Maíz amargo
César Lévano
El paro agrario que se cumple mañana, por decisión de las bases y por culpa de un régimen que se niega a dialogar con las organizaciones agrarias y cree poder engatusarlas con vagas promesas, nos recuerda que el mal de fondo son el TLC con Estados Unidos y la amenazante Ley de la Selva.
El TLC es un peligro para la vida de todos los peruanos, puesto que abre de par en par la puerta de nuestro mercado a productos transgénicos rechazados en el mundo civilizado.
Sabido es que la Unión Europea prohíbe todas las importaciones de vegetales transgénicos, debido a que no se conocen las consecuencias que éstos pueden tener para la vida y la herencia humana.
Hace tres años, el 14 de abril del 2005, la revista alemana Der Spiegel publicó al respecto un informe titulado: “Muerte en el campo del maíz”.
El texto incluía una entrevista con la ministra de Defensa del Consumidor, Renate Künast, la cual precisaba los alcances de un conflicto debido al maíz que Estados Unidos exporta.
La funcionaria señalaba que Washington amenazaba con desatar una guerra comercial porque el gobierno alemán había prohibido la importación de maíz estadounidense.
De “Increíble negligencia” (Unglaubliche Schlamperei) calificaba la ministra el hecho de que Estados Unidos no distinga entre maíz normal y maíz transgénico y busque imponer sus cargamentos sin control de calidad. Por eso había que prohibir toda importación del grano. Y se prohibió.
El caso alemán exhibe no sólo el peligro de un comercio abusivo por parte de Washington, sino también la brutalidad de sus métodos. Claro que en Alemania encontraron condigna respuesta. Lo triste, lo grave ocurre en países como el Perú, donde lo sometido –y corrompido– es regla, y es deuda.
Dos religiosos alemanes, que son asimismo científicos sociales, Ubrich Duchrow y Franz J. Hinkelammert, han publicado un libro demostrativo sobre la catástrofe que nos amenaza, La vida o el capital.
Señalan los autores que, en relación con las plantas, el procedimiento “más abierto y brutal de las compañías transnacionales es privatizar y comerciar el bien genético común”.
“El resultado más grave de la privatización de las plantas como propiedad intelectual es”, precisan, “la monopolización de las semillas por parte de las compañías transnacionales… Hoy, diez compañías transnacionales controlan el 32%”.
“El efecto sobre la producción de alimentos en los países del Sur es absolutamente devastador: las semillas son manipuladas de forma genética con el propósito de que tengan que ser adquiridas en conjunto con los abonos y herbicidas de la compañía”.
El efecto es la extinción de especies nativas. La perspectiva: hambruna que matará a millones. Contra esa tragedia, que Alan García alista, la rebelión se justifica, en la costa, la sierra, la Amazonía.

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