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El zorro de arriba
De política, cultura y cosas peores

26/06/2008 GMT 1

García se lanza ahora contra paro nacional

consejerodelobo@hotmail.com @ 15:27
Mario Huamán, secretario general de la CGTP, lo emplaza a probar que el paro será violento.

García se lanza ahora contra paro nacional

Con su verbo incontenible, el presidente García quiere enlodar paro nacional.

DATOS

El Jefe del Estado reiteró su negativa a aumentar los salarios de los trabajadores públicos y privados, a pesar del alza del costo de vida, y dijo que, de lo contrario, se puede generar un déficit económico y una explosión inflacionaria, y que, en el sector privado, corresponde a los sindicatos negociar con los empleadores.

El vicepresidente de la CGTP apuntó que el país sufre de hambre y entreguismo y negó que la convocatoria del paro nacional obedezca a intereses subalternos, al afirmar que lo único que hace la CGTP es encauzar el malestar social.

En el afán de desprestigiar el paro nacional convocado para el 9 de julio por la Confederación General de Trabajadores (CGTP), el presidente Alan García acusó ayer a las agrupaciones políticas Patria Roja y el Partido Comunista Peruano de buscar aprovecharse de la convocatoria para fomentar la violencia, como bloqueos de carreteras, y ganar espacio en la sociedad, ya que, según indicó, son partidos que no tienen ningún proyecto y vigencia.

Sostuvo que, debido a las alzas debidas a la crisis mundial de los precios de alimentos “hay personas que políticamente quieren aprovecharse de eso para organizar paros, revueltas, revoluciones, tomas de carreteras y caminos, todo eso tiene una motivación política; yo le digo a la población que sí entiendo el tema (alza de precios), pero que ellos busquen entender también los ­orígenes internacionales de esto y lo que está ocurriendo en ochenta países del mundo que tienen una situación de alimentos y precios mucho peor, que un partido político como Patria Roja aproveche esto para organizar sus movimientos, es natural; no los apruebo, es su derecho, hay que esperar si la población se deja capitanear, conducir o se afilia al Partido Comunista Patria Roja o al Partido Comunista del Perú (PCP)”, afirmó.

Respuesta inmediata
Frente a ello, el secretario general de la CGTP, Mario Huamán, apuntó que el Jefe del Estado, al igual que su premier, Jorge del Castillo, y el congresista aprista Mauricio Mulder buscan descalificar el paro nacional con acusaciones sin fundamento. Aseveró que esto refleja su nerviosismo por la baja en cinco puntos en su ­aprobación y por la alta desaprobación (90 por ciento) de su gestión en el sur del país.

Mario Huamán aseguró también que el objetivo del gobierno es reprimir la protesta social del 9 de julio. Exhortó al Mandatario a demostrar con pruebas sus expresiones temerarias, en el sentido de que se estaría organizando actos violentos como tomas de carreteras para ese día.

Recordó que la CGTP durante el gobierno aprista ha convocado a dos paros, el 4 de julio y el 9 de noviembre del ­año pasado, sin atisbo de violencia, y agregó que el único que protagonizó actos de este tipo fue el entonces candidato Alan García cuando propinó tremenda patada al joven Jesús Lora, cuando el hoy gobernante marchaba a favor del paro del 14 de julio del 2004.

Puntualizó que la plataforma del paro contempla, entre otros puntos, el rechazo a la criminalización de las protestas, a los decretos legislativos que atentan contra las comunidades nativas, los recursos naturales y patrimoniales, al incumplimiento de compromisos a favor de los trabajadores y al despido de trabajadores por sindicalizarse.

Otro engaño del primer ministro
Otra mentira más. El presidente del Consejo de Ministros, Jorge del Castillo, aseguró ayer que los gremios del sector agrario no participarán en el paro nacional del 9 de julio convocado por la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) y tampoco en el paro agrario previsto para el 8 de julio.

Estas declaraciones las dio luego de firmar un acta de entendimiento con los representantes de la Convención Nacional del Agro (Conveagro) y la Junta de Usuarios de Riego del Perú para establecer mesas de diálogo sobre los problemas del sector.

Sin embargo, el presidente de la Confederación Nacional Agraria (CNA), Antolín Huáscar Flores, de inmediato, salió al frente y aclaró que no ha existido ninguna conversación y mucho menos un compromiso de las organizaciones agrarias para dejar sin efecto el paro agrario o no apoyar el paro nacional.

Tras recalcar que Conveagro no forma parte de las organizaciones convocantes del paro agrario, como sí lo son la Confederación Campesina del Perú (CCP), los ronderos y otras, reiteró que la medida tiene como objeto exigir la derogatoria del Decreto Legislativo 1015, porque atenta contra las comunidades nativas y campesinas.

Explicó a LA PRIMERA haber recibido llamadas de preocupación desde Apurímac, San Martín, Ayacucho y Cusco sobre las declaraciones del premier, alejadas de la realidad.

El secretario general de la CGTP, Mario Huamán, afirmó que las organizaciones agrarias han ratificado su decisión de paralizar el 8 y 9 de julio.

Vilma Escalante
Redacción LA PRIMERA

25/06/2008 GMT 1

“El paro nacional va… sí o sí”

consejerodelobo@hotmail.com @ 22:30
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(1) Jornada nacional de protesta se mantiene firme pese a intentos de desvirtuarla. Dirigentes anuncian que cuentan con amplio respaldo popular en todo el país.

(2) Para Mario Huamán, gobierno reaccionó tarde.

(3) Numerosos sindicatos anunciaron inminentes medidas de fuerza.

(4) Representantes universitarios confirmaron acciones de lucha.

CGTP a Del Castillo: “Es tarde para dialogar”. Ratifican jornada, a pesar de llamados a negociar, que consideran manotazos desesperados. Hoy empiezan jornadas previas de protesta.

Para la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) son tardíos e infructuosos los intentos del gobierno por evitar el paro nacional del 9 de julio, en vista de los recientes llamados al diálogo. A dos semanas de la jornada nacional de lucha, desde dicha central sindical ratificaron ayer que no darán marcha atrás porque ya lograron el respaldo total de los frentes regionales del país y “no pueden traicionar la voluntad expresada por miles de trabajadores”.

Numerosos sindicatos inconformes por promesas incumplidas alistan masivas protestas, que se inician hoy.

Pese a la convocatoria al diálogo formulada por el premier Jorge Del Castillo y la reciente promulgación de la Ley de Tercerización, tras la cual el presidente Alan García anunció su adherencia a la causa de los trabajadores, la CGTP enfatizó su postura: “El paro va sí o sí”. Descartan concesiones con un gobierno que –consideran– “promueve el hambre, el entreguismo y la represión”.

Ésta fue la postura expresada por el secretario general de la CGTP, Mario Huamán, quien señaló que las reuniones con el primer ministro generalmente han derivado en promesas que nunca se cumplieron y en la tristemente célebre “mecedora”.

“Ahora que el paro nacional ya está en marcha, el gobierno recién se preocupa por convocarnos a dialogar. Nosotros participamos del casi moribundo Acuerdo Nacional y del Consejo Nacional de Trabajo, porque nunca nos hemos negado a conversar, pero lamentablemente siempre hemos ­caído en reuniones infructuosas”, declaró Huamán.

Mención aparte mereció para el representante sindical la presencia en escena de la Confederación de Trabajadores del Perú (CTP), a cuyos líderes calificó como “voceros oficiosos del gobierno”.

“Que el premier converse con la CTP sólo representa una reunión entre apristas. Nosotros no podemos conversar con quienes siempre nos han mecido”, acotó el secretario general de la CGTP.

Temen represión
Para Mario Huamán, que congresistas oficialistas como Mauricio Mulder y algunos ministros intenten desvirtuar la protesta ciudadana relacionándola con violencia, desmanes y desestabilización al país, sólo significa que ya está en marcha el intento de boico­tear el paro, para lo cual se podrían sembrar infiltrados que destruyan propiedades públicas o privadas.

El dirigente puntualizó que, ni en la jornada de hace cuatro años (en la que participó el hoy presidente García) ni en las dos movilizaciones del año pasado se registraron incidentes violentos. “Parece que algunos miembros del gobierno están buscando allanar el camino para tildarnos de violentistas y desestabilizadores”, apuntó.

De otro lado, la CGTP anunció que ya está lista la plataforma de lucha que incluye a todas las regiones del país. Indicaron que en la selva ya se definió que del 8 al 10 de julio próximo la población protestará contra la denominada “Ley de la Selva” y que en el sur (Cusco, Arequipa y Puno) la adherencia al paro nacional está garantizada.

Asimismo, en Ayacucho se ­alistan movilizaciones para el 8 y 9 de julio contra la presencia de tropas norteamericanas, mismas fechas escogidas por el sector agrario para reclamar por los altos costos de sus insumos y la venta de terrenos a empresas trasnacionales.

Polémicos decretos
Los recientes decretos legislativos referidos a la creación de un cuerpo de gerentes públicos y evaluaciones para medir el rendimiento de los trabajadores estatales, motivaron el pronunciamiento de la Confederación Intersectorial de Trabajadores Estatales (CITE), cuyo secretario general, Winston Huamán Enríquez, anunció el inicio de la recolección de firmas para el pedido de inconstitucionalidad.

Huamán Enríquez denunció que se pretende realizar un copamiento aprista de la administración estatal y enfatizó que no se niegan a la evaluación, aunque manifestó desconfiar de la transparencia de la misma.

También participó del pronunciamiento Adolfo Granadino, secretario general de la Federación Nacional de Trabajadores de la Empresa Nacional de Puertos (Fentenapu), quien ratificó el rechazo de su gremio al decreto legislativo 1022, que impulsa la transferencia de todos los bienes que administra Enapu al Ministerio de Transportes y Comunicaciones. Para Granadino, esa medida sólo posibilitará el traspaso definitivo de los puertos a capitales chilenos, entregando una actividad estratégica del país.

Jornada de protestas remecerá la capital
Las universidades públicas se paralizan. Hoy se realizará una masiva movilización de los docentes, trabajadores y estudiantes universitarios hacia el Congreso de la República, el Tribunal Constitucional y el Ministerio de Economía, para lo cual ya llegaron delegaciones del interior del país.

Los catedráticos de la Fendup reclaman por el cumplimiento de la tercera etapa de la homologación de sus sueldos con los magistrados del Poder Judicial, el pago del monto correspondiente por el mismo proceso del período junio-noviembre del año pasado, y la inconstitucionalidad del decreto de urgencia que modificó las categorías de docentes.

Por su parte, los trabajadores universitarios exigen que el Ejecutivo cumpla con el incremento de 100 nuevos soles en sus sueldos, al que el premier Jorge Del Castillo se comprometió en enero pasado. Finalmente, ambos gremios coinciden con los estudiantes en solicitar el archivamiento del proyecto de ley 939, que plantea eliminar la gratuidad de la enseñanza para los ex alumnos de colegios privados.

También los integrantes de la Federación Médica suspenden hoy sus labores y protestarán frente al Ministerio de Salud por el incumplimiento de los acuerdos firmados con el ministro Hernán Garrido-Lecca. A ellos se sumará el personal del Instituto Nacional Penitenciario (Inpe), que abandonará las cárceles y se concentrará en el penal San Jorge para pedir que se les asigne los 500 soles prometidos en sus exiguas remuneraciones.

Gerardo Pacheco T.
Redacción LA PRIMERA

Historia completa de la revolución rusa de octubre parte II

consejerodelobo@hotmail.com @ 00:35

La contrarrevolución del día siguiente

de Michael Sayers y Albert E. Kahn: La gran conspiración contra Rusia,
Ediciones Nuestro Pueblo, París, 1948, pgs.37 a 51.

El Petrogrado revolucionario, sitiado desde el exterior por los enemigos extranjeros y amenazado en el interior por las conspiraciones contrarrevolucionarias, era en 1918 una ciudad terrible. Había pocos alimentos, ningún transporte y ninguna calefacción. Hombres y mujeres andrajosos temblaban de frío formando interminables colas en espera de pan, en las calles heladas y sin barrer. En las largas noches grises retumbaban de tiempo en tiempo los disparos. Cuadrillas de bandidos, desafiando al régimen soviético, infectaban la ciudad, robando y aterrorizando a la población (1). Destacamentos de trabajadores armados iban de casa en casa buscando los depósitos de productos alimenticios que ocultaban los especuladores, y deteniendo a los saqueadores y terroristas.

El Gobierno soviético no había logrado todavía el dominio completo sobre la ciudad. Los restos del lujo zarista contrastaban horriblemente con la miseria de las masas. Los periódicos antisovíéticos seguían publicándose, y predecían diariamente la inminente caída del régimen soviético. También continuaban abiertos los hoteles y restaurantes de lujo, que servían a una extensa clientela de hombres y mujeres elegantemente ataviados. Por la noche, los cabarets se veían atestados: se bebía y se bailaba; y en las mesas apiñadas de gentío, los oficiales zaristas, las bailarinas, los más famosos especuladores del mercado negro y sus queridas susurraban excitantes rumores: ¡Los alemanes marchan sobre Moscú! ¡Trotsky ha arrestado a Lenin! ¡Lenin se ha vuelto loco! Mentiras y desatinadas esperanzas corrían tan libremente como el vodka. Y las intrigas florecian...

Un cierto señor Massino había aparecido en Petrogrado aquel invierno. Decíase mercader turco y oriental. Era hombre de unos cuarenta y tantos años, pálido, de cara larga y aspecto sombrío, con frente alta y sesgada, inquietos ojos oscuros y labios sensuales. Caminaba en postura enhiesta, casi militar, y con paso rápido, extrañamente silencioso. Parecía rico. Las mujeres lo encontraban atrayente. En medio de la atmósfera inquieta de la capital soviética interina, el señor Massino llevaba sus negocios con peculiar aplomo.

Por las noches, era el señor Massino asiduo visitante del pequeño y humoso café Balkov, guarida favorita de los elementos antisoviéticos de Petrogrado. El propietario, Sergio Balkov, lo recibia con muestras de deferencia. En un saloncillo privado, detrás del café, el señor Massino se reunía con hombres y mujeres de aspecto misterioso que le hablaban en voz muy baja. Algunos se dirigian a él en ruso, otros en francés o en inglés. El señor Massino estaba familiarizado con muchos idiomas.

El joven Gobierno soviético luchaba por establecer el orden en medio de aquel caos. Sus colosales tareas de organización veíanse aún más complicadas por la amenaza mortal, siempre presente, de la contrarrevolución. La burguesia, los terratenientes y todas las clases ricas están haciendo esfuerzos desesperados para socavar la revolución, escribió Lenin. Por su propia recomendación se creó una organización soviética especial, de contrasabotaje y contraespionaje, para enfrentarse con los enemigos internos y externos. Se la llamó la Comisión extraordinaria para combatir la contrarrevolución y el sabotaje; sus iniciales formaban en ruso la palabra Cheka (2).

En el verano de 1918, cuando el Gobierno soviético, por temor a un ataque alemán, se trasladó a Moscú, allá lo siguió el señor Massino. Pero en Moscú, el aspecto del blando y afable rico mercader levantino cambió curiosamente. Llevaba entonces chaqueta de cuero y gorra picuda de trabajador. Visitaba el Kremlin. Detenido en las puertas por uno de los jóvenes guardias comunistas de Letonia, que formaba el cuerpo escogido que protegia al Gobierno soviético, el hasta entonces señor Massino presentó un documento soviético que lo identificaba como Sidney Georgevich Relinsky, agente de la División de lo criminal de la Cheka de Petrogrado.

— ¡Paso al camarada Relinsky! -dijo el joven guardia.

En otro lugar de Moscú, en el lujoso apartamento de la popular bailarina Dagmara K., el señor Massino, alias Camarada Relinsky, de la Cheka, era conocido como Monsieur Constantine, agente secreto británico.

En la embajada británica, Bruce Lockhart conocia su verdadera identidad: Sidney Reilly, el hombre misterioso del Servicio de Inteligencia británico y conocido... como el espía número uno de Inglaterra.

Sidney Reilly

De todos los aventureros que surgieron de los bajos fondos politicos de la Rusia zarista durante la primera guerra mundial para dirigir la gran cruzada contra el bolchevismo, ninguno más pintoresco y extraordinario que el capitán Sidney George Reilly, del Servicio secreto británico. ¡Un hombre fundido en el molde de Napoleón!, exclamó Bruce Lockhart, a quien Reilly iba a complicar en una de las más peligrosas y fantásticas empresas de toda la historia europea.

El modo como entró Reilly en el Servicio de Inteligencia británico sigue siendo uno de los muchos misterios que rodean a ese tan misterioso como potente aparato de espionaje. Sidney Reilly había nacido en la Rusia zarista. Hijo de un capitán de navío irlandés y de una mujer rusa, creció en el puerto de Odesa, sobre el Mar Negro. Antes de la primera guerra mundial estaba empleado en la gran empresa zarista de armamentos navales de Mondrochovich y el conde Tchubersky, en San Petersburgo. Desde entonces ya su labor era de carácter altamente confidencial. Servía de enlace entre la firma rusa y ciertos intereses industriales y financieros alemanes, incluyendo los famosos astilleros de Bluhm y Voss, en Hamburgo. Inmediatamente antes de estallar la primera guerra mundial empezaron a llegar al Almirantazgo inglés en Londres valiosos informes sobre el programa alemán de construcción de buques de guerra, incluso submarinos. Estos informes procedian de Sidney Reilly.

En 1914, Reilly apareció en el Japón como representante confidencial del Banco Ruso-Asiático. Del Japón pasó a los Estados Unidos donde conferenció con banqueros y fabricantes de municiones americanos. Desde entonces, en los archivos del Servicio secreto inglés, ya Sidney Reilly estaba fichado con el nombre clave de I Esti, y conocido como agente secreto de gran audacia e ingeniosidad.

Lingüista de palabra fácil, que dominaba siete idiomas, Reilly fue muy pronto llamado de los Estados Unidos para encargarle un importante trabajo en Europa. En 1916 entró en Alemania por la frontera suiza. Fingiéndose oficial de la armada alemana, entró en el Almirantazgo alemán. Consiguió y envió a Londres una copia del Código oficial de inteligencia naval alemana. Fue, probablemente, la mayor hazaña de espionaje de la primera guerra mundial...

A principios de 1918, el capitán Reilly fue trasladado a Rusia como director de las operaciones de espionaje inglés en ese país. Sus numerosas amistades personales, sus amplias relaciones de negocios y su íntimo conocimiento de los círculos internos de la contrarrevolución rusa hacían de él el hombre ideal para el puesto. Pero, además, su misión en Rusia tenía hondo significado personal para Reilly. Hallábase consumido por el odio más encarnizado contra los bolcheviques y, en realidad, contra toda la Revolución rusa. Con gran franqueza declaró sus objetivos contrarrevolucionarios:

Los alemanes son seres humanos. Podemos soportar hasta ser vencidos por ellos. Pero aqui en Moscú está desarrollándose hasta llegar a la madurez el archienemigo de la raza humana. Si la civilización no asesta el primer golpe y aplasta al monstruo, mientras todavía es tiempo, al fin el monstruo aniquilará a la civilización.

En sus informes a la jefatura del Servicio secreto inglés en Londres, Reilly abogó repetidas veces por una paz inmediata con los alemanes y por una alianza con el Kaiser contra la amenaza bolchevique.

A cualquier precio -declaró- tiene que ser anonadada esa inmunda indecencia que ha nacido en Rusia. Paz con Alemania: ¡sí, paz con Alemania, paz con cualquiera! No hay más que un enemigo, ¡La humanidad tiene que unirse en una santa alianza contra este monstruo de pesadilla!

Al llegar a Rusia, Reilly se lanzó inmediatamente a la conspiración antisoviética.

Su finalidad confesada era derrocar al Gobierno soviético (3).

Dinero y asesinato

El partido politico antibolchevique más fuerte numéricamente en Rusia en 1918 era el partido, social-revolucionario, que abogaba por una forma de socialismo agrario. Dirigidos por Boris Savinkov, ex ministro de la Guerra de Kerensky, que había tomado parte en el abortado golpe de Kornilov, los social-revolucionarios militantes se habían convertido en el eje del sentimiento antibolchevíque. Sus métodos y propaganda extremistas les habían ganado considerable apoyo entre los muchos elementos anarquistas que generaciones y generaciones de opresión zarista habían engendrado en Rusia. Los social-revolucionarios habían practicado durante largo tiempo el terrorismo como arma de guerra contra el zar. Ahora se preparaban a volver la misma arma contra los bolcheviques.

Los social-revolucionarios estaban recibiendo ayuda financiera del Servicio de Inteligencia francés. Con fondos que le había entregado personalmente el embajador francés Noulens, Boris Savinkov había restablecido el antiguo centro terrorista social-revolucionario en Moscú bajo el título de Liga para la Regeneración de Rusia; su objeto era planear el asesinato de Lenin y de otros jefes soviéticos. Por recomendación de Sidney Reilly, el Servicio secreto inglés también empezó a facilitar dinero a Savinkov para que instruyera y armara a sus terroristas.

Pero Reilly, ardiente partidario del régimen zarista, no confiaba en los social-revolucionarios para cuando se tratase de formar un nuevo gobierno ruso que reemplazara al régimen soviético. Aparte de Savinkov, a quien consideraba digno de toda confianza, los social-revolucionarios izquierdistas representaban, a juicio de Reilly, una fuerza peligrosamente radical: de algunos se sabía que estaban ligados a los bolcheviques oposicionistas secuaces de Trotsky. Reilly estaba dispuesto a utilizar aquellos elementos para sus propios fines pero, a la vez, resuelto a extirpar el radicalismo en Rusia. Quería una dictadura militar, como primer paso hacia la restauración del zarismo. A este objeto, mientras continuaba financiando y alentando a los terroristas social-revolucionarios y a otros grupos radicales antisoviéticos, el espía inglés fabricaba con esmero un mecanismo de conspiración exclusivamente suyo.

Él mismo reveló más tarde en sus memorias cómo funcionaba:

Era esencial que mi organización rusa no supiese demasiado, y que ninguna parte de ella se hallara en posición de poder traicionar a otra. Por lo tanto, el plan se dispuso de acuerdo con el sistema de los cinco, y cada participante sólo conocía a cuatro personas más. En cuanto a mí, que me hallaba en la cima de la pirámide, los conocía a todos, no personalmente, pero sí por sus nombres y direcciones, conocimiento que más tarde me resultó muy útil... Así, en caso de alguna traición, no podrían todos ser descubiertos, y el descubrimiento quedaría localizado.

Eslabonado con la Unión de oficiales zaristas, con restos de la vieja policía secreta zarista -la siniestra Okrana-, con los terroristas de Savinkov, y otros elementos contrarrevolucionarios análogos, el mecanismo conspirativo de Reilly pronto se propagó por todo Moscú y Petrogrado. Buen número de antiguos amigos y conocidos de Reilly de la época zarista se le unieron y le resultaron muy valiosos. Entre esos amigos figuraban el conde Tchubersky, el magnate de armamentos navales que en otro tiempo había empleado a Reilly como enlace con los astilleros alemanes; el general zarista Yudenitch; Sergio Balkov, el propietario del café de Petrogrado; Dagmara, la bailarina en cuya vivienda estableció Reilly su cuartel general de Moscú; Grammatikov, rico abogado y antiguo agente secreto de la Okrana, que se había convertido ahora en el principal contacto de Reilly con el partido social-revolucionario; y Veneslav Orlovsky, otro antiguo agente de la Okrana, que se las había arreglado para convertirse en funcionario de la Cheka en Petrogrado, y de quien obtuvo Reilly el pasaporte falso de la Cheka a nombre de Sidney Georgevich Relinsky, que le permitía viajar libremente por toda la Rusia soviética.

Estos y otros agentes, que habían logrado deslizarse hasta dentro del Kremlin y del Estado Mayor del Ejército Rojo, mantenían a Reilly plenamente informado de todas las medidas que tomaba el Gobierno soviético. El espía inglés podía vanagloriarse de que las órdenes selladas del Ejército Rojo eran leídas en Londres antes de ser abiertas en Moscú.

Grandes sumas de dinero destinadas a financiar las operaciones de Reilly y ascendentes a varios millones de rublos, se ocultaban en la vivienda en Moscú de Dagmara, la bailarina. Para acumular estos fondos, utilizaba Reilly los recursos de la embajada inglesa. El dinero era recogido por Bruce Lockhart y entregado a Reilly por el capitán Hicks, del Servicio secreto inglés. Lockhart, a quien Reilly complicó en este asunto, reveló más tarde, en su obra Agente británico, cómo se obtenía el dinero:

Había muchos rusos que tenían depósitos secretos de rublos y estaban más que dispuestos a entregarlos a cambio de un pagaré sobre Londres. Para evitar toda sospecha, recogíamos los rublos a través de una firma inglesa de Moscú, la cual trataba con los rusos, fijaba el tipo de cambio y entregaba el pagaré. Por cada transacción entregábamos a la firma inglesa una garantía oficial de que era valedera por la cantidad correspondiente en Londres. Los rublos eran traídos al consulado general americano y entregados a Hicks, quien los llevaba a su destino.

Por último, y sin descuidar detalle, el espía inglés llegó hasta trazar un plan detallado para el gobierno que habría de tomar el poder tan pronto fuese derrocado el gobierno soviético. Los amigos de Reilly representarían importante papel en el nuevo régimen:

Ya estaban hechos todos los preparativos para el gobierno provisional. Mi gran amigo y aliado Grammatikov habría de ser Ministro del Interior, teniendo bajo su dirección todos los asuntos de policía y finanzas. Tchubersky, antiguo amigo mío y asociado en negocios, que había llegado a ponerse al frente de una de las casas mercantiles más importantes de Rusia, sería Ministro de Comunicaciones. Yudenitch, Tchubersky y Grammatikov constituirían un gobierno provisional, para suprimir la anarquía que inevitablemente habría de seguir a aquella revolución.

Los primeros golpes de la campaña antisoviética fueron asestados por los terroristas de Savinkov.

E1 21 de junio de 1918, cuando salía de una reunión de obreros de la fábrica de Obuchov, en Petrogrado, el Comisario del Soviet para asuntos de Prensa, Volodarsky, fue asesinado por un terrorista social-revolucionario. A esta muerte siguió, dentro de las dos semanas siguientes, el asesinato del embajador alemán en Moscú, Mirbach, el 6 de julio. La finalidad de los social-revolucionarios era sembrar el terror en las filas bolcheviques y precipitar, simultáneamente, un ataque alemán que significaría la perdición del bolchevismo (4).

El día en que fue asesinado el embajador alemán, se hallaba reunido en el Teatro de la Ópera de Moscú el Quinto Congreso panruso de los Soviets. Los observadores de las naciones aliadas escuchaban, desde los palcos dorados, los discursos de los delegados soviéticos. La reunión se efectuaba en una atmósfera de tensión. Bruce Lockhart, sentado en un palco con otros agentes y diplomáticos aliados, comprendió, al entrar Sidney Reilly, que algo trascendental había ocurrido. El espía inglés estaba pálido y agitado: en presuroso murmullo contó a Lockhart lo sucedido.

El disparo que mató a Mirbach iba a ser la señal de un levantamiento general de los social-revolucionarios, apoyados por disidentes bolcheviques, en todo el país. Pistoleros social-revolucionarios debían entrar en el teatro de la Ópera y arrestar a los delegados al Soviet. Pero algo había fallado. El Teatro de la Ópera estaba ahora rodeado de soldados rojos. Había tiroteo en las calles, pero era evidente que el Gobierno soviético dominaba la situación.

Mientras hablaba, Reilly se registraba los bolsillos en busca de documentos comprometedores; encontró uno, lo hizo trizas y se lo tragó. Un agente secreto francés, sentado al lado de Lockhart, hizo otro tanto.

Pocas horas después se levantaba un orador sobre el escenario de la Ópera para anunciar al público que un golpe antisoviético, encaminado a derrocar al Gobierno soviético por la fuerza de las armas había sido rápidamente sofocado por el Ejército Rojo y la Cheka. En ninguna parte habían encontrado apoyo los contrarrevolucionarios, veintenas de terroristas social-revolucionarios, armados de bombas, rifles y ametralladoras, habían sido perseguidos y arrestados; muchos habían muerto. Los jefes estaban muertos, ocultos o en fuga.

A los representantes de los Aliados que se encontraban en el Teatro de la Ópera se les dijo que podían volver en condiciones de seguridad a sus respectivas embajadas. Las calles ya no ofrecían peligro.

Más tarde llegaron noticias de que un levantamiento en Yaroslav, sincronizado para coincidir con el golpe de Moscú, también había sido deshecho por el Ejército Rojo. El jefe social-revolucionario, Boris Savinkov, que dirigía personalmente la rebelión en Yaroslav, había escapado a duras penas de ser apresado por las tropas soviéticas.

Reilly rebosaba cólera y amarga desilusión. ¡Los social-revolucionarios habían actuado con su característica impaciencia y estupidez! Sin embargo -declaró-, le sobraba razón a la idea básica que había tenido de lanzar un golpe en el momento en que casi todos los dirigentes soviéticos se hallaran reunidos en un sitio asistiendo a algún congreso o convención. La idea de apoderarse de un solo golpe de todos los jefes bolcheviques excitaba la imaginación napoleóníca de Reilly...

Y empezó con seriedad a proyectar cómo llevarla a la práctica.

La conspiracion de los letones

Durante el mes decisivo que fue agosto de 1918, los planes secretos de intervención de los Aliados en Rusia comenzaron a realizarse abiertamente. El dia 2, desembarcaron en Arkangel tropas británicas, con el pretexto de evitar que los pertrechos de guerra cayesen en manos de ios alemanes. El día 4, los ingleses se apoderaron del centro petrolero de Bakú, en el Cáucaso. Pocos dias después, contingentes ingleses y franceses desembarcaron en Vladivostok, seguidos, el día 13, por una división japonesa, y el 15 y 16, por dos regimientos americanos recientemente trasladados de las Filipinas.

Grandes porciones de Siberia se hallaban ya en manos de fuerzas antisoviéticas. En Ucrania, el general zarista Krasnov, apoyado por los alemanes, libraba una sangrienta campaña antisoviética. En Kiev, el títere de los alemanes, el atamán Skoropadsky, había iniciado matanzas en masa de judíos y de comunistas.

Del norte, sur, este y oeste, los enemigos de la nueva Rusia se preparaban a converger sobre Moscú.

Los pocos representantes de los Aliados que aún quedaban en Moscú empezaron a hacer sus preparativos de marcha, de los cuales no informaron al Gobierno soviético. Como diría más adelante Bruce Lockhart en su Agente británico: Era una situación extraordinaria. No había habido declaración de guerra, y sin embargo se libraban combates a lo largo de un frente que se extendía desde el Dvina hasta el Cáucaso. Y añadia: Tuve varias discusiones con Reilly, quien había resuelto permanecer en Moscú después de nuestra partida.

El 15 de agosto, el mismo día en que los americanos desembarcaban en Vladivostok, recibió Bruce Lockhart a un visitante de importancia. Él mismo describió después la escena en sus memorias. Estaba almorzando en su domicilio particular, cerca de la embajada británica, cuando sonó la campanilla y su sirviente le anunció que dos caballeros de Letonia deseaban verle. Uno de ellos era un joven de baja estatura y rostro pálido, llamado Smidhen. El otro, hombre alto y de robusta constitución, con facciones acusadas y duros ojos acerados, se presentó como el coronel Berzin, jefe de la guardia letona del Kremlin.

Los visitantes entregaron a Lockhart una carta del capitán Cromie, el agregado naval británico en Petrogrado, participante extremadamente activo en la conspiración antisoviética. Siempre en guardia contra los agentes provocadores -anota Lockhart- examiné la carta con el mayor cuidado. Era indisputablemente de Cromie.

Lockhart preguntó entonces a sus visitantes qué querían de él. El coronel Berzin, que, como dijimos, se había presentado como jefe de la guardia del Kremlin, informó a Lockhart que, si bien los letones habían apoyado la revolución bolchevique, no tenían intenciones de combatir a las fuerzas británicas que, bajo el mando del general Poole, habían desembarcado recientemente en Arkangel; estaban preparados para entrar en negociaciones con el agente inglés.

Antes de darles una respuesta, Lockhart consultó el asunto con el cónsul general francés, M. Grenard, quien -según también señala el agente inglés- le aconsejó que negociara con el coronel Berzin, pero evitando comprometer nuestra propia posición en modo alguno. Al día siguiente, Lockhart volvió a ver al coronel Berzin, y le dió un papel que decía: Sírvanse dejar pasar al portador, que lleva importante comunicación al general Poole, a través de las líneas inglesas. Y luego puso al coronel Berzin en contacto con Sidney Reilly.

Dos dias después -sigue contando Lockhart-, Reilly informó que sus negociaciones marchaban lisa y llanamente, y que los letones no abrigaban la intención de verse envueltos en el desplome de los bolcheviques. Presentó la sugerencia de que después de nuestra partida, podria él, con ayuda de los letones, llevar a cabo una contrarrevolución en Moscú.

A fines de agosto de 1918, un pequeño grupo de representantes de los Aliados se reunía, para celebrar una conferencia confidencial, en una sala del consulado general americano en Moscú. Habían escogido el consulado americano porque todos los demás centros extranjeros se hallaban baja estricta vigilancia soviética. A pesar de los desembarcos americanos en Siberia, el Gobierno soviético seguía manteniendo una actitud amistosa hacia los Estados Unidos. Veíanse por todo Moscú coloreados en lugares prominentes, carteles en que aparecían reproducidos los Catorce Puntos de Woodrow Wilson. Un editoral de Izvestia había declarado que solamente los americanos saben cómo tratar con decencia a los bolcheviques. Todavía, por lo visto, no se había agotado la herencia dejada, a favor de los americanos, por la misión de Raymond Robins.

La reunión en el consulado general americano fue presidida por el cónsul general francés, Grenard. Los ingleses se hallaban representados por Reilly y por el capitán George Hill, oficial del Servicio de Inteligencia británico que había sido delegado para trabajar con Reilly. Buen número de otros diplomáticos y agentes del servicio secreto de los Aliados estaban presentes, incluso el periodista francés René Marchand, corresponsal en Moscú del Fígaro, de Paris.

Sidney Reilly había convocado la reunión -según cuenta él en sus memorias- para informar sobre el progreso de sus operaciones antisoviéticas. Contó a los representantes de los Aliados que había comprado al coronel Berzin, jefe de la guardia del Kremlin. El precio del coronel había sido de dos millones de rublos. Un adelanto de 500.000 rublos en moneda rusa había ya recibido Berzin de manos de Reilly; el resto de la cantidad habría de ser pagado en libras esterlinas cuando el coronel hubiese prestado ciertos servicios y escapado en seguida a las líneas británicas en Arkangel.

Nuestra organización es extremadamente fuerte -declaró Reilly-. Los letones están de nuestra parte, ¡y el pueblo estará con nosotros apenas se de el primer golpe!

Anunció entonces Reilly que el 28 de agosto habría de celebrarse una reunión especial del Comité Central del Partido Bolchevique, en el Gran Teatro de Moscú. Con este motivo se reunirian en el mismo edificio todos los jefes que ocupaban las posiciones clave del Estado soviético. El complot de Reilly era audaz, pero simple...

Cumpliendo sus deberes habituales, los guardias letones se estacionarían en todas las entradas y salidas del teatro durante la reunión bolchevique. El coronel Berzin elegiría para esa ocasión hombres absolutamente fieles y devotos de nuestra causa. A una señal dada, los guardias de Berzin cerrarían las puertas y mantendrian a todos los concurrentes bajo la amenaza de sus rifles. Entonces, un destacamento especial, formado por Reilly y su circulo interno de conspiradores saltaría sobre el escenario ¡y arrestaría al Comité Central del Partido Bolchevique!

Lenin y los demás jefes soviéticos serían fusilados. Pero, antes de su ejecución, se les conduciría en procesión pública a través de las calles de Moscú, ¡para que todo el mundo comprobara que los tiranos de Rusia habían sido hechos prisioneros!

Una vez desaparecidos Lenin y sus compañeros, el régimen soviético se vendría al suelo como un castillo de naipes. Había 60.000 oficiales en Moscú -dijo Reilly- que estaban prontos a movilizarse inmediatamente que se diera la señal y formar un ejército para combatir dentro de la ciudad mientras las fuerzas de los Aliados atacaban desde fuera. El hombre que habría de encabezar este ejército secreto antisoviético era el bien conocido oficial zarista, general Yudenitch. Un segundo ejército, bajo el mando del general Savinkov se reuniria al norte de Rusia, y lo que quedara de los bolcheviques sería triturado entre las dos piedras de molino, una desde arriba y otra desde abajo.

Tal era el plan de Reilly. Gozaba del apoyo del Servicio de Inteligencia británico tanto como del francés. Los ingleses estaban en estrecho contacto con el general Yudenitch y se preparaban a surtirle de armas y equipo militar. Los franceses respaldaban a Savinkov.

Los representantes de los Aliados reunidos en el consulado general americano fueron notificados de lo que podían hacer para ayudar a la conspiración por medio del espionaje, de la propaganda y disponiendo la voladura de los puentes ferroviarios vitales en torno a Moscú y Petrogrado, a fin de aislar al Gobierno soviético de todo auxilio que el Ejército Rojo pudiera intentar traer de otras regiones del país.

A medida que se acercaba el día del golpe armado, Reilly se reunía regularmente con el coronel Berzin, preparando cuidadosamente hasta los últimos detalles de la conspiración y previendo todas las posibles exigencias de la situación. Trazaban ya los planes finales, cuando se enteraron de que la reunión del Comité Central del Partido Bolchevique se había pospuesto del 28 de agosto para el 6 de septiembre. No me importa -le dijo Reilly a Berzin-. Esto me da más tiempo para hacer los últimos arreglos. Reilly decidió ir a Petrogrado a efectuar una inspección de última hora del mecanismo conspirativo en aquella ciudad.

Pocas noches después, viajando en tren con el pasaporte falso que lo identificaba como Sidney Georgevitch Relinsky, agente de la Cheka, salió Reilly de Moscú con rumbo a Petrogrado.

Sale de escena Sidney Reilly

En Petrogrado, Reilly se encaminó directamente a la embajada británica, a fin de rendir su informe al capitán Cromie, el agregado naval británico. Reilly describió brevemente la situación existente en Moscú y explicó el plan del levantamiento. ¡Moscú está en nuestras manos!, dijo. Cromie estaba encantado. Reilly prometió redactar un amplio informe escrito para despacharlo secretamente a Londres.

A la mañana siguiente, Reilly empezó a ponerse en contacto con los jefes de su mecanismo en Petrogrado. A las doce del día telefoneó a Grammatikov, el antiguo agente de la Okrana.

La voz de Grammatikov le sonó ronca y poco natural. —¿Quién es? -preguntaba.

— Soy yo, Relinsky -dijo Reilly.

— ¿Quién? -volvió a preguntar Grammatikov. Reilly repitió su seudónimo.

— Tengo aqui conmigo a alguien que me ha traído malas noticias -dijo bruscamente Grammatikov-. Los médicos operaron demasiada pronto. El estado del paciente es grave. Venga en seguida si quiere verme.

Reilly corrió a casa de Grammatikov. Lo halló vaciando febrilmente las gavetas de su escritorio y quemando papeles en la estufa.

— ¡Esos necios han dado el golpe demasiado pronto!- exclamó Grammatikov apenas entró Reilly en la habitación-. ¡Uritsky ha muerto, asesinado, en su oficina, esta mañana, a las once!

Mientras hablaba, Grammatikov seguía rasgando papeles y quemando los fragmentos.

— Es correr un riesgo terrible permanecer nosotros aqui. De mí, por supuesto, ya se sospecha. Y si se descubre algo, lo primero será el nombre de usted y el mío.

Al llamar al capitán Cromie a la embajada británica, supo Reilly que aquél ya estaba enterado del asesinato. Uritsky, el jefe de la Cheka de Petrogrado, había sido muerto por un terrorista social-revolucionario.

Sin embargo, todo parecía estar normal en la oficina de Cromie. Con precaución, Reilly le indicó que se reuniera con él en el lugar de cita habitual. Cromie entendió: el lugar de cita habitual era el café Balkov.

Reilly pasó el tiempo que aún le quedaba antes de reunirse con Cromie destruyendo diversos documentos comprometedores e innecesarios, y ocultando cuidadosamente sus claves y documentos de importancia.

Cromie no apareció por el café. Reilly decidió arriesgarse a ir a la embajada. Al salir murmuró un aviso al oído de Balkov: Puede quo algo haya salido mal. Prepárese para salir de Petrogrado y deslizarse a través de la frontera de Finlandia...

En la perspectiva Vladimirosvky, Reilly vió hombres y mujeres corriendo, que se guarecían en los soportales o huían para desaparecer por las calles laterales. Oiase el ronco sonar de potentes motores; pasó un automóvil disparando, atestado de soldados rojos, y luego otro, y otro.

Reilly apretó el paso. Corría casi cuando dió la vuelta a una esquina para tomar la calle donde se hallaba la embajada británica. Pero se detuvo bruscamente. Frente a la embajada yacían varios cuerpos. Eran los cadáveres de algunos funcionarios de la policía soviética. Cuatro autos se hallaban estacionados frente a la embajada y a través de la calle se extendía un doble cordón de soldados del Ejército Rojo. Las puertas del edificio de la embajada estaban arrancadas.

— Bueno, camarada Relinsky, ¿ha venido usted a ver nuestro jolgorio?

Reilly se volvió, para encontrarse frente a frente a un joven y sonriente soldado del Ejército Rojo con quien había hablado varias veces a guisa de camarada Relinsky, de la Cheka.

— Dime, camarada, ¿qué ha sucedido? -preguntó apresurado Reilly.

— Que la Cheka anda buscando a un llamado Sidney Reilly.

Más tarde supo Reilly lo sucedido. Después del asesinato de Uritsky, las autoridades soviéticas de Petrogrado habían enviado agentes de la Cheka a cercar la embajada británica. En el piso alto del edificia, los miembros del personal de la embajada, bajo la dirección del capitán Cromie, estaban quemando papeles comprometedores. El capitán Cromie corrió hacia abajo y echó los cerrojos a la puerta en la cara de la policía secreta soviética. Los policías entonces echaron abajo la puerta, y el desesperado agente británico se enfrentó con ellos en la escalera, con una pistola Browning, automática en cada mano: disparó, y mató a un Comisario y a varios otros funcionarios. Los agentes de la Cheka respondieron al fuego, y el capitán Cromie cayó, con la cabeza atravesada por un balazo...

Reilly pasó lo que le quedaba de aquella noche en casa de un terrorista social-revolucionario llamado Serge Dornoski. Por la mañana, mandó a Dornoski en excursión de reconocimiento y para averiguar cuanto pudiera. Dornoski volvió con un ejemplar del periódico comunista oficial, Pravda. La sangre correrá por las calles -dijo-. Alguien disparó contra Lenin en Moscú. ¡Pero, desgraciadamente, erró el tiro! Puso el periódico en manos de Reilly. En llamativos titulares se daba la noticia del atentado contra la vida de Lenin.

La noche anterior, cuando salía Lenin de la fábrica de Michelson, donde había hablado en un mitin, una terrorista social-revolucionaria llamada Fanya Kaplan le había disparado dos tiros a quemarropa al jefe soviético. Las balas estaban hendidas y envenenadas. Una de ellas le había penetrado a Lenin en el pulmón, por encima del corazón; la otra le había entrado por el cuello, muy cerca de la arteria yugular. Lenin no había muerto, pero se decía que su vida pendía de un hilo.

El revólver con que Fanya Kaplan había atentado contra Lenin le había sido entregado por el cómplice de Reilly, Boris Savinkov. Más tarde, el mismo Savinkov reveló el hecho en sus Memorias de un Terrorista.

Con una pequeña pistola automática liada bajo el brazo, para usarla en cualquier emergencia, Reilly salió inmediatamente en tren para Moscú. Durante el camino, al día siguiente, compró un periódico en el entronque de Klin. Las noticias eran las peores posibles. Había un relato detallado de toda la conspiración que él encabezada, incluso del plan de fusilar a Lenin y a los demás jefes soviéticos, apoderarse de Moscú y Petrogrado y establecer una dictadura militar bajo la alta jefatura de Savinkov y Yudenitch.

Reilly siguió leyendo con creciente consternación. René Marchand, el periodista francés que se hallaba presente en la reunión celebrada en el consulado general americano, había informado a los bolcheviques de todo cuanto se trató allí.

Pero faltaba el golpe final.

El coronel Berzin, el jefe de la guardia letona, había declarado que el capitán Sidney Reilly era el agente inglés que había tratado de sobornarlo con la oferta de dos millones de rublos, para que entrara en una conspiración que se tramaba para asesinar a los jefes soviéticos. La prensa soviética publicaba, además, la carta que Bruce Lockhart le había entregado a Berzin para que pudiese pasar a través de las líneas inglesas en Arkangel.

Lockhart había sido arrestado en Moscú por la Cheka. Otros oficiales, funcionarios y agentes aliados estaban siendo buscados y puestos bajo custodia.

En todo Moscú se había pegado en las paredes carteles que, contenían la descripción de Reilly. Y se mencionaban todos sus seudónimos -Massino, Constantine, Relinsky-, a la vez que se le proclamaba fuera de la ley. La cacería había empezado.

A pesar del evidente peligro que ello entrañaba, Reilly siguió en viaje y llegó a Moscú. Localizó a la bailarina Dagmara, en casa de una mujer llamada Vera Petrovna, cómplice de la frustrada asesina de Lenin, Fanya Kaplan. Dagmara le contó a Reilly que su domicilio había sido registrado varios días antes por la Cheka. Ella se las había, arreglado para ocultar dos millones de rublos que tenia en billetes de a mil rublos -parte del dinero que empleaba Reilly para la conspiración. Los agentes de la Cheka no la habían arrestado, sin que ella supiera por qué: quizás creyeran que dejándola en libertad y siguiéndola, podrían llegar, por ella, hasta Reilly.

Pero, teniendo a su disposición los dos millones de rublos que le había entregado Dagmara, Reilly no era pieza fácil de cazar. Disfrazado ahora de mercader griego, luego de ex-oficial zarista, más allá de funcionario soviético, y otras veces de simple obrero comunista, se mantuvo en movimiento constante, dando esquinazo a la Cheka.

Un dia se encontró con su antiguo auxiliar en Moscú, el capitán George Hill, del Servicio secreto inglés, que hasta entonces había logrado salvarse de la red bolchevique. Los dos agentes revisaron y comprobaron listas de nombres y direcciones. Reilly descubrió que una parte considerable de su antiguo mecanismo antisoviético permanecia intacta. Le pareció que aún quedaba esperanza.

Pero, al revés que Reilly, el capitán Hill consideraba que todo había terminado. Había oído decir que se estaba preparando un canje, de prisioneros entre el gobierno soviético y el inglés. Los rusos iban a libertar a Lockhart y a otros a cambio del regreso a la patria, en condiciones de seguridad, de varias personalidades representativas soviéticas, entre ellas Máximo Litvinov, a quienes las autoridades británicas habían arrestado en Inglaterra.

— Yo voy a entregarme -dijo el capitán Hill. Y le aconsejó a Reilly que hiciera otro tanto.

Pero Reilly no estaba dispuesto a admitir la derrota. Regresaré a Inglaterra sin permiso de los Pieles Rojas, -le contestó a Hill. Y le apostó a su cómplice que se reunirían en Londres, en el Hotel Savoy, dos meses después (5).

Reilly permaneció en Rusia algunas semanas más, recogiendo material de espionaje y aconsejando y alentando a los elementos antisoviéticos que aún seguían laborando. Luego, después de una serie de episodios de evasión en que muchas veces escapó por un pelo, logró salir del país, por medio de un falso pasaporte alemán, hacia Bergen, Noruega, y de allí embarcó para Inglaterra.

De vuelta en Londres, el capitán Reilly rindió informe a sus superiores del Servicio secreto inglés. Lamentaba profundamente las oportunidades perdidas. Si René Marchand no hubiera sido un traidor..., si el coronel Berzin no hubiese resultado un puritano..., si la fuerza expedicionaria hubiera avanzado con mayor rapidez por el Vologda..., si yo pudiera haber combinado con Savinkov...

Pero de una cosa seguía Reilly plenamente seguro: el hecho de que Inglaterra estuviese todavía en guerra con Alemania era un error. Deberían cesar inmediatamente las hostilidades en el frente occidental y formarse una coalición contra el bolchevismo. El capitán Sidney George Reilly seguia clamando:

¡Paz, paz a cualquier precio, y en seguida, un frente unido contra los verdaderos enemigos de la humanidad!

La Revolución de Octubre y las nacionalidades oprimidas

de Henri Barbusse: Stalin, un mundo nuevo visto a través de un hombre,
Edfitorial Cénit, Madrid, 1935, pgs.99 a 123.

En los días de Octubre Stalin fue nombrado Comisario de] Pueblo para las Nacionalidades (funciones que había de desempeñar hasta 1923).

El problema de las nacionalidades o la homogeneidad en la heterogeneidad.

Hace unos diez años [1924] Stalin declaró en circunstancias solemnes que si la primera base de la República de los Soviets es la alianza de los obreros y los campesinos, la segunda base de la República es la alianza de las diferentes nacionalidades: rusos, ucranianos, bachkires, rusosblancos, georgianos, azerbedyaneses, armenios, daghestanos, tártaros, kirghises, usbekeses, tadyekistanos, turkmenos.

Después de la demolición de los dos viejos regímenes -el zarista y el burgués, el de tres siglos y el de seis meses-, Stalin se les aparecía a todos, y en primer término a los de las primeras filas, a Lenin y al Comité Central, como uno de los teóricos y de los trabajadores más calificados en esta cuestión de las nacionalidades. Y hoy se le considera como el que mejor la conoce en la Unión Soviética.

Cuestión capital; cuestión del esqueleto del nuevo Estado, en particular, y del esqueleto geográfico del socialismo en general. Esta cuestión se plantea sobre el trazado lineal de Rusia y sobre el enrejado de rayas y puntos de todo el mapamundi.

Nosotros, los occidentales, acostumbramos a llamar rusos a los ciudadanos de la nación que se extiende desde Polonia hasta Alaska cogiendo ocho mil kilómetros de la cintura del globo. Pero esto no es sino una manera de expresarse sumaria, abreviada y, por así decir, simbólica. Porque Rusia no es más que uno de los países que constituyen la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. No una provincia, sino un país, una República. Además de Rusia existen en los dos mil millones de hectáreas de la Unión una docena de naciones y un centenar de pequeños países o aglomeraciones étnicas diferentes que se engranan en la Federación actual después de haber sido incluídas sin orden ni concierto en el patrimonio de la familia rusa instalada bajo las pintadas bóvedas del Kremlín. La Rusia propiamente dicha es únicamente la más importante de estas naciones, y en una ciudad rusa se encuentra el centro administrativo de este territorio que abarca la mitad de la vuelta al mundo (para administrarse siempre hace falta un centro administrativo); pero el georgiano es georgiano y el ucraniano, ucraniano; tienen tanto de rusos como vosotros y yo.

Estas regiones y estos pueblos anexionados por la violencia bajo los zares, eran retenidas también por la violencia en el seno nacional, y entonces nacional quería decir -y cuán brutalmente- ruso. Rusificación, desnacionalización, revoco ruso desde la estructura hasta la mentalidad: las fronteras, borradas por las suelas de las botas militaras; la lengua nacional, ahogada a gritos por la rusa. Como ya hemos visto de pasada a propósito de Georgia, para el poder central petersburgués y moscovita, para el hombre sagrado de franjas de oro que alzaba el puño desde el Palacio supremo sobre todas las Rusias, tratábase de hacer cambiar de piel a la población extranjera colonizada. Y de su palacio salían leyes corrosivas destinadas a disolver hasta en la sangre la originalidad étnica de las razas.

Estas razas se encuentran en la actualidad bajo un régimen completamente dístinto, como consecuencia lógica de los principios socialistas. Y estos principios que resuelven, por encíma de la constitución del Estado obrero y campesino, una cuestión básica de la cívilización mundial y plantean ideológicamente esta cuestión en el plano internacional, realizándola efectivamente en un plano nacional ampliado, estos principios tuvieron y tienen aún en Stalin su mejor intérprete. Entre todas sus especialidades, ésta es una de las más prestigiosas, y los otros especialistas soviéticos en la materia reconocen que se han educado con la lectura de sus artículos, publicados en los años que precedieron a la guerra, en la revista Prosvechtchenie.

Por otra parte, la oposición instintiva contra el ruso, la fobia por la dictadura de Rusia (incluso en el terreno socialista) señala, como ya hemos observado, la primera fase de la historia de la propaganda revolucionaria en el seno de este continente heteróclito que era el Imperio ruso. Desde los orígenes del Partido hubo corrientes nacionales y nacionalistas que crearon antagonismos entre los obreros, ínfiltrándose una desconfianza general contra el proletariado ruso.

Ya en 1905, los obreros polacos y lítuanos -entonces súbditos rusos- tenían sus partidos socialdemócratas distintos, no pertenecientes al P.O.S.D.R. (partido obrero social-demócrata ruso). Muchos obreros judíos procedían de igual manera (Bund Obrero Judío) .

Hasta el IV Congreso socialdemócrata, el de Estocolmo en 1906, no tuvo lugar la adhesión al partido ruso de los partidos lituano y polaco y del Bund. No obstante, la dureza de las represiones imperiales después de la revolución de 1905 provocó, como era natural, un recrudecimiento tal de los viejos brotes de nacionalismo y de pequeño nacionalismo, por así decir, que la difusión general de esta resistencia étnica tuvo como resultado mecánico el nuevo apartamiento de los diversos proletariados nacionales del proletariado ruso.

Los principios fundamentales del programa y de la táctica del Partido sobre las cuestiones nacionales, formulados en 1913 por los artículos de Lenin y de Stalin, fueron presentados en una resolución a una Conferencia del Partido en agosto de 1913.

He aquí sus puntos más importantes: Derecho de las nacionalidades a disponer de sí mismas hasta la separación de la Rusia zarista. Para las que deseen participar en una Federación, en una unión de gobiernos nacionales, autonomía terrítorial, supresión de la lengua oficial única (rusa), derecho a las lenguas locales (incluso las de las minorías), emancipación de la garra del yugo nacional (ruso) bajo todas sus formas.

Así, pues, Lenin y Stalin, al elaborar esta fórmula marxísta de las nacíonalídades -tan deliberada y peligrosamente consecuente consigo misma, puesto que presuponía la dislocación terrítoríal del viejo imperio- insertaban sin escapatoria y esclareciéndola hasta el fondo la cuestión nacional en la cuestión revolucionaria. Abrían paso con largueza -hasta el límíte- a las posibilidades de conservar la unidad de cada agrupamiento étnico dentro del conjunto denominado Rusia (no siendo sólo la autonomía étníca un factor moral respetable en sí, sino también un factor de vitalidad y de creación), sin perder de vista la unidad del conjunto que ofrece un interés práctico consíderable.

Por otra parte, esta unidad de conjunto era fortalecida concretamente por la de la red socialista (tanto política como sindical), única y homogénea.

La tesis leninista y staliniana que mezcla íntimamente la teoría con la práctica, que suelda orgánicamente la idea y la acción (el marxísmo, en su carácter de ciencia aplicada, necesita inventores en lucha con la realidad que les empuja sin descanso hacia el porvenir), era claramente opuesta a la tesis austro-marxista designada con el nombre de autonomía nacional cultural y que tenía sus defensores en la social-democracia. Los oportunistas austríacos preconizaban en substancia la existencia de bloques nacionales integrales a los que el socialismo debía acomodarse. Esto conducía a un separatismo socíalísta: en el plan de estos catastradores ideales era el socialismo el que resultaba nacionalizado, en vez de ser el nacionalismo el que se socializara. Recortábase el socialismo en trozos distintos por toda la superficíe del imperio de Nicolás II. Este supuesto perfeccionamiento era una necedad y Lenin y Stalin se alzaron contra él. Admitir hasta en el dominio específico -y nuevo- del socialismo la delimitación nacional y el respeto de las fronteras era rebasar la medida peligrosamente y desequilibrar la dosificación de la autonomía deseable y de la unidad conveniente. Semejante cosa estaba en pugna con el sólido buen sentido arquitectónico del marxismo.

En el entretanto llegó la primera barredura de febrero y el desmoronamíento del trono. Stalin fue el encargado de hacer el informe sobre la cuestión nacional en la Conferencia del Partido bolchevique de abril de 1917. No bastaba proclamar la igualdad formal de los pueblos. Esto no hubiera tenido más resultados prácticos que la proclamación de la Igualdad por la Revolución francesa (Manuilski). Era menester llegar más lejos y más a lo hondo. Stalin propuso la adopción de la concepción preconizada bajo el zarismo. Esta teoría fue aceptada, aunque no sin discusión, porque Piatakov y algunos otros congresistas se oponían a la cláusula que establecía el derecho de independencia de las nacionalidades hasta la separación, cláusula cuyas consecuencias eventuales les asustaban (1).

Conviene hacer notar y resaltar hasta qué punto la adopción de esta tesis de las nacionalidades, audaz en efecto en su magnanimidad y en su honradez socialistas, ha servido a los intereses de la lucha revolucionaria. Gracias a ella el Partido bolchevique pudo presentarse ante las masas obreras y campesinas como lo que verdaderamente era; es decir, como el único partido que luchaba de una manera consecuente contra la opresión nacional zarista, que Kerenskí, auxiliado por los mencheviques, quería proseguir.

Este dogma de emancipación étnica, este rompimiento de cadenas, unidos al de la emancipación social, a las consignas de paz, tierra y control obrero de la producción, ensambladas las aspiraciones nacionales y el socialismo, sirvieron para hacer prosperar decisivamente la preparación de la Revolución de Octubre. La actitud de los bolchevíques ante el problema de las nacionalidades les atrajo las simpatías de todos y no acarreó desgajamíentos nacionales como hubiera podido temerse. Y en este caso triunfó completamente una vez más la sabiduría clarividente, en su plenitud audaz. Sí Koltchak y Deníkin han sido vencidos -ha escrito Stalin- ha sido porque hemos contado con la simpatía de las nacionalidades oprimidas.

Del otro lado de Octubre, tras la segunda barredura europeooriental y la eliminación del zarísmo democrático que era la dominación burguesa, Stalin se convirtió normalmente en el dirigente autorizado de la política del partido en la cuestión nacional.

La Declaracíón a los Pueblos de Rusia fue uno de los primeros actos legislativos del Gobierno soviético. Formulada y escrita por Stalin, esta declaración decretaba:

La Igualdad y la Soberanía de todos los Pueblos de Rusia. El derecho a disponer de sí mismos, llegando hasta la separación y la formación de un Estado independiente. La abolición de todos los monopolios y todos los privilegios nacionales (rusos) y religiosos (ortodoxos). El libre desarrollo de las minorías nacionales y de los grupos etnográficos situados en el terrítorío de la antigua Rusia.

Esto significaba para las nacionalidades que aceptasen la federación una unión general de orden exclusivamente administrativo y un máximum de facilidades para el florecimiento nacional. Los diferentes pueblos formaban entre sí una sociedad de independencia mutua.

Otro documento capital, aparecido en 1917 y firmado por Lenin y Stalin, se dirigía a todos los trabajadores musulmanes comprendidos en las fronteras del ex imperio europeo-asiático de los zares. Estos constituían la parte más atrasada y más oprimida de la población denominada rusa. El Gobierno soviético anunciaba que una de sus primeras tareas consistiría en elevar al nivel de las demás a estas poblacíones dispersas por millones en el Turquestán, Síbería, el Cáucaso y el Volga.

Detengámonos ante esta solucíón majestuosa, tan humana y tan moral, del más inextricable y trágico de los problemas contemporáneos con la idea de que puede aplicarse tanto a las regiones de un país como a los países de un continente y del mundo entero. Trágico es, en efecto, este problema, porque la cuestión de las relaciones de las naciones entre sí -la cuestión de la paz y de la guerra- ha sido el sangríento círculo vicioso de toda la historia moderna. El sentimiento nacional y la paz son en principio estricto antagónicos. Quien dice nación dice irradiación, dice apetito, dice devoramiento. No hay ningún caso en que el devoramiento entre naciones no se haya consumado en la medida de las posibilidades materiales. Por otra parte, la política de lucro individual y de conservación social del capitalismo agrava y cultiva sistemáticamente la catástrofe latente. El resultado defectuoso de las centralizaciones históricas es el bloque (entre fronteras discutibles) de un puñado de explotadores y masas de explotados, bloque dirigido contra las masas de los países vecinos, siendo así que el buen sentido nos pide un agrupamiento diferente de los hombres por afinidad de intereses. No puede negarse que en el universo el capitalismo destructor se halla incrustado hoy día en la geometría de los límites nacionales y que el deseo de emanciparse mediante un acuerdo general tropieza sobre todo con el obstáculo macizo del culto nacionalista que impregna a la humanidad trozo a trozo y atiborra de ambiciones exclusívístas y explosivas a cada fragmento del jeroglífico terrestre que lleva un nombre propio. Por eso la propaganda esencial del capitalismo (y de modo más apremiante y más intenso en la hora actual, en la coyuntura de lucha social a que han conducido las crisis económicas y cierta penetración de las ideas a las generaciones presentes) consiste en cultivar y exasperar hasta el paroxismo el nacionalismo de las muchedumbres, el aislamiento agresivo de las patrias, el compartimentaje feroz del mapamundi, puesto que de este estado de espíritu enfermizo, de este estado de cosas desequilibrado, depende el propio destino del capitalismo.

Mas he aquí que los hombres de Octubre, que realizaron su revolucíón precisamente en el seno de una yuxtaposición sumamente variada de razas y países (2) -y en donde, por añadidura, una larga tradición de opresión había hipertrofiado muchas veces el nacíonalísmo-, he aquí que estos hombres han hecho ver por vez primera la solución razonable y seria de este inveterado antagonismo jalonado por todo el planeta, la fórmula lógica que sintetiza las dos exigencias irreductibles de la personalidad de un país y de la solidaridad práctica y sitúa el patriotismo no contra, sino dentro del socialismo.

El secreto de la gran fórmula estriba en seleccionar y clasificar con exactitud las dos aspiraciones fundamentales de la libertad individual y de la unión recíproca; estriba en asignar a cada una sin confusión y sin intromisión su campo de expansión y sus medios propios, de suerte que puedan desarrollarse paralelamente y no una en detrimento de la otra.

La originalidad étnica, la personalidad moral e intelectual colectiva, la cultura nacional, el alma nacional, todo lo que se expresa en la tradición y el folklore, en la producción artística y espiritual y también en ciertos sentimientos familiares y cierto orgullo filial, todo lo que es servido por la lengua materna (la lengua, esta máquina dúctil que motoriza y perfecciona el espíritu y el corazón de los pueblos); todo eso, no sólo conservado, sino aun enriquecido, y no sólo desde el punto de vista nacional, sino también regional (lo que supone un mayor acercamiento a la realidad). Casi exageración aparente del respeto a las minorías étnícas que lleva en el siglo XX a los sabios de Moscú a crear alfabetos para captar y fijar tradiciones espirituales milenarias en el seno de pequeñas minorías perdidas a lo lejos y para permitirles que se despierten, renazcan y se desarrollen con arreglo a sí mismas. Es demasiado, es una locura, asegura la mezquina sabiduría miope. Pero la sabiduría grande y clarividente no es del mismo parecer.

En cuanto a la tradición religiosa nacional, que no es casi nunca de origen nacional, sino que es, en la mayoría de los casos, una aportación extranjera (Dios viene de alguna otra parte, como el zar y el funcionario ruso), se la deja en el sitio en que está, sometiéndola simplemente a ese régimen moral de derecho común, si así puede decirse, en el que se estrella el error en todo medio que se instruye y se educa.

Las individualidades colectivas que consiguen así la emancipación y la autonomía en todo este sector específicamente íntimo y nacional quedan unidas, sin embargo, por ciertos lazos. ¿Cuáles? Lazos de orden administrativo, práctico, físico, que aseguran a la totalidad de las partes adheridas una salud y una potencia de las que se beneficia directamente cada una de ellas. La misma dirección suprema para el ejército, las finanzas, la política exterior. La unificacíón de todas las riquezas y todos los recursos naturales de la Unión. Esta ligazón garantiza a cada una de las partes un gran beneficio en el terreno temporal y concreto. Semejante organización permite, en efecto, realízaciones de conjunto: planes económícos, trabajos de interés general, orientaciones razonadas, una mayor riqueza y amplitud en la distribución de la producción, multiplicación de la prosperidad de todos y cada uno en la proporción matemática de la extensión de la actividad colectiva. Añadamos aún una gran potencia militar proporcionada ipso facto a cada uno de los Estados de la Unión, incluso a los más débiles.

En otros términos: las naciones son independientes en el terreno en que tienen un interés moral en serlo y están unidas en aquello que conviene a su interés material. Esto significa, por lo tanto, sustituir en toda la línea con beneficios reales las ligaduras brutales a la vez que frágiles impuestas antaño por la violencia de los zares, que se intitulaban pomposa y falazmente unificadores de las tierras rusas.

Entre el moscovíta y el tártaro, entre estos dos extranjeros, existen diferencias reales: estas diferencias son redimidas, cultivadas, perfeccionadas. De ello se hace una ley nacional. Pero entre estos dos hombres existen semejanzas: necesidades comunes, derechos idénticos e iguales a la vida, a la paz e incluso derechos comunes de propiedad. También de esto se hace una ley general. Tal es el punto de vista con el que los constructores soviéticos del porvenir consideran el mapa de los países engarzados en sus fronteras étnicas (fronteras positivas o ideales). Primeramente, el mínimum indispensable de vínculos comunes para asegurar la seguridad y la prosperidad de la vida colectiva. Después, el máximum posible de florecimiento nacional.

Frente a un mundo en el que la paz entre las naciones es una fórmula literalmente absurda, puesto que cada una de las setenta y cinco naciones contemporáneas no persiguen otro fin (confesado por unas y disimulado por otras) que vivir en detrimento de las demás; frente a esto, la fórmula soviética, que se sirve del nuevo ideal de solidarídad social para perfeccionar el ideal antiguo, desarmándole y situándole en su sitio, colma todas las aspiraciones. Eso sin hablar del entusíasmo suplementario que infunde al continente organizado de tal manera e incluso al mundo entero.

¿Qué objeciones pueden hacerse a esta concepción, incluso si abandonando por un instante el propio hogar continental se la considera desde muy alto, desde todo lo alto que se puede subir sin perder de vista la tierra y la época (porque más arriba no se llega sino al ideal sin relieve y muerto de los íconos, de las linternas mágicas y de las páginas sagradas)? No se puede objetar nada profundo ni sólido. Esta concepción no puede molestar -entre los grandes países- sino a los siniestros megalómanos que dicen: mi raza tiene que dominar en el mundo a todas las demás y el nacionalismo de los cuales adopta la forma infecciosa del expansíonismo. No puede molestar -entre los países pequeños- sino a los monomaníacos fanáticos que se emborrachan con la palabra autonomía y prefieren a todo, incluso a todos los progresos, un aislamiento absoluto, incompatible con las exigencías brutales de la solidaridad universal y que les obliga a vegetar penosamente y cada vez con menos dignidad en espera de que se los traguen las fauces de algún gran monstruo imperialista.

Porque para los países débiles o atrasados (que constituyen la mayoría del conjunto ruso) el sistema es muchísimo más ventajoso e inteligente, cualquiera que sea el punto de vista desde el que se le mire, que el sistema de la independencia pura y simple: federadas, las nacionalidades cooperan a una obra común y viven científicamente en paz una con otra. Extranjeras, practican entre sí, no la cooperación, sino la concurrencia, la cual se convierte por la fuerza de las cosas en antagonismo y en hostilidad, con todas las cargas, todas las servidumbres, todos los peligros -¡y todas las capitulaciones!- que forman su eje. Las nacionalidades soviéticas son a la vez pequeñas y grandes; pero si abandonasen la Unión serían sólo pequeñas sin nínguna compensación.

Todo esto no es -o mejor dicho, ha dejado de serlo- pura teoría abstracta como lo fue en un momento dado. La historia reciente del país soviético ilustra el principio de esta grandiosa discriminación colectiva de lo temporal y lo espiritual con minuciosos ejemplos vivos de una luminosa evidencia: numerosos países atrasados que en el seno de la Unión han franqueado con quimérica rapidez las primeras etapas del progreso y del bienestar, a la vez que del desarrollo nacional gracias a la ayuda enorme del centro, es decir, del conjunto; numerosas razas en otro tiempo enemigas encarnizadas, enemigas legendarias, que viven hoy en una paz recíproca completa. Haber llegado a conseguír que las fronteras entre los Estados no tengan ya sino una importancia administrativa (informe de Manuílski al V Congreso mundial), es verdaderamente decretar la ley de la paz. Para quien conoce las luchas intestinas de antaño es cosa de maravilla observar esta fraternización lógica al ir de un lado a otro. No es posible acoger todos estos fenómenos sin emoción cuando se quiere ser objetivo.

Mas para volver al comienzo de este extraordínarío panorama de transformaciones conviene hacer notar que la aplicación de la nueva política de las nacionalidades sirvió de gran ayuda para la pacificación del inmenso territorio emancipado de los zares del knut y de los zares de las finanzas. Permitió la liquidación, como allí se dice, de los gobiernos contrarrevolucionarios (Ucrania, Turquestán, Transcaucasia), y es menester repetir aquí que únicamente la intervención de los ejércitos alemanes permitió a la contrarrevolución hacerse fuerte en las fronteras y acarreó la caída del Poder soviético en Ucrania, en la Rusia blanca, en Finlandia y en los países bálticos. (Sólo consiguió restablecerse la situación en Ucrania y en la Rusia blanca.)

Esta misma política con relación a las razas y las minorías nacionales permítíó asestar los golpes de gracia que acabaron con Koltchak y Denikin, y después de vomitar a los blancos, el nuevo Estado pudo, gracias a ella, movilizar a grandes bloques de población en nuevas Repúblicas.

Esta política servía tan manifiestamente los intereses de las colectivídades que éstas se pasaron a los Soviets en la medida en que pudo dárseles a conocer y también en la medida en que se las conocía a ellas y se les hablaba en el lenguaje conveniente. Y en este sentido desempeñaron un papel decisivo la competencia y la valía del hombre que se dirigía a ellas.

En 1922, creación de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. El nombre de Stalin va ligado indisolublemente a esta gran fecha histórica. La Constitución de la U.R.S.S. es fundamentalmente esta desbordante ley elaborada por la minoría revolucionaria bajo el zarismo. Puede resumírsela así: establece o, mejor dicho, propone: Una estrecha unión económica y militar, al mismo tiempo que una independencia amplísima y una libertad de desarrollo completa de todas las culturas nacionales, una destrucción sistemática de todas las supervivencias de desigualdad nacional, una ayuda poderosa de los pueblos más fuertes a los más débiles (N. Popov).

Lancemos aún tres rápidas ojeadas al Sur, al Este y al Oeste.

En esta Transcaucasia en donde Stalin había comenzado a escondidas a incendiar el corazón de las muchedumbres, en esta región de los hermanos enemigos donde todos los elementos de la población se destrozaban entre sí, la política soviética de las nacionalidades ha producido un hecho casi milagroso: la desaparición completa no sólo de las luchas, sino de los odios de razas que fermentaban allí desde hacía siglos, y eso a pesar de los mencheviques, los dachnaks y los musavatistas, seudo-socialistas que fueron por un instante dueños del Poder en los tres países transcaucasianos y que se aprovecharon de ello para reanimar todas las guerras intestinas, para sembrar la ruina en el terrítorio, a la vez que pedían la intervención extranjera. En la Georgia actual, en Armenia y en el Azerbedyán se lee claramente este axioma: para un país pequeño no hay fórmula que le asegure tanta libertad como la fórmula soviética.

Divertida imagen y de dimensiones legendarias es la inspirada por esta cuestión a un campesino abjasíano cuyo espíritu sencillo y honrado había sido iluminado por el socialismo: Si un elefante ve en la llanura a unos niños que juegan y, queriendo protegerlos contra la tempestad se acuesta encima de ellos, los protege, sin duda, pero a la vez los aplasta. Ahora bien, nosotros los abjasianos nos sentimos realmente protegidos de la tempestad por el elefante soviético... porque Stalin le sostiene las patas.

Ucrania. La cuestíón de Ucrania era de una importancia capital. Ucrania, violentada durante tanto tiempo por el despotismo zarista, que le inoculaba a la fuerza la rusificación como una enfermedad, se convirtió después de Octubre en un teatro tumultuoso de guerras civiles, lucha de los obreros y de los campesinos ucranianos contra la Rada, lucha de los obreros del Donetz contra las bandas de Kaledin, ocupación alemana de Ucrania; derrocamiento del Directorio, falsamente democrático, y del Poder del atamán Petliura, que no se molestaba en adoptar disfraces democráticos; intervención de la Entente (escuadra del mar Negro), invasión de Ucrania por Denikin, lucha contra los polacos blancos, lucha contra Wrangel. En Ucrania el sentido de la política seguida y de la táctica puesta en práctica era de un alcance decisivo.

Stalin, que fue enviado allí, como se recordará, en 1918, no se ocupó solamente de la cosa militar, sino también de la situación económica y política. En marzo de 1920 acudió como representante del Comité Central a la IV Conferencia del Partido en Ucrania, y en 1923 tomó parte en la IV Conferencia Nacional, después del XII Congreso del Partido, Stalin ha subrayado claramente la enorme importancia de una política nacional justa en Ucrania, tanto desde el punto de vista interior como desde el punto de vista ínternacíonal. Por lo demás, a la hora de ahora las miras que convergían en Ucrania siguen convergiendo aún: Polonia (primero en complicidad con Francia, y después con la Alemania fascista) y la Alemanía hitleriana por su propia cuenta no ocultan sus apetitos, urden intrigas cosidas con hilo blanco y están al acecho. Una especie de complot clandestino permanente trata de minar a esta República adherida leal y plenamente a la Unión.

Del lado opuesto al de la barbarie europea, en el Asia central, la cuestión de la sovietización ponía y pone aún en juego la cuestión del Extremo Oriente, así como la de la colonización imperialista y capitalista en general. En lo que respecta a la intervención socialista, es decir, de la Internacional Comunista y del poder soviético en la cuestión colonial, Stalin ha escríto: La Rusia zarista era el nudo de las contradicciones imperialistas. Hallábase situada en la frontera que separa Oriente de Occidente, y ponía en contacto dos órdenes sociales propíos tanto de los países capitalistas altamente desarrollados como de las colonias. Era el principal apoyo del imperialísmo occidental, que ponía en relación al capital occidental con las colonias de Oriente. Por estas razones, la revolución en Rusia es el punto de contacto de las revoluciones proletarias de los países capitalistas más desarrollados con las revoluciones coloniales. Por esto mismo, su experiencia, la experíencía del Partido Comunista de la Unión Soviética tiene un valor mundial.

Sin embargo, en los comienzos del poder soviético existía una concepción asiática bastante especial del problema de las nacionalidades. Traducíase por fuertes tendencias colonizadoras, es decir, por el propósito de someter a tutela al país lejano, por una preponderancía del elemento ruso en la elaboración y funcionamiento de la asimilación soviética. Eran obreros rusos y militantes rusos los que se trasladaban a Asia, dírigían todo y lo solucionaban todo por sí solos, quedando las poblaciones al margen del socialismo, según la expresión de Stalin.

Esto no estaba de acuerdo con uno de los principios del marxismo leninista, principio singularmente aprecíado por Stalin: el de la participación clara, directa, consciente de todos en la obra común. Por lo tanto, Stalin lucha encarnizadamente contra estos brotes de exclusivismo moscovita mezclados a la racionalización socialista, contra la práctica de métodos que se asemejaban demasiado a métodos de protectorado o métodos coloniales para con el indígena sovíético, sistema falso en la teoría e inhábil en la práctica.

Stalin se dedicó a incorporar íntimamente a estas poblaciones a su propia edificación, a poner en sus manos su propio progreso a la vez que su nacionalidad, y de esta manera convirtió su socialismo pasivo en socialismo activo. Esto se consiguió mediante grandes esfuerzos económicos, de los que se beneficiaron estas vastas regiones periféricas, esfumadas hasta entonces en la neblina de la Siberia.

De acuerdo con este espíritu, se procedió a la revisión del régimen subalterno del Turquestán (que adquirió a partir de entonces un desarrollo económico considerable) y a una nueva y reflexiva delimitacíón nacional del Asia central. Créaronse varias repúblicas: Usbekistán, Turkmenistán, Tadyekistán, República Kirguís.

Todo este Oriente soviético, tan amenazado hoy por el ímperialismo extranjero (el japonés) provocador, modernizado en el mal sentido y armado hasta los dientes, que olfatea en la vanguardia, y todos los que están detrás), todo este Oriente se encuentra fuertemente defendido por el ideal socialista justo, positivo y rico que se ha apoderado de las poblaciones.

Y henos ya de lleno en el problema chino. El territorio monstruo, que pesa tanto como el de Europa; la multitud que bate el record de las multitudes desde la aurora de los tiempos, han tenido también su pseudo-revolución. También esta revolución no hizo en un principio nada más que serrar los pies de un trono prestigioso, y después de la muerte de Sun-Yat-Sen, entregar China a una pandilla de personajes cuya doble finalidad era impedir su emancipación total y amasar fortunas particulares fabulosas. Víctima ayer y hoy del bandídaje extranjero, la desgraciada China es víctima también del bandidaje interior. El Kuomingtang, el partido que detenta el poder, y los generales más ricos en soldados que llevan al Kuomingtang del ronzal tienen una bestía negra: el comunista. Y la misma bestía negra tienen los japoneses y los grandes países occidentales. Por lo demás, lo mismo que a los comunistas se extermina a los liberales, y el gobierno chino hace enterrar vivos a los escritores que hablan de justicia. Ahora bien, existe un gran partido comunista chíno, que al revés del amasijo gubernamental y militar aferrado a China y sometído a las grandes potencias, se esfuerza por redimir al gigantesco país de su suerte lamentable.

Lo ha conseguido ya en una inmensa región, a la que ha empezado a transformar en el sentido del progreso socialista, y ha logrado rechazar y dispersar con su ejército de un millón de hombres las cinco grandes ofensivas desencadenadas contra él por los bandídos oficiales y extranjeros. Aproximadamente una cuarta parte de Chína, con cien millones de habitantes, es roja en la actualidad, y esta nueva China no aspira nada menos que a extenderse por todo el territorio chino. Ahora se desarrolla la sexta campaña, dirigida en persona por Chang-Kaí-Chek, el gran saboteador de China, auxiliado por el general alemán von Seekt, al frente de un ejército de seiscientos mil hombres, con ciento cincuenta aviones y doscientos cañones. Este ejército prosigue el cerco de la China soviética -o al menos intenta este cerco- con ayuda de todo un sistema de fortalezas que edifica a medida que avanza. Esta sexta ofensiva contra la China emancipada ha costado hasta ahora a la China blanca parasítaria mil millones de dólares chinos y cíen mil hombres. Los chinos blancos se han apoderado, según dicen, de Chuikin, capital de la China soviética. Pero la táctica del ejército rojo ha sufrido mientras tanto una modificación lógica: su campaña ofensiva se ha desplazado, abandonando una parte de sus viejas posiciones, el ejército rojo prosigue en otras regiones un avance triunfante, que le compensa ampliamente con nuevas conquistas de sus pérdidas territoriales momentáneas. La situación se presenta hoy para el ejército rojo con aspecto favorable, hasta el punto de que parece seguro que conseguirá, no sólo destrozar la invasión blanca, sino entrar en contacto con las fuerzas japonesas y cumplir su objetivo: la guerra santa de defensa nacional revolucionaria del pueblo chino contra el imperialismo japonés. Todos los espíritus libres del mundo deben hacer votos por que lo consiga, poniéndose término así al martirologio de un continente. Para un ojo clarividente y positivo no es posible ya leer la fórmula la China para los chinos sino como la China soviética.

Stalin ha dedicado una especial atención al partido comunista chino y a los heroicos esfuerzos de los Soviets en China. En 1926 dirigió personalmente una importante rectificación de la línea del partido chino en la comisión china del Komintern. Su intervencíón, memorable en los anales de la Internacional Comunista, tuvo por objeto combatir los errores y las faltas derivados de la desconfianza en la revolución obrera y campesina y cierta tendencia a considerar que la revolución china había de quedarse en revolución democrático-burguesa. Y todas las medidas que él preconizaba han sido justificadas ulteriormente por los acontecimientos.

Esta política de las nacionalidades, los potentes rayos que proyecta fuera de su centro de origen y lejos de él, no ejercen solamente una acción terapéutica en los países coloniales o semi-coloniales (donde la liberación nacional es la primera etapa de la liberación social y donde el socialismo aporta las dos a la vez), sino que influye e ínfluirá también, directa o indirectamente, sobre toda una serie de Estados europeos con minorías sacrificadas, las naciones heterogéneas, metrópolis soldadas a sus colonias, formadas o agrandadas artificialmente por la guerra de 1914: Yugoeslavia, que no es una federación, sino el agrupamniento conseguido por un sistema de tornillo de Eslovenia, Croacia, Montenegro y una franja de Macedonia bajo la dictadura de Servia; o bien Checoslovaquia, extracto heteróclito de la barroca mescolanza austro-húngara; o bien Polonia, donde no hay más que un cíncuenta por ciento de polacos; o bien Rumanía, a la que los pueriles y bárbaros cirujanos de Versalles han cosido atropelladamente la Transilvania húngara, la Besarabia rusa y la Dobrudya. O bien, como producto de un trapicheo original más antiguo, Inglaterra y su matrimonio forzado con Irlanda (asunto en liquidación), o el conglomerado valón-flamenco denominado Bélgica.

En todos estos países el leninismo étnico es un fermento de orden y de revolución, y abajo, en sus cimientos hormigueantes, multitudes de ojos se clavan en estas nuevas leyes de sabiduría, de racíonalización territorial.

En los países coloniales o semícoloniales, entre las minorías oprimidas, el principio soviético, con la doble emancipación que aporta, ha de transformar a vastas poblaciones, de reservas del capitalismo que son en la actualidad, en reservas profundas del socialismo (Stalín).

Mas no lo dudemos: esta irradiación alcanza a todo el mundo sin excepción. En la mitad oríental de Europa y en la mitad septentrional de Asia se está aplicando nacionalmente una fórmula ínternacional. Esta fórmula está al alcance de todos, lista para su aplícacíón. La constelación soviética constituye desde este momento parte integrante de una constelación mundial de los países y de las razas. El día en que Europa entera fuera sovíetizada habría una Francía, una Alemania, una Italia, una Polonia, etc., que se desarrollarían según sus tradiciones intelectuales y morales, lo mismo que hoy e incluso mucho más que hoy; pero no existirían entre ellas sino fronteras de carácter administrativo, inofensivas para siempre.

Ahí tenemos, pues, ante nosotros, que no estamos acostumbrados a ver crear cosas nuevas en tan gran escala, la solución soviética del insoluble problema de las nacionalidades. Ahí la tenemos en la teoría y en la práctica. Ahí tenemos los elementos básicos de la edificación socialista en el espacio. Principios tan sencillos y tan justos, tan científicos y tan nobles a la vez, que conducen al logro de varios ideales al mismo tiempo. Si el socialismo no existiera habría que inventarlo, sin duda, para desentrañar la realidad viva; habría que inventarlo, firme en su osatura como las cifras y dúctil como la carne.

Aquí le vemos en acción para poner orden en la humanidad presente, que ofrece como espectáculo la envidia, el odio y la disputa, y para conseguir que los tanteos seculares y dispersos de las muchedumbres fragmentadas por toda la tierra acaben por conducir hacía la sociedad mejor. En el caos bárbaro de nuestra época de transición, de esta nuestra Edad Media, se graban las consignas de los precursores, de los hombres que han tenido la gloría de descubrir el mundo tal como es.

La revolución en la cultura

Por primera vez en la historia, la revolución proletaria en Rusia desafió, también en el terreno cultural, la hegemonía burguesa y, por eso, no es de extrañar que los imperialistas reaccionaran: según ellos, la revolución era consecuencia del estado de barbarie del pueblo ruso, compuesto por ignorantes y salvajes; de ahí no podía surgir ninguna expresión cultural positiva.

Sin embargo, aquella primera revolución socialista llevó a cabo una labor cultural como jamás se ha visto en ningún país capitalista. Creó las condiciones para dar un vuelco también al conocimiento y el arte: fundir a las masas con la cultura e impedir que ésta siguiera siendo un negocio privado, un objeto de compraventa y de lucro.

Hasta 1917 el arte y la cultura eran en todo el mundo patrimonio de una élite muy reducida. Según palabras de Lenin, las masas populares habían sido expoliadas en el sentido de la enseñanza, la ilustración y el saber. En la época zarista, el 73 por ciento de la población adulta era analfabeta. En lo que a la mayoría de las nacionalidades de población no rusa se refiere, el analfabetismo era total. Una de las formas de opresión nacional era el expolio cultural autóctono y la imposición de la lengua y la cultura rusas.

En aquel primer período la atención fundamental estuvo centrada en liquidar el analfabetismo. No se podía avanzar sin sacudirse esta pesada herencia del pasado. Para que las masas analfabetas pudiesen estar al corriente de los acontecimientos de la vida internacional y de la República Soviética, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó en diciembre de 1918 el decreto sobre la movilización de personas con instrucción y la organización de la enseñanza del régimen soviético. Por este decreto se atraía a toda la población culta a la lectura de los decretos, octavillas, periódicos y libros a los analfabetos.

El movimiento alfabetizador adquirió gran amplitud en la ciudad, en el campo y en el Ejército Rojo. Por iniciativa de los trabajadores, en fábricas, empresas y en clubs surgieron escuelas de alfabetización y círculos de autoenseñanza. Como consecuencia de ello, en 1928 había 559 periódicos con una fantástica difusión que alcanzaba la cifra de 8.250.000 ejemplares, cifras sin comparación posible con ningún país del mundo. Los periódicos no pertenecían a ningún grupo capitalista, sino a las diversas organizaciones de masas, sindicatos, cooperativas, Partido bolchevique, Ejército Rojo y a otras instituciones públicas.

Había un entusiasmo desbordante. Era la espontaneidad, la alegría y la esperanza que traía la primera revolución proletaria. Unos necesitaban aprender y otros expresarse libremente. Las masas leían, iban a los conciertos, y participaban en las representaciones teatrales que recorrían el país en trenes y camiones habilitados expresamente para transportar el escenario, el vestuario, las luces, el equipo y los actores. Millones campesinos de aldeas remotas conocieron así por vez primera el teatro, la ópera o el ballet.

Se creó una nueva intelectualidad que no sólo no estaba separada de las masas obreras y campesinas, sino que había nacido de su propio seno, de las entrañas mismas de la revolución. Los obreros y campesinos que empiezan a leer, empiezan también a escribir: brotan espontáneos que cambian la azada por el lapicero, por los escenarios, por el cincel, por la paleta y por el violín. Surgió una nueva intelectualidad de las propias masas que comenzaba a escribir en la nueva prensa revolucionaria. Un rasgo les caracteriza: no eran profesionales, no vivían de la cultura, no solamente escriben sino que combaten, integran el Ejército Rojo. Esos que luego serían grandes literatos (Fedaiev, Babel, Beck, Fedin, Sholojov, Leonov, Furmanov, Tijonov) empuñan las armas. Precisamente algunas de sus grandes obras son biografías y relatos del frente de batalla: las suyas personales y las de tantos millones de combatientes heroicos. Y es que cuando los escritores están inmersos en la realidad, necesitan imaginar muy poco. La vida revolucionaria es muy superior a la ficción más fantástica.

La revolución socialista terminó con los vestigios culturales del pasado, emancipando a los pueblos antes oprimidos, quienes a partir de entonces obtuvieron posibilidades ilimitadas para desarrollarse en todas las esferas. En especial, las supervivencias del régimen de la servidumbre eran un freno muy fuerte para el fomento de la eseñanza, la cultura y la ciencia: el régimen estamental, la imposición de la Iglesia, la desigualdad de derechos para las mujeres, la opresión de las nacionalidades, y ni que decir tiene, la monarquía y la propiedad terrateniente en el campo. El 11 de noviembre de 1917 el poder soviético aprobó el decreto sobre la supresión de los estamentos y jerarquías civiles. Quedaron abolidas las divisiones existentes de los ciudadanos en estamentos (nobleza, clero, comerciantes, pequeños burgueses, etc.), los privilegios y las limitaciones estamentales, las jerarquías civiles, los tratamientos y títulos y los privilegios para la élite de los funcionarios.

El 20 de enero de 1918, el Gobierno soviético separó mediante un decreto especial la Iglesia del Estado y la escuela de la Iglesia, rompiendo así las trabas religiosas que durante siglos frenaron el desarrollo de la cultura. Todos los actos de registro civil pasaban de la jurisdicción de la Iglesia a la de los organismos soviéticos.

Se estableció por primera vez en la historia la plena libertad de conciencia. Los ciudadanos no sólo adquirieron el derecho a profesar cualquier religión, sino también el ateísmo, el derecho a no aceptar ninguna religión. Liquidando los vestigios de la barbarie medieval, escribió Lenin, el poder soviético limpió a Rusia de ese enorme freno para toda la cultura y todo el progreso en nuestro país. La Revolución de Octubre demolió hasta los cimientos el viejo aparato estatal de enseñanza pública, el cual, según expresión de Lenin, perseguía el objetivo de oscurecer el entendimiento popular.

El poder soviético garantizó por la ley a las mujeres su igualdad plena de derechos con los hombres. La emancipación de las mujeres tuvo una enorme significación cultural. La mitad de la población del país recibió desde aquel momento todas las posibilidades para incorporarse en la labor creadora del socialismo en condiciones iguales a los hombres. Se dice que la situación jurídica de la mujer es lo que mejor caracteriza el nivel cultural -escribió Lenin-. En este aserto se contiene un grano de profunda verdad. Y desde este punto de vista, sólo la dictadura del proletariado, sólo el Estado socialista ha podido lograr y ha logrado el más alto nivel cultural.

El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública

 Se creó el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, todo un aparato estatal soviético completamente nuevo que dirigió la edificación cultural del país. El Partido bolchevique designó para trabajar en este organismo a militantes suyos tan destacados como Anatoli Lunacharski, hombre de colosal erudición y profundo conocedor de la literatura y el arte, que fue nombrado Comisario del Pueblo de Instrucción Pública, cargo que ocupó hasta 1933; a N. Krupskaia, la compañera de Lenin, pedagoga y educadora; al conocido historiador marxista M. Pokrovski, a Bonch-Bruevich y otros.

El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública emprendió su actividad en condiciones extraordinariamente precarias. Recuerdo -recordó más tarde Krupskaia- cómo tomamos el poder en el Ministerio de Instrucción Pública. Anatoli Vasilievich Lunacharski y nosotros, un puñado de miembros del Partido, nos encaminamos al edificio del Ministerio [...] En sus proximidades había un piquete de saboteadores [...] Excepto ordenanzas y mujeres de la limpieza, en el Ministerio no encontramos a nadie más. Recorrimos habitaciones vacías cuyas mesas estaban cubiertas de papeles revueltos; después, entramos a uno de los despachos y celebramos la primera reunión del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública.

Se carecía de especialistas, no alcanzaban los medios, faltaba experiencia. La mayoría de los funcionarios del antiguo Ministerio de Instrucción Pública, como los de otros ministerios, saboteaban las medidas del poder soviético. La burguesía y los conciliadores organizaron huelgas de maestros de escuela en distintos puntos del país.

A los pocos días de haberse creado, el Comisariado de Instrucción Pública publicó un llamamiento en el que se exponían los principios fundamentales de la política del poder soviético en la esfera de la enseñanza. En primer plano se planteaba la tarea de liquidar el analfabetismo. Señalaba la necesidad de organizar una escuela soviética única y fomentar las escuelas para adultos. El llamamiento exhortaba a todos los pedagogos progresistas a colaborar con el poder soviético. El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública declaró su tarea primordial la de mejorar la situación económica de los maestros de escuela.

El poder soviético democratizó la enseñanza: se suprimió la división de las escuelas en primarias, liceos, escuelas reales, etc. A todas las escuelas de la República se las denominó: Escuela laboral única. La enseñanza en la escuela se declaró gratuita. Quedó prohibido enseñar en las escuelas cualesquiera que fueran las doctrinas religiosas y oficiar cultos religiosos. Se introdujo la enseñanza conjunta de chicos y chicas. Se establecieron los principios generales de la instrucción politécnica. Como tareas para el futuro, se planteaba la enseñanza de todos los niños de edad escolar.

A pesar de las dificilísimas condiciones que imponían el hambre, la ruina económica y la batalla encarnizada contra la contrarrevolución, el Gobierno soviético sacó de donde pudo medios para construir escuelas, editar manuales de estudio, elevó el sueldo a los maestros y se preocupó de que en las instituciones de enseñanza superior estudiaran los hijos de los obreros y campesinos y no los de los explotadores. A los pocos días de haberse constituido el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, en una conversación con Lunacharski, Lenin propuso procurar por todos los medios ampliar el acceso a los establecimientos docentes superiores de las amplias masas y, en primer término, de la juventud proletaria. El Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó el 2 de agosto de 1918 el decreto sobre el ingreso en las instituciones de enseñanza superior que facilitaba al máximo que los trabajadores pudiesen matricularse en las escuelas superiores. Quedaron suprimidos los exámenes de ingreso. En los establecimientos de enseñanza superior se admitía y se instruía gratis a los hombres y mujeres de familias obreras y campesinas.

A pesar de las extraordinarias dificultades, el Gobierno soviético asignó medios para fomentar la enseñanza superior en el país. En 1918 se abrieron nuevas universidades en Nijni-Novgorod, Ekaterinoslav, Irkutsk, Voronezh y Smolensk, la Academia de Minería de Moscú, el Instituto Agropecuario de Odesa, el Instituto de Agricultura Siberiano, el Industrial en Omsk y otros. Se organizaron nuevas instituciones de investigación científica: el Instituto de Ciencias Agropecuarias de Rusia, el Instituto Central de Aerohidrodinámica (ICA) dirigido por el fundador de la aviación rusa N. Zhukovski, el Consejo Radiotécnico y otros establecimientos científicos.

Adquirieron gran difusión las escuelas para adultos, los cursillos y las universidades populares nacidas de la iniciativa creadora de los trabajadores. En las universidades populares, los obreros, campesinos y soldados rojos ampliaban su formación; además de ruso y aritmética, los alumnos adquirían en ellas conocimientos de ciencias naturales y sociales. En la Universidad Popular de Nijni-Novgorod, inaugurada en marzo de 1918, se organizaron cursillos para maestros de escuela, estadísticos, maquinistas de barcos fluviales y electricistas, cursillos de bellas artes, se daban conferencias de carácter preparatorio para los obreros. En las fábricas y en los sindicatos, en cooperativas, clubs y regimientos se creaban células de carácter cultural y educativo y se abrían bibliotecas. Los clubs se convirtieron en los centros de la vida política y cultural del país.

Los problemas de la enseñanza pública, del funcionamiento de clubs y bibliotecas fueron objeto de particular desvelo por parte de las organizaciones del Partido y de los soviets locales. En la ciudad y en el campo se difundió ampliamente la labor cultural y educativa. Los mejores locales de las fincas terratenientes incautadas pasaron a ser bibliotecas, clubs y casas del pueblo.

En todas partes se inauguraban bibliotecas, y aunque se nacionalizaron los fondos de libros particulares más importantes, entregándoselos a bibliotecas y salas de lectura, faltaban libros. Yo concedo gran importancia a las bibliotecas –le dijo Lenin a Lunacharski- [...] El libro tiene una fuerza colosal. La afición por él después de la revolución aumentará mucho. Hay que asegurar al lector con grandes salas de lectura y dar más movilidad al libro, el cual debe llegar por sí mismo hasta el lector. El 29 de diciembre los soviets aprobaron el decreto de creación de la editorial del Estado por el que se encomendaba al Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública comenzar una amplia actividad editora, y en primer lugar, emprender la publicación masiva de clásicos rusos y de manuales de estudio para los obreros y campesinos. A pesar del hambre, de la ruina industrial y de la encarnizada lucha contra los enemigos de dentro y fuera del país, el Gobierno soviético asignó fondos y papel, editándose durante el año 1918 con tiradas masivas las obras de Tolstoi, Chejov, Gogol, Turgueniev y otros escritores clásicos.

La prensa fue un medio importantísimo de educación política de las masas e instrumento de la construcción socialista. A finales de 1918 fueron cerrados los periódicos contrarrevolucionarios burgueses que incitaban a la sedición contra el poder soviético. Se fundaron nuevos rotativos impulsados por las organizaciones populares, sindicales, cooperativas, militares y estatales que publicaban los artículos y cartas de los trabajadores en las que éstos compartían su experiencia en la estructuración de la nueva sociedad. Se hicieron muy populares los diarios centrales Pravda e Izvestia. Sólo en el primer semestre de existencia de la República Soviética, estos periódicos publicaron más de 300 informes, muchos artículos de destacados dirigentes bolcheviques como Sverdlov, Stalin, Dzerzhinski, Krupskaia o Lunacharski, entre otros.

La revolución abrió una nueva página en la historia del teatro ruso. Ahora todos comprendemos perfectamente que de no haber sido por la Gran Revolución Socialista de Octubre, nuestro arte se habría estancado y desaparecido, dijo Nemirovich-Danchenko, destacada figura del teatro. La revolución liquidó la dependencia económica del teatro respecto a la burguesía y le abrió el camino hacia el pueblo trabajador. Era otro el público que acudía al teatro: obreros, campesinos y soldados rojos para los que representaban dramaturgos como Stanislavski, Kachalov, I. Moskvin, A. Iuzhin, M. Ermolova, A. Nejdanova, L. Sobinov y otros muchos.

La revolución restituyó a los trabajadores los tesoros artísticos apropiados por las clases explotadoras, creados durante siglos por el pueblo, por sus mejores representantes. El Gobierno soviético nacionalizó los palacios de Petrogrado y de sus afueras con todas las joyas de arte que guardaban. El 3 de junio de 1918, una disposición especial del Consejo de Comisarios del Pueblo nacionalizó la Galería Tretiakov, no sólo de importancia para toda Rusia, sino también mundial.

Hasta la revolución, las galerías de pinturas y los museos sólo eran visitados por pintores, por los aficionados a la pintura y por la intelectualidad. Cuando fueron nacionalizados, llenaron sus salones obreros, soldados, estudiantes y campesinos. En los años veinte del pasado siglo, en Leningrado o en Moscú había más exposiciones de pintura que en París, Berlín, Londres, Nueva York, Roma y todas las demás ciudades del mundo juntas. Además no había mercaderes del arte, no había negocio con la cultura ni vividores del arte. Si hasta octubre de 1917 en Rusia no había más de 30 museos, en 1918 ya existían 87. En Petrogrado, Moscú y en otras grandes ciudades se ampliaban los viejos museos y se creaban otros nuevos. Muchos de ellos se convirtieron en el orgullo del pueblo soviético.

Por una disposición del Consejo de Comisarios del Pueblo fueron declarados patrimonio del Estado los de Moscú y de Petrogrado. Pasaron a disposición del pueblo todas las instituciones musicales. Con el vasto apoyo del pueblo, el Gobierno soviético realizó una gran labor de registro y conservación de los monumentos de arte e históricos transformados en patrimonio de todo el pueblo. Se proclamaron varios decretos dedicados especialmente a la conservación de los valores culturales y que prohibían su exportación al extranjero.

A pesar de la difícil situación financiera, el Consejo de Comisarios del Pueblo asignó medios para la conservación de museos y trabajos de restauración. Comenzaron a restaurarse las catedrales y las torres del Kremlin. Empezaron grandes obras de restauración de los monumentos de la antigua pintura rusa en las catedrales de Dmitrov y Zvenigorod, en el Monasterio de Kirilo-Bielozersk y en el Monasterio de Truitsa-Serguievsk. Una vez dueños de su país, obreros y campesinos mostraron un desvelo particular por conservar los tesoros monumentales de la historia y del arte.

En este aspecto es ejemplar la historia de Yasnaia Poliana, la finca de Tolstoi. En otoño de 1917, los periódicos burgueses difundieron el bulo de que había sido destruida por los campesinos. El 20 de septiembre, la asamblea de campesinos de Yasnaia Poliana acordó colaborar por todos los medios a conservar, tanto la casa, como todos los bienes de la finca donde vivió y trabajó el gran amigo del pueblo L.Tolstoi, del que conserva sagrado recuerdo toda la opinión pública de Yasnaia Poliana.

Los campesinos cumplieron su acuerdo. La finca del gran escritor fue conservada para la humanidad. El 30 de marzo de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó una disposición por la que se concedía una pensión a la viuda de Tolstoi y ratificaba la resolución de los campesinos para el usufructo perpetuo de la finca por la viuda. Los campesinos asumieron la protección de los valores culturales de la finca y pidieron que se desmintiesen los infundados rumores acerca de los inexistentes desórdenes acontecidos en Yasnaia Poliana.

No es menos característico otro ejemplo. En 1918, los combatientes de la Brigada Bashkira del Ejército Rojo, repararon con los campesinos la casa natal de Pushkin en la aldea de Mijailovskoe, deteriorada por un incendio, y establecieron una guardia permanente. A pesar del hambre y la ruina, gracias a los desvelos de los órganos centrales y locales del poder soviético y, por iniciativa de los propios trabajadores, se conservaron valiosas joyas artísticas que habían pasado a ser patrimonio del pueblo.

Impulso a la ciencia y la técnica

La Revolución Socialista creó posibilidades ilimitadas para el fomento de la ciencia y la técnica. Antes, todo el talento del hombre, todo su ingenio -dijo Lenin en el III Congreso de los Soviets-, trabajaba creadoramente con la sola finalidad de proporcionar a unos todos los beneficios de la técnica y la cultura y para privar a otros de lo más necesario, de la instrucción y del desarrollo. Ahora, todas las maravillas de la técnica, todas las conquistas de la cultura serán patrimonio de todo el pueblo y, a partir de hoy, el talento y el ingenio humanos jamás serán transformados en medios de violencia, en medios de explotación.

Por primera vez en la historia fue liquidada la dependencia del pensamiento científico del poder omnímodo del capital. Se plasmaron en realidad los sueños de los científicos más progresistas de todas las épocas acerca del servicio al pueblo, de trabajar en provecho y prosperidad de él. Ninguna clase estuvo tan interesada en desarrollar la ciencia y la técnica como el proletariado triunfante. Sólo utilizando los adelantos más nuevos de la ciencia y la técnica se podían desarrollar las fuerzas productivas del país. La ciencia ocupó un puesto de honor en la edificación socialista.

En los primeros tiempos, sin embargo, la vieja intelectualidad científica se encontraba influenciada por la ideología burguesa y pequeño-burguesa y no quería reconocer al poder soviético ni trabajar para los bolcheviques. Sólo a finales de 1917 y comienzos de 1918 se advirtió un viraje en los científicos para acercarse al poder soviético. A principios de 1918 tuvieron lugar conversaciones con la Academia de Ciencias de Rusia acerca de su incorporación para el cumplimiento de las tareas del Gobierno soviético. El Comisario del Pueblo de Instrucción Pública, Lunacharski, dirigió una carta a la Academia de Ciencias exhortándole a unificar todas las fuerzas científicas del país para colaborar con el poder soviético. En su respuesta. A. Karpinski, presidente de la Academia de Ciencias, comunicaba que los científicos estaban dispuestos a cumplir las misiones que les encargase el Gobierno soviético. Cada día era mayor el número de científicos que reconocía al poder soviético y que expresaba su deseo de trabajar bajo los auspicios del nuevo Gobierno.

En abril de 1918 Lenin escribió su borrador del plan de trabajos científico-técnicos, en el que en nombre del VSJN proponía encomendar a la Academia de Ciencias formar varias comisiones de especialistas para confeccionar con la mayor rapidez posible un plan de reorganización de la industria y del ascenso económico de Rusia. En este plan -recomendaba Lenin-, se debe prever la distribución geográfica racional de la industria y su máximo desarrollo, así como asegurar al país con todos los tipos fundamentales de materia prima y producción industrial. Se prestaba atención singular a la electrificación de la industria y del transporte y al empleo de la electricidad en la agricultura. Fue el programa de actividad para la ciencia soviética durante muchos años.

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‘Los Doce’ de Alexander Blok

 La obra de Alexander Blok, cuya poesía inigualable, saturada de romántico ímpetu, tuvo en la revolución un nuevo estímulo, desempeñó un gran papel en la formación de la literatura soviética.

Blok acogió el Poder soviético sin reservas, y su poema Los doce es el primero sobre la revolución en la poesía rusa soviética.

Blok siempre simpatizó con el pueblo trabajador oprimido del Imperio Ruso, y por eso no fue casual que se hiciera bolchevique. Se sumó a la revolución porque ella, esta revolución bolchevique con todos sus horrores y su anarquía, le recordaba al poeta precisamente el alma rebelde de Rusia. En el poema Los doce esta concepción de la revolución encontró la expresión más completa.

Sobre el poema se han escrito miles de artículos y estudios, que señalan su papel específico e importante en la formación y desarrollo de la literatura soviética, y definen el poema como la primera plasmación de la realidad revolucionaria de Rusia en imágenes artísticas, como prueba del apoyo absoluto del poeta a las ideas de la Revolución de Octubre.

Para que todos los burgueses puedan penar
el fuego del mundo vamos a soplar

En esta consigna jubilosa del pueblo sublevado se escucha también la voz triunfal del propio Blok, quien supo distinguir, tras el aparente caos de los acontecimientos revolucionarios, la voluntad organizada de las masas que demolían el viejo mundo injusto de los terratenientes y burgueses y edificaban una nueva sociedad, en la que millones de esclavos atemorizados se convertían en dueños de su destino.

El poema fue la respuesta a los enmigos de la Revolución, que no querían ver en él más que una bufonada de la revolución, y que censuraban a la revolución porque ésta no se realizaba conforme a la leyes de la piedad y la resignación.

Es en realidad una confirmación poética de las fuerzas creadoras y de los fines constructivos de la Revolución, realizada no por gente escogida, despojada de toda la inmundicia de pasado y que haya logrado la absoluta perfección moral, sino precisamente por aquellos que aún están enterrados hasta las rodillas en el fango del mundo viejo, y que aún conservan mucho de la sicología tradicional de la sociedad capitalista. La grandeza del poeta se puso de manifiesto también en el hecho de que él vio detrás de lo pasajero y temporal, lo importante y fundamental: que la revolución bolchevique llevaba consigo la construcción de Rusia sobre principios nuevos, justos y verdaderamente humanos.

Viajes de ida y vuelta

La revolución socialista fue dialéctica. Llevó consigo la negación y la afirmación, la destrucción y la creación, los sufrimientos y la alegría. En la cruenta lucha se enfrentaron lo viejo y lo nuevo. Lo viejo se resistía obstinada y desesperadamente, pero aún más obstinada y desesperadamente rompía esta resistencia el pueblo sublevado.

Tras la revolución, la intelectualidad se dividió. Una parte adoptó posiciones reaccionarias huyendo del país. La reacción se llevaba a sus bufones consigo... Al otro lado de la barricada no sólo estaban los zaristas sino muchos (casi todos, dijo Gorki) de los que antes se llenaban la boca de revolución, los críticos exquisitos del capitalismo, a los que Blok calificó de traidores, cobardes y lameplatos de la canalla burguesa: Toda su revolución era una oposición de salón al gobierno zarista, dijo Blok.

Al respecto hay una frase del escritor Serafimovich que no estaba de acuerdo con eso de que la mayor parte de los intelectuales habían huido de Rusia: ¿No era Lenin un intelectual?, preguntaba, ¿Es que muchos militantes del Partido no eran intelectuales?, insistía. Por decirlo en palabras de Blok: Los decretos de los bolcheviques son los símbolos de la intelectualidad.

Quienes huyeron jamás crearon fuera de Rusia una obra de calidad mediana. Una parte de los que huyeron no tardaron en hacer el camino de vuelta, sobre todo el músico Prokofiev. En la cultura sucedió como en la economía y en todos los demás ámbitos sociales: la revolución puso a la atrasada Rusia a la cabeza del mundo. En ningún país del mundo coinciden músicos como Shostakovitch, Muradeli, Prokofiev o Jachaturian, cineastas como Vertov, Pudovkin o Eisenstein, y escritores como Maiakovski, V.Ivanov o Sholojov.

Sin embargo, los mejores representantes progresistas de la literatura anterior a la revolución se pasaron a las filas del proletariado triunfante. Gorki, Esenin, Maiakovski, Blok y Biedni pusieron toda la fuerza de su talento al servicio de los explotados y oprimidos. En enero de 1918 los artistas más destacados como el creador de la corriente pictórica del suprematismo Casimir Malevich, Kandinski, Vladimir Tatin, el principal fotógrafo de la vanguardia y gran pintor Alexander Rodchenko, A. Drevin y otros asumieron la presidencia del recién formado departamento de artes plásticas del Comisariado de Instrucción Pública.

Octubre. ¿Aceptarlo o no? Esta pregunta no existió para mí... Esta era mi revolución. Fui al Smolny y trabajé en todo lo que fue necesario, escribió Maiakovski en su autobiografía. Llegué a la Revolución de Octubre cuando tenía medio siglo de vida, pero la cuenta de mis años la llevo desde que comenzó la revolución, decía Serafimovich, que ingresó en 1918 en el Partido bolchevique. La revolución de 1917 fue también para mí un profundo viraje, recordaba el poeta Briusov. El novelista Leonid Leonov dijo en el Congreso de Escritores de 1934, que presidió junto a Gorki: Estoy viviendo en el periodo más fantástico de la historia mundial.

El primer año de poder soviético se caracterizó por la creación de importantes obras literarias que reflejaban el heroísmo revolucionario que estaban protagonizando unas masas hasta entonces explotadas y oprimidas. Las masas se convierten en el elemento primordial de la historia y, en consecuencia, las masas iban a ser los protagonista de las novelas. La literatura entra en aquel momento en un proceso épico. Como corresponde a la nueva época revolucionaria que están inaugurando, en aquellos relatos todo -los personajes, los paisajes, los sucesos- es grandioso. Las masas adquieren una clara conciencia de la grandiosidad de su hazaña, a su vez espejo de su propia grandiosidad. Ya no hay personajes, no hay perfiles individuales ni sicológicos porque los nuevos escritores han dejado de mirarse el ombligo. El pasado había muerto y el futuro estaba por construir. El tono confesional de los poetas es sustituido por narraciones de hechos sufridos o vividos. Frente a una narrativa urbana propia de la época prerrevolucionaria, la literatura soviética inicia en aquellos momentos otra de carácter predominantemente rural.

Los soviets en Marte

Uno de los intelectuales que huyó de Rusia tras la revolución fue el novelista Alex Tolstoi (1882-1945), quien reconoció que en 1917 odiaba a los bolcheviques y que se posicionó abiertamente con el zarismo. Pero en 1921 volvió, convirtiénd