Prohibiendo gerundios
Prohibiendo gerundios
César Hildebrandt
El gobernador de Brasilia ha firmado antier un decreto prohibiendo todas las formas gerundiales que emplea la burocracia para el cojudeo de la gente.
–¿Y mis papeles? Los dejé hace un mes –dice la víctima.
–Estamos estudiándolos –dice el bicho.
José Roberto Arruda, gobernador de Brasilia, ha cortado de raíz el problema: ha desterrado el gerundio como bostezo y encubrimiento y ha planteado, a través de un decreto formal, que todas las respuestas de la administración pública se den acompañadas de un cronograma de cumplimiento.
–¿Cuándo van a dejar de robar en Convial? –preguntan todos los días las víctimas chalacas.
–Estamos examinando el asunto –responden los chicos de Kouri, el que invita a los periodistas a turbias discotecas.
Bueno, pues: en Brasilia esa respuesta se ha prohibido con un úcase gubernamental.
Es una solución lingüística, claro, y simbólica, por supuesto, pero no deja de ser una manera elegante de expresar la rabia que las burocracias producen en Brasilia y en todo el mundo.
Nietzsche, como todo genio, no tenía una muy buena opinión del Estado. “Es el monstruo más frío que pueda existir”, escribió. Y añadió: “Y miente también con frialdad. Su primer embuste consiste en decir que representa al pueblo”.
Claro que Nietzsche se refería a los Estados monárquicos con vocación de absolutismo. Habría que preguntarse, sin embargo, si la condición republicana ha convertido al Estado en el intérprete inmediato que imaginó Robespierre –alguien, precisamente, que hizo del Estado el más errático de los asesinos y el más temible de los usurpadores–. En todo caso, estoy con el gobernador de Brasilia: malditos los gerundios y malditos quienes los usan de parapeto para sus holganzas en horas de oficina.
Ahora bien, al margen de las lentitudes de la burocracia, el gerundio no es sólo el galope común de ciertos idiomas como el inglés, no es sólo una categoría verbal y nominal que comunica a la acción “carácter durativo” –“Academia dixit”– y no es sólo, clásicamente, la forma verbal invariable del modo infinitivo. Es también el gran invento de las lenguas.
¿Qué haríamos, literariamente, literalmente, sin el gerundio?
Tendríamos que inventarlo. Porque el gerundio es tan importante que se vale por sí mismo, no sólo cuando se usa como ablativo absoluto sino también cuando cae en manos de un poeta inmenso como César Vallejo. Nunca olvidaré la primera impresión que me causó leer aquellas líneas:
Ardiendo, comparando,
viviendo, enfureciéndose,
golpeando, analizando, oyendo, estremeciéndose,
muriendo, sosteniéndose, situándose, llorando…
¡Madre mía! –pensé–. Nadie había dicho tanto con tan pocas palabras. No era una estrofa: era una biografía universal. Era más que el castellano lanzado a la temeridad con maestría: era la maestría vuelta castellano.
Por eso es que el gerundio puede ser maravilloso en manos de algunos escritores y perverso entre los escritorios de esa empleocracia pública aliada de lo tardo.
–¿Por qué el Presidente llama perros a quienes recuerdan el pasado de Favre?
–Tapando, censurando, mintiendo, envileciendo.
No hay como el gerundio.
¿Y qué diría Grau si lo supiera?
No sé por qué debemos recordar cada año tan sólo el sacrificio y la muerte atroz de Miguel Grau.
Quizás el año próximo podríamos recordar y celebrar la destreza, el valor y la generosidad de Grau en el combate de Iquique (21 de mayo de 1879).
En Angamos triunfó el cargamontón del odio portaliano hacia el Perú.
En Iquique perdimos la fragata Independencia, desfondada por una mala maniobra mientras iba en persecución de la huyente nave chilena Covadonga, pero hundimos a la corbeta Esmeralda y rescatamos a los náufragos que nos pidieron auxilio. Es decir, fuimos grandes en todo el sentido de la vida.
En Iquique fueron dos contra dos: el monitor Huáscar y la cañonera Independencia frente a la corbeta Esmeralda y la cañonera Covadonga.
En Punta Angamos, hace exactamente 128 años, el alto mando chileno enfrentó al Huáscar con tres embarcaciones: los blindados Blanco Encalada y Cochrane y, otra vez, la Covadonga –la que había huido a toda máquina cinco meses antes, apenas avistó al temible Huáscar–.
Sólo una celada como esa de tres contra uno pudo derrotar a Grau matándolo y a Melitón Carvajal hiriéndolo y a Elías Aguirre matándolo y a Diego Ferré matándolo y a José Melitón Rodríguez matándolo y a tantos otros que fueron baleados cuando, lanzados al mar por las explosiones, hubieron de ser “repasados” por la soldadesca naval del enemigo.
Pero volvamos a Iquique, donde la acción empezó a las 8 y 20 de la mañana del 21 de mayo de 1879 –Chile nos había declarado la guerra el 5 de abril y nosotros hubimos de aceptarla por nuestro compromiso de honor con la anárquica y siempre desagradecida Bolivia–.
Lo de Iquique fue, además, a la usanza antigua. El Huáscar se aproximó a la Esmeralda para embestirla y sólo en la tercera acometida pudo hacerle daño mayor.
Grau escribió a bordo del Huáscar, dos días después:
“En ambas ocasiones, a la aproximación de los buques y durante el tiempo que permanecían muy cerca, recogíamos el nutrido fuego de las ametralladoras que tenían establecidas en sus cofas, el de fusilería y muchas bombas de mano a la vez que descargas completas de la artillería de su costado…”(Parte del comandante del Huáscar al Director de Guerra y Director de Marina, al ancla en Iquique, mayo 23 de 1879).
Y el gran marino, el mejor de todos los peruanos de todos los tiempos, añade:
“Finalmente, emprendí la tercera embestida con una velocidad de diez millas y logré tomarla por el centro. A este golpe se encabuzó y desapareció completamente la Esmeralda, sumergiéndose y dejando a flote pequeños pedazos de su casco y algunos de sus tripulantes…Inmediatamente mandé todas las embarcaciones del buque a salvar a los náufragos y logré que fuesen recogidos sesenta y dos, los únicos que habían sobrevivido a tan obstinada resistencia. Adjuntas encontrará V.E. las relaciones detalladas de los tiros que ha recibido el buque, de las bajas que ha tenido su dotación, de los cadáveres de los enemigos encontrados en la cubierta, y de los prisioneros. No puedo prescindir de llamar la atención de V.E. hacia la sensible pérdida del teniente 2º graduado don Jorge Velarde, para significar el notable comportamiento y arrojo con que este oficial conservó su puesto en la cubierta al pie del pabellón, hasta ser víctima de su valor y serenidad” (Ibid).
Jorge Velarde Castañeda tenía 23 años cuando fue blanco de la metralla de la Esmeralda. Había ingresado a los 15 a la Escuela Naval del Perú. En 1876 se embarcó en la fragata inglesa Oracle rumbo a Europa. De regreso al Perú fue ascendido a la clase de alférez. Tras otra travesía por las Islas Marquesas, Tahiti y San Francisco, a bordo de la nave francesa Magacienne, fue ascendido por el brillo de sus méritos al rango de teniente 2º.
Pero en 1879 Velarde enfermó de tuberculosis y fue trasladado a Jauja para intentar su restablecimiento. Estando en esa ciudad, Chile empezó su ofensiva rapaz en contra del Perú. Velarde, sin haber sanado del todo, regresó a Lima y fue destacado de inmediato al Huáscar como oficial de órdenes y derrota. Murió como oficial de gloria.
El combate de Iquique duró tres horas y 50 minutos. El Huáscar disparó 47 tiros con sus cañones de 300. La Esmeralda estaba erizada de 10 cañones Armstrong rayados, dos colisas de 150 y una ametralladora en cada una de las cofas de los dos primeros palos. Su comandante, Arturo Prat, tuvo un dignísimo papel al ser muerto mientras intentaba abordar al Huáscar.
Y ahora me pregunto: ¿Qué diría Grau si supiera que hoy lo celebran y dicen discursos en su nombre un almirante que ordenó bombardear una instalación penal peruana con prisioneros rendidos y un presidente de la República que dio esa orden salvaje? ¿Y qué diría el joven Velarde si supiera que la Marina peruana –que se sublevó cuando en 1866 el civilismo de toda la vida le puso al almirante norteamericano Tucker como comandante– estuvo manoseada, corrompida y conducida al estercolero de los Ibárcena por un ciudadano japonés que, años más tarde, juró morir por el imperio nipón? ¿Volverían a morirse? ¿Vomitarían? ¿Exigirían su pase inmediato a la mortalidad? ¿Lamentarían la negada inutilidad de su heroismo?

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