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El zorro de arriba
De política, cultura y cosas peores

27/10/2007 GMT 1

La injerencia de Bush

consejerodelobo@hotmail.com @ 15:28

César Lévano

Si Hugo Chávez, presidente de Venezuela, lanza un programa de ayuda médica a los más pobres de Bolivia y el Perú, eso es para algunos ­una insolente injerencia en política interna. El presidente ­George W. Bush propone una ­alianza internacional para socavar al régimen de Cuba, y, si es posible, derrocarlo. Para los “demócratas” peruanos eso no es injerencia.

Hay quienes suponen que la propuesta de Bush es sólo maniobra electoral para captar votos de los cubanos radicados en Miami.

Para quien conoce el afán intervencionista de Estados ­Unidos en Cuba --con amplio prontuario allí y en otros países de América Latina--, la cosa es más seria.

Bush y su entorno están desesperados por la creciente ola de independencia e izquierdismo en América Latina. Los descorazonan las elecciones de este domingo en Argentina. También su fracaso en Iraq y la creciente oposición estadounidense contra esa guerra criminal los sacan de quicio. Las nuevas realidades económicas y comerciales en Asia –China, la India– les ponen los pelos de punta.

Añádase a eso la suba galopante en los precios del petróleo y la crisis inmobiliaria interna, y se tendrá un diagnóstico apropiado para la histeria que sacude a la Casa Blanca.

Una intervención en Cuba, que sería también una provocación contra Venezuela, se ubica así en la curva de lo probable bajo una administración que fue capaz de emprender la ­agresión contra Iraq. Un régimen que, además, alista una guerra contra Irán, el país que se atreve a instalar un dispositivo nuclear pacífico en una región donde Israel posee un arsenal atómico amenazante para los países árabes.

Si algo puede detener una nueva locura de Bush es el rechazo de la opinión pública, incluida la estadounidense. Hasta el ultraliberal Instituto Cato ha expresado, a través de Ian Vásquez, que la propuesta de Bush “es un error estratégico” y que éste “ha caído en la trampa de Castro”.

Bush y sus socios –políticos y comerciales– no conocen a los pueblos. Él es, igual que Bin Laden, un fundamentalista religioso, que se cree iluminado por la voluntad de Dios. Es, ­además, intelectualmente, un menesteroso. Por todo esto es tan terco. Y tan criminal.

Bob Woodard, el periodista del caso Watergate que condujo a la renuncia del presidente Richard Nixon, recordó en una entrevista que le hizo Ernesto Ekaiser para El País de España, en febrero de este año, lo que Bush dijo a unos congresistas de su país: “No voy a retirarme de Iraq aun cuando Laura (su esposa) y Barney (su perro) sean los únicos que sigan apoyándome”.

He ahí la mentalidad autocrática, hitleriana, del personaje que más ha hecho por convertir a su país en blanco del ­odio universal. Ahora, sus amenazas contra Cuba movilizan la más amplia repulsa. No sólo en la isla.

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