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El zorro de arriba
De política, cultura y cosas peores

21/02/2008 GMT 1

Fidel, más allá de mitos

consejerodelobo@hotmail.com @ 17:39

César Lévano

Fidel Castro se retira del gobierno, y amigos o adversarios sienten que concluye así una época en la historia de América. No es que, como desea Bush, se termine la revolución cubana. Se vienen nuevos caminos, nuevas tareas, hombres nuevos.

El propio Fidel lo ha dicho en su Mensaje de renuncia: “Mi deber elemental no es aferrarme a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino ­aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir.”

¡Vaya época! Pertenezco a la generación que vio subir al monte a los rebeldes recién desembarcados del Granma.

Tras la épica victoria de los barbudos, miles de estudiantes, obreros, campesinos, gente del pueblo, intelectuales, llenamos las plazas públicas del Perú con el grito de “¡Fidel, seguro, / a los yanquis dales duro!”. “¡Cuchillo, cuchara, / que viva el Che Guevara!”. Lemas que estremecieron América.

En su libro A thousand days (Houghton Mifflin Company, Boston, 1965), el historiador Arthur M. Schlessinger jr. refiere que en 1961 su amigo el presidente John Kennedy lo envió a América Latina para consultar la opinión de los gobernantes respecto a qué hacer con Cuba. Víctor Paz Estensoro, presidente de Bolivia, fue terminante: “Castro debe ser eliminado”.

Víctor Raúl Haya de la Torre propuso la acción colectiva: “él consideraba”, escribe Schlessinger, “que el régimen de Castro era la gran amenaza para la democracia progresiva de las Américas y creía que la OEA podía invocar el Tratado de Río de 1947 contra la agresión en el hemisferio.” Es decir, la invasión.

Supongo que muchos peruanos ignoran lo que significa el bloqueo contra Cuba. Que basta, por ejemplo, que una empresa envíe cualquier tipo de maquinaria o medicina a Cuba para que esa empresa no pueda negociar con Estados Unidos.

Los grandes medios ­aseguran que en Cuba no hay democracia, que hay una dictadura personal. Aun en el supuesto de que eso fuera verdad, ¿quién ha elegido como árbitro de las buenas costumbres políticas al imperialismo yanqui –el que impone dictadores como Pinochet o Videla, y ampara a regímenes asesinos como el de Álvaro Uribe o Alan García y que, además, decenas de veces ha intentado ­asesinar a Fidel?–.

Hay más de un “mártir de la libertad cubana” que conspiró por encargo de Washington contra la revolución, apelando incluso a la sedición.

Pues bien, en la balanza pongo al final el hecho de que Cuba ha resistido durante medio siglo al país más poderoso y brutal del mundo; la firmeza y el sacrificio de su pueblo; los logros en favor de los negros, las mujeres, los niños y los ancianos; el impulso formidable a la educación y la salud de todos; la noble solidaridad con otros pueblos.

En suma, aquello por lo cual he soñado y luchado durante toda mi vida.

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