Padres del minifundio
Reynaldo Trinidad
Las nuevas generaciones no lo saben, pero deben saberlo: la reforma agraria del 24 de junio de 1969 se dio porque el 75.9% de las tierras era acaparada sólo por el 0.4 % de propietarios.
Sobre esta realidad comenzaba a nacer Sendero Luminoso.
Entonces, el primer mérito de la reforma fue arrebatarle al incipiente senderismo la gran bomba social que éste habría utilizado en su insurrección fundamentalista.
El otro fue mucho más grande: el gobierno del general Juan Velasco Alvarado no expropió los latifundios para retacearlos como en otros procesos, sino para cooperativizarlos; sencillamente porque no había suficientes tierras ni agua como para asignar una parcela técnica y económicamente manejable a cada campesino.
Pero el segundo gobierno del arquitecto Fernando Belaúnde Terry (1980-85) decidió cobrarse la revancha política ante el velasquismo, deshaciendo el único cambio realmente estructural que éste había realizado. Fue a través de la Ley de Promoción y Desarrollo Agrario, que —bajo el eufemismo de “cambio de modelo” de las empresas asociativas— indujo a la parcelación indiscriminada de éstas.
Entonces, como hoy, los poderes político, económico y mediático dominantes jamás quisieron escuchar a quienes advertíamos que ello equivalía a un suicidio técnico, económico y social, y que cualquier modificación de la herencia velasquista debería hacerse sin liquidar a la organización empresarial.
Sin embargo, el régimen belaundista tuvo algún pudor en no empujar frontalmente la micronización agraria. Fue el primer gobierno del Dr. Alan García Pérez el que extremó la parcelación regresiva, con la misma irresponsabilidad con que ahora pretende pulverizar a las comunidades campesinas y nativas, para restaurar el latifundio, tras destazar al campo en minifundios insostenibles.
Estas son elementales verdades históricas que el Perú sensato jamás debe olvidar.

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