Elogio de la diatriba
Gustavo Gorriti
La diatriba aparece también con fuerza en el periodismo -y también en el mejor periodismo- de las democracias en proceso de formación.
El artículo que dediqué la semana pasada ("Del florete al machete") a algunos delincuentes enmascarados como dueños de periódicos y periodistas concitó una respuesta mayoritariamente favorable entre los lectores de esta página. Sin embargo, hubo algún lector que lamentó que la diatriba haya reemplazado al debate.
A mí eso tampoco me complace, pero no me alarma. La dialéctica cortés, el debate, aunque ágil, respetuoso -la esgrima gentil en suma-, son propios de sociedades democráticas estables en las que se honra el sistema, la ley y su espíritu. El contrato social no tiene manchones ni entrelíneas ni falsificaciones. Por lo contrario, las sociedades en transición -al margen de si son vigorosas y pioneras o corruptas y decadentes- viven realidades más plásticas, precarias o forzadas donde, con frecuencia, la diatriba es una forma necesaria para la defensa de la razón y la libertad.
El escritor Alexis Márquez Rodríguez, en su columna caraqueña "La palabra", puntualizó que "se puede emitir el insulto más airado sin que conlleve calumnia. Y esta, a su vez, puede ir dentro de un discurso totalmente ajeno a la violencia verbal". Los dos maestros de la diatriba en la antigüedad, Demóstenes y Cicerón, le añadieron su vehemente sinonimia: las filípicas y las catilinarias.
El gran Quevedo cultivó todos los registros de la diatriba, desde el denuesto mordaz contra Góngora hasta el riesgoso, pero medido reclamo al conde-duque de Olivares:
No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
Y, para mí, es también una diatriba desgarrada contra el poder injusto, su hermosa "Memoria inmortal de don Pedro Girón, duque de Osuna":
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la fortuna.
En América Latina, como anota Márquez, "quizás no haya otros como el ecuatoriano Juan Montalvo (1832-1889), cuyo verbo encendido y fulminante libró una larga campaña contra el dictador de su país Gabriel García Moreno (1821-1875). Fue en ello tan vehemente que, cuando en el exilio supo la muerte del dictador, exclamó: '¡Mi pluma lo mató!'".
Y en el Perú, nadie ha superado a Manuel González Prada.
Es que la mejor diatriba -lo que la diferencia del mero insulto y la aparta del libelo- combina tres elementos: la indignación moral, la verdad y la inteligencia. Aún la hipérbole, la exageración aparente, resalta una verdad de fondo y demuestra con elocuencia resonante el porqué de la indignación.
Por eso, la diatriba aparece también con fuerza en el periodismo -y también en el mejor periodismo- de las democracias en proceso de formación. El periodismo estadounidense del siglo XIX cultivó a fondo la polémica ardorosa junto con la diatriba y sus peligros. Nadie alcanzó en ese género la restallante maestría de William Cowper Brann, el director de "El Iconoclasta" de Waco, Texas. y pocos pagaron el precio que él voluntariamente pagó.
Michael Browning, un periodista de la revista Tropic, describió hace algunos años a Brann como "un maestro de la invectiva, sin rivales en la literatura estadounidense". En una ciudad de universidades, fanatismo religioso, espectacular hipocresía y superávit de revólveres, Brann arremetió contra la hipocresía y el fanatismo con su fulgurante talento para el combate verbal. Su fama traspasó Texas. "El Iconoclasta" superó tirajes de 100 mil ejemplares y se vendió en todo Estados Unidos. Como escribió Browning, "El Iconoclasta sólo duró tres años, pero surcó como un cometa el firmamento de las letras estadounidenses".
Brann fue atacado físicamente varias veces, pero jamás se amilanó. Finalmente, el 1 de abril de 1898 un individuo llamado Tom Davis se le acercó y le disparó por la espalda. Herido, Brann sacó su propio revólver y acribilló a Davis. Horas después, ambas personas murieron. Sin el talento de su director, "El iconoclasta" también falleció poco después.
Pero, como sucede con el genio, hay páginas de Brann que, más de un siglo después de su muerte, parecen escritas hoy y su indignación resuena en nuestra actualidad. Lo que pudo servir en Waco en el siglo de anteayer, comenta lo que pasa en Lima hoy.
De un enemigo vagamente comparable a la canalla seudo-periodística de La Razón, Brann escribió lo siguiente: "Su existencia refuta la teoría de la supervivencia del más apto y sugiere que la humanidad es meramente un mal olor. Tiene cirrosis del alma. Su corazón es un gusano verde que se alimenta de hiel. Los intestinos de su compasión están petrificados. Si la leche de su bondad humana fuera batida, el resultado sería un queso de Limburger. (El individuo) tiene estrabismo moral y carga su cerebro en el vientre. Su olor de santidad le provocaría convulsiones a un zorrino".
Al referirse al editor de un periódico que sería casi un santo al lado de Azi Wolfenson, el padrino de La Razón, Brann escribió una de sus páginas más memorables. "Solo puedo preguntarme qué pasará con (este editor) cuando el último aliento abandone su cuerpo feculento y la muerte detenga el cascabeleo de su abortivo cerebro, porque él es inapto para el cielo y demasiado asqueroso para el infierno. No puede ser enterrado en la tierra para que no provoque una peste; ni tampoco en el mar, no sea que envenene a los peces; ni siquiera puede ser lanzado al espacio como el ataúd de Mahoma por miedo de que los mundos orbitantes, al tratar de evitar la contaminación, choquen entre sí, destruyan el universo y lo lleven de nuevo al reino ruidoso del Caos y la Vieja Noche. Este maldito bribón parece ser un elefante blanco en las manos de la Deidad, y tengo alguna curiosidad de saber qué hará con él".
A la Deidad no le faltan elefantes blancos entre las manos en estos días tampoco. Me pregunto cómo se habrá procesado en el empíreo los datos sobre extrema corrupción periodística que han salido a luz en estos días.
La semana pasada, en el proceso contra la prensa chicha, en el que los hermanos Moisés y Alex Wolfenson son enjuiciados, hubo un nuevo elemento que fue cubierto apenas sumariamente por la prensa. Los ex-secretarios de Montesinos, los capitanes Mario Ruiz Agüero y Wilbert Ramos Viera decidieron ampliar su testimonio y afirmaron, en confrontación con los Wolfenson, haberles pagado repetidamente, por orden de Montesinos, los titulares de la 'prensa chicha' que previamente les habían sido transmitidos por fax a aquellos.
Así, por ejemplo, Ruiz Agüero dijo: "Sí, me ratifico y quisiera aclarar; los sobres que le entregaba al señor Moisés Wolfenson eran sobres conteniendo dinero, que han sido en más de una oportunidad. Esos sobres eran producto de los periódicos El Chino y El Men que publicaban unos titulares, esos titulares mi persona (sic) los pasaba por fax al señor Moisés Wolfenson, lo llamaba por celular o al teléfono que teníamos en la agenda y, bueno, después, diariamente se sacaba una fotocopia del titular o del periódico, se pegaba en un cuaderno y seguidamente se colocaba el monto del titular o el precio del titular que se sacaba; bueno, al cabo de una semana, quince días o veinte días, no tenía una fecha exacta, se recopilaba todo eso en el cuaderno, se hacía un monto total, se le entregaba al doctor Montesinos, el doctor Montesinos verificaba que no que sea el monto que él decía, porque hay veces (sic) poníamos dos mil. Montesinos decía no, esto es muy chico, mil quinientos, no es dos mil quinientos, él colocaba el monto y, este, seguidamente Montesinos indicaba a la señora Matilde Pinchi Pinchi para que nos hiciera entrega del sobre..", que era entregado en el SIN a los hermanos Wolfenson. Pregunta tras pregunta, ambos capitanes coincidieron plenamente: ellos le entregaron a los Wolfenson el dinero que Montesinos les daba para pagarles por haberse prostituido ellos mediante sus periódicos, convirtiéndolos en boletines de desinformación y guerra sicológica del SIN.
Los Wolfenson negaron, como es natural, ese testimonio directo. Y La Razón arreció su campaña de instigación a la subversión violenta. Porque de eso se trata al fin: provocar violencia social, tumbar a un país para evitar sus sentencias. Las de ellos y sus cómplices, las de Montesinos, su patrón.

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