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El zorro de arriba
De política, cultura y cosas peores

06/04/2008 GMT 1

Siete Ensayos de José Carlos Mariátegui II parte

consejerodelobo@hotmail.com @ 02:24

Aparte de fundamentos doctrinales, el sagaz ensayista aprecia un factor incontestable en el problema agrario del Perú: La supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígena.
Por otra parte, el virreinato, el colonialismo pervive en el feudalismo, cimiento económico de una clase cuya hegemonía no carecía la revolución de independencia. Y como el régimen de propiedad de la tierra determina el régimen político y administrativo de toda nación: El problema agrario domina todos los problemas de la nuestra. Asevera concluyentemente Mariátegui que sobre una economía semifeudal no pueden prosperar ni funcionar instituciones democráticas y liberales.
Se refiere luego al régimen de trabajo en la agricultura, determinado, centralmente, por el régimen de propiedad. Y afirma que en la misma medida en que sobrevive en el Perú el latifundio feudal, sobrevive también, bajo diversas formas y con distintos nombres, la servidumbre. Señala las diferencias entre la agricultura de la costa y la de la sierra. En la primera, cuando no es el indio, es el negro o el culí chino el trabajador de la tierra. En el latifundista, parejamente actúan el sentimiento del aristócrata medieval y del colonizador blanco, saturado de prejuicios raciales. El yanaconazgo y el enganche son métodos feudales que prevalecen en la agricultura costeña. Todas las actividades de funcionarios políticos o administrativos están sujetas a la autoridad del terrateniente, cuya propiedad sé halla fuera de la potestad del Estado. El ámbito de la hacienda es íntegramente señorial. Los grandes propietarios se valen del yanaconazgo y el enganche para rechazar el salario libre, inherente a una economía liberal y capitalista.
El enganche priva al bracero del derecho de disponer de su persona y su trabajo, mientras no satisfaga las obligaciones contraídas con el propietario, desciende inequívocamente del tráfico semiesclavista de culíes; el yanaconazgo es una variedad del régimen de servidumbre a través del cual se ha prolongado la feudalidad hasta nuestra edad capitalista en los pueblos política y económicamente retardados.
La costa padece la falta o insuficiencia de brazos. El yanacona o arrendatario o aparcero vincula al suelo a la escasa población regnícola, que sin esta mínima garantía de disfrute de la tierra tiende a emigrar; el enganche asegura a la agricultura costeña el aporte de los trabajadores serranos que, aunque extraños a su medio, se encuentran mejor remunerados. Así, pues, las condiciones del bracero en las haciendas de la costa es superior a las de los feudos de la sierra, donde el terrateniente es omnipotente y sólo le preocupa su rentabilidad y no la productividad de las tierras. Aquí, dentro de las sombrías fases de la propiedad y el trabajo precapitalistas, la forma de arrendamiento, según el autor de Siete ensayos, es la el propietario se limita a ceder el uso de sus terrenos, mientras el arrendatario pone de su parte capital y trabajo necesarios para que el cultivo se realice. Concluido éste se reparten por igual todos los productos. Eso no es todo: el aparcero está obligado a intervenir personalmente en las faenas del propietario con el jornal acostumbrado de 25 centavos diarios.
Como culminación de su importante ensayo Mariátegui apunta hechos de singular interés:
La industrialización, bajo un régimen y una técnica capitalistas, en 165 valles de la costa se debe al impulso financiero del capital británico y norteamericano en la producción del azúcar y el algodón.
Los latifundistas dedican sus tierras al cultivó de esos dos productos porque están financiados por poderosas firmas exportadoras.
Los grandes terratenientes actúan en realidad como intermediarios o agentes del capitalismo extranjero.
Al analizar la trayectoria de la instrucción pública, Mariátegui observa tres influencias: la española -herencia, más bien-, la francesa y la norteamericana. Y la continuidad del virreinato en la república: Un sentido aristocrático y un concepto eclesiástico y literario de la enseñanza que nos legó España. Dentro de este concepto que cerraba las puertas de la Universidad a los mestizos, la cultura era un privilegio de casta. El pueblo no tenía derecho a la instrucción. La enseñanza tenía por objeto formar clérigos y doctores.
Un igualitarismo verbal surge con la revolución, pero con vista al criollo, con desdén por el indio.
La reforma de 1920 conlleva el predominio de la influencia norteamericana. Técnicos yanquis asesoran al propugnador de la orientación, el profesor Villarán. Pero la reforma fracasa. Mariátegui explica: La ejecución de un programa demoliberal resultaba en la práctica entrabada y saboteada por la subsistencia de un régimen de feudalidad en la mayor parte del país. No es posible democratizar la enseñanza de un país, sin democratizar su economía y sin democratizar, por ende, su superestructura política.
En cuanto a la Reforma Universitaria, todos los portavoces de la nueva generación estudiantil latinoamericana convienen en que por su estrecha y creciente relación con el avance de las clases trabajadoras y con el abatimiento de viejos privilegios económicos, no puede ser entendido sino como uno de los aspectos de una profunda renovación latinoamericana... No coinciden rigurosamente todas las diversas interpretaciones, pero con excepción de las que proceden del sector reaccionario, interesado en limitar el alcance de la Reforma, localizándola en la Universidad y la enseñanza, todas las demás la definen como la afirmación del espíritu nuevo, entendido como espíritu revolucionario.
En cuanto al Perú, Mariátegui declara que por varias razones, el espíritu de la Colonia ha tenido su hogar en la Universidad. La vieja aristocracia colonial prolonga su dominio en la República, retardando su evolución histórica y enervando su impulso biológico. Por ello, la Universidad no cumple una función progresista y creadora en la vida peruana, a cuyas necesidades profundas y a cuyas corrientes vitales resulta no sólo extraña sino contraria.
La insurgencia estudiantil registra escasos logros. Se siente estimulada al principio por la victoriosa insurrección de Córdoba y por las palabras admonitorias del profesor Palacios. Pero esas mismas conquistas son escamoteadas un año después del congreso nacional de estudiantes celebrado en el Cuzco en 1920. Mariátegui constata que lo único trascendental de ese evento es la creación de las universidades populares González Prada, destinadas a vincular a los estudiantes revolucionarios con el proletariado y a dar un vasto alcance a la agitación estudiantil. Y por otro lado, cabe anotar que, al calor de la Reforma, los países latinoamericanos se forman núcleos de estudiantes dedicados al estudio de las teorías marxistas y de economía y sociología, cuyos conocimientos ponen al servicio de la clase obrera dotando a ésta, en muchos lugares, de verdaderos rectores intelectuales. Asimismo, los propagandistas y actores más entusiastas dc la unidad de América Latina se reclutan entre los líderes de la Reforma Universitaria.
En pocos años, aquí o allá, a lo largo del continente la Reforma resulta frustrada. Mariátegui cita una verdad de Palacios: Mientras subsista el actual régimen social, la Reforma no podrá tocar las raíces recónditas del problema educacional.
En el factor religioso lo primero que contempla el ensayista peruano es la religión incaica. Sostiene que el culto Tahuantinsuyo carecía de poder espiritual para resistir al Evangelio y que sus rasgos fundamentales son su divismo teocrático y su materialismo. Era un código tal antes que una concepción metafísica. El Estado y la Iglesia se identificaban absolutamente; la religión y la política reconocían los mismos principios y la misma autoridad. Lo religioso se resolvía en lo social... Tenía fines temporales más que fines espirituales. Se preocupaba del reino de la tierra antes que del reino del cielo. Constituía una disciplina social más que una disciplina individual. El mismo golpe hirió de muerte a la teocracia y a la teogonía.
Lo que subsiste en el alma indígena son los ritos agrarios, las prácticas mágicas y el sentimiento panteísta.
Mariátegui califica la conquista como la última cruzada. Su carácter de tal la define como una empresa militar y religiosa: La realizaron en comandita soldados y misioneros. Después el coloniaje; una empresa política y eclesiástica. El culto y la liturgia suntuosa del catolicismo cautivan al indio. La facilidad de la Iglesia para aclimatarse a cualquier tiempo histórico, su poder mimético ya demostrado siglos atrás con la absorción de antiguos mitos y la apropiación de fechas paganas, continuó en el Perú: El culto de la virgen encontró en el lago Titicaca -de donde parecía nacer la teocracia incaica- su más famoso santuario.
Pero la pasividad con que los indios se dejan catequizar y lo fácilmente que se produce la superposición del culto católico al sentimiento indígena enflaquece moralmente al catolicismo. Bajo la obra evangelizadora dé misioneros y eclesiásticos subsiste el paganismo aborigen. Como no tienen que velar por la pureza del dogma, los enviados de la Iglesia se limitan a servir de guía a una grey rústica y sencilla, sin inquietud espiritual alguna. Lo mejor de sus energías lo gastan en sus propias querellas internas, o en la casa del hereje, si no en tina constante y activa rivalidad con los representantes del poder temporal.
Fija bien Mariátegui lo que distingue la conquista y colonización anglosajona de la española. La primera es una aventura absolutamente individualista, que se desarrolla en una tierra casi virgen, que obliga a los hombres que la realizan a una vida de alta tensión. Al colonizador no le preocupa la evangelización de los aborígenes. Ni misioneros, ni predicadores, ni teólogos de convento. El individualismo puritano hace de cada pionero un pastor; el pastor de sí mismo. No tiene que conquistar una cultura y un pueblo sino un territorio. Para la posesión simple y ruda del suelo sobran las milicias aguerridas de catequistas y sacerdotes que movilizan los españoles para su cruzada.
Llama la atención Mariátegui sobre el papel del protestantismo como levadura espiritual del proceso capitalista... La reforma protestante contenta la esencia, el germen del Estado liberal... El capitalismo y el industrialismo no han fructificado en ninguna parte como en los pueblos protestantes... Han llegado a su plenitud sólo en Inglaterra, Estados Unidos y Alemania. Y dentro de estos Estados, los pueblos de confesión católica han conservado instintivamente gustos y hábitos rurales y medievales... Y en cuanto a los Estados católicos, ninguno ha alcanzado un grado superior de industrialización... España, el país más clausurado en su tradición católica, presenta la más retrasada y anémica estructura capitalista.

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