la antigüedad, de la Rusia patriarcal, de su dulzura y turbulencia, aún no conmovidas por los crueles antagonismos del capitalismo, de donde el poeta extraerá las claves fundamentales de su obra. Rompiendo el aire enrarecido que había traído el simbolismo de Balmont y Merezhkovski a la poesía rusa, la expresión poética de Esenin proviene del sentimiento ancestral del campesino que ignora las comparaciones abstractas y para el cual todo objeto es definido en comparación con otro objeto. Así, los sauces son ancianos, el sol una rueda, la aurora una gata que se lava en el tejado, la tierra una nodriza, la luna una miga o una oveja. Parece no estar escrita con palabras, sino con surcos de arados, bosques, perros que ladran a la luna. La poesía de Esenin se singulariza por ser un intento de revivir la tierra natal y los días de infancia -esas hermanas gemelas- que constituyen el paraíso perdido, en este caso el mundo campesino estable y ordenado. Mientras para Maiakovski era preciso escupir sobre el pasado y la poesía era un vehículo para transformar el mundo, Esenin -aunque desgarrado por contradicciones internas- fundamentalmente se volvía hacia un mundo pasado, al que presentía condenado a desaparecer, tal como en un poema en el cual describe un caballo que se esfuerza inútilmente por alcanzar una locomotora.

Los motivos religiosos

Muchos de los motivos religiosos que informan la obra de Esenin resultan ininteligibles para el lector actual. Formó parte del grupo dirigido por Ivanov-Razumnik, ideólogo del socialismo místico, proclamador que en el socialismo el sufrimiento del mundo salva al hombre, al revés del cristianismo, y que Rusia es revolucionaria y orgánicamente socialista, en contraposición al Occidente burgués, individualista y ateo.

El poeta buscó salir de ese ámbito místico al que lo había condicionado su estancia en la escuela de Spas-Kliepik. Alguna vez escribió que en Cristo no veía a Dios sino a un hombre predicador del bien. Por otro lado, Esenin no tomó jamás a pecho su religiosidad. De ahí la facilidad con que su poesía mística se transmuta en blasfemia: Me enseñaste a insultar, no a invocarte, Señor. Posteriormente, en enero de 1924, preparando la edición de uno de los libros, Esenin escribiría: La más engorrosa de mis etapas y que se refleja en mis primeros poemas es la que corresponde a mi religiosidad. Yo no considero que tenga mérito alguno. Ruega por tanto, al lector, considerar estos trabajos como fantasías poéticas, como los mitos y leyendas típicos de cada pueblo. No obstante, estos motivos no jugaron en su poesía el papel de simples ornamentos. Cuando los empleó, tomándolos de la biblia y del evangelio, aunque no creyese en ellos, lo hacía apoyándose en el sentido que los mismos tienen dentro de la religión cristiana. Ese sentido no es otro que la bondad, la resignación y la mansedumbre.

Por ejemplo en el poema Evpaty Kolovrat (1912), el acento no está puesto en la resistencia heroica del pueblo ruso, sino sobre episodios que no tienen carácter heroico. Para sus compañeros, el enfermo Evpaty era un borracho, pese a que éste les dice:

Embriagarse
las ideas embota, y el cuerpo
hasta la hierba misma se puebla de enemigos.

Estas palabras que no son escuchadas. Luego Esenin describe cómo, muerto ya Evpaty, yace con un cirio en la mano, teniendo en derredor las huestes rusas aniquiladas por los tártaros. Burlándose de los vencidos, Baty ordena que se le haga una copa para el vino con la calavera de Evpaty y se mofa diciendo que las tropas rusas sólo fueron traídas al campo de batalla para levantar las empalizadas donde sucumbirían.

En realidad, tal como consta en el Relato sobre el saqueo de Riazán por Baty en 1237, Evpaty sucumbe durante el combate a manos de Jostovrul, yerno de Baty, y éste, impresionado por el coraje de Evpaty y sus guerreros, ponen libertad a todos los prisioneros rusos.

Es imposible, por tanto, ignorar la maestría artística de Esenin en la utilización que hizo de los motivos ancestrales y más aún, en el empleo de expresiones típicas de la región. La riqueza de éstas constituyó para el poeta un verdadero arsenal, hasta el punto de que, encontrándose todavía en la aldea, llevara siempre consigo un cuaderno en donde anotaba palabras y expresiones de uso corriente entre los viejos. Es claro que muchas de estas palabras y giros exijan, hoy día, una explicación. El diccionario mismo confirma el extraordinario colorido de su Evpaty. Asimismo corre por todo el poema, como por su María Posadnitsa, el aura del Cantar de las huestes de Igor.

Valga recalcar que el interés de Esenin por el lenguaje y la historia de la antigua Rusia tuvo motivaciones diferentes a las exclusivamente literarias. Ese interés se imbrica con una tendencia general de la época, especialmente durante los años de la guerra, orientada a mantener vivo el espíritu multinacional de la literatura rusa. La vigencia de ese espíritu se manifestó en los simbolistas (un ejemplo es el libro de Andrei Biely, Ceniza). La idea central era la de que el espíritu nacionalista no sólo dependía de los temas sino, ante todo, del trabajo con el lenguaje popular y la creación de obras inspiradas en la tradición.

El más conocido aporte de Esenin a la estilización es, sin duda, la narración El barranco, escrita por el poeta durante el verano de 1915, en el transcurso de una visita que hiciera a su aldea natal. Esta narración no convenció a Gorki y el poeta mismo no la tuvo nunca en gran estima, pues no volvió a trabajar en ella.

La narración está tejida con giros folklóricos netamente campesinos. Como motivo se destaca cierta intención social, patente en el asesinato de algunos mujiks a manos del terrateniente. Sin embargo, la obra gira en torno a una imagen simbólica, el barranco, espeso bosque de la vida. La aldea dibujada por Esenin en el relato vive de sus secretos, mentirijillas, chismorreros y rebeliones, siguiendo la corriente imperante por aquellos años en las obras de un Zaitsiev o Sergueieiev-Tsenski. Y se deja sentir, incluso, la influencia de Biely y su La paloma de plata. Esenin, sin suficientes fundamentos, consideraría más tarde la rosa de Biely como uno de los fenómenos más extraordinarios en la literatura rusa después de Gogol.

Toda la obra de Esenin está, pues, saturada de profundas contradicciones, inscritas, por otra parte, en la vida misma, pero que son, a la postre, el reflejo de la impotencia y la indefensión de aquellas masas campesinas sometidas al embate del capitalismo en ascenso, y vueltas hacia el espejismo de una Edad de Oro en donde debían reinar las leyes del patriarcado.

El embrujo de Octubre

Un momento especial de la carrera de Esenin corresponde a su contacto con la poesía de Blok, Biely y Kliuev.

Alexander Blok permitió que Esenin ahondara en uno de sus temas preferidos: Rusia. A través de Blok, aunque a su manera, comprendió las posibilidades del romance-gitano. A través de Biely asimiló el simbolismo religioso contemporáneo y los secretos de la rima. Pero la figura de Nikolai Kliuev tuvo para él una significación especial. Resulta significativo en este sentido el que las relaciones entre ambos poetas fuesen las de amigos-adversarios y que a lo largo de muchas cartas y poemas Esenin se dirija a su amigo llamándolo cariñosamente sacristán o humildísimo Nikolai.

Oriundo de la provincia de Vologski, Kliuev fue un hombre culto, talentoso, creador, en el más alto grado, de cierta poesía familiar rusa. Su tono es inconfundible como lo es también su fondo reaccionario. Su poesía está dedicada a exaltar las presencias tutelares que residen la vida del mujik. Cuando Esenin llegó a Petrogrado, Kliuev había publicado ya cuatro libros. No pudo menos que asombrarse del parentesco entre muchos de sus poemas y los de Kliuev. Pero a pesar de esta aproximación, hay entre los dos poetas una frontera perfectamente clara: mientras Kliuev permaneció alelado en su contemplación religiosa, Esenin evolucionó, nadando en la exaltación de sus imágenes, de sus metáforas, es decir, en el júbilo que le producía su propio quehacer. No pasaría mucho tiempo antes que Esenin se diera cuenta de cuáles eran los motivos que le separaban de Kliuev.

Pero Esenin está aún distante de su plenitud, aunque muchos de los poemas escritos antes de octubre de 1917 anuncien ya al poeta de la madurez, que se fraguará en el crisol de la revolución. Octubre de 1917 provoca en Esenin un cambio fundamental, aunque las constantes de su poesía sigan orientadas hacia la imaginería del pasado, al cual la revolución ha propinado un golpe de muerte. La revolución dio a Esenin la oportunidad de compenetrarse más profundamente con su pueblo, enriqueciendo su temática, enriqueciendo el conocimiento que tenía de sí mismo, pero, sobre todo, dándole la posibilidad de comprender la trascendencia de la misma revolución para el campesinado y para Rusia. Según sus propias palabras, vio la revolución con sus ojos de campesino.

Esenin no se planteó la alternativa entre aceptar o no la revolución que recibió con entusiasmo:

¡Oh Rusia, lánzate
hacia un nuevo horizonte!
Bajo otros nombres late
una nueva estepa.

Con estas palabras recibió Esenin la bandera roja en las calles de Petrogrado. Pero la generación que saludaba así la revolución de febrero sólo podía recaudar engañosas perspectivas, entre ellas la de aumentar los privilegios de la pequeña burguesía campesina. En los primeros momentos Esenin se muestra adicto a los socialistas revolucionarios de izquierda, colaborando activamente con ellos, aunque formalmente no estuviese afiliado a su partido. Las enormes contradicciones desatadas por el estallido revolucionario, tenían que reflejarse en su poesía. Sus versos se impregnaron del hálito de libertad, del dolor de la confusión, de la nostalgia hacia el pasado y de la pujanza del proceso político, en una palabra, de todos aquellos sentimientos propios de las grandes masas al pasar de la revolución democrático-burguesa de febrero a la revolución socialista de octubre. Pero todo lo heroico y esencial de este momento, tan presente, por lo demás, en la obra de muchos otros artistas, no llegó a figurar en el primer plano de su poesía. He aquí por qué Esenin en La Rusia que se va escribió: Envidio a aquellos a quienes la vida empuja a luchar, a quienes defienden una gran ideal.

En lo que hace a las relaciones del poeta con la Revolución de Octubre conviene, sin embargo, para mayor precisión, distinguir dos partes.

La primera está referida a la aceptación política del poder soviético, la segunda a la toma de conciencia respecto al significado de la revolución proletaria. Comprender la esencia de ésta última, la política bolchevique y el carácter de la lucha de clases, comprender la filosofía del materialismo histórico, presuponían una amplia formación política de la que Esenin carecía. La literatura del período soviético comienza justamente con aquella generación de artistas y escritores anteriores a la revolución que pasó a engrosar las filas del poder soviético. Y aunque muchísimos de ellos ni entonces ni jamás pudieron comprender el carácter fundamental de la revolución proletaria -valgan como ejemplos Blok, Briusov, Viriesaiev y otros- estuvieron en cambio dispuestos a integrarse dentro de la nueva sociedad soviética, dispuestos a reflexionar sobre las implicaciones que la nueva etapa tenía sobre su obra. Esenin fue uno de ellos.

Una vez en marcha la revolución bolchevique, Esenin siente despertarse en él sus sentimientos patrióticos. Habla, pues, de los enemigos llamándoles con desprecio blanco rebaño de gorilas. En el poema La estrella de Jordán, el poeta ensalza a la Rusia que ha levado anclas, la cual, comparada con un cisne, vuela en las alturas.

El cielo es como una campana,
como el tiempo mis palabras,
como mi madre la patria,
y yo me siento bolchevique.

En estos versos está expresada la espontánea alegría de millones de campesinos ante a la revolución, que los conduciría a la liquidación del latifundismo. Pese a todo, los poemas escritos por Esenin entre 1917-1919 dejan también traslucir sentimientos encontrados. Como pieza característica de dicho conflicto es útil mencionar Inonia (Otra) donde expone su mesianismo campesino, según el cual la revolución traerá a Rusia el reinado del mujik, el paraíso terrestre aldeano. Lo que halló expresión artística en la poesía de Esenin fue el sueño con el justo país del mujik, y en ese sueño se mezclaban caprichosamente los sentimientos y estados de ánimos más contradictorios. El secular apego a la tierra, la exaltación del atraso de la aldea y el miedo a la ciudad. El anhelo de acabar con la vieja vida y el desconocimiento de las auténticas vías de lucha, el temor a los cambios. El ingenuo carácter soñador y la animadversión a los señores.

El poema comienza con un tono singularmente profético y en el que se advierte un tácito rechazo a las creencias de la antigua Rusia. El poeta amenaza con despojar a Dios de su barba y a Cristo de sus pantalones, representándose a sí mismo como un creador que pudiera invertir los polos con las tenazas de sus manos, poner de rodillas el ecuador y romper el orbe como si se tratara de un simple kalach (especie de pan rudo en forma de arco). Estas inesperadas imágenes producen la impresión de que todo se ha salido de su eje, mezclándose caóticamente, agitándose infatigablemente en el utópico país de Inonia. La imagen nos presenta a una anciana-madre que, sentada en el pórtico de su barraca, se entretiene jugando con los rayos del sol como si se tratara de un gato ovillado sobre sí mismo.

Cuando se reflexiona acerca de este poema y otros trabajos utópico-románticos que siguieron a la Revolución de Octubre, se recuerda la situación del campesinado tras muchos años de explotación, que ha ido acumulando el odio y el deseo de suprimir el orden imperante, pero al mismo tiempo que está dispuesto a conquistar nuevas formas de vida, actúa arbitraria, patriarcal, irresponsablemente al encarar lo que ha de ser esa nueva etapa, ni saber tampoco a ciencia cierta cómo habrá de lograrlo y quienes deben ser los que dirijan ese proceso revolucionario.

En algunos poemas cortos de esta época (Inonia, Pantocrator, El libro de horas de la aldea, Transfiguración) Esenin se muestra ingenuo en el más alto grado, como un soñador que aún no ha podido asimilar la trascendencia verdadera de la revolución y los problemas que plantea. Como contrapunto, sin embargo, el poeta maneja extraordinariamente sus recursos artísticos, reflejando de alguna manera las ilusiones que el campesinado tenía respecto de la nueva sociedad.

Hay una saturación de imágenes bíblicas que sirven de ropaje al pensamiento terrenal del poeta. La utilización de este tipo de recursos poéticos con objeto de traducir el soplo épico de aquella coyuntura histórica fue, en cierta medida, una característica común a la poesía de la revolución, como pueden atestiguarlo El misterio bufo de Maiakovski, o Tierra de promisión de Biedni, así como también los poemas de la mayor arte de los poetas del culto al proletariado.

23/10/2008 GMT 1

Biografía de VLADIMIR MAIAKOVSKI I

consejerodelobo@hotmail.com @ 14:00

maiak-3.jpgVLADIMIR MAIAKOVSKI
(1894-1930)

Sumario:

— Un georgiano de la montaña
— La aventura del futurismo
— La mentalidad cósmica de Maiakovski
— Los cubofuturistas rusos contra Marinetti
— Maiakovski y el circo
— Maiakovski y el cine
— La primera guerra imperialista
— Una nube con pantalones
— El poeta de Octubre
— Maiakovski y Meyerhold
— Época de plenitud
— Maiakovski y París
— Maiakovski y América
La chinche
— Los baños
— Suicidio de Maiakovski
— Análisis
— Maiakovski y la poesía
— Maiakovski y el teatro
— Obras y bibliografía
El Partido

Un georgiano de la montaña

El 7 de julio de 1893, en la aldea georgiana de Bagdadi, no lejos de la ciudad de Kutaisi, cuyas antiguas edificaciones se reflejan en las aguas del río Khanis-Tshali, vino al mundo el gran poeta y dramaturgo Vladimir Maiakovski, cuya vida intensa y fugaz, como la de un brillante meteoro, se convertirá en uno de los símbolos culturales más importantes de la Revolución de Octubre en la que tendrán lugar las más radicales transformaciones sociales y se ensayarán las más audaces iniciativas artísticas.

Hijo de un humilde inspector forestal, su padre apenas pudo darle una educación elemental. Sus primeros años van a transcurrir en contacto constante con la naturaleza, que forjará una poderosa personalidad de montañés caucasiano. El trato íntimo con los campesinos, el conocimiento de sus problemas y de las injusticias que tenían que soportar, desarrolló en el niño sensible y apasionado que era entonces Maiakovski, un desgarrado amor por el pueblo, que llegará a convertirse en la nota dominante de la sinfonía multicolor de sus futuras composiciones literarias.

La muerte del padre, acaecida en 1906 provocó un cambio radical en las circunstancias ambientales en las que hasta entonces se había desarrollado la vida del poeta. La madre, al enviudar, decide trasladar la residencia de la familia a Moscú, a donde Maiakovski, apenas de 13 años, llega en compañía de sus hermanas, Olga y Ludmila. El impacto emocional que la gran ciudad causó en el poeta fue extraordinario, hasta el punto que muy pronto sus esencias campesinas quedan relegadas a un segundo plano y Maiakovski acabará siendo un escritor típicamente urbano. Partiendo de cero, venciendo toda clase de dificultades, gracias a su tenacidad y a la fuerza de su genio, va completando su formación intelectual.

Cuando llega a Moscú, estaba muy cercana la revolución de 1905. Los ánimos estaban encrespados, las huelgas y manifestaciones se sucedían y Maiakovski se lanzó a ellas con el calor y la furia que ponía en todo: militante del partido bolchevique, detenido por primera vez en 1907, apenas con 13 años, acusado de formar parte de la imprenta clandestina del Partido. A causa de su edad, fue puesto en libertad bajo vigilancia especial de la policía que le controla estrechamente y sigue sus pasos por todo Moscú. Luego será detenido otras dos veces, la última de ellas en 1909 por organizar una fuga de unas mujeres encarceladas, por lo que cumple un año de prisión. Tenía sólo 17 años de edad.

En prisión entra en contacto con hombres vencidos y humillados, pero que, al contrario de los campesinos, no se resignan con su suerte y soportan la adversidad con un gesto de orgullo. Lee con desesperación, de una forma indiscriminada, todos los libros que caen en su mano, los permitidos y los que circulan clandestinamente entre los reclusos. Medita largamente sobre el contenido de sus lecturas y saca de ellas conclusiones que compara con su propia y peculiar manera de concebir la vida y con la situación caótica de su país. Ostrovski le resulta decadente, a través de la expresión naturalista de sus dramas puede percibirse la descomposición de la burguesía rusa, pero en ellos no se abre ninguna puerta a la esperanza ni al futuro, ese futuro con el que Maiakovski comienza ya a soñar, el mundo de sus posteriores obras literarias en el que el hombre, liberado de sus ancestrales tendencias destructoras, podrá aliarse con las máquinas, sin el temor de que éstas puedan llegar a esclavizarle. En cuanto a Tolstoi, no puede comprender el nihilismo místico del autor de Resurrección, que contrasta violentamente con su exuberante vitalidad. Dostoievski, en fin, le asusta por lo que deja entrever en sus obras, ese mundo abisal de anhelos subconscientes que impiden el desarrollo del pueblo ruso impulsándole, como a los Karamazov y a Raskolnikov, hacia posturas delirantes y atormentadas. Le quedan Pushkin y Blok, sobre todo Blok, cuyo difuso simbolismo resulta un grato estimulante para la desbordada imaginación del joven Maiakovski, y cuya poesía suavemente melancólica venía a ser para él como un sedante que calmaba en parte sus frenéticos deseos de rebeldía.

La aventura del futurismo

No todo en Rusia se reducía a inquietudes de tipo político, sino que relacionadas con ellas, habían aparecido otras inquietudes de tipo artístico y literario que se concretaban en un violento deseo de acabar con las viejas fórmulas estéticas rutinarias y convencionales. Stanislavski y Némirovitch-Dantchenko habían inaugurado en Moscú su Teatro del Arte en 1898, haciendo dar un paso de gigante a la escena rusa y descubriendo, gracias a sus nuevas técnicas escenográficas e interpretativas, la íntima poesía de los dramas de Chejov, convirtiendo, gracias a ellas, el fracaso inicial de La gaviota en un ruidoso éxito. Poco después, Diaghilev y Benois fundan la agrupación El Mundo del Arte, en la que iban a tener su origen los maravillosos Ballets Rusos. En Petrogrado, Meyerhold comienza por su parte a aplicar sus revolucionarias teorías biomecánicas a la puesta en escena de los dramas simbolistas de Alejandro Blok, y de Nicolás Evreinov.

Antes de ser el Poeta de la Revolución Rusa, Maíakovski lo fue de la revolución formal. A los diecinueve años firma el manifiesto futurista titulado Bofetada al gusto público. La vida se presenta para él, físicamente enorme, como una gran exaltación, una larga e insolente euforia. La embriaguez de la destrucción de la palabra, de la forma, de la sociedad, de la cultura, es sólo un modesto anticipo de la plenitud de lo nuevo. Poesía, amor y revolución están tan estrechamente unidos en el potente movimiento de este espíritu que la revolución se hace poesía y el amor se convierte en revolución. La rebeldía desmesurada de un adolescente coincide con la convulsión colectiva de una gran subversión histórica. Vanguardia formal y vanguardia revolucionaria se confunden por un instante, fugaz y grandioso. Anchamente abiertas quedan las puertas de lo nuevo. Y las voces que por tanto tiempo habían reclamado el futuro se encuentran de repente instaladas en él. El ritmo febril de la visión que ajustarse a la exasperante resistencia de lo cotidiano. El impulso vital choca violentamente con la inercia y más tarde tiene que pactar con ella. El amor, la poesía y la revolución no son sólo un gran momento de iluminación, sino también una ardua y prolija tarea cotidiana.

Al salir de la cárcel, Maiakovski suspende, en parte, sus actividades políticas y se plantea el problema de cuáles son en realidad sus últimas apetencias vitales. Su personalidad artística no está todavía completamente definida: le atraen casi por igual la pintura y la poesía, no sabe por cuál de las dos artes decidirse. Un azar, la impresión que causa en su espíritu la contemplación de una colección de cuadros impresionistas expuestos en Moscú, le lleva a inclinarse por la pintura, matriculándose en 1910 en el Instituto de Pintura, Escultura y Arquitectura, de donde, paradójicamente, acabará por salir convertido en un poeta. el secreto de esta transformación hay que buscarlo en su encuentro en las aulas del Instituto con el pintor David Burliuk, al que muy pronto se siente unido por una firme y duradera amistad.

Burliuk tiene palabras amables para los ágiles dibujos de Maiakovski, mordazmente intencionados y llenos de gracia expresiva, pero no les da demasiada importancia, considerándolos casi como la obra de un aficionado. Maiakovski, un poco desilusionado, vuelve de nuevo los ojos hacia la poesía e intenta llevar a sus poemas el espíritu de sus dibujos para de ese modo poder marchar decididamente detrás de la pintura, a la que sigue considerando en primer lugar. Pero no se encuentra seguro de sí mismo, y guarda celosamente durante algún tiempo sus primeras producciones literarias sin enseñárselas a nadie, hasta que, al fin, durante el otoño de 1912, paseando una noche con Burliuk, lee al pintor sus ensayos poéticos, aunque ocultando su paternidad y diciéndole que se trataba de los versos de un amigo.

Maiakovski, en su autobiografía, nos ha dejado fiel testimonio de lo que supuso para él aquella noche, que resultó crucial para el desarrollo de su personalidad artística: Tras escucharme, David se para y me mira. Grita, desaforado: 'No lo niegues, eres tú quien has escrito esas composiciones. Tengo ante mí a un poeta genial'. El empleo por mi amigo de un adjetivo de tal magnitud para calificarme, me llenó de inquietud y de alegría. Desde entonces me consagré a la poesía por entero. Aquella noche, de una manera completamente inopinada, yo me había convertido en un poeta.

Tras abrazar a su amigo, Burliuk habla largamente con él sobre las diversas tendencias estéticas que entonces predominaban en Rusia. Los dos coinciden en que hay que arrinconar a los clásicos: Tolstoi, Dostoievski, Chejov... Alejandro Blok y los simbolistas pueden pasar, pero tampoco serán ellos los representantes del arte del mañana. Sólo queda el futurismo. Ese es el camino que Maiakovski debe seguir, pero para poder poner de manifiesto su genio en su total intensidad es necesario que estudie, que se perfeccione, sin que se vea perturbado por ninguna clase de preocupaciones económicas. Burliuk, llevado de su entusiasmo, ofrece entregarle cincuenta kopeks diarios para que pueda hacer frente a sus necesidades sin tener que recurrir a ningún trabajo extraliterario.

Al día siguiente, el pintor presenta a Maiakovski a sus amigos como el gran poeta Maiakovski.

El movimiento futurista acaba de escindirse en Rusia en dos grupos contrapuestos que se atacaban denodadamente: el egofuturismo y el cubofuturismo. A la cabeza del primero se encontraba el poeta Severianin, autor de poemas insulsos y preciosistas en los que desarrollaba una temática convencional e intranscendente: los amores de opereta, la descripción de las alcobas de las damas, los paseos equívocos en los primeros automóviles... Expresivamente resultaba confuso a fuerza de querer manifestar una falsa elegancia, abusando para conseguirlo de los términos franceses. Según la posterior definición de Maiakovski, Severianin era el cantinero de la poesía rusa y sus poemas una serie de refresco de lilas. A su lado se encontraban un grupo de mediocres poetas deseosos de notoriedad, que veían en las ideas estéticas de Marinetti una fórmula fácil y segura para llamar la atención sobre ellos, pero que suavizaban al máximo las teorías del poeta italiano porque, a pesar de todo, se encontraban a gusto entre los burgueses que les rodeaban, donde no querían desentonar demasiado.

Los cubofuturistas, en cambio, pretendían llevar las teorías de Marinetti a sus más audaces y últimas consecuencias. El iniciador del cubofuturismo había sido precisamente David Burliuk, quien, con un grupo de colaboradores, entre los que se encontraban su hermano Nicolás y los poetas Klebnikov y Kamenski, habían lanzado el nombre de cubofuturismo en una revista que empezó a publicarse en 1910, bajo el título de El Grupo de los Sentenciados; más tarde se unirían a su empresa renovadora nombres tan representativos como los del pintor Chagall, el futuro cineasta Eisentein, el traductor y poeta Boris Pasternak y el director de escena Usévolov Meyerhold. Al conjuro de las palabras mágicas de Burliuk, el gran poeta Maiakovski, éste fue recibido en el grupo con todos los honores y muy pronto acabó convirtiéndose en una de sus figuras más representativas.

Sin embargo, su adhesión al cubofuturismo planteó a Maiakovski un profundo problema de conciencia: el de cómo conciliar sus deseos de ayudar al pueblo, de convertirse en un poeta popular, con las formas expresivas, intelectualistas y refinadas. Una serie de interrogantes debieron perturbar su espíritu en la hora crucial de su nacimiento como poeta: ¿Podrían los obreros y los campesinos comprenderle, llegar a captar el último sentido renovador que se escondía en aquellas metáforas suyas, que parecían estallar en el aire como un estrepitoso fuego de artificio? ¿No sería Gorki, con su realismo a ultranza y sus problemas concretos quien había escogido el verdadero camino a seguir para lograr la comprensión y el acercamiento del pueblo?

Por otra parte ¿es que acaso Burliuk no se consideraba a sí mismo como un artista proletario? ¿Es que acaso no afirmaba su amigo que precisamente las fórmulas expresivas del futurismo eran las más adecuadas para lograr despertar al pueblo, para hacerle reaccionar por medio de agresión metafórica, sacándole de ese modo de su soñolencia burguesa?

Maiakovski no llegó nunca a contestar de una forma concreta a estas preguntas. Las borró simplemente de su conciencia, elaborando un mecanismo de defensa basado en una serie de condicionamientos sofisticados. Marinetti era un burgués, no cabía duda, y sus fórmulas estéticas estaban particularmente concebidas para agradar a grupos minoritarios y refinados, pero el cubofuturismo nada tenía que ver con las ideas del poeta italiano, era una creación original rusa, un intento de trasladar el espíritu revolucionario a la pintura y a la literatura. Los términos rebuscados, las imágenes dislocadas que utilizaban los poetas del grupo venían a ser algo así como los gestos desgarrados de Petmchka, la marioneta popular de los teatros de feria, tan querida de los campesinos. El, con sus metáforas audaces, llegaría también al corazón del pueblo, como Petruchka lo había hecho con su cínico desenfado. La literatura burguesa, con sus problemas falsos y decadentes, era la que el pueblo no podría llegar a comprender nunca, la que le impedía darse cuenta de su verdadera situación.

Aparentemente, Maiakovski había resuelto su problema. Nada le impedía ya identificarse totalmente con el cubofuturismo, con el futurismo proletario del que su admirado Burliuk era el padre espiritual Aparentemente, nada más, porque en lo más hondo de su subconsciente quedó siempre agazapada la duda, y un oscuro sentimiento de inseguridad comenzará a perturbar al poeta, sentimiento que irá haciéndose más intenso a medida que vayan haciéndose más frecuentes los ataques al futurismo y la frase, tan odiada por él, de que aquello no podían comprenderlo los obreros, esgrimida por los partidarios del realismo, vaya teniendo más ecos en la conciencia del país. La unidad de su personalidad se rompe. Acaba haciéndose ambivalente, y esta ambivalencia es la que va a explicar la paradoja de que en sus composiciones poéticas podamos encontrar frecuentemente las situaciones atormentadas y los paisajes grises, a lo Dostoievski, que tanto había censurado; la paradoja de que, siendo tan grande su fe en el porvenir de la humanidad, aborde, no obstante, en ocasiones el tema del suicidio; la trágica paradoja, en fin, de su propia autodestrucción.

Impulsados por Maiakovski, los cubofuturistas deciden en 1913 dar un paso adelante, mostrándose en público, para de ese modo ampliar el escaso campo de acción que podían alcanzar con sus revistas minoritarias. El poeta Vasilio Kamenski nos ha dejado un fiel relato de lo que fue la primera salida de los cubofuturistas a la vida pública, de su presentación en sociedad, por así decir:

Burliuk llevaba una levita forrada de telas de diversos colores, un chaleco amarillo con botones plateados y un sombrero de copa. Yo, un traje color cacao bordado en oro y también, como Burliuk, un lustroso sombrero. Maiakovski había dibujado, con un lápiz de maquillaje, en la mejilla de Burliuk, un perrito con el rabo levantado, y en mi frente, un aeroplano. Formábamos en conjunto una pintoresca mascarada... A las doce en punto nos presentamos en el Kuznetski. Todos llevábamos una cuchara de madera en la mano y avanzábamos lentamente; luego, con el aire más natural del mundo, comenzamos a recitar nuestros versos uno detrás de otro... Serios, solemnes, sin una sonrisa.

Los cubofuturistas realizaban todas estas excentricidades de una forma conscientemente calculada. Estaban convencidos de que era necesario deslumbrar a los filisteos, golpear la conciencia adormecida de los burgueses no sólo con una agresividad artística, sino también con una agresividad vital.

A pesar de lo cual, Maiakovski no cayó nunca en las extravagancias indumentarias de sus compañeros. Estaba de acuerdo con ellos en que era necesario herir el sentido conformista y rutinario de la mayoría, echarle en cara y hacerle comprender que se preocupaba únicamente por lo accesorio, olvidando lo fundamental, pero, sin embargo, un inconcreto sentido del pudor, le impedía aparecer en público con aquellos atuendos estrafalarios. Por eso, para poder mostrarse a salvo, sin sentirse al mismo tiempo en ridículo, decide utilizar como única indumentaria la blusa tradicional de los campesinos rusos. Una blusa de color amarillo, precisamente amarillo, porque, como escribiría más tarde su hermana Ludmila: El amarillo fue siempre nuestro color preferido; venía a ser para nosotros como un símbolo de la soleada Georgia...

En cuanto al origen de aquella blusa que llegó a ser casi legendaria, es el mismo Maiakovski quien nos lo explica: Un día, estando sin dinero y deseando llevar una corbata espectacular, cogí a mi hermana un ceñidor amarillo y lo anudé en mi cuello. Tuve un éxito loco... Entonces pensé que aumentando el tamaño de la corbata mi éxito aumentaría en igual proporción. Desgraciadamente, las dimensiones de una corbata son limitadas, por lo que no tuve más remedio que echar mano de mi astucia: convertí la corbata en una blusa y la blusa en una corbata. El efecto fue irresistible.

Lo que comenzó siendo una burla acaba convirtiéndose en una especie de rito. El poeta termina por identificarse con su blusa amarilla, se siente orgulloso de ella. Un secreto instinto le dice que resulta de una detonancia mucho más positiva que la levita de Burliuk o la chaqueta bordada de Kamenski. Los atuendos de sus compañeros resultan, desde luego, provocativos, pero su blusa no sólo es provocativa, sino también insolente. Insolente, ésa es la palabra, que al referirse a ella, le gusta a él emplear: De ese modo resulta insolente. Mi mayor placer es presentarme con mi blusa amarilla en una reunión de personas elegantemente vestidas, haciendo resaltar su noble modestia y su distinción sobre los convencionales trajes de ceremonia.

Esta es la descripción que del poeta dibuja un periódico de la época: Maiakovski es grande y potente como sus metáforas. Una arruga vertical sobre las cejas, un mentón macizo, ligeramente prominente. Una silueta de descargador del Volga. Una voz de tribuno. Un humor sin sonrisas. Es audaz y tímido a la vez. La depresión o la euforia le dominan alternativamente. Puede mostrarse duro en su lucha contra los que no comprenden sus ambiciones cósmicas de futuro, y tierno y sensible en su correspondencia con Lili Brik. Esas cartas rebosantes de ternura, muchas de las cuales van firmadas solamente con la palabra Chtchen, diminutivo de Chtchénok (perrito) debajo de la cual puede verse el dibujo de uno de esos encantadores perritos que tanto le agradaba pintar.

En el almanaque de los cubofuturistas comienzan a aparecer por esta época los primeros poemas de Maiakovski: En auto, Los teatros, De una calle a otra. En ellos se nos presenta el Moscú nocturno, como una delirante acumulación de objetos, animados al resbalar sobre ellos la luz reverberante de los arcos voltaicos y de los faros de los automóviles. Aunque un poco vacilantes todavía sin embargo, su forma expresiva presenta ya las características peculiares del poeta: metáforas brillantes, definiciones tipo consigna rotundas y demoledoras, juegos de palabras, vocablos que parecen romperse al conjuro de una fuerza mágica.

La frase entusiástica de Burliuk el gran poeta Maiakovski, que al principio resultaba hiperbólica, comienza a ser una realidad.

La mentalidad cósmica de Maiakovski

Entre las principales figuras del grupo de los cubofuturistas sobresalía, por su originalidad, el poeta Klebnikov, hombre extraño, dotado de una curiosidad sin límites que trataba de desarrollar en sus poemas toda serie de fantasías, de proyectos utópicos y de inverosímiles invenciones. Maiakovski, que desde niño se había sentido atraído por los objetos inanimados, hasta el punto de considerarlos dotados de vida propia, enamorado de la técnica y al que las máquinas llegaban casi a fascinar, se sintió muy pronto atraído por las desconcertantes teorías del poeta vagabundo y escuchaba con avidez sus proyectos, casi siempre descabellados, pero muy de acuerdo con la visión fantástica que del mundo del mañana iba concibiendo el futuro creador de la Mujer fosforescente.

Los utópicos devaneos de Klebnikov, al ser tamizados por el genio creador de Maiakovski, parecían perder su carácter de sueño enfebrecido para convertirse en concretas posibilidades concebidas a escala planetaria. Maiakovski sentía crecer su confianza en la técnica, su convicción de que las máquinas lograrían librar al hombre de todas sus servidumbres. Ante los ojos de su espíritu se abría un deslumbrante porvenir, sólo ensombrecido por el peligro de que las máquinas, los objetos, pudieran un día rebelarse contra el hombre si éste abusaba de ellos y pretendía emplear su fuerza para la destrucción. Si Burliuk hizo nacer a Maiakovski como poeta, Klebnikov le convirtió en el poeta cósmico e iluminado capaz de adelantar una visión clara y luminosa del futuro:

No nos es posible imaginar todo lo que nos reserva el futuro: el polvo gris que envuelve nuestras ciudades se convertirá en una atmósfera luminosa en la que brille un arco iris de cien colores, envuelto en una suave música que descenderá de las montañas... Los distancias se acortarán, el océano perderá su dimensión, podrá irse de Europa a América en unas cuantas horas... Es más, quizá dentro de cincuenta años nuestras naves aéreas emprenderán la conquista de los planetas.

Dentro de cincuenta años nuestras naves aéreas emprenderán la conquista de los planetas. Y esto escrito en 1921, cuando Rusia vivía las horas dramáticas de la guerra civil y el hambre y la desorganización imperaban sobre todo el país.

Klebnikov inició también al poeta en la lectura de las obras de Wells y Einstein, que serán siempre sus autores preferidos e influirán en él hasta el punto de que sus obras resultarán en algunas ocasiones una especie de síntesis de la fantasía del novelista inglés, de la rigurosidad científica del filósofo alemán. En el poema Quinta internacional, publicado en 1924, Maiakovski definía así el lugar que le gustaría ocupar en el mundo en los siguientes versos:

Yo me encuentro en la línea
de los creadores del mañana.
En la línea de los Edison,
la línea de los Lenines,
En la línea de los Einstein.

En 1913 Maiakovski y los otros componentes del movimiento cubofuturista logran disponer de un lugar propio de reunión, el cabaret La Linterna Roja, una gran sala con una mesa en el centro y otras alrededor para formar una más grande en las que se sentaba el público. Las paredes del local estaban decoradas con una profusión de dibujos absurdos: tordos de mujer, cerdos y caballos voladores... Encima de la puerta de los lavabos, una inscripción en semicírculo: Palomo despliega las alas... Palomos, desplegad las alas. Adherida al muro podía verse una lata de sardinas vacía. Mezclados con el público corriente, los futuristas se hacían notar por sus atuendos extravagantes, discutían acaloradamente entre ellos y con los clientes del local. Maiakovski subía al escenario; los asistentes se ponen de pie y comienzan a cantar el himno de los cubofuturistas:

Comamos piñas,
bufones estúpidos,
mientras quede con vida
el último burgués.

Maiakovski, con un plato de carne en una mano y una campanilla en la otra, comienza a recitar:

Hoy nuestras palabras
apenas si pueden llegar a la calle,
escapando por las chimeneas de los teatros.
Mañana
la calle se llenará de nuestras voces.

Tras la apertura del cabaret de La Linterna Roja, y en el mismo año de 1913, los futuristas van a intentar llevar el futurismo al teatro. Maiakovski había lanzado la idea en un artículo publicado al comenzar el año: La radical transformación que pretendemos realizar en los dominios de la estética en nombre del arte del porvenir, del arte de los futuristas, no puede respetar el teatro ni detenerse ante sus puertas.

Para realizar un ensayo general de sus posibilidades teatrales, los cubofuturistas deciden montar un espectáculo agresivo ante el que los espectadores no tendrían más remedio que reaccionar también de una forma agresiva. El espectáculo fue anunciado bajo el pomposo título de Primera actuación en Rusia de los creadores del lenguaje. Los decorados habían sido pintados por David Burliuk y Casimiro Malevitch. El programa se abrió con la presentación del poeta Krutchonyk, que recitaba una serie casi interminable de extravagantes versos mientras arrojaba té caliente a los espectadores de las primeras filas de butacas, y se cerró con la actuación de Maiakovski, que pronunció una conferencia, El guante, en el transcurso de la cual simulaba sacar de cada uno de los dedos de un gigantesco guante que llevaba en su mano derecha, al estilo dé un prestidigitador de circo, los temas candentes del momento, para definirles y sintetizarles en una catarata de paradójicas metáforas.

El resultado de este primer experimento teatral, aunque no resultó del todo satisfactorio, animó a los cubofuturistas a seguir el camino emprendido para lograr fundar el que más tarde llamarían con orgullo El Primer Teatro Futurista del mundo, teatro cuya realidad anuncian ya el 17 de julio de 1913 en un manifiesto publicado con ocasión de celebrarse en la capital de los zares el que se denominó Primer Congreso panruso de los rapsodas del futuro. Poco después, el teatro se inaugura, poniendo en escena un pequeño juego escénico de Klebnikov, La muchacha de nieve, a la que siguió en el cartel un drama del mismo autor, El error de la muerte. En esta última el poeta había fiado a lo sobrenatural la consecución de sus propósitos agresivos. En el drama nos presenta a la Muerte bailando con doce cadáveres, a los que lleva luego a beber a una taberna; cuando están dispuestos a consumir unas copas de jugo de cerezas, otro cadáver llama con fuerza en la puerta del local, pretendiendo tomar parte también en la libación. La Muerte se excusa asegurando que únicamente cuenta con doce vasos, pero en el calor de la discusión comete el error de decir que a fuerza de hablar se le está quedando la cabeza vacía como un vaso de cristal; entonces el cadáver exige que le dejen entrar, ya que puede beber en el cráneo de la Muerte. Obligada por sus propias palabras, la Muerte termina por servir en su cráneo el jugo de cerezas al inso1ente cadáver. Pero al desprenderse de la cabeza, la Muerte cae al suelo muerta, mientras los cadáveres resucitan.

Tras los dos dramas de Klebnikov vinieron otros, escritos por diversos poetas del grupo, que no lograron convencer al escaso público asistente, compuesto sobre todo por curiosos. En lugar del impacto que los futuristas querían lograr, estas primeras representaciones sólo consiguieron provocar la burla y aumentar la aureola de extravagantes que rodeaba a los habituales contertulios de La Linterna Roja. Para triunfar en el teatro, el movimiento necesitaba la colaboración de un gran dramaturgo, un dramaturgo que además de conocer los secretos de la escena, fuese capaz de plantear verdaderos problemas, capaces de horrorizar verdaderamente a los espectadores en lugar de hacerles reír, herirles en los puntos flacos de su seguridad conformista. Entre los poetas que formaban parte del grupo cubofuturista, sólo Viadimir Maiakovski era capaz de conseguirlo.

Maiakovski comenzó a trabajar en su primer ensayo teatral en el otoño de 1913; algunos meses después le tenía ya terminado. La obra llevaba primero el título de El ferrocarril, que más tarde el autor cambió por el de La rebelión de los objetos y, finalmente, por un divertido azar, acabó titulándose escuetamente Vladimir Maiakovski. La razón de este título fue una equivocación del censor, que al leer en la primera hoja del manuscrito el nombre del autor, confundió éste con el título de la obra y concedió su autorización para representar una tragedia denominada Vladimir Maiakovski. El poeta aceptó este título para no tener que someter la obra por segunda vez a la censura y además porque, según la opinión de Pasternak, El nuevo título resultaba un descubrimiento de una simplicidad genial, ya que el propio poeta viene a ser, más que el autor, el objeto mismo de la obra, y de este modo el título no sólo es el nombre del autor, sino también el nombre que conviene al contenido.

El estreno de la tragedia Vladimir Maiakovski tuvo lugar el 2 de diciembre de 1913 en el teatro Luna Park de Petersburgo, por la compañía del Primer Teatro Futurista del Mundo, integrada casi en su totalidad por estudiantes aficionados, representando el propio Maiakovski el personaje principal.

La obra constaba de dos partes, y venía a ser un monodrama al estilo de los que preconizaba Evreinov. Al lado de Maiakovski, se movían una serie de siluetas fantásticas, de horrendos muñecos: el hombre joven, el hombre al que le falta una oreja, el hombre descabezado, el milenario Matusalén, la mujer de las lágrimas grandes, la mujer de las lágrimas pequeñas, que venían a ser como la deformación de las ideas del poeta y de la realidad que le rodeaba. Apenas existía una verdadera acción dramática. El telón, al alzarse, dejaba ver la plaza de una ciudad en la que se estaba celebrando una ruidosa fiesta de mendigos, pero la alegría es sólo aparente, porque, en realidad, una sombra de tristeza se extiende sobre la ciudad. Muy pronto los mendigos se rebelan contra los poderosos y los objetos se rebelan contra los hombres. Maiakovski se mezcla entre los pobres, les exhorta a resistir, dándoles consejos desconcertantes para remediar su impotencia, como el de que acaricien los gatos para aprovechar de ese modo la energía eléctrica acumulada por estos animales. El hombre joven acusa a los amotinados de crueldad y barbarie. En el segundo acto, la revuelta se disuelve por sí misma. Los mendigos, llenos de inquietud, se agrupan en torno del poeta, entre un estruendoso ulular de sirenas y el ronco son de los disparos de fusilería; tienden sus brazos hacia su protector en espera de las palabras salvadoras. Maiakovski, de pie en medio del grupo de los horribles maniquíes, vierte palabras de amor y de consuelo, pero su amor hacia los humildes no puede por sí solo transformar la cruel realidad. El poeta lo comprende y se duele de ello:

Yo he escrito todo esto para vosotros,
pobres ratas.
Pero yo no tengo pechos
con los que poder amamantaros como una buena nodriza.

Finalmente, el poeta recoge las lágrimas que derraman las mujeres y parte con ellas hacia el infinito, para arrojarlas a los pies de algún dios primitivo.

Boris Pasternak expresó del siguiente modo la sensación de inmensidad que la tragedia de Maiakovski había producido en él: El poeta ha logrado reunirlo todo en su tragedia. Las calles de la ciudad, los perros, los álamos y las mariposas. Los peluqueros, los panaderos, los sastres, y las locomotoras... La obra tiene las mismas últimas dimensiones lejanas y misteriosamente vagas que la Tierra. Toda ella se encuentra llena de esa inspiración insondable sin la cual no puede haber originalidad, de ese infinito, que parte de no importa qué momento de nuestra vida y en no importa qué dirección, sin el cual la poesía no es otra cosa que un bello conjunto de palabras vacías.

El público había acudido al teatro predispuesto en contra del espectáculo que los futuristas iban a ofrecerle. Cuando en el prólogo comenzaron a aparecer los personajes, saliendo de los puntos más oscuros del escenario, para desfilar lentamente con su aspecto de muñecos vivientes, de maniquíes animados, el público intentó reir, pero la risa se quebró en sus labios. Aquello no resultaba divertido, sino verdaderamente horrible. Pocos entre los espectadores pudieron al principio comprenderlo, y era lógico su desconcierto. Si yo acudo a un espectáculo con la intención de reír y de pasar el rato, si voy a ver a un payaso para divertirme con sus payasadas y de repente este payaso se pone a hablar seriamente de mis más ocultos problemas, la risa no logrará aparecer en mis labios. Eso era lo que al público le ocurría. En la sala se respiraba una atmósfera desagradable. Los espectadores querían reír a pesar de todo; la mayoría sólo había acudido al teatro para eso, pero aun en contra de sus deseos, no podían distraer su atención de lo que ocurría en el escenario.

Respecto a la actuación de Maiakovski, uno de los actores, Mguebrov, narra: Maiakovski -escribe el actor- llevaba su habitual blusa amarilla; iba de un lado para otro, fumaba de una forma natural, como si no estuviera en un escenario. A su alrededor se movían los muñecos. En sus movimientos y en sus palabras había algo de incomprensible y terrorífico, pero ¿es que acaso la vida no resulta también incomprensible y no está a veces llena de aconteceres terroríficos? Los espectadores se veían forzados a escuchar con atención y con sus comentarios llegaban casi en algunos momentos a representar el papel del coro. En efecto, cuando el poeta se dirige a los miserables muñecos gritando con su voz potente: 'Vosotros, pobres ratas...', la sala se llenó de murmullos y risas contenidas que parecían sugerir el tímido arañar de las ratas a una puerta cerrada. Y en la escena final, el público comenzó a gritar: 'No te vayas, Maiakovski'. Cuando el poeta, tras recoger en una gran bolsa las lágrimas de las mujeres, se disponía a partir, lleno de una auténtica emoción, hacia la eternidad, hacia los vastos espacios infinitos, hacia el mar.

Cuando el telón cayó tras la última escena, marcando el final de la obra, la tempestad contenida estalló y el escándalo se produjo. No las risas despectivas que habían acompañado hasta este momento a las representaciones de los futuristas, sino el escándalo rabioso que el poeta había querido provocar.

La obra fue silbada -dice Maiakovski, con orgullo, en su autobiografía- desesperadamente silbada.

El público se había sentido confundido y más tarde herido en sus puntos más sensibles, porque la tragedia estaba llena de un calor humano que es difícil encontrar en los textos dramáticos de la vanguardia europea. A pesar de su esquematismo y de la rigidez de sus gestos, los personajes de la obra reflejaban la miseria y los sufrimientos de aquella época. A pesar de las hipérboles y de las situaciones extravagantes, la tragedia nacía de una concreta situación social.

El estreno de esta primera obra dramática permitió descubrir sus extraordinarias dotes de actor. En esto todos estuvieron de acuerdo, hasta los críticos más conservadores, que calificaron su ensayo teatral como una impúdica estupidez. Así, Alejandro Kugel, escribía a este respecto: El señor Maiakovski tiene muy buena voz, un rostro expresivo, un aspecto teatral. Si se decidiese a dejar a un lado sus extravagancias literarias, para dedicarse completamente al oficio de actor, podría llegar a ser, con toda seguridad, un excelente galán joven.

Por su parte, Boris Pasternak escribe lo siguiente en Salvoconducto, refiriéndose a las cualidades de actor del poeta: Su talla gigantesca y su voz tonante constituían, casi por sí solas, un verdadero espectáculo. Las gentes acudían a verle para reir con las mordientes agudezas de sus sangrantes metáforas, para contemplar a aquel hombre que desafiaba e increpaba a los espectadores, buscando provocar su reacción violenta, que luego soportaba con un gesto de estoica resignación, como si se tratara de un sacrificio necesario... Maiakovski no encarna distintos personajes por separado; es capaz de encarnarlos todos a la vez... No representa papeles aislados, sino a la misma vida en toda su tumultuosa complejidad.

A raíz del estreno de la tragedia, Maiakovski, Kamenski y David Burliuk deciden emprender una gira por provincias para dar a conocer las ideas del cubofuturismo. La habilidad histriónica del poeta era un estimulante que hacía que el público acudiese a escucharlos. En todos los lugares donde actuaron, su presencia provocaba siempre las mismas tempestades. Los dardos metafóricos de Maiakovski se clavaban en el punto más sensible de la adormecida personalidad conformista de la mayoría de los espectadores, que primero reían, para terminar protestando ruidosamente.

Los cubofuturistas rusos contra Marinetti

A principios de 1914, Marinetti visita Rusia con el propósito de dar unas conferencias en Petrogrado y en Moscú. El creador del futurismo quería ver con sus propios ojos el extraordinario desarrollo que sus ideas estéticas habían alcanzado en el imperio de los zares. Sin embargo, la realidad con que se encontró no pudo ser más desagradable para él, ya que, contra toda razón, los cubofuturistas no estaban dispuestos a reconocer su paternidad y seguían aferrados a la idea evasiva de que el cubofuturismo, el futurismo proletario, nada tenía que ver con los decadentes y burgueses movimientos de vanguardia que impulsados por las ideas del poeta italiano, habían aparecido en los diversos países de Europa. Para convencerse a sí mismos, más que para convencer a los demás, de la realidad de sus afirmaciones, acordaron adoptar una actitud intransigente. En Petrogrado, Klebnikov y Livchits, molestos por la deferencia que la alta sociedad había tenido con el creador del futurismo, hicieron circular un manifiesto en el que le atacaban duramente, tras haber pretendido demostrar la total independencia estética del cubofuturismo.

A pesar de ese ambiente hostil, la primera conferencia anunciada para el 27 de enero pudo celebrarse con normalidad, pero la segunda, programada para el 13 de febrero, no tuvo igual suerte. Burliuk y Maiakovski, ya de regreso de su gira por provincias, se presentaron ese día en el teatro donde iba a tener lugar, dispuestos a dar una lección al farsante italiano. Maiakovski iba vestido con su habitual blusa amarilla, mientras Burliuk, que pretendía parodiar a Marinetti, lucía una lustrosa levita y jugaba con un monóculo, adoptando poses de ridícula elegancia. En la mejilla derecha había dibujado un camello con tinta china, y en la izquierda un extraño signo cabalístico. Cuando Marinetti se dispuso a hablar, se alzó sobre la suya la voz potente de Maiakovski, que con gestos desmesurados y ampulosos pedía permiso para rebatir lo que el poeta italiano no había empezado a decir todavía. El presidente del acto, desconcertado, no sabia qué camino tomar hasta que al fin echó mano del fácil recurso de negar la palabra al interruptor, alegando que debía expresarse en francés, ya que Marinetti no comprendía el ruso a la perfección. Burliuk y Maiakovski, con gestos de afectada dignidad, abandonaron entonces la sala entre los aplausos, más o menos burlones, de gran parte de los asistentes. Marinetti no encontró ya las palabras adecuadas para continuar. Aparentemente, el poeta ruso había vencido al italiano. Aparentemente nada más, porque en el fondo de su subconsciente Maiakovski seguiría siempre sintiendo la dolorosa espina de no ser otra cosa que una rama del árbol podrido de Marinetti.

El enfrentamiento de los cubofuturistas con Marinetti tuvo un amplio eco en las revistas humorísticas rusas. El nombre de Maiakovski, aunque envuelto en una aureola de burlas, fue haciéndose cada vez más conocido. El poeta llega casi a ponerse de moda, se le admira por su ingenio desenfadado y los jóvenes provincianos, que acuden a Moscú en busca de la fama literaria, pretenden imitarle, naturalmente sin conseguirlo.

Maiakovski y el circo

Por esta época, poco antes de que estalle la guerra, Maiakovski conoce en el cabaret de los poetas al gran payaso Lazarenko, y entre los dos nace muy pronto una verdadera amistad.

Lazarenko descubre al poeta el maravilloso mundo del circo. Durante una temporada, Maiakovski no se separa de su nuevo amigo. Asiste a las representaciones en que aquél interviene, a los ensayos, convive con los artistas, que llegan a considerarle como uno de los suyos. Lazarenko le anima a salir a la arena, y un buen día Maiakovski, luciendo su blusa amarilla, aparece en la pista, de pie sobre un elefante blanco, comienza a recitar sus versos ante el asombro de los espectadores y acaba interviniendo directamente en el espectáculo, ayudando a Lazarenko en el desarrollo de sus entradas cómicas. En aquellos números improvisados Maiakovski y Lazarenko rivalizaban en ingenio.

El poeta no podrá ya apartarse del circo por completo. Las amazonas, los trapecistas, los payasos... un mundo trepidante y colorista puesto al servicio de un espectáculo único, capaz de ser comprendido por todos. El espectáculo verdaderamente popular con el que Maiakovski había soñado siempre y que más tarde, ayudado por Meyerhold, intentará introducir en el teatro, intercalando su fuerza de expresión primitiva en el desarrollo de la línea argumental de sus dramas.

Tras la revolución, la colaboración circense entre Maiakovski y Lazarenko se reanudó, en unos años de intensa actividad creativa. El circo se había convertido en el periodo posrevolucionario en el espectáculo predilecto de los escritores rusos de vanguardia, que veían en él el marco ideal para desarrollar sus fantasías literarias. Los grandes directores de escena de este momento: Radlok, Meyerbold y Eisenstein dejarán notar de una manera clara en sus espectaculares montajes la influencia de la dinámica técnica circense. En cuanto a Maiakovski ya vimos cómo su amistad con Lazarenko le había acercado a las pistas en las que había llegado a actuar personalmente. No puede por lo tanto resultar extraño que desde la revolución su afición por el circo sea más intensa llevándole a escribir una serie de guiones cómicos y de pantomimas para que Lazarenko las representase. Desgraciadamente, la mayoría de estas pequeñas obras literarias se han perdido pero las pocas que nos quedan nos permiten darnos cuenta de que se trataba de simples esbozos intrascendentes en los que el genio del poeta deslizaba de vez en cuando sus deslumbrantes metáforas y sus paradojas desconcertantes. Tal ocurre, por ejemplo, en El alfabeto soviético un guión cómico, en el que a manera de los alfabetos sazonados de la Edad Media, siguiendo las letras del abecedario, iba pasando revista y satirizando con dureza a los que boicoteaban la construcción del socialismo.

Lazarenko escribió en sus memorias que Maiakovski se interesaba por el circo cada día más; discutía a menudo conmigo sobre la forma más directa de conseguir llegar al público, me proporcionaba temas para mis entradas cómicas; pronto tomó la costumbre de acudir a mi camerino durante los entreactos [...] Yo encontré siempre en Maiakovski un apoyo constante; desgraciadamente, no tuve la precaución de conservar los guiones que él me proporcionaba. El circo exige una constante renovación; las parodias de un payaso no deben nunca repetirse [...] Hoy comprendo que aquellos guiones, que, después de haber sido utilizados por mí, quedaron seguramente olvidados en mi camerino, hubieran tenido un gran interés para el mejor conocimiento del poeta.

La culminación de la colaboración de Maiakovski con Lazarenko fue el estreno, en 1927, de un completo espectáculo circense, Moscú incendiado, escrito y dirigido por el poeta.

Maiakovski y el cine

 La curiosidad y el afán de novedades de Maiakovski no podía quedar tampoco indiferente ante la difusión que comenzaba a alcanzar el cine. Su amigo Lazarenko había protagonizado la película cómica Yo quiero ser futurista, y poco después de su estreno, el poeta se puso a escribir su primer guión cinematográfico, El camino de la gloria que, una vez terminado, ofreció a una productora cinematográfica. Según él mismo cuenta, esta primera tentativa cinematográfica resultó deprimente y tonificante a un mismo tiempo:

Un representante de la empresa tuvo la amabilidad de escuchar la lectura de mi guión, para dogmatizar después con un gesto desesperado: ¡Absurdo!

Regresé a mi casa un poco avergonzado. Hice pedazos el manuscrito... Algún tiempo más tarde, una película basada en aquel mismo guión comenzó a exhibirse en las salas de proyección de la región del Volga... Aquello, en lugar de molestarme, me halagó y me impulsó a seguir escribiendo para el cine.

El cine era para Maiakovski algo así como la realización de uno de sus sueños futuristas: la máquina ayudando al hombre a vencer el tiempo, permitiéndole reproducir en la pantalla la imagen de unos sucesos que habían dejado de rer reales. Maiakovski sintió desde el primer momento la atracción del cine, pero no se entregó al nuevo arte desde el principio con el entusiasmo un poco ingenuo con que lo hicieron ia mayoría de los escritores rusos de la época. En sus primeras opiniones sobre el cine, expuestas en un artículo publicado en 1913 bajo el título El teatro, el cine y el futurismo, no parecía tener aún mucha confianza én la fuerza creadora del cine: ¿Puede llegar el cine a ser un arte independiente?, se preguntaba. No, desde luego, respondía: El cine y el arte son dos fenómenos de orden diferente. El arte consigue crear imágenes sublimes; el cine se limita a reproducirlas. Su función es la de un simple multiplicador. Nunca podrá llegar a ser un arte original, opinión que contrasta con las alabanzas de Leonidas Andreiev unos pocos meses después de la publicación del artículo de Maiakovski, afirmando que el cine sobrepasa todo lo conocido y logrará vencer a todas las artes.

Sin embargo, Maiakovski modificará muy pronto esta primera impresión sobre el cine, para llegar a ser uno de sus más fervientes defensores. En 1923 escribirá un nuevo artículo sobre el séptimo arte, en el que expuso puntos de vista opuestos a los que había enunciado antes: Para vosotros, el cine es un espectáculo, -escribe- para mí es casi una concepción del universo... El cine es la expresión del movimiento. El cine es el innovador de la literatura. El cine es el destructor de la vieja estética. El cine es la intrepidez. El cine es deporte. El cine es el gran difusor de las ideas.

El georgiano encontró en el cine la forma de expresión ideal para ensayar todos sus juegos futuristas y reconocía divertía con él como un piel roja que va de cacería.

La Primera Guerra Mundial, sin embargo, interrumpió sus contactos con el séptimo arte, limitándose a su intervención como actor en la película titulada Un crimen en el cabaret de los futuristas Número 13, para ser reanudados después del triunfo de la revolución.

Tras revolución de 1917 el Café de los Poetas era frecuentado por gran número de actores y de directores de cine y Maiakovski no tardó en entablar amistad con ellos. Fruto de esa amistad va a ser la realización de una de sus más interesantes aportaciones al cine: el guión de la película Pero no por dinero, en la que el poeta intervino además como actor con el papel de protagonista. Esta película refleja de una forma mucho más directa que en el resto de sus obras literarias, el subfondo ambiguo, la ambivalencia de Maiakovski.

Redactó el guión teniendo en cuenta la novela de Jack London Martin Eden, cuyo protagonista, un marino que, gracias a un extraordinario esfuerzo autodidáctico, se convierte en un famoso escritor. Esta novela había sido siempre para el georgiano un reflejo de su propia trayectoria vital, y en el guión Maiakovski funde su personalidad con la del protagonista de la novela para dar vida al poeta vagabundo Ivan Nov. Maiakovski mezcla en la película personajes reales (Burliuk, Kamenski, etc.) con otros imaginarios. El resultado es un poco confuso, pero verdaderamente emocionante. El argumento viene a ser como una fantasía onírica, en la que el subconsciente del poeta, manifestándose por medio de imágenes y de símbolos, trata de poner en guardia a su Yo conscíente sobre el trágico destino que le espera.

El guión de esta película se perdió, pero se conoce parcialmente a través del resumen que otro futurista, Chklovski, dejó de él: Ivan Nov salva de morir ahogado al hermano de una bella joven de la que el poeta se enamora desde el primer momento. La joven, que ambiciona una vida de lujo y de placeres, no hace caso al vagabundo, en el que sólo ve un paria sin porvenir. Ivan Nov comienza a frecuentar el Café de los Poetas y entabla amistad con los cubofuturistas. Un día recita sus versos a Burliuk, que alza sus brazos al cielo y exclama: ¡Eres un poeta genial!.

Es el principio de la fama y del dinero para Ivan Nov. Entonces, la joven, al darse cuenta de su equivocación, pretende acercarse de nuevo a él, y el poeta finge seguir amándola: la cita una noche en el lujoso piso que acaba de adquirir, coloca un esqueleto en la habitación, que cubre con su propio traje y su sombrero, pone junto a él un arca con el dinero que ha ganado con sus composiciones y al llegar la muchacha, se da cuenta de la burla. Por su parte, el poeta juega con un revólver, seguramente el mismo con el que acabaría poniendo fin a su vida, y su imagen se desvanece avanzando por una calle desierta.

Tras la realización de película, y en el período comprendido entre 1918 y 1922, Maiakovski escribió gran número de guiones e intervino como actor en otras dos películas La señorita y el pícaro, adaptación cinematográfica de una novela de Edmundo Amicis, y Encadenado por el cine.

La temática cinematográfica de Maiakovski es reiterativa respecto a su teatro: la parálisis de la revolución y, más específicamente, la persistente influencia del clasicismo en el arte. Ya en su poema Acerca de esto, se había enfrentado con el problema del aburguesamiento de los obreros, que vuelve a tocar de nuevo en otra composición posterior, Maruxa se ha envenenado, donde nos presenta a una pareja de obreros que intentan vivir con el refinamiento estúpido de los antiguos burguesa. Maruxa es capaz de cualquier cosa por conseguir un vestido a la moda europea. En cuanto a su enamorado, Vania, no está contento con su condición de obrero y pretende salir de ella por todos los medios imaginables.

Maiakovski achaca en parte esta desfase de los obreros a la influencia del cine burgués, sobre todo del americano, que por aquella época se proyectaba en la mayoría de los cines de la URSS; por eso, en Maruxa se ha envenenado, Maiakovski ataca con igual dureza a los pequeño-burgueses que a la distribuidora estatal de películas.

En las calles,
bajo la dirección de Douglas Fairbanks,
el Sovintko
ha tendido sus hilos y nos transporta
desde nuestra difícil realidad
de hoy
hacia un mundo engañoso de evasión.

El poeta se siente orgulloso de sus éxitos como actor, y escribe a Lili Brik queriéndole hacer partícipe de esta pequeña compensación: El cine me divierte extraordinariamente... Los directores se me disputan para que protagonice sus producciones. La firma Neptuno me ofrece un brillante porvenir económico si me decido a trabajar exclusivamente para ella.

Porque el cine no era en esta época más que una actividad compensadora. Chkolovski lo expresa claramente cuando escribe refiriéndose a las actividades cinematográficas del poeta: Maiakovski se divierte con el cine como un niño. Como un piel roja que va de cacería.

La primera guerra imperialista

Durante la guerra Maiakovski reanudó con intensidad sus actividades políticas, entabló amistad con Gorki, en cuya revista publicó artículos de encendido pacifismo, sin que esto fuera óbice para que se indigne contra los emboscados que bebían vodka en los cafés de Moscú mientras un obús arrancaba una pierna al teniente Petrov. En su poema La guerra y el universo denuncia las actividades de los traficantes internacionales, que habían hecho posible la dolorosa tragedia que asolaba los campos de Europa. Alternando la política con el circo, el cine y la literatura, llega el poeta al año de 1915, uno de los más llenos de contenido de su trayectoria vítal.

Cuando es movilizado, la misma guerra le vuelve a poner en contacto con la barbarie; la miseria le reunirá también nuevamente con los bolcheviques. En su largo poema La guerra y el universo denuncia con ira la matanza imperialista y anuncia la inminencia de la revolución con entusiasmo (Oíd, todos, hasta los más inútiles, deben vivir; imposible, es imposible enterrar a los vivos en tumbas de trincheras y refugios: ¡asesinos!). Y él, el hombre, el justo en el que creo vendrá, creedlo, creedme. Así acaba este poema que sólo Máximo Gorki se atreve a publicar en su revista literaria, desafiando a la censura.

En plena guerra imperialista, el hombre libre por el que luchan Maiakovski y los bolcheviques llega en octubre de 1917. La revolución que gana el pan, la paz, la tierra y el derecho a una vida digna para millones de seres humanos, conquista también un arte y una cultura nuevos, libres y creativos. Se produce una explosión de imaginación y talento sin precedentes: cineastas como Eisenstein, pintores como Malevitch, escritores como Esenin, Mandelstam o Pilniak, ofrecen todo su talento artístico al nuevo mundo que construye la clase obrera.

Una nube con pantalones

Pero la guerra no sólo aportó calamidades al poeta sino también el amor de su vida: Lili Brik, su única auténtica gran aventura pasional. Sólo ella fue capaz de hundirle en el abismo insondable del verdadero amor. El amor es para una afectividad tan desbordada la única posibilidad tangible de realización. Y un enamorado tan vehemente como Maiakovski estaba necesariamente condenado a la insatisfacción, a la agonía y a la muerte.

Temperamentalmente, Maiakovski era un hombre sensible a la atracción femenina, desbordadamente pasional. Para él, el amor significaba uno de los justificantes de la existencia, y le concebía como una entrega total y desinteresada; sin embargo, su íntima inseguridad se manifestaba también en su vida amorosa, que se vio siempre perturbada por el resquemor agridulce de los celos, que llegaban a alcanzar las más violentas proporciones. Maiakovski nos presenta el amor en sus poemas como la culminación de las fuerzas ciegas de la naturaleza, como un éxtasis en el que el placer y el dolor se confunden formando una única y estremecedora realidad:

Amar
es arrancarse
de las sábanas
desgarradas por el insomnio.
El amor
no es un paraíso de dulzura;
es el asalto rugiente
de una tempestad
de fuego
y de agua.

Fueron muchas sus aventuras amorosas, pero apenas las menciona en su autobiografía. Únicamente alude de pasada a la estudiante que en su gira propagandística por provincias se enamoró más de sus versos que de él. Y estuvo a punto de abandonarlo todo para seguirle, pero a última hora tuvo miedo y prefirió la seguridad de su hogar burgués a la vida de desordenadas aventuras que el poeta le prometía. Luego vendrán Tatiana, que emigra al llegar la revolución y a la que volverá a encontrar en París, y finalmente Verónica, a la que algunos han querido relacionar con el desgraciado fin del poeta. Todas sirvieron para satisfacer la necesidad pasional del eterno herido de amor que era Maiakovski.

Pero ninguna de ellas logró arraigar con fuerza en su corazón. El amor, tal como él lo comprendía, concebido como una entrega obsesionante y total, no apareció en su vida hasta que entabló conocimiento con Lili Brik.

La historia amorosa de Lili y Maiakovski es una historia complicada, como la técnica de los versos del poeta y las audaces improvisaciones de sus experimentos teatrales. A mediados de 1915, Maiakovski conoce a una estudiante de artes decorativas, Elsa Triolet, esposa del poeta francés Louis Aragon, que escribirá su biografía y traducirá sus obras al francés. Elsa introduce al poeta en casa de su hermana Lili, casada casi adolescente con Ossip Brik, un hombre de edad ya madura, pero de gran cultura y comprensión. Maiakovski se sintió impresionado desde el primer momento por aquella joven de frágil belleza, que le miraba con sus grandes ojos llenos de admiración cuando le oía recitar algunos de sus poemas, y muy pronto aquella atracción mutua acabará convirtiéndose en una desbordada pasión. La situación resultaba dramática, porque tanto Lili como Maiakovski sentían por Ossip un profundo respeto y una profunda admiración. La guerra, el ambiente enfebrecido de los primeros tiempos de la revolución, pero sobre todo la grandeza de espíritu y la comprensión de Ossip Brik, hicieron posible que el poeta pudiera vivir junto a Lili los momentos más felices de su atareada existencia, aunque sólo fuera esa docena de días soportables de la que él nos habla en uno de sus poemas.

Las relaciones amorosas de Lili y Maiakovski durarán hasta 1925, en que, por mutuo acuerdo, deciden darlas por terminadas. Pero la gran amistad entre ellos nunca se extinguirá.

La influencia que estos amores ejercen en la obra literaria del poeta es considerable; sus poemas van a estar desde ahora matizados por una nueva y más profunda comprensión del mundo que le rodea. El primer poema en que esta influencia se va a hacer patente es en La nube con pantalones, una de sus obras poéticas fundamentales que, una vez editada, tratará de vender personalmente en los cafés.

El poema La nube con pantalones es imprescindible para comprender la personalidad de Maiakovski. En él se entremezclan los elementos expresivos de tipo formal e intelectualista con la profunda realidad humana del fondo. A través de unos versos brillantemente coloristas y llenos de difíciles metáforas, intuimos las dos caras opuestas de la personalidad del poeta: lo que deseaba ser y lo que era en realidad.

El poeta lanza el grito de guerra de los cubofuturistas: ¡Bebed cacao Von Hauten!, con el cual expresaban el vacío espiritual de los burgueses. Una imagen acertada, demasiado sutil e intelectual para que pudiera ser comprendida en su verdadera intención por las masas analfabetas a las que Maiakovski pretendía dirigirse.

Escrito cuando apenas contaba 22 años, el poeta intenta concretar en este poema su credo político, estético y moral, su concepción de la vida y del universo:

Yo os digo
el más pequeño polvo de vida
es más precioso que todo lo que nosotros podamos escribir.

Exclama en un momento de sinceridad, para más adelante, angustiado y queriendo hacer suyo todo el dolor de la humanidad, rebelarse contra los poetas esteticistas, para los que la belleza inútil o el tenue perfume de una rosa tienen más valor que las seculares miserias del hombre.

Qué puede importarme Fausto
deslizándose con Mefistófeles por los andamiajes celestes...
Los poetas, los obreros los estudiantes, las prostitutas,
son a los que debemos escuchar y comprender.

Los obreros, los estudiantes, las prostitutas... Maiakovski les comprendía pero muy rara vez sabía hablar su mismo idioma. Su tragedia consistió precisamente en que nunca supo darse cuenta de que él era también un esteticista.

Maiakovski le leyó a Gorki La nube con pantalones, que llegó a llorar de emoción. Gorki no estaba de acuerdo con el desarrollo formal de este poema, tan refinado en su forma expresiva, pero le alcanzaron las profundas resonancias humanas que se desprendían de aquellas estrofas descoyuntadas, y no tuvo más remedio que rendirse ante el talento del autor: Maiakovski -escribió en una revista de la época- tiene apenas 22 años. Es extravagante, individualista, indisciplinado, pero esconde, sin duda alguna, algo de verdadero talento en alguna parte de su cerebro. En caso de que estudie, de que se perfeccione y llegue a serenar su espíritu, llegará a escribir, seguramente, composiciones llenas de belleza y humanidad.

Lo cierto era que Maiakovski había logrado escribir ya estas composiciones y que La nube con pantalones era una verdadera prueba de ello.

El poeta de Octubre

Octubre de 1917. Ha comenzado una nueva etapa en la historia de Rusia y del mundo. Maiakovski vive en Petrogrado los gloriosos acontecimientos. Tras el triunfo de la revolución será, juntamente con Alejandro Blok y Meyerhold, de los primeros que respondan al llamamiento del ministro de Cultura Lunacharski a los intelectuales. Para Maiakovski y para los cubofuturistas, la revolución venía a ser algo así como la tempestad que arrasaría para siempre los anquilosados reductos del academicismo artístico y literario. El poeta se siente tonificado, comienza la lucha con un nuevo ardor. Lanza la catarata de sus versos en las fábricas, en los cuarteles, en la calle:

Todos los soviets no serán capaces de hacer andar al ejército
si los músicos y los poetas no comienzan antes a entonar una marcha.
Aquí
en la Tierra, nosotros queremos vivir.
Ni más arriba ni más abajo.
No tenemos necesidad de vuestras pasiones librescas.
Queremos vivir con una verdadera mujer.

El 5 de diciembre de 1917, Maiakovski regresa a Moscú, un Moscú también efervescente, rebosante de vida, en la que proliferan los cafés literarios, que muy pronto llegan a superar en número a los existentes antes de la revolución: El Caballo de Pegaso, donde se reúnen los imaginistas; El Pintoresco, La Caja de Música y, sobre todo, el más frecuentado, el Café de los Poetas, donde los cubofuturistas han instalado su cuartel general. El local había sido decorado por David Burliuk, prodigando las pinturas simbólicas, que hacían recordar las existentes en la no menos abigarrada Linterna Roja de los tiempos prerrevolucionarios. Torsos femeninos, grupas potentes, caballos de múltiples patas, entremezclados con letreros incongruentes.

Maiakovski convirtió muy pronto el Café de los Poetas en su refugio predilecto, rodeado de sus fervientes admiradores, los cubofuturistas. Se subía al pequeño escenario del local y comenzaba a recitar incansable, a lanzar sus mordientes aforismos contra los clientes que le parecían sospechosos de aburguesamiento.

La creación en 1918, del IZO, la Sección de las Artes Plásticas de la Comisaría de Cultura, a cuyo frente se puso al pintor futurista Chteremberg, hizo concebir al poeta las más grandes esperanzas sobre el porvenir de la revolución, y su imaginación desbordada comenzó a concebir delirantes proyectos que culminan con la publicación en la revista El Arte de la Comuna de su Orden número 1 al Ejército del Arte, que llevaba, además de la suya la firma de Burliuk y Kamenski, en la cual hacía un llamamiento imperioso a los pintores y a los poetas para que recubriesen con brillantes colores los muros grises de las ciudades: Los poetas y los pintores deben coger cuanto antes botes de pintura para iluminar con las galas de su arte los flancos, la frente y el pecho de las ciudades rusas, los tranvías, las estaciones y los rebaños, eternamente trashumantes, de los vagones de ferrocarril.

Los pintores cubofuturistas tomaron al pie de la letra las palabras de Maiakovski y, muy pronto, los muros de las ciudades, los tranvías y los vagones de ferrocarril aparecieron cubiertos de gigantescos paneles multicolores. El pueblo ruso pudo admirar en una inaudita exposición al aire libre las pinturas de Chagall, de Alejandro Exter, de Aitmon, de Chteremberg y de Malevitch.

La audacia de Maiakovski creció, llevándole a publicar en el órgano oficial del IZO El Arte de la Comuna, un virulento poema: Es demasiado pronto para alegrarnos, en el que, con su acostumbrada agresividad, pedía la destrucción de las obras de arte clásicas, de los museos y de todo lo que tuviese algo que ver con el academicismo:

Habéis disparado contra los guardias blancos,
pero ¿y Rafael?
¿Por qué os olvidáis de Rafael?
Ya es tiempo de que las balas de nuestros cañones
derriben los muros de los museos.
Fuego contra as antiguallas veneradas como iconos.
Sembrad la muerte
en el campo enemigo [...]
Habéis disparado contra los guardias blancos.
¿Y por qué no hacerlo también contra Pushkin
y los otros generales clásicos?

Hubo quien, embriagado por la revolución, tomó esas declaraciones literalmente, pero el Partido bolchevique no estaba de acuerdo con ese tipo de posiciones. El propio georgiano matizó sus invectivas antiacadémicas: Si hablo en contra de los clásicos no es porque quiera que se les anule, sino que, por el contrario, quiero que se utilice todo lo válido que hay en ellos por la causa de la clase obrera. El periódico se vio obligado a rectificar y Lunacharski, que siempre había protegido a Maiakovski desde su Ministerio, tuvo que intervenir para intentar apaciguar los ánimos, tratando de contener por un lado las iras de los que acusaban al poeta de querer volver a Rusia a la barbarie, y por otro, tratando de hacer ver al poeta el absurdo de esas posturas.

En una carta abierta dirigida a Meyerhold, pero en la que aludía indirectamente a Maiakovski, Lunacharski señalaba con claridad los límites que los futuristas no debían traspasar: Resulta más fácil destruir una vieja cultura que edificar una nueva. Los obreros no han tenido todavía ocasión de conocer eso que vosotros llamáis cultura clásica, y si la destruimos, es posible que un día pudieran muy bien pedirnos cuentas por ello.

Durante unos días, la agresividad de Maiakovski en el Café de los Poetas disminuyó un poco, ante el asombro de los clientes habituales, pero muy pronto, gracias al buen funcionamiento de sus mecanismos evasivos, sacrifica su virulencia futurista a la revolución. Más tarde iba a sacrificarle también su blusa amarilla y hasta la propia vida, y como si nada hubiera ocurrido, vuelve de nuevo a alzar su voz y a dejar caer sus aceradas metáforas sobre la bruñida superficie de los veladores.

Maiakovski y Meyerhold

En los primeros tiempos de la revolución, en lo que al teatro se refiere, el desconcierto fue general, un verdadero caos. En primer lugar se desconfiaba de los intelectuales, de los dramaturgos que habían escrito bajo el antiguo régimen, y por si esto fuera poco, los actores, ante el temor de un porvenir incierto, emigraron en su gran mayoría al extranjero, y los que no pudieron hacerlo adoptaron una actitud pasiva que se acercaba mucho al sabotaje. Sin embargo, el caos iba a durar poco tiempo. Lenin, consciente del enorme valor del teatro y el cine como armas creadoras de cultura y difusoras de nuevas ideas, promulga un decreto nacionalizando ambos espectáculos y dispone, casi a escala militar, una amplia campaña teatral por todo el país, al frente de la cual coloca al escenógrafo Vsevolod Meyerhold, quien organiza una serie de compañías ambulantes, sus tropas de combate, que comienzan a recorrer toda la geografía de la URSS convertidas en el más firme puntal de la propaganda.

Vsevolod Meyerhold había sido discípulo de Stanislavski, del que se separó para poder desarrollar sus propias ideas interpretativas, que él llamó principios biomecánicos del teatro, con los que pretendía liberar al actor de la posición subordinada en que la escuela psicotécnica de Stanislavski le había colocado. El actor debía aprender a utilizar todos los órganos de su cuerpo para poder expresar a través de ellos sus más íntimas sensaciones. En cuanto a la escenografía y a la técnica teatral, en lugar del realismo espiritualizado de Stanislavski, preconizaba montajes complicados que ayudasen al actor a manifestarse con todos los recursos de que su cuerpo era capaz, a fin de lograr el movimiento puro. Realizar un teatro teatral en el que el drama íntimo debía convertirse en drama espectáculo.

Meyerhold encarga los telones para sus puestas en escena a los pintores de la escuela futurista, March Chagall incluido, y muy pronto, dejándose arrastrar por la dinámica propia de sus ideas biomecánicas, suprime los telones y toda clase de elementos de tipo realista. Elimina la boca del escenario, haciendo avanzar éste hasta el centro de la sala, con lo que queda convertido en una especie de pista de circo, en medio de la cual se montará lo que se llamó la construcción, una serie de elementos ensamblados: rampas, escaleras, ruedas giratorias, sobre los que los actores, convertidos en funámbulos, declamarían los parlamentos de la obra, alternando los recitados con acrobacias y equilibrios, proyectándose de este modo en las tres dimensiones del espacio. Meyerhold logró su mayor éxito con la puesta en escena de El estupendo cornudo, de Crommelynck, para la cual uno de sus discípulos, Liubov Popova había montado una construcción en la que el esteticismo había sido sacrificado por completo al movimiento biomecánico.

Poco después del estreno de El estupendo cornudo, Maiakovski escribiría entusiasmado en un artículo publicado en París: Por primera vez es Rusia, y no Francia, quien ha dicho la última palabra en materias artísticas.

Maiakovski y Meyerhold estaban destinados a encontrarse; las suyas eran como dos vidas paralelas destinadas a protagonizar el momento culminante del teatro soviético, a tener que soportar el fuego graneado de los enemigos del futurismo y a ser finalmente derrotados.

Enamorado de las máquinas y de la técnica, a Maiakovski las teorías biomecánicas de Meyerhold le parecieron la fórmula ideal para lograr crear un teatro nuevo, un teatro espectáculo donde intercalar números da circo y de music-hall. Para Meyerhold, los dramas de Maiakovski iban a ser las piezas ideales para poder llevar a la práctica sus teorías interpretativas sin tener que forzar, hasta casi descoyuntarlo, el texto, como ocurría cuando trataba de poner en escena algún drama de Gogol o de Ostrovski.

El primer fruto de la colaboración de estos dos genios de la escena fue el estreno del Misterio bufo. Maiakovski había empezado a trabajar en esta obra en el verano de 1918 y muy pronto, el 27 de septiembre del mismo año, se reunía en casa de los Brik con Meyerhold y Lunacharski, para realizar la primera lectura. Pero a Maiakovski eso no le bastaba; no se guiaba por la opinión de las minorías cultas, así que le entrega el libreto al chófer de Lunacharski para conocer su opinión. El chófer le confirma que la comprende perfectamente y es entonces cuando el georgiano está convencido que la obra conmoverá a las masas. Lunacharski tampoco tuvo ningún reparo que poner a la obra y qacordaron que Meyerhold se encargase de todo lo necesario para su montaje más espectacular. La fecha elegida para el estreno fue la del primer aniversario de la revolución.

A pesar de que no podía dudarse de las intenciones propagandísticas de la obra y del apoyo que Lunacharski la dispensaba, Maiakovski tuvo que librar una verdadera batalla para lograr superar la interminable serie de obstáculos que los enemigos del futurismo pusieron en su camino para impedir el estreno. En primer lugar, los teatros de Petrogrado se negaron a ceder sus locales para la representación de lo que consideraban un verdadero engendro teatral. En las carteleras se representaba Macbeth y alguien había acusado al Misterio bufo de ser una feria, lo que no correspondía a la solemnidad de la jornada. Maiakovski se traslada a Moscú para intentar representarla allí. En un teatro sin calefacción, en el extremo rigor del invierno moscovita, lee enfáticamente el libreto ante los obreros del soviet. Al terminar, uno de ellos interpreta al violín los primeros sones de La Internacional. Cuando llega la autorización para representar la obra en Petrogrado, los actores profesionales no querían comprometerse en un momento en que el resultado de la guerra civil era incierto. Entonces Maiakovski insertó en los periódicos de Petrogrado, correspondientes al 18 de octubre de 1918, una convocatoria en la que se invitaba a todos los actores, profesionales o aficionados, que quisieran intervenir en la representación del Misterio bufo, a presentarse al día siguiente en la sala de conciertos del Instituto Técnico. A la invitación del poeta respondió sólo un pequeño grupo, un grupo heterogéneo, compuesto por aficionados, estudiantes de la Escuela de Arte Dramático y artistas de cabaret. En el mismo día se hizo el reparto de papeles, teniendo Maiakovski que doblar algunos de ellos, porque con los asistentes no se había logrado completar el extenso reparto de la obra.

Los ensayos comenzaron a marchas forzadas, pero las dificultades continuaron ya que la administración del teatro hizo todo lo que pudo para boicotear el estreno, hasta el punto de que Maiakovski tuvo que colorear a mano los carteles anunciadores, que llegaron al teatro el mismo día de la representación, y sin haber sido adecuadamente coloreados. El telón del Teatro del Drama Musical se alzó el 7 de noviembre ante un público predispuesto contra la obra y unos actores nerviosos y asustados. A pesar de todo, el Misterio bufo fue imponiéndose escena por escena y al final fueron muchos más los que aplaudieron que los que protestaron.

El critico Févralski, recordando las peripecias del estreno del Misterio bufo, escribió en el diario Izvestia pocos días después del estreno:

Debemos señalar en el Misterio bufo el principio de un teatro nuevo. La impresión que el espectáculo produjo en la mayor parte de los espectadores fue enorme. El público reía alegremente, sin esfuerzo, con aquel juego limpio de palabras y de imágenes encadenadas [...]

Otra parte, en cambio, rebosaba de indignación hacia Maiakovski y hacia el llamado arte nuevo [...] Las discusiones sobre la obra continuaron en la calle y siguieron siendo durante mucho tiempo tema de actualidad. En los cafés, en las oficinas, en los transportes, no se hablaba de otra cosa [...] Discusiones que al final no resultaron beneficiosas para el autor, porque fueron muchos los que llegaron a la conclusión de que si bien los detractores del arte nuevo no tenían razón en cuanto a lo que Misterio bufo representaba, sí que la tenían, en cambio, al afirmar que el arte nuevo llevaba dentro de sí indudables gérmenes burgueses, gérmenes que podrían muy bien llevar la corrupción al teatro soviético.

El secreto de los aplausos que el Misterio bufo logró arrancar a la mayoría de los espectadores asistentes al estreno se debió en gran parte a lo que el espectáculo tenía de común con los que solían presentar los teatros ambulantes que recorrían las ferias rusas, a los colores agresivos de los trajes que lucían los actores, al ritmo, en fin, de teatro de marionetas que Meyerhold supo imprimir al desarrollo de la obra. Misterio bufo es una ingenua representación de la fatigosa marcha de la humanidad hacia la tierra prometida de la felicidad y la abundancia. Es el retrato sumario, pero no menos certero, de sus enemigos de siempre.

Maiakovski había pretendido condensar en el Misterio bufo el intenso drama que Rusia había vivido en los últimos años. Según él mismo explica en el programa repartido a los espectadores al ser repuesta la obra en 1921, es la revolución condensada en versos y acción teatral. Misterio es lo que la revolución tiene de más grande. Bufo es lo que tiene de cómico. Los versos de 'Misterio bufo' son las consignas de los mítines, gritos de las calles, lenguaje de los diarios. La acción de 'Misterio bufo' es el movimiento de las masas, el choque de las clases, la lucha de las ideas. Un mundo en miniatura entre los muros de un circo. Es el viaje alegre de la clase obrera después del diluvio revolucionario, que poco a poco se libera de sus parásitos, atraviesa el paraíso y el infierno y llega a la tierra prometida, en la que reconoce a nuestro planeta pecador, lavado por el diluvio revolucionario, donde los 'camaradas objetos' esperan con impaciencia a sus hermanos: los trabajadores.

En el Misterio bufo, Maiakovski logró conseguir lo que parecía irrealizable: dar al teatro futurista, refinado e intelectual, una apariencia verdaderamente popular. Partió de una idea simple: dividir a los personajes de la obra en dos grupos antagónicos, el de los puros y el de los impuros; luego ideó una línea argumental en la que los elementos simbólicos resultaban de fácil comprensión, y por último, aunque en la tramoya abundaban las manifestaciones futuristas, arcos celestes, tranvías, máquinas casi con vida propia, los protagonistas, a los ojos del espectador ingenuo, no venían a ser otra cosa que unas simples marionetas animadas.

El argumento o la acción dramática se desarrollaba además con la simplicidad propia de un misterio medieval. Los puros, representantes de la burguesía, y los impuros, representantes de la clase obrera, se ven sorprendidos por el diluvio y tienen que refugiarse en el Polo Norte, único lugar del planeta a donde todavía no han llegado las aguas amenazadoras. Puros e impuros conferencian y deciden construir un arca, trasunto de la de Noé, para, embarcándose en ella, poner rumbo hacia el monte Ararat. Los puros, aprovechando un momento de descuido de los impuros, dan un golpe de estado y proclaman rey al Negus de Abisinia, pero muy pronto se dan cuenta de que éste come desaforadamente y, entonces, con el pretexto de que la autocracia resulta anacrónica, se sublevan y arrojan al Negus al mar. Después, a fuerza de engaños, convencen a los impuros de que deben asociarse con ellos para fundar una República, y una vez convencidos, les convierten en sus servidores, repartiendo los alimentos, a iniciativa del representante francés, según la condición social de cada uno: Para los unos, las rosquillas; para los otros, los agujeros de las rosquillas.

A fin de convencer a los impuros de lo justo y satisfactorio de este reparto, el representante francés dialoga con ellos, utilizando argumentos como el siguiente: Es necesario que alguien coma las pepitas; las sandías no pueden ser para todos. Descontentos con una República en la que no ven otra cosa que un zar de cien cabezas, los impuros acaban a su vez por arrojar a los puros al mar, continuando ellos solos el rumbo hacia el monte Ararat. Los víveres comienzan a escasear. Surgen las discusiones y los conflictos. El hambre amenaza con hacer su aparición. En tan crítica situación, los impuros ven venir, andando sobre el agua, como en un milagro al Hombre Simple, que sube al arca y les dice que deben dirigirse hacia la Tierra Prometida en lugar de hacia el monte Ararat, describiendo esta tierra como un verdadero paraíso. Seducidos por sus palabras los impuros abandonan el arca trepando por las jarcias y andando luego por las pasarelas solares, las escalas del arco iris. Atraviesan las nubes y penetran, sin darse cuenta, en el infierno, donde les recibe regocijado Belzebuth y su cohorte de diablos dispuestos a caer sobre ellos. Entonces un campesino comienza a hablar; describe los sufrimientos que los impuros han tenido que soportar en la Tierra y, al final, los diablos, conmovidos, les dejan marchar sin hacerles daño. Los impuros siguen su camino y llegan al cielo donde entran escoltados por dos hileras de ángeles resplandecientes. Por último, tras haber atravesado el cielo, llegan a la Tierra Prometida. No acabando de creer que esto sea verdad, uno de ellos se encarama sobre la puerta, mira al otro lado, y describe a sus compañeros las maravillas que les esperan: automóviles, locomotoras, máquinas de todas clases, pero, sobre todo, árboles y árboles llenos de flores y

no sólo de flores,
sino también de panecillos.

Las puertas se abren de par en par y termina la obra con la entrada de los impuros en la Tierra Prometida a los acordes de una marcha triunfal.

En la puesta en escena, Meyerhold, hábilmente secundado por Malevitch, había combinado elementos de tipo arquitectónico con otros de una primitiva simplicidad. La Tierra estaba representada por un enorme hemisferio azul marino; el infierno, por una sala gótica decorada con violentos colores rojos y verdes; en el cielo predominaban los tonos grises sobre los que resaltaba el azul profundo de las nubes. Un telón cubista, un arco inmenso y una aglomeración confusa de árboles y máquinas representaban la Tierra Prometida. Los puros iban vestidos con trajes multicolores, como los que suelen emplear los payasos, los impuros, en cambio, de un tono gris lleno de austeridad. Mientras los primeros vociferaban al recitar sus papeles, los segundos lo hacen en tono bajo, casi salmodiando. Todo muy abigarrado y colorista, antiguo y nuevo e la vez.

Fue representado cien veces en el montaje de Meyerhold. Tres veces fue representado como un espectáculo fantástico, en el circo y en lengua alemana, durante el III Congreso del Komintern.

También esta vez el espectáculo fue desintegrado, al cabo de la tercera función, por los empresarios del circo, que habían decidido que los caballos ya habían esperado demasiado.

Las discusiones sobre la obra y su puesta en escena comenzaron en el teatro y continuaron en la calle, siendo tema de actualidad durante mucho tiempo. En los cafés, en las oficinas, en los transportes, no se hablaba de otra cosa.

Pero si el público estaba dividido y discutía, la crítica, en cambio, de los principales diarios de Petrogrado reaccionó violentamente: Se me acusa de tantas faltas que hay días que me gustaría ir a alguna parte y permanecer allí dos años para dejar de escuchar injurias, dirá. El resultado de todo ello fue que, tras tres días de permanencia en el cartel, las representaciones fueron suspendidas porque aquello resultaba incomprensible para los obreros. Por primera vez Maiakovski tenía que escuchar esta acusación que tanto le dolía. La de que él, el poeta de la revolución, que estaba dispuesto a darlo todo por el pueblo, no escribía para las masas, que no podía ser comprendido por los obreros.

¿Por qué se produjo una oposición tan violenta a Misterio bufo? Toda obra nueva, inusual, activa, provoca un contraataque, pero en este caso la pieza se inscribía en el combate general de la lucha revolucionaria. Los viejos actores del teatro Alexandrinski se persignaban a la lectura del texto. Tairov, del teatro Kamerni, detestaba el Misterio porque exigía que el teatro fuera apolítico. Las inclinaciones estéticas de muchos críticos se veían atacadas. Había quienes estaban políticamente en contra de las ideas expresadas y quienes estaban estéticamente contra la forma de expresión; había quienes se indignaban por la profanación de cosas sagradas y otros que pensaban que era un modo blasfemo de expresión de las ideas comunistas. Y todo el mundo estaba de acuerdo en que el Misterio no podía ser comprendido por las masas obreras.

Cuando se hizo pública la decisión de volver a montar la pieza, un grupo de escritores se dirigió al Comité Central del Partido bolchevique para protestar contra la reposición, argumentando por milésima vez su dificultad de comprensión por los obreros. Maiakovski organizó nuevas lecturas de la pieza ante auditorios obreros, siempre y en todas partes con el mismo resultado: los obreros exigían la inmediata puesta en escena de Misterio bufo.

La primera variante de Misterio bufo debía llevar a las masas consignas e imágenes directas de la revolución. Imágenes ingenuas para un espectáculo de feria, bajo la lona de un circo o al aire libre. Su concepción del teatro y su tendencia a buscar elementos poéticos en la Biblia, le llevaban directamente al Misterio, el gran espectáculo medieval, con sus masas de participantes, del que hizo un medio de agitación y propaganda comunista. En cuanto a la expresión escénica, Maiakovski estaba ciertamente muy influido por el teatro popular ruso, con sus personajes y sus puestas en escena estereotipadas como guiñol, tal y como se manifestaba en las plazas públicas, al aire libre.

Una de las muchas razones de la rabiosa batalla que se libró en torno a Misterio bufo en su segunda puesta en escena, fue la dirección de Meyerhold, con decorados de Malevich. Parece ser que el espectáculo denotaba una estética sobrepasada en relación con el teatro de Maiakovski. El suprematismo de Malevich, la esquematización de los personales por Meyerhold, las túnicas uniformemente grises de los actores y los coros hablados, hacen difícil imaginar esta farsa alegre con su cruel benevolencia satírica, esos personajes, que aún sin otro nombre que el de su profesión, o el de su profesión de fe, o únicamente sus objetos animados, están tan caracterizados y tan diferenciados como los personajes del guiñol o del teatro chino. Su homogeneización en la escena y la disipación del texto por los coros hablados, con un libreto como el de Maiakovski, en el que cada palabra está llena de sentido, debía contribuir muy poco a dejar claro sobre la escena lo que Maiakovski había querido mostrar.

Era la época de la gran corriente de los espectáculos de masas con un tema favorito: la reciente revolución, y un modo de expresión, el simbolismo revolucionario, las alegorías. Estos espectáculos de profesionales y aficionados, en grandes y pequeños escenarios, en clubs y plazas públicas, tomaban a veces un carácter grandioso, en ocasiones, hasta con participación de diez mil guardias rojos. Todos esos espectáculos flotaban también, pero con una muy desigual fortuna, en sus símbolos y alegorías. También Maiakovski se servía del símbolo y la alegoría, pero a su manera, principalmente como un medio satírico, cómico, mientras que los espectáculos de la época provocaban en él indignación.

Estos espectáculos de agitación, en los escenarios de los clubs, reponían frecuentemente fragmentos del Misterio sin que se supiera de dónde provenía el texto, como si éste perteneciera ya al folklore.

Dolorido y defraudado, pero deseando mostrar su ardiente deseo de colaborar en la organización del nuevo Estado, Maiakovski regresa a Moscú y elige para desarrollar su actividad un trabajo anodino, casi rutinario. Ofrece sus servicios como colaborador a la ROSTA, la Agencia Telegráfica Rusa, cuya misión principal era seleccionar y difundir las noticias referentes a la guerra civil y a la situación general del país. Como los modernistas, pero por razones opuestas, Maiakovski se siente atraído por la prensa, una tarea en la que sus metáforas podían encontrar un terreno favorable. Por aquella época apenas si existían periódicos en la URSS. La carencia de papel llegó a ser tan angustiosa, que los pocos diarios que se publicaban lo hacían con una tirada limitadísima y teniendo que ser impresos muchas veces en papel de embalaje.

Ante esta situación, Maiakovski concibe otra de sus deslumbrantes ideas: llevar las noticias, esquematizadas en dibujos y consignas a los escaparates, entonces vacíos, de los comercios de Moscú. Aceptada su sugerencia febrilmente, como de costumbre, la convierte inmediatamente en realidad. Escribe cientos de consignas glosando los acontecimientos cotidianos, pinta igualmente cientos de carteles en los que hace revivir a los puros y a los impuros de su Misterio bufo. Algunos de estos carteles se conservan todavía en la biblioteca-museo Maiakovski de Moscú, y en ellos puede contemplarse a la Rusia trastornada por la guerra civil y la desorganización económica a través de los más diversos y contradictorios temas: ataques a Pilsudski, burlas contra Wrangel y Lloyd George, consejos para prevenirse contra el tifus y la cólera, llamamientos en favor de los mineros hambrientos.

Maiakovski se siente orgulloso de su obra, y se engaña a sí mismo propagando por doquier que aquellas consignas encierran más calidades estéticas que un verdadero poema, cuando la realidad era que su genio se estaba adocenando con aquel diario improvisar. Sus amigos intentan convencerle de lo equivocado de su actitud y le incitan a que vuelva de nuevo a escribir para el teatro, pero no les escucha. Lunacharski, consciente del genio de Maiakovski, le sugiere una idea que no puede rechazar: realizar una segunda versión del Misterio bufo. Encariñado con esta idea, Maiakovski, sin abandonar del todo sus trabajos en la ROSTA, comienza a revisar el texto del Misterio, modificando el contenido de algunas escenas e intercalando otras completamente nuevas, para actualizar de este modo la obra, fiel a su idea de que el Misterio bufo debía reflejar en cada nueva representación los problemas acuciantes del momento. El 29 de diciembre de 1920 lee a los actores del teatro Meyerhold, que será de nuevo el encargado de la puesta en escena, la nueva versión de la obra. Los ensayos comienzan inmediatamente pero mientras el director ultima los detalles de la escenografía, se desencadena de nuevo una campaña de descrédito en la que se esgrimen los mismos argumentos que habían conseguido que la obra fuera retirada de los carteles en 1918: Aquello no era para los obreros... Se trataba de un espectáculo de feria.

Para lograr cortar de raíz esta campaña tendenciosa organizada por los enemigos del futurismo, Maiakovski y Meyerhold deciden organizar un debate sobre el Misterio bufo en presencia de los representantes de las organizaciones culturales y políticas. Maiakovski defendió con su característico ardor los valores éticos y estéticos de la obra y logró salir triunfante de su empeño. Logró que se nombrase una comisíón bajo la presidencia de Draudin. Durante la noche volvió a leer el Misterio a la comisión. Draudin, que visiblemente no estaba influenciado ni daba importancia a las viejas tradiciones literarias, se puso a su lado. Acalladas, momentáneamente por lo menos, las críticas adversas, la nueva versión del Misterio bufo, fue estrenada en mayo de 1921. El espectáculo resultó todavía más popular y colorista que en su primera representación. Maiakovski había acentuado el sentido clownesco de los puros y había despojado, en parte, a los impuros de la tonalidad gris y un poco hierática que tenían en la primera versión de la obra. En la alegoría de la Tierra Prometida, predominaban ahora los motivos eléctricos, con los que el autor pretendía aludir a los planes de electrificación de la URSS.

Respecto a la escenografía, Meyerbold, decidido ya por las fórmulas constructivistas, había suprimido el escenario y los telones, y en su lugar montó un sólido cuerpo arquitectónico, que recordaba vagamente la silueta de un arco. Un pequeño balcón, colocado en lo alto, simbolizaba la pasarela celeste. El hemisferio, pieza fundamental de la escenografía, fue agrandado y en el episodio del infierno giraba sobre sí mismo, dejando ver una abertura por la que salían los diablos en un cortejo bufonesco de marcado matiz medieval. El director había acentuado al máximo el aspecto de marionetas vivientes de los puros, haciéndoles vestir unos trajes estrafalarios violentamente coloreados, mientras los impuros lucían esta vez la blusa amarilla tan querida del poeta.

Cuando al cabo de los años volvió a representarse en Moscú el Misterio bufo, un Sputnik giraba en torno del simbólico hemisferio, como un homenaje al genio intuitivo del poeta.

Roque Dalton

consejerodelobo@hotmail.com @ 03:52

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Roque Dalton
(1935-1975)

 Roque Dalton nació el 14 de mayo de 1935 en San Salvador, hijo de padre anglosajón y madre salvadoreña. Cursó sus primeros estudios en un colegio religioso y más tarde Derecho y antropología en las Universidades de El Salvador, Chile y México.

Desde muy joven se dedica al periodismo y a la literatura. En 1956 funda con otros poetas salvadoreños y centroamericanos el Centro Literario Universitario.

Pronto obtuvo también diversos galardones en certámenes nacionales y centroamericanos. En 1956 consigue por primera vez el Premio Centroamericano de poesía otorgado por la universidad de El Salvador.

Ese mismo año publica sus primeros poemas en la revista Hoja (Amigos de la Cultura, San Salvador) y en el Diario Latino de la misma ciudad.

Se afilió al Partido Comunista un año después, cuando contaba con 22 años de edad, hecho que inspiró su célebre poema Buscándome líos:

La noche de mi primera reunión de célula llovía
mi manera de chorrear fue muy aplaudida
por cuatro
o cinco personajes del dominio de Goya
todo el mundo ahí parecía levemente aburrido
tal vez de la persecución y hasta de la tortura
diariamente soñada.
Fundadores de confederaciones y de huelgas mostraban
cierta ronquera y me dijeron que debía
escoger un seudónimo
que me iba a tocar pagar cinco pesos al mes
que quedábamos en que todos los miércoles
y que cómo iban mis estudios
y que por hoy íbamos a leer un folleto de Lenin
y que no era necesario decir a cada momento camarada.
Cuando salíamos no llovía más
mi madre me riñó por llegar tarde a casa.

En 1959 recibe por tercera vez el Premio Centroamericano de poesía.

 Pero con el triunfo de la revolución cubana, la persecución represiva también arrecia en todo el continente y Roque Dalton es encarcelado por su militancia comunista.

Dos años después tiene que exiliarse, primero a Cuba y más tarde a Checoslovaquia y la URSS. Esa es la etapa más prolífica del poeta, que en Cuba publica sus obras La ventana en el rostro, El turno del ofendido, El mar y Los testimonios.

Fue un inquilino asiduo de las cárceles, en las que permaneció aislado, torturado y condenado a muerte en varias ocasiones, pero de todas ellas pudo escapar milagrosamente. En una ocasión se libró gracias a la caída del dictador cuatro días antes de su ejecución. En otra estuvo ayudado por el terremoto que sacudió la capital de El Salvador en 1964 y que le permitió escapar de la cárcel y salir de nuevo del país.

 Por su militancia política, padeció siempre cárcel y exilio. Vivió emigrado en Guatemala, Cuba, Checoslovaquia, Corea, Vietnam del Norte y otros países. Durante unos meses estudió etnología en México.

En 1969, bajo el seudónimo de Farabundo, obtuvo el premio Casa de las Américas (concurso en el que participaron 221 trabajos) de poesía con su ópera-rock Taberna y otros lugares, obra que escribió durante sus dos años de estancia en Praga. En la dedicatoria que hace de esta obra a su hijo Jorge Vladimir, escribe: Yo llegué a la revolución por la vía de la poesía. Tú podrás llegar (si lo deseas, si sientes que lo necesitas) a la poesía por la vía de la revolución. Tienes por lo tanto una ventaja. Pero recuerda, si es que alguna vez hubiese un motivo especial para que te alegre mi compañía en la lucha, que en algo hay que agradecérselo también a la poesía.

Roque Dalton, que era un profundo conocedor de los clásicos comunistas, no tardó en romper con el revisionismo que se había adueñado del Partido Comunista y organizó el Ejército Revolucionario del Pueblo, una de las organizaciones guerrilleras salvadoreñas.

 Pero un movimiento guerrillero tampoco está exento de reclutar traidores y en el ERP también los había, bien emboscados. No podían consentir en sus filas una figura comunista honesta e indoblegable como la de Roque Dalton. El 13 de abril de 1975 capturan al poeta guerrillero y lo acusan absurdamente, condenándolo a permanecer encerrado, pero el 10 de mayo deciden drogarlo y, demostrando su criminal catadura traidora, le pegan un tiro en la cabeza, escondiendo su cadáver en algún lugar de El Salvador.

La orden de asesinarle provino del traidor Joaquín Villalobos, que luego mandaría asesinar también al comandante Marcial (Cayetano Carpio) y Ana María, de la organización guerrillera Fuerzas Populares de Liberación para, finalmente, entregar la revolución salvadoreña a la burguesía.

Su asesinato demuestra la necesidad de una constante vigilancia revolucionaria para adelantarse a los acontecimientos y evitar que las pérfidas maniobras de los revisionistas prosperen. La camarilla de criminales renegados de la dirección del Ejército Revolucionario del Pueblo que asesinaron a Dalton hoy son los dirigentes de los partidos burgueses, cómplices del imperialismo y policías.

 Flaco y de nariz afilada, Roque Dalton era un conversador infatigable al que, en los pocos momentos de descanso del trabajo revolucionario, le gustaba rasgar la guitarra y soplar la guaira, especie de flauta indígena centroamericana.

Una frase pronunciada el día que se enteró de la muerte de su gran amigo el poeta y revolucionario guatemalteco Otto René Castillo, define toda su obra: La muerte heroica de Otto René Castillo es la máxima prueba del respaldo que dio con sus hechos a la aceptación de que el poeta es una conducta moral.

En 1967 escribió premonitoriamente: Desde hace algunos años siempre me propuse escribir de prisa, como si supiera que me van a matar al día siguiente... Es terriblemente ridículo ser un escritor salvadoreño, y tal vez lo sea sólo por la haraganería y el egoísmo nacional.

Obra poética:

Mía junto a los pájaros, San Salvador, 1957
La ventana en el rostro, México, 1961
El mar, La Habana, 1962
El turno del ofendido, La Habana, 1962
Los testimonios, La Habana 1964
Poemas. Antología, San Salvador, 1968
Taberna y otros lugares, Premio Casa de las Américas, La Habana 1969
Los pequeños infiernos, Barcelona 1970

Ensayos:

César Vallejo, La Habana, 1963
El intelectual y la sociedad, 1969
¿Revolución en la revolución? y la crítica de la derecha, La Habana, 1970
Miguel Mármol y los sucesos de 1932 en El Salvador, 1972
Las historias prohibidas del Pulgarcito, México, 1974

Póstumamente se publica su novela Pobrecito Poeta que era yo (1981) y las obras poéticas: Los Hongos, Un libro levemente odioso (1989) y Contra ataque.

Pablo Neruda

consejerodelobo@hotmail.com @ 03:35

neruda.bmpPablo Neruda
(1904-1973)

Neftalí Ricardo Reyes Basoalto (quien escribiría posteriormente con el seudónimo de Pablo Neruda) nació en Parral el 12 de julio de 1904, hijo de José del Carmen Reyes Morales, obrero ferroviario y Rosa Basoalto Opazo, maestra de escuela, fallecida un mes después del nacimiento del poeta.

En 1906 su familia se traslada a Temuco donde su padre se casa con Trinidad Candia Marverde, a quién el poeta menciona en diversos textos como Confieso que he vivido y Memorial de Isla Negra con el nombre de Mamadre. Neruda fue llevado a Temuco unos pocos años después.

Realiza sus estudios en el Liceo de Hombres de esta ciudad, donde realiza todos sus estudios hasta terminar el sexto año de humanidades en 1920. También allí publica el 18 de julio de 1917 en el diario La Mañana un artículo titulado Entusiasmo y perseverancia, que firma Neftalí Reyes. Es ésta la primera publicación del poeta. El 30 de noviembre del año siguiente se publica en la revista Corre-Vuela de Santiago, Nº 566, el poema Mis ojos, firmado por Neftalí Reyes. En el curso del año aparecen tres poesías más en esta misma revista; otras son publicadas en revistas literarias de los estudiantes de Temuco. Al año siguiente publica otras trece poesías en Corre-Vuela, colabora en Selva Oscura de Temuco y publica en revistas de Chillán y Valdivia bajo diversos seudónimos.

 Participa en los juegos florales del Maule con su poema Nocturno ideal y obtiene el tercer premio. El jurado estuvo compuesto por Aníbal Jara, Domingo Melfi y Alberto Menéndez. El primer premio lo obtuvo Abel González, y el segundo, Aída Moreno Lagos.

En octubre de 1920 adopta definitivamente el seudónimo de Pablo Neruda para sus publicaciones y el 28 de noviembre obtiene el primer premio en la Fiesta de la Primavera de Temuco. Este mismo año es presidente del Ateneo Literario del Liceo de Temuco y prosecretario de la Asociación de Estudiantes de Cautín. Prepara dos libros: Las ínsulas extrañas y Los cansancios inútiles, que no publica. Parte de estos libros integrarán Crepusculario.

 En 1921 se traslada a Santiago para seguir la carrera de profesor de francés en el Instituto Pedagógico. 14 de octubre: obtiene el primer premio en el Concurso de la Federación de Estudiantes de Chile por su poema La canción de la fiesta, que es publicado en la revista Juventud, de la Federación de Estudiantes.

Al año siguiente colabora en la revista Claridad, órgano publicitario oficial de la Federación de Estudiantes. El 24 de agosto el grupo literario Vremia auspicia una audición de versos a cargo de los poetas Joaquín Cifuentes, R. Monestier, Alberto Rojas Jiménez y Pablo Neruda. Las audiciones continúan. En octubre, la revista Los Tiempos, de Montevideo, dedica un número a la joven poesía chilena, y en él figura Neruda.

En agosto de 1923 aparece la edición original de Crepusculario publicada por Ediciones Claridad, que es reconocido por escritores como Alone, Raúl Silva Castro y Pedro Prado. La revista Dionysios, dirigida por Aliro Oyarzún, le publica cuatro poesías. Las tres últimas integrarán El hondero entusiasta, libro que, escrito en esta época, no será publicado hasta 1933. En este año se encuentran también cuarenta y dos colaboraciones suyas en la revista Claridad, firmando con el seudónimo de Sachka las de crítica literaria. Algunos de los poemas publicados este año serán más tarde incluidos en su libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada. (El Poema XX, por ejemplo, que en Claridad, Nº 115, del 24 de noviembre, se llama Tristeza a la orilla de la noche).

 Al año siguiente aparece en junio en la Editorial Nascimento sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en el que todavía se nota una influencia del modernismo. El 20 de agosto de aquel año publicó en el diario La Nación una carta sobre este libro en el que explica su proceso de su creación.

En 1925 dirige la revista Caballo de Bastos y colabora en diversas publicaciones literarias, tales como Andamios, Alí Babá, Dínamo, Renovación y en el diario La Nación. En el Nº 132 de Claridad publica Galope muerto, que luego encabezará Residencia en la Tierra. Edición original de Tentativa del hombre infinito, editorial Nascimento. Este libro lleva dos fechas: el año 1925, fecha de impresión y el año 1926, fecha de edición. También viaja a Ancud acompañando a Rubén Azócar, y pasa por Temuco. Escribe El habitante y su esperanza. Regresa de Ancud y alquila un cuarto para vivir con Tomás Lago y Orlando Oyarzún.

Posteriormente se manifiesta un propósito de renovación formal de intención vanguardista en tres breves libros publicados en 1926: El habitante y su esperanza; Anillos (en colaboración con Tomás Lagos) y Tentativa del hombre infinito. También publica la segunda edición de Crepusculario por editorial Nascimento, en su texto definitivo y dedicado a Juan Gandulfo. En el Nº 135 de Claridad se publican, traducidos por Pablo Neruda del francés, unos fragmentos del libro de Rainer María Rilke Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. En la revista Atenea, Nº 5 y Nº 10, publica Dolencia y Tormentas que luego formarán parte de Residencia en la Tierra con los nombres de Madrigal escrito en invierno y Fantasma.

En 1927 comienza su larga carrera diplomática cuando es nombrado cónsul ad honorem en Rangún, Birmania, a donde parte el 14 de junio. En julio manda su primera crónica a La Nación de Santiago, que la publica el 14 de agosto. Continúan publicándose regularmente estas crónicas en La Nación. Publican poemas de Neruda El Sol y Revista de Occidente, de Madrid. Conoce y vive con Josie Bliss, de la que separa al año siguiente, casándose en 1930 con María Antonieta Hagenaar Vogelzanz.

Ese mismo año en la Revista de Occidente (Nº LXXXI, marzo) aparecen Galope muerto, Serenata y Caballo de los sueños.

 En sus múltiples viajes conoce en Buenos Aires a Federico García Lorca y en Barcelona a Rafael Alberti.

En julio de 1932 se publica la segunda edición -en texto definitivo- de Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

El 24 de enero de 1933 aparece la edición original de El hondero entusiasta, Empresa Letras de Santiago. El 13 de octubre en Buenos Aires en casa de Pablo Rojas Paz conoce a Federico García Lorca.

El 5 de mayo de 1934 viaja a Barcelona, donde ha sido nombrado Cónsul. El 6 de diciembre imparte una conferencia y recital poético en la Universidad de Madrid, presentado por Federico García Lorca. En la revista Cruz y Raya, de Madrid, aparecen las Visiones de las hijas de Albión y El viajero mental, de William Blake, traducidos por Pablo Neruda. En casa de Morla Lynch conoce a Delia del Carril.

En 1935, Manuel Altolaguirre le entrega la dirección de la revista Caballo verde para la poesía en la cual es compañero de los poetas de la generación del 27. Ese mismo año aparece la edición madrileña de Residencia en la tierra.

En 1936 edita Primeros poemas de amor (veinte poemas) por ediciones Héroe, de Madrid. 18 de julio: comienza la Guerra Civil Española, y cuando poco tiempo después los fascistas matan a Federico García Lorca, inicia la redacción de sus poemas España en el corazón.

 El 7 de noviembre edita la revista Los Poetas del Mundo Defienden al Pueblo Español, con Nancy Cunard.

En febrero de 1937 da una conferencia en París sobre Federico García Lorca y funda con César Vallejo, el Grupo Hispanoamericano de Ayuda a España.

El 10 de octubre regresa a Chile, donde funda y preside la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura. El 13 de noviembre ediciones Ercilla edita España en el corazón, mientras en el frente de batalla de Barcelona, en plena Guerra Civil, lo hace casi al mismo tiempo.

En 1939 es nombrado Cónsul para los exiliados españoles, con sede en París realizando activas gestiones en su favor; a una parte de ellos consigue embarcarlos en el Winnipeg, que llega a Chile a fines de este año. Allí publica Chile os acoge, dirigido a los refugiados.

En 1941 escribe Un canto para Bolívar, que edita la Universidad Nacional Autónoma de México. En diciembre de aquel año fue agredido por un grupo de nazis en Cuernavaca, por lo que recibió la adhesión de cientos de intelectuales de toda América.

 El 30 de septiembre de 1942 hace la primera lectura del poema Canto a Stalingrado, cuyo texto, reproducido luego en afiches, se fija en las calles de Ciudad de México. Publica en revistas literarias América, no invoco tu nombre en vano, del Canto General. Al año siguiente insiste sobre la épica batalla contra el fascismo y publica Nuevo canto de amor a Stalingrado, editado en México (Sociedad Amigos de la URSS), del que se hace una edición privada, fuera de comercio, de Canto General de Chile.

En 1944 obtiene el Premio Municipal de Poesía.

En 1945 obtiene el premio Nacional de Literatura, ingresa en el Partido Comunista de su país y es elegido senador de la República por las provincias de Tarapacá y Antofagasta. Se edita el folleto Saludo al Norte y a Stalingrado.

Comienza una fuerte presecución política en su contra. El 27 de noviembre de 1947 publica en El Nacional de Caracas (en Chile existía censura de prensa efectiva desde el 4 de octubre), Carta íntima para millones de hombres. Con motivo de esta carta el presidente de la República inicia su juicio político. En enero del año siguiente pronuncia un discurso en el Senado, publicado después con el título de Yo acuso. La Corte Suprema aprueba el desafuero de Neruda como senador y los Tribunales ordenan su detención. Desde esa fecha permanece oculto en Chile, escribiendo el Canto General y participando en la política de la oposición. En diversos países se hacen veladas en su honor y se editan sus poemas.

El 24 de febrero de 1949 sale clandestinamente de Chile cruzando la cordillera de los Andes por la región austral para asistir al Primer Congreso Mundial de Partidarios de la Paz, revelando simultáneamente la incógnita sobre su paradero. Lo nombran miembro del Consejo Mundial de la Paz. En junio viaja por primera vez a la Unión Soviética, donde asiste a los festejos del 150º aniversario de Puschkin y recibe el homenaje de la Unión de Escritores Soviéticos en Moscú. La visita se extiende a Polonia y Hungría.

En 1950 publica Canto General, texto en que su poesía adopta una intención social, ética y política. En 1952 publica Los versos del capitán y en 1954 Las uvas y el viento y Odas elementales. En 1958 aparece Estravagario con un nuevo cambio en su poesía.

En octubre de 1971 recibe el Premio Nobel de Literatura.

Muere en Santiago el 23 de septiembre de 1973, muy pocos días del golpe de Estado fascista de Pinochet. Póstumamente se publicaron sus memorias en 1974, con el título Confieso que he vivido.

Biografia completa de Antonio Machado

consejerodelobo@hotmail.com @ 02:38

machado.bmpAntonio Machado
(1875-1939)

Sumario:

— Un adulto prematuro
— Soria
— Baeza
— Segovia
— La guerra
— El pueblo canta

«Trabajemos pacientemente nuestras armas.
Pero al fin es preciso ir a la guerra.»

Un adulto prematuro

Antonio Machado nació en Sevilla el 26 de julio de 1875, proveniente de una familia liberal. Su padre era juez, un hombre muy culto, doctorado en Filosofía y Letras y reputado folklorista que investigó los cantes del pueblo andaluz.

Apenas quedan recuerdos de infancia al Machado adulto, y escasos son los que conserva de Sevilla. Parece que su infancia le resultó monótona, ajena al valor del tiempo, a la angustia del tiempo, que después pretendió recobrar. Quizá no lo busca, pero el niño sevillano tropieza con un vacío que le enseña a meditar y a reflexionar, forjando ese típico carácter tan suyo, propenso a la observación meticulosa, pero también al distanciamiento:

Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar.

Machado también recuerda su adolescencia como una madurez prematura, solitaria, un tiempo ido que no puede recobrar. Lo expresará en Galerías:

Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor,
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¿Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar?

Por eso, cuando en plena guerra se dirije en un mitin a las Juventudes Socialistas Unificadas, les ofrece un único consejo: que vivan como jóvenes, que es una etapa de la vida irrepetible, irrecuperable. No cabe duda que estaba pensando en su propia experiencia personal de juventud frustrada.

A los ocho años, en 1883, sus padres se trasladan a Madrid, el centro dominante de la cultura, la política y la burocracia española. En la España caciquil, intransigente, escolástica, absolutista y clerical, tiene abiertas las puertas la Institución Libre de Enseñanza, un auténtico balneario para la amordazada intelectualidad española.

Su adolescencia y juventud estuvieron, pues, marcadas por las enseñanzas de la Institución: a sus maestros guardará Machado vivo afecto y profunda gratitud. La huella es clara en las pretensiones armónicas, racionales y frías del poeta quien, aun cuando tome partido, trata de aproximarse al contrario.

Es clara también esa huella en su insistencia por el diálogo, que consiste -dice Machado- en preguntar primero y escuchar después, y no en lanzar el discurso para que los demás escuchen, sin atender las razones ajenas, e incluso las opuestas. Ese diálogo está presente también en su poesía que, al estilo de Bécquer, adopta una forma dialogada, de preguntas y coloquio, aunque se trate en realidad de un verdadero monólogo.

El poeta se separa claramente de sus mentores en su adhesión, poética y política, por lo popular, rompiendo el aire elitista de la Institución. Su primer poemario lo tituló Soledades, que no es más que una evocación de la soleá, uno de los cantes flamencos más importantes. En él está incluido también un poema dedicado al cante hondo, que es quizá la primera presencia del arte popular dentro de la literatura culta española, línea que Lorca impulsará después con enorme fuerza.

En 1889 ingresó en el Instituto de San Isidro. Un año más tarde lo hará en el Cardenal Cisneros.

Cuando tenía 18 años, en 1893, muere de su padre, el hombre que volviera de Cuba a enterrarse en su Sevilla adoptiva, donde publicó su obra El folklore andaluz.

Machado inició sus trabajos literarios en La Caricatura, utilizando varios seudónimos para firmarlos: Gabellera y Tablante de Ricamonte. Comprende la necesidad de romper su incomunicación infantil y recuperar el tiempo perdido. En el ansia por devorar tiempo, más que ser devorado por él, experimenta la necesidad de viajar, empaparse de paisajes, conocer gentes, buscar relaciones humanas que posibiliten el siempre ejercicio difícil de la comunicación.

Por eso, en 1989, con 24 años, marcha a París, donde se mueve en la cohorte habitual de pintores, poetas, revolucionarios, soñadores y bohemios enfrascados en las tertulias de los cafés. Pero Machado es más hombre de escuchar que de exponer, de pensamiento que de acción. Trabaja, junto con su hermano Manuel, como traductor en la casa Garnier; perfecciona el francés y anota impresiones, que más tarde recordará. El affaire Dreyfuss está en su apogeo y el simbolismo también; en pintura el expresionismo. La gran figura literaria, el gran consagrado, era Anatole France. En la capital francesa, Machado conoce a Oscar Wilde y a Jean Morèas.

No dura mucho esta primera estancia del poeta en París, apenas cinco meses. En octubre regresa a Madrid. No se sabe cuánto tiempo lleva ya componiendo poemas. Los primeros de que tenemos constancia de publicación aparecieron en la revista Electra en 1901.

Se ha graduado de bachiller en el Instituto Cardenal Cisneros, y de regreso a Madrid, trabaja temporalmente como actor de teatro en la compañía Guerrero-Mendoza. Continúa su colaboración en la revista Electra, comienza también a escribir en Helios, Alma Española, Blanco y Negro, Renacimiento Latino, La República de las Letras, Renacimiento. Por esas mismas fechas conoció a Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y otros destacados escritores de la época con los que mantuvo una estrecha amistad.

En 1902 Machado marcha nuevamente a París y, trabajando en el Consulado de Guatemala, conoce a Rubén Darío, del que será gran amigo durante toda su vida.

Al año siguiente, con veintiocho años de edad, va a publicar su primer libro de poemas, Soledades, en cuyo prólogo a la edición de de 1907 escribió:

Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, voz propia, en respuesta animada al contacto con el mundo. Y aún pensaba que el hombre, mirando hacia dentro, puede vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento.

Y efectivamente Soledades, aunque tiene algunas huellas modernistas, tiene un carácter bien distinto, en el que está más acentuada la influencia de románticos como G.A.Becquer y Rosalía de Castro.

Se trata de poemas de una extraordinaria sencillez, sobrios y transparentes, donde cada palabra aparece por necesidad y nunca por ornamento:

mata tus palabras
y oye tu alma vieja.

Así viene a resumir este poemario en una de sus estrofas.

En ellas el poeta inicia un recorrido interior, introspectivo, a través del sueño que, en realidad, no es más que el propio ensimismamiento del poeta, una ensoñación en estado de vigilia, un monólogo consigo mismo en el que la memoria, los recuerdos, forman una parte muy importante.

Se trata, pues, de versos intimistas en los que sobresale la melancolía y la nostalgia por el pasado, por la infancia perdida. El tiempo desempeña, por tanto, un papel fundamental a través de claves llenas de sugerencias. Una de ellas es la tarde y sus varios equivalentes (crepúsculo, otoño) que transmiten esa sensación permanente de tristeza y decadencia.

La tarde es la imagen exterior del alma misma del poeta, está revestida de la misma melancolía. Aparece sugerida también a través de las sombras, de los parajes umbríos.

El tiempo de Machado transcurre lento y monótono y para describirlo utiliza la imagen de la fuente, donde el agua brota perenne con el mismo murmullo:

El agua de la fuente
sobre la piedra tosca
y de verdín cubierta,
resbala silenciosa.

Junto a las fuentes, hay mucha presencia de otros tipo de paisajes urbanos, como parques, jardines, patios o plazas, todos los cuales van asociados a prductos de la naturaleza que denotan el transcurso del tiempo, como el musgo o el verdín. El silencio y la soledad los presiden todo:

y estoy solo, en el patio silencioso
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro
algún recuerdo en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.

El problema del tiempo está tiempo en sus continuas referencias al camino y al viaje, en donde el destino nunca aparece:

Nunca si llegan a un sitio
preguntan a dónde llegan.

El viaje carece de todo fin utilitario: es un paseo, una recreación del poeta consigo mismo y con la naturaleza que le rodea que le sugiere continuas reflexiones en voz alta.

Pero las fuentes y los jardines de Machado tienen poco que ver con las ciudades muertas de los modernistas. Ya en el segundo poema Machado contrapone las ciudades muertas con la irrupción estridente de unos niños en la plaza:

Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.
¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!...
¡Y algo de nuestro ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas.

El alboroto infantil rompe la monotonía del tiempo, acaba con el silencio y revive a las ciudades muertas. Es en la juventud donde hay que depositar todas las expectativas para llenar de alegría las galerías desiertas del alma.

Juan Ramón Jiménez, en El País, consagra inmediatamente al joven poeta: Tranquilos, dichosos en nuestro retiro, en nuestra soledad de alma, abramos este libro de soledades, libro de abril, amargo y azul, lleno de ráfagas y de ascensiones, de música, de fuentes y aroma de lirios. Y que nuestra alma se aleje hacia poniente, acariciada por esta lira que tiene la melancólica, vieja y castellana de las coplas de don Jorge Manrique y el bello ritmo, rico y diamantino de los romances de Góngora.

Soria

 El 1 de mayo de 1907, Antonio Machado toma posesión de su cátedra de Lengua Francesa en Soria. Con treinta y un años se traslada en septiembre a orillas del Duero. Seguramente allí aprendió a amar la naturaleza, a fuerza de penetrarla con su mirada.

Soria era entonces un pequeño pueblo castellano de siete mil habitantes con la historia petrificada en los veladores de un casino que concentraba la escasa conversación de la ciudad.

Pero el paisaje es exuberante. En un viejo tren de marcha lenta, descubriendo campos y hombres que han de alimentar su poesía. La imagen física se le dibuja, ya en su primera impresión, con pelados cerros, pueblecitos terrestres, muros de piedra en vez de sábanas de cemento y diminutos huecos por ojos-ventanas contemplándole desde su desnuda miseria. El tren -queda atrás la ostentación del castillo y catedral de Sigüenza en la mancha gris batida de lluvia-, entra en Soria atravesando tierras pardas, pueblos con casas de adobe; secos campos minifundistas, pastores de rostro barbado, costroso y oscuro, cielos bajos con plomo fundido en sus densas nubes desaparecido a golpe de vista al alzarse en la claridad de un remansado azul, y caminos infantiles y parpadeantes, terrosos, culebras holladas por pies sucedidos siempre en la tierra calcárea y estremecida de vejez. Hasta el páramo: la extensa llanura de cerros afeitados a navaja donde a veces milagrosamente brilla un regato de agua, las tejas de una casa o el puñado de matas que sólo el espejismo puede trasmutar en árboles. Pequeñas manadas de vacas buscan el verde por el ocre de la tierra. Pasado Almazán, los pinos oscuros y tozudos, trepadores, rientes por sus mil oídos abiertos al paso trotón y sonoro del tren en que viaja Machado. Casi es lunar el paisaje que encajona la estación.

El poeta profesor de francés, comienza sus clases en el Instituto General y Técnico. Las clases son plácidas: queda mucho tiempo para pasear. Se alberga primero en una fonda; luego en una casa de huéspedes cuyos patrones tienen tres hijos; la mayor, Leonor, cuenta solamente trece años y será la futura esposa del poeta.

Escribe algunas colaboraciones en la prensa de Soria. A diario sus vecinos cruzan cuando desciende por la calle Mayor, en busca del río, su tranquilo discurrir hacia el Paseo de los Chopos que hace la paralela al Duero, sentándose a la orilla de éste, observando la petrificada atracción del castillo o del monte de las ánimas. Y quizá haya más inscripciones en las rocas conducentes a la gruta de San Saturio. Pero queda, fantasmal, en la otra orilla, la tierra abierta en franjas rojizas con ocres caminos de arena estrecha y serpenteante. Cantan río y viento.

En Soria vivirá Machado cinco años en los que escribe, lee y medita. Pero el paisaje todavía absorbe una parte muy importante de sus preocupaciones. Reconocerá en él que el amor a la naturaleza es mayor que el amor al arte. Así es la ciudad para el poeta:

Sobre un paisaje mineral, planetario, telúrico, Soria, la del viento redondo, con nieve menuda, que siempre nos da en la cara, junto al Duero adolescente, casi niño, es pura y nada más.

Soria es una ciudad para poetas, porque allí la lengua de Castilla, la lengua imperial de todas las Españas, perece tener su más propio y más limpio manantial.

Soria es, acaso, la más espiritual de esa espiritual Castilla, espíritu a su vez de España entera. Nada hay en ella que asombre, o que brille y truene; todo es allí sencillo, modesto y llano.

Es Soria maestra de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos y nada más.

Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano.

El poeta aparece aún ensimismado por el paisaje, atrapado por su búsqueda interior. Sus poemas son todavía distantes y se reflejan en el Españolito, que expresa la ideología de la Institución Libre de Enseñanza:

Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas,
ha de helarte el corazón.

En Soria se enamoró Machado de Leonor, apenas una niña, deslumbrada por la inteligencia y la humanidad de aquel forastero. El 30 de julio de 1909 ambos contrajeron matrimonio. Diecinueve años de diferencia fueron acallados por caricias.

Los novios partieron de viaje a Barcelona, pero les sorprendió la Semana Trágica y, cambiando de planes, se encaminaron hacia Fuenterrabía. En España se iniciaba una profunda crisis que dejará su huella en el poeta.

En 1911 Machado, que disfruta París junto a Leonor, asiste en el colegio de Francia a un curso impartido por el filósofo vitalista Henri Bergson. Fue el 14 de julio. La sangre de Leonor comprime el corazón de Antonio Machado, arroja su angustia hacia una calle vuelta de espaldas a su dolor, envejecen su alma hasta límites de momento insospechados. La hemoptisis, entonces, era difícilmente curable. Y ningún médico aparecía para calmar la sed de milagro gritada por el poeta. Al fin la niña hecha mujer a fuerza de miradas y caricias, reposará en una clínica. Hasta septiembre que regresan a Soria. El invierno es frío, más el aire sienta bien a la espiritual y empalidecida enferma.

Sin embargo, Leonor muere el 1 de agosto de 1912 tras un verano cuyos reflejos de angustia para el ser que la viera día a día extinguirse, no pueden ser reproducidos.

En junio de 1912 aparece Campos de Castilla uno de los libros de poemas más importantes publicado por Machado. Aparte de una indagación sobre sí mismo, bulle en ellos una consideración poética sobre un paisaje castellano humanizado de la España que bosteza junto con la emoción del amor perdido, y constituye uno de sus libros más conocidos y populares.

Años más tarde, al prologar la segunda edición en 1917, escribirá:

Pensé que la misión del poeta era inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas. Me pareció el romance la suprema expresión de la poesía y quise escribir un nuevo Romancero. A este propósito responde La tierra de Alvargonzález... Mis romances no arrancan de las gestas heroicas, sino del pueblo que las compuso, de la tierra donde se cantaron; mis romances miran lo elemental humano, Castllla y el Libro Primero de Moisés, llamado Génesis.

El amor a la Naturaleza en mí supera infinitamente al del Arte... Algunas escenas revelan las muchas horas de mi vida gastadas -alguien dirá perdidas- en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo.

Amor a la naturaleza, contemplación, meditación interna sobre el hombre y su entorno: serán constantes en la poemática machadiana.

La muerte de Leonor abre otro de los capítulos temáticos de la poesía machadiana, meramente continuador de su otra reflexión: el tiempo. Ya está la muerte de compañera, llenando noches y días, espacios y tiempos mensurables. Ya es presente la realidad de Leonor, desaparecida, marcando así el paso de la juventud mística a la madurez atormentada por el recuerdo:

¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

Cuenta sólo treinta y siete años, y ya cree no esperar nada de la vida, haber agotado su ciclo de posibilidades.

Una semana más tarde de la muerte de Leonor, Machado parte hacia Madrid, donde le esperaba su madre.

Baeza

El 1 de noviembre Antonio Machado toma posesión de la cátedra que restituía al poeta castellano orígenes andaluces. Las fuentes del Guadalquivir, la mayor parte de las ciudades sureñas, serán requeridas en su misantrópico peregrinar y reflexionar.

Baeza despierta el interés de Machado por la sociedad que le rodea. El poeta de Castilla, sin dejar de serlo, inicia el camino conducente al filósofo de los apócrifos, al ensayista preocupado, en profunda humanidad y agudo sentido popular. Por la España que revienta en crecida problemática ante sus ojos.

Lee tarde y remotamente que una sangrienta revolución del proletariado ha derrocado a los zares de Rusia, instaurando en el poder a los soviets. Conoce con más precisión detalles de las huelgas en España, y las Juntas Militares de Defensa creadas, a consecuencia de ellas. Se manifiesta, al fin, 1918, por la libertad de los presos políticos encarcelados en Cartagena.

En la segunda edición de Soledades, Galerías y otros poemas, Machado escribe:

Amo mucho más la edad que se avecina y a los poetas que han de surgir, cuando una tarea común apasione las almas. Cierto que la guerra no ha creado ideas nuevas -no pueden las ideas brotar de los puños- pero ¿quién duda de que el árbol humano comienza a renovarse por la raíz, y de que una nueva oleada camina hacia la luz, hacia la conciencia?

La guerra mundial ejemplifica las contradicciones a que el capitalismo, en su afán de dominar los mercados, llega. Y al tiempo, la traición de múltiples partidos socialdemócratas que envían a los obreros a la muerte para engrosar los beneficios del capital. Unamuno, que había publicado un año antes "Del sentimiento trágico de la vida", es destituido del rectorado de la Universidad de Salamanca.

Los campos de Baeza son mares de olivos devorantes de blancos cortijos y lomas achaparradas. Cuando en la noche regresa a su casa, le espera el amor, comprensión y sufrimiento compartido de su madre, compañía que sólo la muerte, y en el exilio, podrá un día cortar.

En 1913 escribe Machado a Unamuno una carta que refleja en breves líneas los contrastes de Andalucía, que definen una tierra sedienta de tierra:

Esta Baeza, que llaman Salamanca andaluza, tiene un Instituto, un Seminario, una Escuela de Arte, varios colegios de segunda enseñanza, y apenas sabe leer un 30 por 100 de la población. No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. Es la comarca más rica de Jaén y la ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta...

Una población rural, encanallada por la Iglesia y completamente huera. Por lo demás, el hombre del campo trabaja y sufre resignado o emigra en condiciones tan lamentables que equivalen al suicidio.

Nuevas canciones, de 1914, continúa la línea sentenciosa y filosófica donde cada vez destaca más la crítica social, sin que desaparezca la resonancia lírica.

En escribe en 1915 una poema y articulo en homenaje al maestro Francisco Giner de los Ríos, recién desaparecido. Obtiene en 1916 la licenciatura en Filosofía y Letras.

En 1917 se publicaron Páginas escogidas, y la primera edición de Poesías completas. De esa época queda una importante obra en prosa, de tipo filosófico, Los complementarios, publicada póstumamente, que constituye un conjunto de impresiones, reflexiones acerca de lo cotidiano.

Segovia

En Segovia había tomado posesión de la cátedra de lengua francesa el 1 de diciembre de 1919. El 29 del misma mes y año lo haría de la de literatura española, en la que permanecerá por espacio de diez años, desde 1922 será vicedirector del Instituto.

Su trayectoria en Segovia indica esta evolución de creciente compromiso con el pueblo, con las ideas y los actos capaces de dar al pueblo el marco histórico que en justicia le corresponde.

Progresivamente Machado pasa de la reflexión a la acción: en 1922 formará parte de la Organización de la Liga Provincial de los Derechos del hombre; en 1926 firmará el llamamiento de Alianza Republicana; el 14 de abril de 1931 participa en todos los actos públicos que se convocan en Segovia proclamando la República; en 1936 firma el manifiesto de la Unión Universal por la paz; al estallar la guerra se pone a disposición del Gobierno republicano y comienza un trabajo febril de colaboración con la prensa antifascista; en 1937 participa en el Congreso de Escritores Antifascistas...

El 19 de noviembre de 1919 Machado fundó en Segovia la Universidad Popular para proporcionar formación a los trabajadores que no tienen acceso a otros centros docentes.

Iniciose el primer curso el 2 de febrero de 1920. Las clases, de 7 a 9 de la noche, eran mixtas y totalmente gratuitas. Machado impartiría clases de francés y lecturas literarias. Además de las clases funcionaba una biblioteca amplia y muy actual, gracias sobre todo a las obras donadas por Machado, que escribió a todos sus amigos pidiéndoles libros, y regaló además 100 de sus volúmenes particulares. Igualmente organizó la Universidad Popular ciclos de conferencias, en las que participaron los intelectuales más importantes de la época.

Es el año en que Machado publica sus Nuevas Canciones. La poesía se va a transformar en prosa. Sus búsquedas serán impresas en Los Complementarios, y en los personajes apócrifos claves en su obra última: Abel Martin y Juan de Mairena.

Las Nuevas Canciones marcan un punto máximo en el camino reflexivo del poeta, cuya maestría comienza a ser reconocida. En 1923, jóvenes poetas, por solicitud y gestión de Mauricio Bacarisse -entre ellos Salinas, Ardavín, Chabas, Romero Flores y Tudela-, le visitan en Segovia ofreciéndole una comida de homenaje. En su honor, Machado les recita el poema Sanatorio del Alto Guadarrama, visión que dos veces por semana se le ofrece desde su tabla del vagón de tercera clase que recorre el trayecto Madrid-Segovia.

Machado está en plena madurez, época de reflexión alumbrada por una última esperanza amorosa. Es el final de un viaje pesado como un sueño, del que se tiene conciencia un día, cuando uno comprende que ya camina en sentido contrario al marcado por las manecillas del reloj y cada hora ha de ser aprovechada con absoluta entrega.

En su pensión segoviana el poeta soñará con su nueva amada: Guiomar. A ella, precisamente, escribirá la penetrante intimidad que producen estas horas de recogimiento:

Las noches de Segovia son portentosas por el brillo de las estrellas y por el silencio.

El personaje de Guiomar fue utilizado por el fascismo para tratar de desprestigiar la imagen de Machado, al esconder un amor secreto con una mujer casada. En 1950, al servicio del fascismo, Concha Espina trató de provocar confusión al publicar por primera vez, mutiladas, las cartas de Antonio Machado a su amor secreto:

Lleno de tí, diosa mía. Abrasado me tienes de un fuego del que tú eres inocente sin duda. En él quiero consumirme.

El poeta tuvo, al final ya de su vida, pensamientos, palabras, enloquecidas notas de una melodía. El poeta vuelve a amar, y esto es lo importante; sufre por amar, y esto, es igualmente importante. El amor siempre es puro, y más puro es aún si los besos se contagian en comunicación plena. La amada Guiomar es Pilar de Valderrama para quien aparecieron sus primeras canciones en 1929, en la Revista de Occidente. El nombre proviene de Guiomar de Meneses quien fuera la mujer de uno de los poetas más amados por Machado: Jorge Manrique.

Sólo la guerra les separa. Guiomar parte a Galicia, Portugal tal vez. Machado a Valencia. Muerte y amor fundidos, hermanados quizá de forma definitiva en uno de los más bellos sonetos del poeta:

De mar a mar, entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tu asomada, Guiomar, a un finisterre,

miras hacia otra mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio si al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

Guiomar fue una poética, una comunicación imposible, una reposada cena, una conversación, algunos paseos, sueños solitarios conjugados con una imaginación que crea y recrea la luz y la sombra y traza en la realidad imágenes de razón y monstruos, dulces a diferencia de las goyescas, de verosimilitud inverosímil. Al fin y a la postre Machado reconoció la carga fantástica del amor en un poema memorable del Cancionero apócrifo:

Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más:
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.

Guiomar proporciona al poeta energías renovadas materializadas en bellos poemas legados a la posteridad:

Tu poeta
piensa en tí. La lejanía
es de limón y violeta,
verde el campo todavía.
Conmigo vienes, Guiomar;
nos sorbe la serranía.
De encinar en encinar
se va fatigando el día.
El tren devora y devora
día y riel. La retama
pasa en sombra; se desdora
el oro de Guadarrama.
Porque una diosa y su amante
huyen juntos, jadeante,
los sigue la luna llena.
El tren se esconde y resuena
dentro de un monte gigante.
Campos yermos, cielo alto.
Tras los montes de granito
y otros montes de basalto,
ya es la mar y el infinito.
Juntos vamos; libres somos.
Aunque el Dios, como en el cuento
fiero rey, cabalgue a lomos
del mejor corcel del viento,
aunque nos jure, violento,
su venganza,
aunque ensille el pensamiento,
libre amor, nadie lo alcanza.

En 1925 ha lanzado la segunda edición de sus páginas escogidas. Lleva tres años colaborando en el índice fundado por Juan Ramón. Se estrenan sucesivamente obras suyas de teatro escritas en colaboración con su hermano Manuel: en 927, Juan de Mañara, en el Reina Victoria; en 1928, Las Adelfas, por la triunfante Lola Membrives; en 1929, La Lola se va a los puertos, con la misma actriz; en 1931, La prima Fernanda; en 1932, la Duquesa de Benamejí, ahora Margarita Xirgu de protagonista. Y aún en 1941 se representará El hombre que murió en la guerra, terminada en 1936.

El 24 de marzo de 1927 ha sido elegido miembro de la Real Academia de la Lengua. Fue la Universidad Popular segoviana quien el 14 de diciembre de 1926 solicitó la designación de Machado como académico, al tiempo que le nombraba Director honorario de dicha institución. Ocuparía la vacante de Echegaray, y nunca leería, incluso terminaría de escribir, el discurso de ingreso a la misma, del que se conservan fragmentos, muchos de ellos más a nivel de anotación que de desarrollo unitario, publicados, sin embargo, recientemente.

Recibe un homenaje de la Institución Libre de Enseñanza, en compañía de su hermano. Preside la Organización provincial de la organización Al servicio de la República.

Los acontecimientos políticos se precipitan. El gobierno Berenguer aplasta la sublevación de Jaca y Cuatro Vientos, remedio a la vez cruel y fugaz, porque se ve débil, cercado, impotente para contener la marea republicana, que acaba imponiéndose:

La primavera ha venido
del brazo de un capitán.
Cantad niñas, en corro:
¡Viva Fermín Galán!

El rey huye y el pueblo sale alborozado a celebrar el anhelado nacimiento de un nuevo régimen del que esperan que cambie sus sacrificadas vidas. El poeta canta delicadamente la alegría del momento:

La primavera ha venido
y don Alfonso se va.
Muchos duques le acompañan
hasta cerca de la mar.
Las cigüeñas de las torres
quisieran verlo embarcar.

El 14 de abril de 1931 Machado está en Segovia. Las noticias llegan precipitadas. Suenan músicas y se cambian banderas en los Ayuntamientos de pueblos y ciudades. Las gentes se lanzan a la calle creando un día de fiesta. Machado se dirige a la Casa del Pueblo y de allí, en manifestación que engrosa con ciudadanos llegados de todas las esquinas de la ciudad. Machado preside el cortejo. La plaza se ha llenado de luz, de brillante sol. ábrense ventanas y balcones; vomitan las bocacalles hombres, mujeres, niños sobre ella. Sólo la catedral, a un flanco, queda desnuda, orgullosa en su momentánea soledad. Salen al balcón del Ayuntamiento, izan la bandera tricolor, dicen algunas palabras rituales, y en el kiosco situado en el centro de la misma, estalla la banda de música una improvisada Marsellesa.

La guerra

Es el fin de la estancia en Segovia. El cierre de una época. A fines de ese año, Machado marcha a Madrid, dando clases primeramente en el Instituto Calderón. Reside con su madre, con José y la familia de éste. Se han enriquecido las tertulias madrileñas y abundan en ellas escritores y poetas. Los cafés tienen rojos divanes, y profundizan la visión de las gentes, permiten el control de quienes de ellos entran y salen, a través de sus grandes espejos. Los cafés hablan de los nuevos tiempos, las dificultades impuestas por la derecha tradicional y la burguesía reacia a las tímidas reformas sociales decretadas por la República. También se discute acaloradamente en ellos de partidos políticos, personajes, violencias, odios de clase, nuevas culturas.

Machado escucha, observa, lee, apenas habla: ha envejecido, fuma constantemente. A veces la ceniza se escurre por los pligues de su chaleco. Su compromiso es ya total, no sólo con la República, no sólo con un régimen, sino con el pueblo, que va asumiendo las riendas en medio de la furiosa embestida de la reacción.

En 1933 aparece la tercera edición de sus Poesías Completas donde ya se incluyen las Canciones a Guiomar. Al siguiente año se publican las primeras prosas de Juan de Mairena en el Diario de Madrid. Se continuarán en El Sol. Trasladado al Instituto Lope de Vega, agudiza su compromiso ante una situación que se torna cada vez más amenazante y conflictiva. La lucha se avecina y será encarnizada. Ya en 1912 había escrito:

Trabajemos pacientemente nuestras armas. Pero al fin es preciso ir a la guerra.

Los fascistas desatan una guerra para barrer a la República y, con ella, al pueblo que la ha había encumbrado con tanta alegría. Cuando estalló la guerra Machado estaba en Madrid. La traición fascista no pudo impedir que publicara la cuarta edición de sus Poesías Completas, y que también aparezca su Juan de Mairena, anticipado en el Diario de Madrid y El Sol. Pero sobre todo, Machado crea, sigue escribiendo infatigable, ya con energía apenas contenida, en un momento en el que la meditación cedía su paso a la lucha y a las armas. La guerra le impulsó a escribir poemas para la resistencia antifascista, como ocurre en La guerra y obras en prosa sobre el mismo tema, como Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia, de 1937. Son múltiples los periódicos antifascistas que reclaman sus escritos. Sabe ahora que su opinión es imprescindible para la resistencia popular. Por eso escribe con rabia y pide la muerte de los fascistas, su ejecución por ahorcamiento, que es la única pena aplicable a todos los infidentes:

Que trepe a un pino en la alta cima,
y en él ahorcado, que su crimen vea,
y el horror de su crimen le redima.

Pero son los golpistas los que siembran el terror, y los poetas tampoco se libran de su furia asesina: en agosto de 1936 asesinan a Lorca. El 17 de octubre, en el periódico Ayuda, Antonio Machado publica El crimen fue en Granada en homenaje el gran poeta granadino:

Se le vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

Tres pequeños poemas escritos bajo el impacto directo de la terrible noticia. Cuenta Machado sesenta y un años y, sin embargo, escribe más que nunca para contribuir con su pluma a la causa antifascista: Hora de España, La Vanguardia, Madrid, Cuadernos de la Casa de la Cultura... Ante la guerra, la posición adoptada por Machado no suscita dudas ni amgüedades de ninguna especie:

Es el pueblo quien defiende el espíritu de la cultura... Ante esta contienda, el intelectual no puede inhibirse. Su mundo está en peligro. Ha de combatir, ser miliciano. Una muestra espléndida de la militarización de los trabajadores del espíritu es ese Romancero de la guerra, nutrido por la emoción poética de una juventud que necesita vivir plenamente, y que ha levantado con coraje la bandera de la libertad vinculada al pueblo. Junto al pueblo ha de estar el intelectual. Una obligación inmediata e imperativa tiene todo intelectual: la de ser un miliciano más con destino cultural.

Es más, se lamenta que sólo pueda limitarse a escribir y no a empuñar un arma. Por eso le canta a Líster, el comandante comunista del V Regimiento:

Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría.

Tras el asesinato de Lorca, los antifascistas están preocupados por la suerte de Machado. En noviembre de 1936 le visitan en su casa León Felipe y Alberti. Igual que cualquier otra de aquellos días, estaba helada. Machado les escuchó concentrado y triste. No creía que había llegado el momento de abandonar la capital. ¿Escasez, crudeza del invierno que se avecinaba? Tan malos los había sufrido toda su vida en Soria y otras ciudades y pueblos de Castilla. Se resistía a marchar.

Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta con apremio. Se luchaba ya en en los arrabales de Madrid, en Cuatro Caminos, en la Ciudad Universitaria, en las calles. Después de insistirle, aceptó. Pero insinuando, rozado de pudor, con aquella dignidad y gravedad tan suya, que deseaba salir con sus hermanos Joaquín y José.

- No tiene usted ni que indicarlo. El V Regimiento lo lleva con toda su familia, le responden
- Pero es que mis hermanos tienen hijos...
- Muy bien, don Antonio...
- Nueve, entre los dos matrimonios- insistió Machado.

Aunque en Madrid operaba otro organismo, la Junta de Evacuación, que se ocupaba de los niños, fue el V Regimiento quien salvó a toda la familia Machado, llevándola a Valencia.

La última noche de Machado en Madrid transcurrió en el cuartel del V Regimiento, entre los milicianos. Se encontraba allí lo más alto de las ciencias, las letras y las artes españolas: investigadores, profesores, arquitectos, pintores, médicos... En aquel saloncillo del V Regimiento, en medio del silencio que dejaba de cuando en cuando el feroz duelo de la artillería, un hombre extraordinario, aún más viejo de lo que era y erguido hasta donde su vencimiento físico se lo permitía, con sencillas palabras de temblor, agradecía, en nombre de todos, a aquellos nobles soldados, que así apreciaban la vida de sus intelectuales, repitiendo razones de fe, de confianza en el pueblo de España.

Machado se despide de Madrid con un grandioso poema a su ejemplar batalla contra los fascistas:

¡Madrid! ¡Madrid! qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.

Aurora de Albornoz publicó en San Juan de Puerto Rico un libro conteniendo las poesías de guerra de Antonio Machado, censuradas en España hasta hace bien poco.

Es evacuado a Valencia, donde habita con toda su familia durante unos días en la Casa de la Cultura hasta trasladarse a Rocafort, a un chalet. Ha contraído una fuerte bronquitis, está enfermo pero reanuda inmediatamente su trabajo. Cuanta su hermano que se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo, rodeado da libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta primeras horas del amanecer en que abría el gran ventanal para ver la salida del sol o, en otras ocasiones, y a pesar de estar cada día menos ágil, subir a lo alto de la torre para verlo despertar, allí lejos, sobre el horizonte del mar. En estas largas noches invernales trabajaba, trabajaba sin cesar para atender el sin fin de peticiones que de todas partes le hacían. Trabajaba sin descanso en la Torre de Rocafort durante los quince meses aproximadamente que duró su estancia aquí.

Muchos de sus escritos se perdieron por la guerra. El 12 de septiembre de 1937 firma en Valencia uno titulado Voces de calidad dedicado a su amigo Juan Ramón Jiménez, también comprometido con la República:

Siempre pensé que Juan Ramón Jiménez, en España o fuera de España, allí donde se encontrase, estaría con nosotros, con los amantes del pueblo español, del lado de nuestra gloriosa República. Y deseaba -porque nunca faltan malsines que gustan de enturbiar la opinión sobre la conducta de los excelentes- que esta convicción mía ganase la conciencia de todos.

Rara es la revista que no cuenta unas palabras, una anotación, algún pequeño trabajo suyo, La Tierra de Alvargonzález, en edición popular alcanza a llenar los ratos de ocio de los milicianos que en los distintos frentes combatían en defensa de la República.

Destaca entre los escritos de este tiempo, el discurso pronunciado el 1 de mayo de 1937 a las Juventudes Socialistas Unificadas. Toda una declaración programática, sincera, apasionada del Machado auténtico, destacando su defensa del socialismo:

Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la recta que desciende de Hégel a Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por influjo, acaso, de una dedicación demasiado idealista, me falta simpatía por la idea central del marxismo; me resisto a creer que el factor económico, cuya enorme importancia no desconozco, es el más esencial de la vida humana y el gran motor de la historia. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos por todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicla; veo claramente que es esa la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir.

En julio se celebra en Valencia el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, en cuya sesión de clausura Machado pronuncia el discurso El poeta y el pueblo. Colaboran en el mismo escritores del alcance de Romain Rolland, Heinrich Mann, André Malraux, Rafael Alberti, Alejo Carpentier, Julián Benda, Tristán Tzara, Anna Seghers, Ilya Ehrenburg, Stephen Spender, John Dos Passos...

José Bergamín, ya en 1940 y en el prefacio a las obras del poeta, contará cómo una vez Antonio Machado habló, en una de sus escasas salidas, en la plaza Castelar de Valencia. Dice así el fundador de Cruz y Raya:

Yo he visto subir al poeta, un claro mediodía, a un tingladillo levantado en medio de la plaza más grande de Valencia. Le rodeaba una inmensa muchedumbre. Parecía que subía al cadalso. Mas no ahogaba su voz por eso contrario, habló desde allá arriba con tal fuerza que aquel deje tímido y altivo de su palabra le iba desnudando o, mejor digo, vistiéndola de sangre, por un pensamiento que expresaba los sentimientos en conmoción de todos los pueblos de España.

En 1937 Escasa-Calpe publica el libro La guerra, compuesto con los poemas: El crimen fue en Granada; Meditación del día; Al escultor Emiliano Barral, datado de 1922 pero con un comentario del 36, y los trabajos en prosa titulados: Los milicianos de 1936, Apuntes; Carta a David Vigodsky (embajador de la URSS) y Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas, Nuevos poemas, múltiples artículos, comentarios, cartas, datan igualmente de aquellos años. Algunos se perdieron, otros quedarían inéditos, muchos verían su publicación, primero fuera de España, al fin en nuestro país muchos años después.

Sus últimos diálogos estuvieron marcados por la brutalidad fascista, por su amor a una causa que estaba siendo vencida. Alberti le ve en Valencia, y comenta:

Su poesía y su persona ya habían sido tocadas de aquella ancha herida sin fin que habría de llevarle poco después hasta la muerte. La fe en su pueblo, aunque ya antes la hubo dicho, la escribía entonces a diario, volviendo nuevamente a adquirir su voz aquel latido tan profundo, de su época castellana, ahora más fuerte y dolorosa, pues el agua de su garganta borboteaba con una santa cólera envuelta en sangre. Mas, como siempre, a él, en apariencia, nada se le transparentaba. Estaba más contento, más tranquilo, al lado de su madre, de sus hermanos y aquellos sobrinillos de todas las edades, que lo querían y bajaban del brazo al jardín dándole así al poeta una tierna apariencia de abuelo. Desde los limoneros y jazmines -¡oh flor y árbol tan puros en su verso!- cercana, aunque invisible, la presencia del mar Mediterráneo, Machado veía contra el cielo cobalto las torres y azoteas de Valencia, bajo el constante moscardoneo de los aviones de guerra.

Escribe Desde el mirador de la guerra para La Vanguardia. No ignora ya que el fin se precipita, y que él no sobrevivirá para sufrirlo. La huida continua interminable, con el aliento de la muerte en la nuca. Va camino de Barcelona, a donde llega en enero de 1939, siempre en compañía de su madre. Papeles, campos, recuerdos, van quedando perdidos atrás. Los hombres, a miles, siguen muriendo: Guiomar ya no existe. También la literatura sufrió un tajo fuerte, como la vida. Se le apremia para que salga del país. Del brazo de su madre, sigue arrastrando sus huesos camino de la frontera, ligero de equipaje, casi desnudo.

El 27 de enero de 1939 se refugia en una masía cerca de Figueres. Barcelona ha caído. Con 40 fugitivos, se apretuja en el frío de una mísera y abandonada cocina. Entre los refugiados, el rector de la Universidad de Barcelona, el director del Observatorio Astronómico de Madrid, el de la Biblioteca Nacional, el Presidente del Instituto Catalán de Literatura, Corpus Barga... Llueve. Desgarros de bombas. Se alumbran con velas. A la noche siguiente, siempre bajo la lluvia, continúan su caminar. Tras ellos, muy cerca, la amenaza de los fascistas, la amenaza de la muerte. El poeta, casi inválido, triste, siempre sostenido por la mano de su madre, huye al exilio.

En su última carta a José Bergamín el 9 de febrero de 1939, describía así Machado el cruce de la frontera:

Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones empeorables (ni un solo céntimo francés). Y hoy me encuentro en Collioure, hotel Buognol-Quintana, y gracias a un pequeño auxilio oficial, con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la URSS, donde me encontrarán amplia y valorable acogida.

En la cima de su evolución política, el poeta que confiesa no haber alcanzado al marxismo, quiere viajar a la Unión Soviética, en donde se sabe querido y admirado. Su última poesía estará dedicada a los intelectuales de la Rusia soviética, país al que considera hermanado con España.

No narra el poeta su traslado hasta Collioure escondido en un vagón de mercancías. Cuando el 28 de enero de 1939 queda la familia instalada en el hotel, el poeta está ya al borde del final. Es la tragedia colectiva ante la que no queda esperanza inmediata. Ahora sólo aparece el fango, el hambre, el frío, las marchas enloquecidas por el terror. Indudablemente, de ser más joven Machado, tremenda habría sido la evolución de su pensamiento, nuevamente enfrentado a la realidad amarga y desnuda, adjetivos que apenas son significantes del proceso concienciador que en esos momentos traumáticos sufren los hombres. El poeta acompaña un día, única salida, a su hermano a la playa. Apenas podía andar. No tenía ganas de hablar. Sentado en una barca, observando las sencillas casas de pescadores que por siglos dieron sentido a un puñado de vidas humanas.

Cae la tarde del 22 de febrero, miércoles de ceniza. Allí siguen sus huesos, o lo que de ellos reste. En trozo de papel encontrado en uno de sus bolsillos por el fiel hermano, sus últimas palabras, tan poéticas y más en medio de aquella desolación masiva:

Estos días azules y este sol de la infancia...

La muerte llega en medio de la muerte el 23 de febrero. Precediendo solamente en tres días a su madre, consumida, extinguida al fin, una voz que se apaga definitivamente, que se corta absolutamente, una vela, un hilo languidecido tras el exclusivo servicio al hijo amado, alimentado desde que naciera a su cuidado y ternura.

En el entierro de nuestro poeta, seis milicianos evadidos de un campo de concentración portan el féretro sobre sus hombros.

Se acaba la historia de su vida y se inicia la de su obra, esta sí, inmortal, aunque inicialmente silenciada y manipulada dentro de España para arrancarnos de la memoria el legado de un hombre genial. Para destruirnos también a nosotros. Llega un tiempo falso y equívoco, roto por nuevas generaciones largo tiempo después.

Nosotros, sus herederos, reclamamos el legado íntegro de su vida, de sus meditaciones y de sus cantos para convertirlos en armas de un combate que no ha cesado aún.

Machado fue un hombre de su tiempo y se convirtió, por su lucha y por su obra, en un hombre de todos los tiempos. Esto fue, es, será siempre Machado, poeta grande y hombre bueno del pueblo.

El pueblo canta

Machado es uno de los máximos representantes de la cultura española de todos los tiempos. Su memoria histórica no está gastada por el paso de los años, hasta el punto de que es el poeta de su época que más se lee todavía.

Su obra y pensamiento recorren una trayectoria de progresiva concreción, desde unas inciiales posiciones escépticas, neutrales o humanistas, hacia otras mucho más avanzadas, militantes, socialistas, pasando por el núcleo esencial de su concepción de lo popular, tanto en la lírica, como en la política.

Esa evolución recorre el abismo que va desde el individualismo hasta la identificación, rotunda y contundente, con las masas. En su entrevista de 1934 reconocerá claramente que la clase proletaria reclama sus derechos a dirigir el mundo.

Machado se enfrenta decididamente a la extendida opinión que considera como inexrorable la pérdida de calidad de la cultura al divulgarla para acercarla a las masas, porque lo espiritual es lo reversible, lo que al propagarse ni se degrada ni se disipa, sino que se acrecienta. Esta es una reflexión que demuestra toda la grandeza de nuestro poeta, que no se limitó sólo a exponerla, sino que -puede decirse- demostró cumplidamente con su obra literaria en verso y en prosa: es posible una poesía y una prosa de extraordinaria calidad que, al mismo tiempo, sea asequible para las masas... Sólo es necesario topar con un literato genial, cabría añadir, y Machado demostró esa cualidad.

Desde el punto de vista poético Machado, reconoce que el pueblo no sólo debe ser el destinatario de la cultura, sino que es sobre todo la fuente creadora de esa misma cultura. Y dispone de un argumento muy importante: quien tiene que dirigir el mundo es la inteligencia y la cultura -afirma-, y ninguno de los dos pueden ser patrimonio de una casta.

Si hubiera que resumir su pensamiento en pocas palabras, resultaría obligado reconocer que, por encima de todo, Antonio Machado es un poeta del pueblo. La cultura es el elemento esencial del pueblo. Su obsesión fue aprender de su pueblo y escribir para él, para la liberación y el desarrollo intelectual de ese pueblo. En la poética de su apócrifo Juan de Mairena dirá:

Un pueblo es siempre una empresa cultural, un arco tendido hasta el mañana. El que este mañana nos sea desconocido no invalida la necesidad de un previo conocimiento para explicarnos todo lo demás. De modo que la verdadera historia de un pueblo no la encontraremos casi nunca en lo que de él se ha escrito. Un pueblo es una muchedumbre de hombres que temen, desean y esperan aproximadamente las mismas cosas. Sin conocer alguna de ellas, no hallaréis nada, en historias, que merezcan leerse [...]

Si vais para poetas, cuidad vuestro folklore. Porque la verdadera poesía la hace el pueblo. Entendámonos: la hace alguien que no sabemos quién es, o que, en último término, podemos ignorar quién sea, sin el menor detrimento de la poesía.

Pero tampoco tiene un concepto idealizado del pueblo, y reconoce la sordidez que puede llegar a albergar ese pueblo campesino castellano:

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea
esclava de los siete pecados capitales.

El poeta de Castilla no tiene una visión idílica de la meseta, y alude explícitamente a esa Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos, [que] desprecia cuanto ignora.

También es apreciable en Machado un creciente optimismo, que rompe con la dinámica de la generación del 98 y también con la general corriente de la época en toda la intelectualidad europea. En 1913, víspera de la guerra imperialista, escribe El maña efímero donde, después de dejar constancia de la perviviencia de una España de charanga y pandereta, una España inferior, que ora y que bosteza, descubre también otro país, otras gentes portadoras del futuro:

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España, implacable, redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora
España de la rabia y de la idea.

El poema es absolutamente contundente. No solamente expresa una total confianza en el futuro, sino que indica dónde está esa esperanza, que no es otra que la clase obrera, que quienes se dedican al trabajo manual. Y el estilo es tremendamente enérgico: habla de violencia, de un hacha vengadora y de la rabia acumulada que estallará. De la desilusión inicial y de las dudas, pasa a manifestar su esperanza, parafreaseándose a sí mismo reitera en carta versificada a Azorín de la misma fecha:

Oh, tu, Azorín, escucha: España quiere
surgir, brotar, toda una España empieza
¿Y ha de helarse en la España que se muere?
¿Ha de ahogarse en la España que bosteza?
Para salvar la nueva epifanía
hay que acudir, ya es hora,
con el hacha y el fuego al nuevo día.
Oye cantar los gallos de la aurora.

El poema es sintómático y rompe una cierta imagen de Machado como hombre propenso a la pasividad y a la mera reacreación ideal que, sin duda, está presente en versos como éstos:

Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tu: ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?

Ese es el primer Machado, el de las luces, el que todo lo fía a la razón, a la luz, a la observación. Pero hay otro Machado más maduro y avanzado que llama abiertamente a la acción, a la que habremos de acudir provistos de armas, preparados para el combate.

Cambia el lenguaje y en 1915 considera ya que no basta sólo con cambiar de gobierno: empieza a hablar de revolución, utilizando una metáfora brillante:

Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él... Si guía mal habrá que despedirlo. Porque dentro de su coche vamos todos. Mas ¿qué haremos con un cochero loco, borracho, que nos lleva a galope y alegremente al precipicio? Habrá que arrojarlo a la cuneta del camino, después de arrancarle por la fuerza la rienda de las manos. Revolución se llama a esta fulminante jubilación de cocheros borrachos. Palabra demasiasdo fuerte. No tan fuerte, sin embargo, como romperse el bautismo.

Esto no tendría ninguna relevancia en un tiempo en el que hasta el reaccionario Maura hablaba de revolución desde arriba. La revolución hay que promoverla, como preconizaba el poeta, no desde arriba, ni desde abajo, sino desde todas partes (carta a Unamuno de 16 de enero de 1915), pero especialmente desde abajo (entre otros textos, en Ahora, 3 de octubre de 1936).

Todos los escritos de Machado tienen una gran carga filosófica, de meditación sobre las cuestiones cardinales que han acaparado las reflexiones de todos los tiempos. Antonio Machado es un hombre influido por sus estudios en la Instución Libre de Enseñanza, fase completada por su asistencia en París a los cursos de Bergson y sus prolongadas lecturas, sobre todo en el destierro de Baeza.

Pero, una vez más, esa filosofía está impregnada de una minuciosa recopilación de sabiduría popular, expresada en refranes, proverbios y decires. En contraste con tantos de su época, está siembre presente el rechazo de Machado a las élites, a la aristocracia. Hay en él una reflexión básica que expresa en La tierra de Alvargonzález:

Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

En sus Proverbios y cantares se aprecia una forma lírica, antes desconocida: el aforismo filosófico, la mezcla de poesía y filosofía:

La verdad es lo que es
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

Consecuencia de esa admiración por lo popular es su progresivo abandono de las formas modernistas y su adhesión a las formas sencillas y directas, depojadas de metáforas y de barroquismos o, como diría Juan de Mairena, la prevalencia del sustantivo sobre el adjetivo. El de Machado es un estilo impresionista de trazos minúsculos. Por eso confiesa su amor por el romance, de origen popular, en el que encuentra la suprema expresión de la poesía.

Pero ese estilo tampoco es originario, sino consecuencia de una evolución y una creciente querencia por los viejos cancioneros populares, que comienza a advertirse a partir de 1916 en su poema A la orilla del Duero. Y la forma cambia tanto como el contenido, porque en sus versos comienzan a aparecer también los temas -y sobre todo los personajes- tradicionales del romancero: los molineros, los leñadores, los pastores... Es el pueblo. Machado escribe sobre el pueblo, porque mis romances, escribirá el poeta, no nacen de las grandes gestas, sino del pueblo que los compuso.

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