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El zorro de arriba
De política, cultura y cosas peores

06/04/2008 GMT 1

Siete Ensayos de José Carlos Mariátegui III parte

consejerodelobo@hotmail.com @ 03:46

Apunta indiscutibles opiniones: La revolución de la independencia, del mismo modo que no tocó los privilegios feudales, tampoco tocó los privilegios eclesiásticos... Amamantado por la catolicidad española, el Estado peruano tenía que constituirse como Estado semifeudal y católico. La república continuó la política española, en éste o en otros terrenos... El liberalismo peruano, débil y formal en el plano económico y político, no podía dejar de serlo en el plano religioso.
Reconoce que el movimiento radical gonzález-pradista denuncia y condena el civilismo y el militarismo que dominan la política peruana y significa la primera agitación anticlerical efectiva, pero no amenaza en lo más mínimo la estructura económico-social del país. Atribuye su debilidad al hecho de que está dirigido por hombres de temperamento más literario o filosófico que político, aparte de que carece de un programa económico-social: Sus dos lemas centrales -anticentralismo y anticlericalismo- eran por sí solos insuficiente amenazar los privilegios feudales.
Insiste con Sorel en que la experiencia histórica de los últimos lustros ha comprobado que los actuales mitos revolucionarios o sociales pueden ocupar la conciencia profunda de los hombres con la misma plenitud que los antiguos mitos religiosos.
El regionalismo no es en el Perú un movimiento, una corriente, un programa, escribe Mariátegui: No es sino la expresión vaga de un malestar y de un descontento. A seguidas afirma que las formas de descentralización ensayadas en el curso de la república adolecen del vicio criminal de representar una concepción y un diseño centralistas. Liberales o conservadores, el civilista Manuel Pardo o el caudillo demócrata Nicolás de Piérola, todos proclaman la descentralización administrativa. Los ataques al centralismo se multiplican y parten de todos los sectores. Se habla del federalismo como una solución, mas resulta fórmula de raíz e inspiración feudales. Fines propagandísticos, en realidad, guían la campaña. Fundamentalmente, los clanes políticos no difieren. La polémica entre federalistas y centralistas al fin es superada por anacrónica, como la controversia entre liberales y conservadores. Teórica y prácticamente la lucha se desplaza del plano exclusivamente político a un plano social y económico.
A la nueva generación no le preocupa en nuestro régimen lo formal -el mecanismo administrativo-, sino lo sustancial, la estructura económica. Mariátegui plantea que toda descentralización que no se dirija a resolver el problema agrario, la cuestión indígena, no merece ya ni siquiera ser discutida. Lo primero a clarificar es el concepto de regionalismo, para evitar el gamonalismo regional. Luego, optar por el gamonal o el indio. No existe una tercera posición. Y dejar sentado de una vez que el nuevo regionalismo no es una mera protesta contra el régimen centralista. Es una expresión de la conciencia serena y del sentimiento andino. Los nuevos regionalistas son, ante todo, indigenistas.
Mariátegui recuerda la división geográfica del Perú en tres regiones: la costa, la sierra y la montaña. Aclara que esta división no es sólo física. Trasciende a la realidad social y económica. La montaña, dice, sociológica y económicamente carece aún de significación. Puede decirse que la montaña, la floresta, es un dominio colonial del Estado peruano. Quedan las dos regiones efectivas, la costa y la sierra, en que se distingue y separa, como el territorio, la población. En la costa arraiga lo español y mestizo, en la sierra se refugia lo indígena. Aquí se conciertan todos los factores de una regionalidad, si no de una nacionalidad.
En el proceso de la literatura, declara Mariátegui en el pórtico: Nada me es más antitético que el bohemio puramente iconoclasta y disolvente; pero mi misión ante el pasado, parece ser la de votar en contra. No me eximo de cumplirla, ni me excuso por su parcialidad... Mi crítica renuncia a ser imparcial o agnóstica... Declaro sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones e ideas políticas.
La literatura de la colonia no es peruana: es española. No por estar escrita en idioma español, sino por haber sido concebida con espíritu y sentimiento españoles. Dos excepciones presenta Mariátegui, Garcilaso y Caviedes. Sobre todo el primero resulta incontestable: En Garcilaso se dan la mano dos edades, dos culturas. Pero Garcilaso es más inca que conquistador, más quechua que español... Es el primer peruano, sin dejar de ser español. Su obra pertenece a la épica española. Es inseparable de la máxima epopeya de España: el descubrimiento y conquista de América.
En cuanto a Caviedes, señala que fue personalísimo en sus agudezas y que en ciertos aspectos de la vida nacional, en la malicia criolla, puede y debe ser considerado como el lejano antepasado de Segura, de Pardo, de Palma y de Paz Roldán [...] Anuncia el gusto limeño por el tono festivo y burlón.
Literatura colonial y colonialista, sin raíces, escribe Mariátegui: El arte tiene necesidad de alimentarse de la savia de una tradición, de una historia, de un pueblo. Y en el Perú la literatura no ha brotado de la tradición, dé la historia, del pueblo indígena. Nació de una importación de literatura española: se nutrió luego de la imitación de la misma literatura [...] El literato peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al pueblo. Entre el Incario y la Colonia, ha optado por la Colonia.
Tras enjuiciar la literatura de la colonia, Mariátegui la emprende con la llamada generación futurista, al referirse al autor de Tradiciones peruanas: Riva Agüero y sus secuaces gastan la mejor parte de su elocuencia en acaparar la gloria de Ricardo Palma. Situar su obra dentro de la literatura colonialista es no sólo empequeñecerla sino también deformarla [...] las ‘tradiciones’ tienen, política y socialmente, una filiación democrática [...] Su burla roe risueñamente el prestigio del virreinato y el de la aristocracia.
Estudia la figura de González Prada, el precursor de la transición del periodo colonial al periodo cosmopolita. Por ser la menos española, por no ser colonial, su literatura anuncia precisamente la posibilidad de una literatura peruana. Es la liberación de la metrópoli. Es, finalmente, la ruptura con el virreinato. Con González Prada se inicia en el Perú el contacto con otras literaturas. Penetra la influencia francesa y aún la italiana. Se percibe en su verso que busca nuevos troqueles y exóticos ritmos. Y en su prosa, que truena contra las academias y los puristas. Su clara inteligencia descubre el nexo oculto entre el conservatismo ideológico y el academicismo literario. Contra ambos combina su ataque. No pierde de vista la íntima relación entre toda actitud intelectual y su base económico-política. Pero es el hombre de la idea, no de la acción. Mariátegui escribe que lo duradero en González Prada es su espíritu, su austero ejemplo moral, su noble y fuerte rebeldía.
Aparece luego Melgar, el primer expresador del sentimiento indígena en este período de nuestra literatura. Para la crítica pasadista -su vocero, el colonialista Riva Agüero- el poeta de los yaravíes no es sino un momento curioso de la literatura peruana. Mariátegui rectifica: el primer momento peruano de esta literatura.
Y Abelardo Gamarra, el escritor, que con más pureza traduce y expresa las provincias [...] la raíz india está viva en su arte jaranero [...] Por su sentimiento, por su entonación, su obra es la más genuinamente peruana de medio siglo de imitaciones y balbuceos.
El poeta de Alma América es otra cosa. Mariátegui lo ubica en la etapa colonial de la literatura peruana: Su poesía grandílocua tiene todos sus orígenes en España. Su verbosidad, su exuberancia nada tienen que ver con lo autóctono con lo esencial americano que una crítica gaseosa le atribuye. En el Perú, donde cabe localizar el caso Chocano, lo autóctono es lo indígena, vale decir, lo incaico. Y lo indígena, lo incaico es fundamentalmente sobrio. El arte indio es la antítesis, la contradicción del de Chocano.
Dentro del testimonio de Mariátegui no falta un análisis de la generación futurista, como paradójicamente se le apoda, tendencia que señala un momento de restauración colonialista y civilista en el pensamiento y la literatura del Perú.
Desde su debut en la política, su líder Riva Agüero arremete contra el radicalismo, cuyos componentes se hallan en verdad dispersos. El propio González Prada está retirado a un displicente ascetismo, desconectado de sus discípulos. El capitán de la milicia intelectual de la reacción civilista puede hablar libremente las circunstancias históricas propician la restauración. Idealiza y glorifica la Colonia, buscando en ella las raíces de la nacionalidad. Superestima la literatura colonialista señalando enfáticamente a sus mediocres cultores. Trata desdeñosamente el romanticismo de Mariano Melgar. Reprueba a González Prada de lo más válido y fecundo de su obra: su protesta. Para confirmar aún más su tradición plutocrática y civilista, la insólita declaración: ‘Los partidos de principios no sólo no producirán bienes sino que crearán males irreparables’.
En el proceso de la literatura peruana no puede soslayarse el movimiento Colónida y Valdelomar. Mariátegui, que formó parte del mismo, lo describe:
Representó una insurrección -decir una revolución sería exagerar su importancia- contra el academicismo y sus oligarquías, su énfasis retórico, su gusto conservador, su galantería dieciochesca y su melancolía mediocre y ojerosa.
Una efímera revista de Valdelomar dio su nombre a este movimiento. Porque Colónida no fue un grupo, no fue un cenáculo, no fue una escuela, sino un movimiento, una actitud, un estado de ánimo.
La bizarría, la agresividad, la injusticia y hasta la extravagancia de los ‘colónidos’ fueron útiles.
Cumplieron una función renovadora. Sacudieron la literatura nacional. La denunciaron como vulgar rapsodia de la más mediocre literatura española... Colónida fue una fuerza negativa, disolvente, beligerante.
El fenómeno ‘colónido’ fue breve. Después de algunas escaramuzas polémicas, el ‘colonidismo’ tramontó definitivamente.
El ‘colonidismo’ negó e ignoró la política. Su elitismo, su individualismo, lo alejaban de las muchedumbres, lo aislaban de sus emociones.
Los independientes: Domingo Martínez Luján, bizarro especimen de la vieja bohemia romántica; Manuel Beingolea cuentista de fino humorista y de exquisita fantasía, que cultiva en el cuento el decadentismo de lo raro y lo extraordinario; José María Eguren, que representa en nuestra historia literaria la poesía pura, antes que la poesía simbolista. Mariátegui considera que este fino poeta no tiene ascendientes en la literatura peruana. No los tiene tampoco en la propia poesía española... Es la reacción contra lo gárrulo y retórico... Eguren, en el Perú, no comprende ni conoce al pueblo. Ignora al indio, lejano de su historia y extraño a su enigma.
Incluido está Alberto Hidalgo en ese mismo grupo: Hidalgo, empero, como él dice, en la izquierda de la izquierda. Sobre este poeta, he aquí las palabras de Mariátegui: Si con Valdelomar incorporamos en nuestra sensibilidad, antes estragada por el espeso chocolate escolástico, a D'Anunnzio, con Hidalgo asimilamos a Marinetti, explosivo, trepidante, camorrista. Hidalgo, panfletista y lapidario, continuaba, desde otro punto de vista, la línea dé González Prada y More. Era un personaje excesivo para un público sedentario y reumático.
Presente César Vallejo: Es el poeta de una estirpe, de una raza. En Vallejo se encuentra, por primera vez en nuestra literatura, sentimiento indígena virginalmente expresado... Pero el sentimiento indígena tiene en sus versos una modulación propia. Su canto es íntegramente suyo Al poeta no le basta traer un mensaje nuevo. Necesita traer una técnica y un lenguaje nuevos también. Su arte no tolera el equivoco y artificial dualismo de la esencia y la forma... Mas lo fundamental, lo característico en su arte es la nota india. Hay en Vallejo un americanismo genuino, no un americanismo descriptivo o localista. Vallejo no recurre al folklore. La palabra quechua, el giro vernáculo no se injertan artificiosamente en su lenguaje; son producto espontáneo, célula propia, elemento orgánico. Se podría decir que Vallejo no elige sus vocablos. Su autoctonismo no es deliberado. Vallejo no se hunde en la tradición, no se interna en la historia, para extraer de su oscuro substractum perdidas emociones. Su poesía y su lenguaje emanan de su carne y de su ánima. Su mensaje está en él.
Otros poetas: Alberto Guillén, Magda Portal, Alcides Spelucín... La corriente indigenista en la literatura del Perú. La Colónida termina.

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