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El zorro de arriba
De política, cultura y cosas peores

11/10/2007 GMT 1

Una familia modelo

consejerodelobo@hotmail.com @ 06:27

Una familia modelo

César Lévano

La familia del asesino y ladrón Augusto Pinochet está enjuiciada en Chile por haberse beneficiado con dineros sustraídos de fondos públicos. Bueno será prestar atención al caso en este país donde la familia Fujimori disfruta desde hace 15 años de una fortuna millonaria que no proviene de la honradez, la tecnología o el trabajo.

La corrupción de esa banda familiar no es una revelación reciente. Desde los días mismos en que el gobierno de Estados Unidos, a través del secretario de Estado Henry Kissinger, dirigió y financió la conjura contra el gobierno constitucional de Salvador Allende, Pinochet y los suyos recibieron dinero estadounidense para matar, secuestrar y torturar.

La participación directa de Kissinger y del gobierno de Richard Nixon en la instauración del fascismo en Chile está probada hasta la saciedad.

Christopher Hitchens publicó hace seis años el libro Juicio a Kissinger, que demuestra que éste es un criminal de guerra con las manos manchadas de sangre en Chile, Chipre, Timor Oriental, Bangladesh e Indochina. Si no está en la cárcel, es porque la gran democracia del norte defiende la impunidad de sus héroes.

Uno de éstos, Pinochet, cayó en desgracia al final de su vida, cuando las autoridades bancarias de Estados Unidos le hallaron millonarias cuentas secretas, que inicialmente intentaron tapar.

El carácter turbio de los fondos pinochetistas se confirma por sus depósitos offshore en las Islas Caimán y Vírgenes.

La justicia chilena ha establecido que Pinochet manejó cuentas, depósitos y fideicomisos en Belview Internacional Inc., Kilmel Ltd., Abanda y otras.

También se ha revelado que Pinochet era dueño de la sociedad de Inversiones Belview Internacional S.A., “de la que se sirvió para adquirir numerosos bienes para sí y familia, con dineros que traía del exterior o que provenían de fuente local.”

Hay, para remate, un informe de la Brigada de Lavado de Dinero chilena, que fue entregado en enero de este año y al que nadie había dado importancia. Según información chilena, en él abundan pruebas sobre el aprovechamiento de fondos públicos por los Pinochet.

Resulta significativo que los dineros disfrutados por el clan corrupto provinieran de los rubros reservados a la presidencia de la República, a la Comandancia Militar y a la Comandancia en Jefe del Ejército. Los militares sin honor que se enrolaron al servicio de una potencia extranjera reafirmaban así su naturaleza rapaz.

Los servicios de inteligencia, igual que acá, fueron a la vez la clave de los crímenes de lesa humanidad y la fuente del enriquecimiento personal de una camarilla.

Si algún día hay justicia en el Perú, los Fujimori deberían sentarse en el banquillo de los acusados y recibir, como sus congéneres Pinochet, condigno castigo.

Otra vez Burga

César Lévano
La charca ha decidido seguir siendo una charca.

Don Manuel Burga es el gran capitán interminable.

Dirige una bolichera vikinga y rapaz y da órdenes a segundos con garfio en vez de uñas, con uñas en vez de ideas, sin ideas y con planos de la joyería que está en la esquina del puerto en el que atracarán.

Burga es el almirante Nelson del pantano. Y sus grumetes tienen parches en la tuertez y un festival de cicatrices en el prontuario.

Por eso es que el fútbol peruano es esta nada al garete, esta viruta de entrecasa y esta lata de basura que no termina de llenarse.

¿Qué es el fútbol peruano? ¿Es la nada que estremecía a Sartre? ¿Es la ilusión que excita la elocuencia de Efraín Trelles? No, dejémonos de huachaferías: el fútbol peruano es la mermelada que le gustaba a Pocho. Es la mafia de los comentaristas que quieren hacernos creer que “la amenaza verde” tiene nivel continental, cuando todos sabemos que no hay club peruano de fútbol que pueda asomarse hoy con dignidad a ninguna –repito: a ninguna– competición extranjera. Es el club de pendejos que gritan gol,gol,gol,gol,gol cuando la pelota entra de carambola y dando piques, de rebote y dando pena, de chiripa y dando tumbos como si no quisiera entrar. Es la mafia anexa de los columnistas –no todos, por supuesto– que hablan de clubes cuando deberían hablar de ruinas, de dirigentes cuando deberían decir resignados o atorrantes, de planes donde debían describir el repentismo idiota que llevó a Chemo Del Solar a Europa para “ver” a futbolistas peruanos que estaban de vacaciones, que se habían mudado de clubes y aun de países y que, como en el caso de Reynoso, no querían saber nada de la selección de mayores.

El fútbol peruano dejó de existir en la tragedia colosal de 1970. Y hoy vive de las momias de Cubillas y Mifflin y del pecto de ese gran Señor de Sipán que fue Chumpitaz. O sea que el fútbol peruano es un museo de sitio y yace a la altura de la cancha maya que está en Chichen Itzá, donde la pelota se impulsaba con la cadera (como hace la mayoría de nuestros delanteros).

Lo que vino después de 1970 fue un remedo.

Y cada año fue peor. La última vergüenza que mi ingenuidad me empujó a ver fue la del mundial del 82, cuando los polacos nos trataron como los alemanes trataron a los polacos en la segunda guerra mundial. ¡Qué asco de equipo! ¡Qué falta absoluta de coraje! ¡Qué fe ciega e inútil en el señor de los milagros que no hace milagros pero que huele a incienso y a vudú chinchano en los camerinos!

Fue la misma vergüenza que mi masoquismo me indujo a pasar cuando Chile nos quebró para el mundial de 1974. ¡Y con qué ínfulas había ido Marcos Calderón a esas eliminatorias! Hasta que un señor gordito apellidado Cazzelli nos convirtió en lo de casi siempre: hazmerreír subregional, derrotados crónicos, nietos felices del fracaso.

El campeonato nacional de fútbol es un chilcano de choros y quieren hacernos creer que es sopa de aleta de tiburón. Si Cristal está por bajar a la segunda, imaginen lo que está por subir a las portadas de “El Bocón” y “Todo Sport”. Con decirles que Flavio Maestri, ya próximo a la osteoporosis, es lo mejor del Alianza Lima. Con contarles que el presidente de la “U” –un club que albergó antes a gente como Miguel Pellnny– responde con gestos obscenos a la barra crema que insulta con palabras de Lurigancho a sus propios jugadores. Con recordarles que ayer Manuel Burga, la madre de todas las batallas perdidas, el padre de todos los fracasos por venir, el próximo abuelito de nuestra enésima eliminación, fue reelegido en la Sicilia futbolera que nos hunde sin pena y nos vende sin asco.

Detrás de todo está, desde luego, el dinero: la plata boba de la FIFA, la plata ahumada de la tele, la plata que se obtiene vendiendo al exterior el pase de todo jugador que valga la pena, de todo proyecto de jugador que sea digno de no estar en esta mugre (aunque el nuevo club sea uno de segunda en España o uno de primera en Turquía). Y ya verán cómo los mejores de la Sub-17 terminarán precozmente afuera, vendidos como el oro de Yanacocha, o precozmente “ambientados” en el estilo del señor Chiquito Flores, flor de deportista.

El fútbol peruano está podrido. Y el periodismo que le es anexo está más podrido aún. Porque tiene que fingir que tenemos un campeonato (cuando todos sabemos que es una coartada para imprimir boletos) y que somos competitivos a nivel de Sudamérica (cuando todos sabemos que Venezuela y Bolivia son ahora nuestras bestias negras: a eso hemos llegado). Ese periodismo se manchó el día en que aceptó el almuerzo de camaradería, la facilidad del viajecito, la canchita en la Videna, el viático sin compromiso, el cupo supernumerario, la danza del vientre, las entradas a Occidente de los viernes, las chupandangas con su más de algunos sábados, las primicias teledirigidas y los auspicios publicitarios que te exigen no criticar a nadie porque eso no se hace y, además, no figura en el contrato.

Por eso es que las nuevas expresiones de la prensa deportiva –esas que aparecen en el Canal 3 de Telefónica– piensan como anancefálicos, comentan como payasos y hablan a la vez como si no hubiera domador en el estudio. ¿Quiénes les enseñan periodismo? Los que enseñan la pistola cada vez que alguien les habla de renovación en el deporte. Son los hijos de Burga.

Burga permanece. Ojalá que sea inmortal. Un fútbol como el nuestro se lo merece.

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