Biografia completa de Antonio Machado
Antonio Machado
(1875-1939)
Sumario:
— Un adulto prematuro
— Soria
— Baeza
— Segovia
— La guerra
— El pueblo canta
Pero al fin es preciso ir a la guerra.»
Un adulto prematuro
Antonio Machado nació en Sevilla el 26 de julio de 1875, proveniente de una familia liberal. Su padre era juez, un hombre muy culto, doctorado en Filosofía y Letras y reputado folklorista que investigó los cantes del pueblo andaluz.
Apenas quedan recuerdos de infancia al Machado adulto, y escasos son los que conserva de Sevilla. Parece que su infancia le resultó monótona, ajena al valor del tiempo, a la angustia del tiempo, que después pretendió recobrar. Quizá no lo busca, pero el niño sevillano tropieza con un vacío que le enseña a meditar y a reflexionar, forjando ese típico carácter tan suyo, propenso a la observación meticulosa, pero también al distanciamiento:
Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar.
Machado también recuerda su adolescencia como una madurez prematura, solitaria, un tiempo ido que no puede recobrar. Lo expresará en Galerías:
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor,
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¿Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar?
Por eso, cuando en plena guerra se dirije en un mitin a las Juventudes Socialistas Unificadas, les ofrece un único consejo: que vivan como jóvenes, que es una etapa de la vida irrepetible, irrecuperable. No cabe duda que estaba pensando en su propia experiencia personal de juventud frustrada.
A los ocho años, en 1883, sus padres se trasladan a Madrid, el centro dominante de la cultura, la política y la burocracia española. En la España caciquil, intransigente, escolástica, absolutista y clerical, tiene abiertas las puertas la Institución Libre de Enseñanza, un auténtico balneario para la amordazada intelectualidad española.
Su adolescencia y juventud estuvieron, pues, marcadas por las enseñanzas de la Institución: a sus maestros guardará Machado vivo afecto y profunda gratitud. La huella es clara en las pretensiones armónicas, racionales y frías del poeta quien, aun cuando tome partido, trata de aproximarse al contrario.
Es clara también esa huella en su insistencia por el diálogo, que consiste -dice Machado- en preguntar primero y escuchar después, y no en lanzar el discurso para que los demás escuchen, sin atender las razones ajenas, e incluso las opuestas. Ese diálogo está presente también en su poesía que, al estilo de Bécquer, adopta una forma dialogada, de preguntas y coloquio, aunque se trate en realidad de un verdadero monólogo.
El poeta se separa claramente de sus mentores en su adhesión, poética y política, por lo popular, rompiendo el aire elitista de la Institución. Su primer poemario lo tituló Soledades, que no es más que una evocación de la soleá, uno de los cantes flamencos más importantes. En él está incluido también un poema dedicado al cante hondo, que es quizá la primera presencia del arte popular dentro de la literatura culta española, línea que Lorca impulsará después con enorme fuerza.
En 1889 ingresó en el Instituto de San Isidro. Un año más tarde lo hará en el Cardenal Cisneros.
Cuando tenía 18 años, en 1893, muere de su padre, el hombre que volviera de Cuba a enterrarse en su Sevilla adoptiva, donde publicó su obra El folklore andaluz.
Machado inició sus trabajos literarios en La Caricatura, utilizando varios seudónimos para firmarlos: Gabellera y Tablante de Ricamonte. Comprende la necesidad de romper su incomunicación infantil y recuperar el tiempo perdido. En el ansia por devorar tiempo, más que ser devorado por él, experimenta la necesidad de viajar, empaparse de paisajes, conocer gentes, buscar relaciones humanas que posibiliten el siempre ejercicio difícil de la comunicación.
Por eso, en 1989, con 24 años, marcha a París, donde se mueve en la cohorte habitual de pintores, poetas, revolucionarios, soñadores y bohemios enfrascados en las tertulias de los cafés. Pero Machado es más hombre de escuchar que de exponer, de pensamiento que de acción. Trabaja, junto con su hermano Manuel, como traductor en la casa Garnier; perfecciona el francés y anota impresiones, que más tarde recordará. El affaire Dreyfuss está en su apogeo y el simbolismo también; en pintura el expresionismo. La gran figura literaria, el gran consagrado, era Anatole France. En la capital francesa, Machado conoce a Oscar Wilde y a Jean Morèas.
No dura mucho esta primera estancia del poeta en París, apenas cinco meses. En octubre regresa a Madrid. No se sabe cuánto tiempo lleva ya componiendo poemas. Los primeros de que tenemos constancia de publicación aparecieron en la revista Electra en 1901.
Se ha graduado de bachiller en el Instituto Cardenal Cisneros, y de regreso a Madrid, trabaja temporalmente como actor de teatro en la compañía Guerrero-Mendoza. Continúa su colaboración en la revista Electra, comienza también a escribir en Helios, Alma Española, Blanco y Negro, Renacimiento Latino, La República de las Letras, Renacimiento. Por esas mismas fechas conoció a Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y otros destacados escritores de la época con los que mantuvo una estrecha amistad.
En 1902 Machado marcha nuevamente a París y, trabajando en el Consulado de Guatemala, conoce a Rubén Darío, del que será gran amigo durante toda su vida.
Al año siguiente, con veintiocho años de edad, va a publicar su primer libro de poemas, Soledades, en cuyo prólogo a la edición de de 1907 escribió:
Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, voz propia, en respuesta animada al contacto con el mundo. Y aún pensaba que el hombre, mirando hacia dentro, puede vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento.
Y efectivamente Soledades, aunque tiene algunas huellas modernistas, tiene un carácter bien distinto, en el que está más acentuada la influencia de románticos como G.A.Becquer y Rosalía de Castro.
Se trata de poemas de una extraordinaria sencillez, sobrios y transparentes, donde cada palabra aparece por necesidad y nunca por ornamento:
mata tus palabras
y oye tu alma vieja.
Así viene a resumir este poemario en una de sus estrofas.
En ellas el poeta inicia un recorrido interior, introspectivo, a través del sueño que, en realidad, no es más que el propio ensimismamiento del poeta, una ensoñación en estado de vigilia, un monólogo consigo mismo en el que la memoria, los recuerdos, forman una parte muy importante.
Se trata, pues, de versos intimistas en los que sobresale la melancolía y la nostalgia por el pasado, por la infancia perdida. El tiempo desempeña, por tanto, un papel fundamental a través de claves llenas de sugerencias. Una de ellas es la tarde y sus varios equivalentes (crepúsculo, otoño) que transmiten esa sensación permanente de tristeza y decadencia.
La tarde es la imagen exterior del alma misma del poeta, está revestida de la misma melancolía. Aparece sugerida también a través de las sombras, de los parajes umbríos.
El tiempo de Machado transcurre lento y monótono y para describirlo utiliza la imagen de la fuente, donde el agua brota perenne con el mismo murmullo:
El agua de la fuente
sobre la piedra tosca
y de verdín cubierta,
resbala silenciosa.
Junto a las fuentes, hay mucha presencia de otros tipo de paisajes urbanos, como parques, jardines, patios o plazas, todos los cuales van asociados a prductos de la naturaleza que denotan el transcurso del tiempo, como el musgo o el verdín. El silencio y la soledad los presiden todo:
y estoy solo, en el patio silencioso
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro
algún recuerdo en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.
El problema del tiempo está tiempo en sus continuas referencias al camino y al viaje, en donde el destino nunca aparece:
Nunca si llegan a un sitio
preguntan a dónde llegan.
El viaje carece de todo fin utilitario: es un paseo, una recreación del poeta consigo mismo y con la naturaleza que le rodea que le sugiere continuas reflexiones en voz alta.
Pero las fuentes y los jardines de Machado tienen poco que ver con las ciudades muertas de los modernistas. Ya en el segundo poema Machado contrapone las ciudades muertas con la irrupción estridente de unos niños en la plaza:
Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.
¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!...
¡Y algo de nuestro ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas.
El alboroto infantil rompe la monotonía del tiempo, acaba con el silencio y revive a las ciudades muertas. Es en la juventud donde hay que depositar todas las expectativas para llenar de alegría las galerías desiertas del alma.
Juan Ramón Jiménez, en El País, consagra inmediatamente al joven poeta: Tranquilos, dichosos en nuestro retiro, en nuestra soledad de alma, abramos este libro de soledades, libro de abril, amargo y azul, lleno de ráfagas y de ascensiones, de música, de fuentes y aroma de lirios. Y que nuestra alma se aleje hacia poniente, acariciada por esta lira que tiene la melancólica, vieja y castellana de las coplas de don Jorge Manrique y el bello ritmo, rico y diamantino de los romances de Góngora.
Soria
El 1 de mayo de 1907, Antonio Machado toma posesión de su cátedra de Lengua Francesa en Soria. Con treinta y un años se traslada en septiembre a orillas del Duero. Seguramente allí aprendió a amar la naturaleza, a fuerza de penetrarla con su mirada.
Soria era entonces un pequeño pueblo castellano de siete mil habitantes con la historia petrificada en los veladores de un casino que concentraba la escasa conversación de la ciudad.
Pero el paisaje es exuberante. En un viejo tren de marcha lenta, descubriendo campos y hombres que han de alimentar su poesía. La imagen física se le dibuja, ya en su primera impresión, con pelados cerros, pueblecitos terrestres, muros de piedra en vez de sábanas de cemento y diminutos huecos por ojos-ventanas contemplándole desde su desnuda miseria. El tren -queda atrás la ostentación del castillo y catedral de Sigüenza en la mancha gris batida de lluvia-, entra en Soria atravesando tierras pardas, pueblos con casas de adobe; secos campos minifundistas, pastores de rostro barbado, costroso y oscuro, cielos bajos con plomo fundido en sus densas nubes desaparecido a golpe de vista al alzarse en la claridad de un remansado azul, y caminos infantiles y parpadeantes, terrosos, culebras holladas por pies sucedidos siempre en la tierra calcárea y estremecida de vejez. Hasta el páramo: la extensa llanura de cerros afeitados a navaja donde a veces milagrosamente brilla un regato de agua, las tejas de una casa o el puñado de matas que sólo el espejismo puede trasmutar en árboles. Pequeñas manadas de vacas buscan el verde por el ocre de la tierra. Pasado Almazán, los pinos oscuros y tozudos, trepadores, rientes por sus mil oídos abiertos al paso trotón y sonoro del tren en que viaja Machado. Casi es lunar el paisaje que encajona la estación.
El poeta profesor de francés, comienza sus clases en el Instituto General y Técnico. Las clases son plácidas: queda mucho tiempo para pasear. Se alberga primero en una fonda; luego en una casa de huéspedes cuyos patrones tienen tres hijos; la mayor, Leonor, cuenta solamente trece años y será la futura esposa del poeta.
Escribe algunas colaboraciones en la prensa de Soria. A diario sus vecinos cruzan cuando desciende por la calle Mayor, en busca del río, su tranquilo discurrir hacia el Paseo de los Chopos que hace la paralela al Duero, sentándose a la orilla de éste, observando la petrificada atracción del castillo o del monte de las ánimas. Y quizá haya más inscripciones en las rocas conducentes a la gruta de San Saturio. Pero queda, fantasmal, en la otra orilla, la tierra abierta en franjas rojizas con ocres caminos de arena estrecha y serpenteante. Cantan río y viento.
En Soria vivirá Machado cinco años en los que escribe, lee y medita. Pero el paisaje todavía absorbe una parte muy importante de sus preocupaciones. Reconocerá en él que el amor a la naturaleza es mayor que el amor al arte. Así es la ciudad para el poeta:
Sobre un paisaje mineral, planetario, telúrico, Soria, la del viento redondo, con nieve menuda, que siempre nos da en la cara, junto al Duero adolescente, casi niño, es pura y nada más.
Soria es una ciudad para poetas, porque allí la lengua de Castilla, la lengua imperial de todas las Españas, perece tener su más propio y más limpio manantial.
Soria es, acaso, la más espiritual de esa espiritual Castilla, espíritu a su vez de España entera. Nada hay en ella que asombre, o que brille y truene; todo es allí sencillo, modesto y llano.
Es Soria maestra de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos y nada más.
Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano.
El poeta aparece aún ensimismado por el paisaje, atrapado por su búsqueda interior. Sus poemas son todavía distantes y se reflejan en el Españolito, que expresa la ideología de la Institución Libre de Enseñanza:
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas,
ha de helarte el corazón.
En Soria se enamoró Machado de Leonor, apenas una niña, deslumbrada por la inteligencia y la humanidad de aquel forastero. El 30 de julio de 1909 ambos contrajeron matrimonio. Diecinueve años de diferencia fueron acallados por caricias.
Los novios partieron de viaje a Barcelona, pero les sorprendió la Semana Trágica y, cambiando de planes, se encaminaron hacia Fuenterrabía. En España se iniciaba una profunda crisis que dejará su huella en el poeta.
En 1911 Machado, que disfruta París junto a Leonor, asiste en el colegio de Francia a un curso impartido por el filósofo vitalista Henri Bergson. Fue el 14 de julio. La sangre de Leonor comprime el corazón de Antonio Machado, arroja su angustia hacia una calle vuelta de espaldas a su dolor, envejecen su alma hasta límites de momento insospechados. La hemoptisis, entonces, era difícilmente curable. Y ningún médico aparecía para calmar la sed de milagro gritada por el poeta. Al fin la niña hecha mujer a fuerza de miradas y caricias, reposará en una clínica. Hasta septiembre que regresan a Soria. El invierno es frío, más el aire sienta bien a la espiritual y empalidecida enferma.
Sin embargo, Leonor muere el 1 de agosto de 1912 tras un verano cuyos reflejos de angustia para el ser que la viera día a día extinguirse, no pueden ser reproducidos.
En junio de 1912 aparece Campos de Castilla uno de los libros de poemas más importantes publicado por Machado. Aparte de una indagación sobre sí mismo, bulle en ellos una consideración poética sobre un paisaje castellano humanizado de la España que bosteza junto con la emoción del amor perdido, y constituye uno de sus libros más conocidos y populares.
Años más tarde, al prologar la segunda edición en 1917, escribirá:
Pensé que la misión del poeta era inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas. Me pareció el romance la suprema expresión de la poesía y quise escribir un nuevo Romancero. A este propósito responde La tierra de Alvargonzález... Mis romances no arrancan de las gestas heroicas, sino del pueblo que las compuso, de la tierra donde se cantaron; mis romances miran lo elemental humano, Castllla y el Libro Primero de Moisés, llamado Génesis.
El amor a la Naturaleza en mí supera infinitamente al del Arte... Algunas escenas revelan las muchas horas de mi vida gastadas -alguien dirá perdidas- en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo.
Amor a la naturaleza, contemplación, meditación interna sobre el hombre y su entorno: serán constantes en la poemática machadiana.
La muerte de Leonor abre otro de los capítulos temáticos de la poesía machadiana, meramente continuador de su otra reflexión: el tiempo. Ya está la muerte de compañera, llenando noches y días, espacios y tiempos mensurables. Ya es presente la realidad de Leonor, desaparecida, marcando así el paso de la juventud mística a la madurez atormentada por el recuerdo:
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
Cuenta sólo treinta y siete años, y ya cree no esperar nada de la vida, haber agotado su ciclo de posibilidades.
Una semana más tarde de la muerte de Leonor, Machado parte hacia Madrid, donde le esperaba su madre.
Baeza
El 1 de noviembre Antonio Machado toma posesión de la cátedra que restituía al poeta castellano orígenes andaluces. Las fuentes del Guadalquivir, la mayor parte de las ciudades sureñas, serán requeridas en su misantrópico peregrinar y reflexionar.
Baeza despierta el interés de Machado por la sociedad que le rodea. El poeta de Castilla, sin dejar de serlo, inicia el camino conducente al filósofo de los apócrifos, al ensayista preocupado, en profunda humanidad y agudo sentido popular. Por la España que revienta en crecida problemática ante sus ojos.
Lee tarde y remotamente que una sangrienta revolución del proletariado ha derrocado a los zares de Rusia, instaurando en el poder a los soviets. Conoce con más precisión detalles de las huelgas en España, y las Juntas Militares de Defensa creadas, a consecuencia de ellas. Se manifiesta, al fin, 1918, por la libertad de los presos políticos encarcelados en Cartagena.
En la segunda edición de Soledades, Galerías y otros poemas, Machado escribe:
Amo mucho más la edad que se avecina y a los poetas que han de surgir, cuando una tarea común apasione las almas. Cierto que la guerra no ha creado ideas nuevas -no pueden las ideas brotar de los puños- pero ¿quién duda de que el árbol humano comienza a renovarse por la raíz, y de que una nueva oleada camina hacia la luz, hacia la conciencia?
La guerra mundial ejemplifica las contradicciones a que el capitalismo, en su afán de dominar los mercados, llega. Y al tiempo, la traición de múltiples partidos socialdemócratas que envían a los obreros a la muerte para engrosar los beneficios del capital. Unamuno, que había publicado un año antes "Del sentimiento trágico de la vida", es destituido del rectorado de la Universidad de Salamanca.
Los campos de Baeza son mares de olivos devorantes de blancos cortijos y lomas achaparradas. Cuando en la noche regresa a su casa, le espera el amor, comprensión y sufrimiento compartido de su madre, compañía que sólo la muerte, y en el exilio, podrá un día cortar.
En 1913 escribe Machado a Unamuno una carta que refleja en breves líneas los contrastes de Andalucía, que definen una tierra sedienta de tierra:
Esta Baeza, que llaman Salamanca andaluza, tiene un Instituto, un Seminario, una Escuela de Arte, varios colegios de segunda enseñanza, y apenas sabe leer un 30 por 100 de la población. No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. Es la comarca más rica de Jaén y la ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta...
Una población rural, encanallada por la Iglesia y completamente huera. Por lo demás, el hombre del campo trabaja y sufre resignado o emigra en condiciones tan lamentables que equivalen al suicidio.
Nuevas canciones, de 1914, continúa la línea sentenciosa y filosófica donde cada vez destaca más la crítica social, sin que desaparezca la resonancia lírica.
En escribe en 1915 una poema y articulo en homenaje al maestro Francisco Giner de los Ríos, recién desaparecido. Obtiene en 1916 la licenciatura en Filosofía y Letras.
En 1917 se publicaron Páginas escogidas, y la primera edición de Poesías completas. De esa época queda una importante obra en prosa, de tipo filosófico, Los complementarios, publicada póstumamente, que constituye un conjunto de impresiones, reflexiones acerca de lo cotidiano.
Segovia
En Segovia había tomado posesión de la cátedra de lengua francesa el 1 de diciembre de 1919. El 29 del misma mes y año lo haría de la de literatura española, en la que permanecerá por espacio de diez años, desde 1922 será vicedirector del Instituto.
Su trayectoria en Segovia indica esta evolución de creciente compromiso con el pueblo, con las ideas y los actos capaces de dar al pueblo el marco histórico que en justicia le corresponde.
Progresivamente Machado pasa de la reflexión a la acción: en 1922 formará parte de la Organización de la Liga Provincial de los Derechos del hombre; en 1926 firmará el llamamiento de Alianza Republicana; el 14 de abril de 1931 participa en todos los actos públicos que se convocan en Segovia proclamando la República; en 1936 firma el manifiesto de la Unión Universal por la paz; al estallar la guerra se pone a disposición del Gobierno republicano y comienza un trabajo febril de colaboración con la prensa antifascista; en 1937 participa en el Congreso de Escritores Antifascistas...
El 19 de noviembre de 1919 Machado fundó en Segovia la Universidad Popular para proporcionar formación a los trabajadores que no tienen acceso a otros centros docentes.
Iniciose el primer curso el 2 de febrero de 1920. Las clases, de 7 a 9 de la noche, eran mixtas y totalmente gratuitas. Machado impartiría clases de francés y lecturas literarias. Además de las clases funcionaba una biblioteca amplia y muy actual, gracias sobre todo a las obras donadas por Machado, que escribió a todos sus amigos pidiéndoles libros, y regaló además 100 de sus volúmenes particulares. Igualmente organizó la Universidad Popular ciclos de conferencias, en las que participaron los intelectuales más importantes de la época.
Es el año en que Machado publica sus Nuevas Canciones. La poesía se va a transformar en prosa. Sus búsquedas serán impresas en Los Complementarios, y en los personajes apócrifos claves en su obra última: Abel Martin y Juan de Mairena.
Las Nuevas Canciones marcan un punto máximo en el camino reflexivo del poeta, cuya maestría comienza a ser reconocida. En 1923, jóvenes poetas, por solicitud y gestión de Mauricio Bacarisse -entre ellos Salinas, Ardavín, Chabas, Romero Flores y Tudela-, le visitan en Segovia ofreciéndole una comida de homenaje. En su honor, Machado les recita el poema Sanatorio del Alto Guadarrama, visión que dos veces por semana se le ofrece desde su tabla del vagón de tercera clase que recorre el trayecto Madrid-Segovia.
Machado está en plena madurez, época de reflexión alumbrada por una última esperanza amorosa. Es el final de un viaje pesado como un sueño, del que se tiene conciencia un día, cuando uno comprende que ya camina en sentido contrario al marcado por las manecillas del reloj y cada hora ha de ser aprovechada con absoluta entrega.
En su pensión segoviana el poeta soñará con su nueva amada: Guiomar. A ella, precisamente, escribirá la penetrante intimidad que producen estas horas de recogimiento:
Las noches de Segovia son portentosas por el brillo de las estrellas y por el silencio.
El personaje de Guiomar fue utilizado por el fascismo para tratar de desprestigiar la imagen de Machado, al esconder un amor secreto con una mujer casada. En 1950, al servicio del fascismo, Concha Espina trató de provocar confusión al publicar por primera vez, mutiladas, las cartas de Antonio Machado a su amor secreto:
Lleno de tí, diosa mía. Abrasado me tienes de un fuego del que tú eres inocente sin duda. En él quiero consumirme.
El poeta tuvo, al final ya de su vida, pensamientos, palabras, enloquecidas notas de una melodía. El poeta vuelve a amar, y esto es lo importante; sufre por amar, y esto, es igualmente importante. El amor siempre es puro, y más puro es aún si los besos se contagian en comunicación plena. La amada Guiomar es Pilar de Valderrama para quien aparecieron sus primeras canciones en 1929, en la Revista de Occidente. El nombre proviene de Guiomar de Meneses quien fuera la mujer de uno de los poetas más amados por Machado: Jorge Manrique.
Sólo la guerra les separa. Guiomar parte a Galicia, Portugal tal vez. Machado a Valencia. Muerte y amor fundidos, hermanados quizá de forma definitiva en uno de los más bellos sonetos del poeta:
De mar a mar, entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tu asomada, Guiomar, a un finisterre,miras hacia otra mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.La guerra dio si al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llamay la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.
Guiomar fue una poética, una comunicación imposible, una reposada cena, una conversación, algunos paseos, sueños solitarios conjugados con una imaginación que crea y recrea la luz y la sombra y traza en la realidad imágenes de razón y monstruos, dulces a diferencia de las goyescas, de verosimilitud inverosímil. Al fin y a la postre Machado reconoció la carga fantástica del amor en un poema memorable del Cancionero apócrifo:
Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más:
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.
Guiomar proporciona al poeta energías renovadas materializadas en bellos poemas legados a la posteridad:
Tu poeta
piensa en tí. La lejanía
es de limón y violeta,
verde el campo todavía.
Conmigo vienes, Guiomar;
nos sorbe la serranía.
De encinar en encinar
se va fatigando el día.
El tren devora y devora
día y riel. La retama
pasa en sombra; se desdora
el oro de Guadarrama.
Porque una diosa y su amante
huyen juntos, jadeante,
los sigue la luna llena.
El tren se esconde y resuena
dentro de un monte gigante.
Campos yermos, cielo alto.
Tras los montes de granito
y otros montes de basalto,
ya es la mar y el infinito.
Juntos vamos; libres somos.
Aunque el Dios, como en el cuento
fiero rey, cabalgue a lomos
del mejor corcel del viento,
aunque nos jure, violento,
su venganza,
aunque ensille el pensamiento,
libre amor, nadie lo alcanza.
En 1925 ha lanzado la segunda edición de sus páginas escogidas. Lleva tres años colaborando en el índice fundado por Juan Ramón. Se estrenan sucesivamente obras suyas de teatro escritas en colaboración con su hermano Manuel: en 927, Juan de Mañara, en el Reina Victoria; en 1928, Las Adelfas, por la triunfante Lola Membrives; en 1929, La Lola se va a los puertos, con la misma actriz; en 1931, La prima Fernanda; en 1932, la Duquesa de Benamejí, ahora Margarita Xirgu de protagonista. Y aún en 1941 se representará El hombre que murió en la guerra, terminada en 1936.
El 24 de marzo de 1927 ha sido elegido miembro de la Real Academia de la Lengua. Fue la Universidad Popular segoviana quien el 14 de diciembre de 1926 solicitó la designación de Machado como académico, al tiempo que le nombraba Director honorario de dicha institución. Ocuparía la vacante de Echegaray, y nunca leería, incluso terminaría de escribir, el discurso de ingreso a la misma, del que se conservan fragmentos, muchos de ellos más a nivel de anotación que de desarrollo unitario, publicados, sin embargo, recientemente.
Recibe un homenaje de la Institución Libre de Enseñanza, en compañía de su hermano. Preside la Organización provincial de la organización Al servicio de la República.
Los acontecimientos políticos se precipitan. El gobierno Berenguer aplasta la sublevación de Jaca y Cuatro Vientos, remedio a la vez cruel y fugaz, porque se ve débil, cercado, impotente para contener la marea republicana, que acaba imponiéndose:
La primavera ha venido
del brazo de un capitán.
Cantad niñas, en corro:
¡Viva Fermín Galán!
El rey huye y el pueblo sale alborozado a celebrar el anhelado nacimiento de un nuevo régimen del que esperan que cambie sus sacrificadas vidas. El poeta canta delicadamente la alegría del momento:
La primavera ha venido
y don Alfonso se va.
Muchos duques le acompañan
hasta cerca de la mar.
Las cigüeñas de las torres
quisieran verlo embarcar.
El 14 de abril de 1931 Machado está en Segovia. Las noticias llegan precipitadas. Suenan músicas y se cambian banderas en los Ayuntamientos de pueblos y ciudades. Las gentes se lanzan a la calle creando un día de fiesta. Machado se dirige a la Casa del Pueblo y de allí, en manifestación que engrosa con ciudadanos llegados de todas las esquinas de la ciudad. Machado preside el cortejo. La plaza se ha llenado de luz, de brillante sol. ábrense ventanas y balcones; vomitan las bocacalles hombres, mujeres, niños sobre ella. Sólo la catedral, a un flanco, queda desnuda, orgullosa en su momentánea soledad. Salen al balcón del Ayuntamiento, izan la bandera tricolor, dicen algunas palabras rituales, y en el kiosco situado en el centro de la misma, estalla la banda de música una improvisada Marsellesa.
La guerra
Es el fin de la estancia en Segovia. El cierre de una época. A fines de ese año, Machado marcha a Madrid, dando clases primeramente en el Instituto Calderón. Reside con su madre, con José y la familia de éste. Se han enriquecido las tertulias madrileñas y abundan en ellas escritores y poetas. Los cafés tienen rojos divanes, y profundizan la visión de las gentes, permiten el control de quienes de ellos entran y salen, a través de sus grandes espejos. Los cafés hablan de los nuevos tiempos, las dificultades impuestas por la derecha tradicional y la burguesía reacia a las tímidas reformas sociales decretadas por la República. También se discute acaloradamente en ellos de partidos políticos, personajes, violencias, odios de clase, nuevas culturas.
Machado escucha, observa, lee, apenas habla: ha envejecido, fuma constantemente. A veces la ceniza se escurre por los pligues de su chaleco. Su compromiso es ya total, no sólo con la República, no sólo con un régimen, sino con el pueblo, que va asumiendo las riendas en medio de la furiosa embestida de la reacción.
En 1933 aparece la tercera edición de sus Poesías Completas donde ya se incluyen las Canciones a Guiomar. Al siguiente año se publican las primeras prosas de Juan de Mairena en el Diario de Madrid. Se continuarán en El Sol. Trasladado al Instituto Lope de Vega, agudiza su compromiso ante una situación que se torna cada vez más amenazante y conflictiva. La lucha se avecina y será encarnizada. Ya en 1912 había escrito:
Trabajemos pacientemente nuestras armas. Pero al fin es preciso ir a la guerra.
Los fascistas desatan una guerra para barrer a la República y, con ella, al pueblo que la ha había encumbrado con tanta alegría. Cuando estalló la guerra Machado estaba en Madrid. La traición fascista no pudo impedir que publicara la cuarta edición de sus Poesías Completas, y que también aparezca su Juan de Mairena, anticipado en el Diario de Madrid y El Sol. Pero sobre todo, Machado crea, sigue escribiendo infatigable, ya con energía apenas contenida, en un momento en el que la meditación cedía su paso a la lucha y a las armas. La guerra le impulsó a escribir poemas para la resistencia antifascista, como ocurre en La guerra y obras en prosa sobre el mismo tema, como Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia, de 1937. Son múltiples los periódicos antifascistas que reclaman sus escritos. Sabe ahora que su opinión es imprescindible para la resistencia popular. Por eso escribe con rabia y pide la muerte de los fascistas, su ejecución por ahorcamiento, que es la única pena aplicable a todos los infidentes:
Que trepe a un pino en la alta cima,
y en él ahorcado, que su crimen vea,
y el horror de su crimen le redima.
Pero son los golpistas los que siembran el terror, y los poetas tampoco se libran de su furia asesina: en agosto de 1936 asesinan a Lorca. El 17 de octubre, en el periódico Ayuda, Antonio Machado publica El crimen fue en Granada en homenaje el gran poeta granadino:
Se le vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!
Tres pequeños poemas escritos bajo el impacto directo de la terrible noticia. Cuenta Machado sesenta y un años y, sin embargo, escribe más que nunca para contribuir con su pluma a la causa antifascista: Hora de España, La Vanguardia, Madrid, Cuadernos de la Casa de la Cultura... Ante la guerra, la posición adoptada por Machado no suscita dudas ni amgüedades de ninguna especie:
Es el pueblo quien defiende el espíritu de la cultura... Ante esta contienda, el intelectual no puede inhibirse. Su mundo está en peligro. Ha de combatir, ser miliciano. Una muestra espléndida de la militarización de los trabajadores del espíritu es ese Romancero de la guerra, nutrido por la emoción poética de una juventud que necesita vivir plenamente, y que ha levantado con coraje la bandera de la libertad vinculada al pueblo. Junto al pueblo ha de estar el intelectual. Una obligación inmediata e imperativa tiene todo intelectual: la de ser un miliciano más con destino cultural.
Es más, se lamenta que sólo pueda limitarse a escribir y no a empuñar un arma. Por eso le canta a Líster, el comandante comunista del V Regimiento:
Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría.
Tras el asesinato de Lorca, los antifascistas están preocupados por la suerte de Machado. En noviembre de 1936 le visitan en su casa León Felipe y Alberti. Igual que cualquier otra de aquellos días, estaba helada. Machado les escuchó concentrado y triste. No creía que había llegado el momento de abandonar la capital. ¿Escasez, crudeza del invierno que se avecinaba? Tan malos los había sufrido toda su vida en Soria y otras ciudades y pueblos de Castilla. Se resistía a marchar.
Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta con apremio. Se luchaba ya en en los arrabales de Madrid, en Cuatro Caminos, en la Ciudad Universitaria, en las calles. Después de insistirle, aceptó. Pero insinuando, rozado de pudor, con aquella dignidad y gravedad tan suya, que deseaba salir con sus hermanos Joaquín y José.
- No tiene usted ni que indicarlo. El V Regimiento lo lleva con toda su familia, le responden
- Pero es que mis hermanos tienen hijos...
- Muy bien, don Antonio...
- Nueve, entre los dos matrimonios- insistió Machado.
Aunque en Madrid operaba otro organismo, la Junta de Evacuación, que se ocupaba de los niños, fue el V Regimiento quien salvó a toda la familia Machado, llevándola a Valencia.
La última noche de Machado en Madrid transcurrió en el cuartel del V Regimiento, entre los milicianos. Se encontraba allí lo más alto de las ciencias, las letras y las artes españolas: investigadores, profesores, arquitectos, pintores, médicos... En aquel saloncillo del V Regimiento, en medio del silencio que dejaba de cuando en cuando el feroz duelo de la artillería, un hombre extraordinario, aún más viejo de lo que era y erguido hasta donde su vencimiento físico se lo permitía, con sencillas palabras de temblor, agradecía, en nombre de todos, a aquellos nobles soldados, que así apreciaban la vida de sus intelectuales, repitiendo razones de fe, de confianza en el pueblo de España.
Machado se despide de Madrid con un grandioso poema a su ejemplar batalla contra los fascistas:
¡Madrid! ¡Madrid! qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.
Aurora de Albornoz publicó en San Juan de Puerto Rico un libro conteniendo las poesías de guerra de Antonio Machado, censuradas en España hasta hace bien poco.
Es evacuado a Valencia, donde habita con toda su familia durante unos días en la Casa de la Cultura hasta trasladarse a Rocafort, a un chalet. Ha contraído una fuerte bronquitis, está enfermo pero reanuda inmediatamente su trabajo. Cuanta su hermano que se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo, rodeado da libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta primeras horas del amanecer en que abría el gran ventanal para ver la salida del sol o, en otras ocasiones, y a pesar de estar cada día menos ágil, subir a lo alto de la torre para verlo despertar, allí lejos, sobre el horizonte del mar. En estas largas noches invernales trabajaba, trabajaba sin cesar para atender el sin fin de peticiones que de todas partes le hacían. Trabajaba sin descanso en la Torre de Rocafort durante los quince meses aproximadamente que duró su estancia aquí.
Muchos de sus escritos se perdieron por la guerra. El 12 de septiembre de 1937 firma en Valencia uno titulado Voces de calidad dedicado a su amigo Juan Ramón Jiménez, también comprometido con la República:
Siempre pensé que Juan Ramón Jiménez, en España o fuera de España, allí donde se encontrase, estaría con nosotros, con los amantes del pueblo español, del lado de nuestra gloriosa República. Y deseaba -porque nunca faltan malsines que gustan de enturbiar la opinión sobre la conducta de los excelentes- que esta convicción mía ganase la conciencia de todos.
Rara es la revista que no cuenta unas palabras, una anotación, algún pequeño trabajo suyo, La Tierra de Alvargonzález, en edición popular alcanza a llenar los ratos de ocio de los milicianos que en los distintos frentes combatían en defensa de la República.
Destaca entre los escritos de este tiempo, el discurso pronunciado el 1 de mayo de 1937 a las Juventudes Socialistas Unificadas. Toda una declaración programática, sincera, apasionada del Machado auténtico, destacando su defensa del socialismo:
Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la recta que desciende de Hégel a Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por influjo, acaso, de una dedicación demasiado idealista, me falta simpatía por la idea central del marxismo; me resisto a creer que el factor económico, cuya enorme importancia no desconozco, es el más esencial de la vida humana y el gran motor de la historia. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos por todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicla; veo claramente que es esa la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir.
En julio se celebra en Valencia el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, en cuya sesión de clausura Machado pronuncia el discurso El poeta y el pueblo. Colaboran en el mismo escritores del alcance de Romain Rolland, Heinrich Mann, André Malraux, Rafael Alberti, Alejo Carpentier, Julián Benda, Tristán Tzara, Anna Seghers, Ilya Ehrenburg, Stephen Spender, John Dos Passos...
José Bergamín, ya en 1940 y en el prefacio a las obras del poeta, contará cómo una vez Antonio Machado habló, en una de sus escasas salidas, en la plaza Castelar de Valencia. Dice así el fundador de Cruz y Raya:
Yo he visto subir al poeta, un claro mediodía, a un tingladillo levantado en medio de la plaza más grande de Valencia. Le rodeaba una inmensa muchedumbre. Parecía que subía al cadalso. Mas no ahogaba su voz por eso contrario, habló desde allá arriba con tal fuerza que aquel deje tímido y altivo de su palabra le iba desnudando o, mejor digo, vistiéndola de sangre, por un pensamiento que expresaba los sentimientos en conmoción de todos los pueblos de España.
En 1937 Escasa-Calpe publica el libro La guerra, compuesto con los poemas: El crimen fue en Granada; Meditación del día; Al escultor Emiliano Barral, datado de 1922 pero con un comentario del 36, y los trabajos en prosa titulados: Los milicianos de 1936, Apuntes; Carta a David Vigodsky (embajador de la URSS) y Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas, Nuevos poemas, múltiples artículos, comentarios, cartas, datan igualmente de aquellos años. Algunos se perdieron, otros quedarían inéditos, muchos verían su publicación, primero fuera de España, al fin en nuestro país muchos años después.
Sus últimos diálogos estuvieron marcados por la brutalidad fascista, por su amor a una causa que estaba siendo vencida. Alberti le ve en Valencia, y comenta:
Su poesía y su persona ya habían sido tocadas de aquella ancha herida sin fin que habría de llevarle poco después hasta la muerte. La fe en su pueblo, aunque ya antes la hubo dicho, la escribía entonces a diario, volviendo nuevamente a adquirir su voz aquel latido tan profundo, de su época castellana, ahora más fuerte y dolorosa, pues el agua de su garganta borboteaba con una santa cólera envuelta en sangre. Mas, como siempre, a él, en apariencia, nada se le transparentaba. Estaba más contento, más tranquilo, al lado de su madre, de sus hermanos y aquellos sobrinillos de todas las edades, que lo querían y bajaban del brazo al jardín dándole así al poeta una tierna apariencia de abuelo. Desde los limoneros y jazmines -¡oh flor y árbol tan puros en su verso!- cercana, aunque invisible, la presencia del mar Mediterráneo, Machado veía contra el cielo cobalto las torres y azoteas de Valencia, bajo el constante moscardoneo de los aviones de guerra.
Escribe Desde el mirador de la guerra para La Vanguardia. No ignora ya que el fin se precipita, y que él no sobrevivirá para sufrirlo. La huida continua interminable, con el aliento de la muerte en la nuca. Va camino de Barcelona, a donde llega en enero de 1939, siempre en compañía de su madre. Papeles, campos, recuerdos, van quedando perdidos atrás. Los hombres, a miles, siguen muriendo: Guiomar ya no existe. También la literatura sufrió un tajo fuerte, como la vida. Se le apremia para que salga del país. Del brazo de su madre, sigue arrastrando sus huesos camino de la frontera, ligero de equipaje, casi desnudo.
El 27 de enero de 1939 se refugia en una masía cerca de Figueres. Barcelona ha caído. Con 40 fugitivos, se apretuja en el frío de una mísera y abandonada cocina. Entre los refugiados, el rector de la Universidad de Barcelona, el director del Observatorio Astronómico de Madrid, el de la Biblioteca Nacional, el Presidente del Instituto Catalán de Literatura, Corpus Barga... Llueve. Desgarros de bombas. Se alumbran con velas. A la noche siguiente, siempre bajo la lluvia, continúan su caminar. Tras ellos, muy cerca, la amenaza de los fascistas, la amenaza de la muerte. El poeta, casi inválido, triste, siempre sostenido por la mano de su madre, huye al exilio.
En su última carta a José Bergamín el 9 de febrero de 1939, describía así Machado el cruce de la frontera:
Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones empeorables (ni un solo céntimo francés). Y hoy me encuentro en Collioure, hotel Buognol-Quintana, y gracias a un pequeño auxilio oficial, con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la URSS, donde me encontrarán amplia y valorable acogida.
En la cima de su evolución política, el poeta que confiesa no haber alcanzado al marxismo, quiere viajar a la Unión Soviética, en donde se sabe querido y admirado. Su última poesía estará dedicada a los intelectuales de la Rusia soviética, país al que considera hermanado con España.
No narra el poeta su traslado hasta Collioure escondido en un vagón de mercancías. Cuando el 28 de enero de 1939 queda la familia instalada en el hotel, el poeta está ya al borde del final. Es la tragedia colectiva ante la que no queda esperanza inmediata. Ahora sólo aparece el fango, el hambre, el frío, las marchas enloquecidas por el terror. Indudablemente, de ser más joven Machado, tremenda habría sido la evolución de su pensamiento, nuevamente enfrentado a la realidad amarga y desnuda, adjetivos que apenas son significantes del proceso concienciador que en esos momentos traumáticos sufren los hombres. El poeta acompaña un día, única salida, a su hermano a la playa. Apenas podía andar. No tenía ganas de hablar. Sentado en una barca, observando las sencillas casas de pescadores que por siglos dieron sentido a un puñado de vidas humanas.
Cae la tarde del 22 de febrero, miércoles de ceniza. Allí siguen sus huesos, o lo que de ellos reste. En trozo de papel encontrado en uno de sus bolsillos por el fiel hermano, sus últimas palabras, tan poéticas y más en medio de aquella desolación masiva:
Estos días azules y este sol de la infancia...
La muerte llega en medio de la muerte el 23 de febrero. Precediendo solamente en tres días a su madre, consumida, extinguida al fin, una voz que se apaga definitivamente, que se corta absolutamente, una vela, un hilo languidecido tras el exclusivo servicio al hijo amado, alimentado desde que naciera a su cuidado y ternura.
En el entierro de nuestro poeta, seis milicianos evadidos de un campo de concentración portan el féretro sobre sus hombros.
Se acaba la historia de su vida y se inicia la de su obra, esta sí, inmortal, aunque inicialmente silenciada y manipulada dentro de España para arrancarnos de la memoria el legado de un hombre genial. Para destruirnos también a nosotros. Llega un tiempo falso y equívoco, roto por nuevas generaciones largo tiempo después.
Nosotros, sus herederos, reclamamos el legado íntegro de su vida, de sus meditaciones y de sus cantos para convertirlos en armas de un combate que no ha cesado aún.
Machado fue un hombre de su tiempo y se convirtió, por su lucha y por su obra, en un hombre de todos los tiempos. Esto fue, es, será siempre Machado, poeta grande y hombre bueno del pueblo.
El pueblo canta
Machado es uno de los máximos representantes de la cultura española de todos los tiempos. Su memoria histórica no está gastada por el paso de los años, hasta el punto de que es el poeta de su época que más se lee todavía.
Su obra y pensamiento recorren una trayectoria de progresiva concreción, desde unas inciiales posiciones escépticas, neutrales o humanistas, hacia otras mucho más avanzadas, militantes, socialistas, pasando por el núcleo esencial de su concepción de lo popular, tanto en la lírica, como en la política.
Esa evolución recorre el abismo que va desde el individualismo hasta la identificación, rotunda y contundente, con las masas. En su entrevista de 1934 reconocerá claramente que la clase proletaria reclama sus derechos a dirigir el mundo.
Machado se enfrenta decididamente a la extendida opinión que considera como inexrorable la pérdida de calidad de la cultura al divulgarla para acercarla a las masas, porque lo espiritual es lo reversible, lo que al propagarse ni se degrada ni se disipa, sino que se acrecienta. Esta es una reflexión que demuestra toda la grandeza de nuestro poeta, que no se limitó sólo a exponerla, sino que -puede decirse- demostró cumplidamente con su obra literaria en verso y en prosa: es posible una poesía y una prosa de extraordinaria calidad que, al mismo tiempo, sea asequible para las masas... Sólo es necesario topar con un literato genial, cabría añadir, y Machado demostró esa cualidad.
Desde el punto de vista poético Machado, reconoce que el pueblo no sólo debe ser el destinatario de la cultura, sino que es sobre todo la fuente creadora de esa misma cultura. Y dispone de un argumento muy importante: quien tiene que dirigir el mundo es la inteligencia y la cultura -afirma-, y ninguno de los dos pueden ser patrimonio de una casta.
Si hubiera que resumir su pensamiento en pocas palabras, resultaría obligado reconocer que, por encima de todo, Antonio Machado es un poeta del pueblo. La cultura es el elemento esencial del pueblo. Su obsesión fue aprender de su pueblo y escribir para él, para la liberación y el desarrollo intelectual de ese pueblo. En la poética de su apócrifo Juan de Mairena dirá:
Un pueblo es siempre una empresa cultural, un arco tendido hasta el mañana. El que este mañana nos sea desconocido no invalida la necesidad de un previo conocimiento para explicarnos todo lo demás. De modo que la verdadera historia de un pueblo no la encontraremos casi nunca en lo que de él se ha escrito. Un pueblo es una muchedumbre de hombres que temen, desean y esperan aproximadamente las mismas cosas. Sin conocer alguna de ellas, no hallaréis nada, en historias, que merezcan leerse [...]
Si vais para poetas, cuidad vuestro folklore. Porque la verdadera poesía la hace el pueblo. Entendámonos: la hace alguien que no sabemos quién es, o que, en último término, podemos ignorar quién sea, sin el menor detrimento de la poesía.
Pero tampoco tiene un concepto idealizado del pueblo, y reconoce la sordidez que puede llegar a albergar ese pueblo campesino castellano:
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea
esclava de los siete pecados capitales.
El poeta de Castilla no tiene una visión idílica de la meseta, y alude explícitamente a esa Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos, [que] desprecia cuanto ignora.
También es apreciable en Machado un creciente optimismo, que rompe con la dinámica de la generación del 98 y también con la general corriente de la época en toda la intelectualidad europea. En 1913, víspera de la guerra imperialista, escribe El maña efímero donde, después de dejar constancia de la perviviencia de una España de charanga y pandereta, una España inferior, que ora y que bosteza, descubre también otro país, otras gentes portadoras del futuro:
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España, implacable, redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora
España de la rabia y de la idea.
El poema es absolutamente contundente. No solamente expresa una total confianza en el futuro, sino que indica dónde está esa esperanza, que no es otra que la clase obrera, que quienes se dedican al trabajo manual. Y el estilo es tremendamente enérgico: habla de violencia, de un hacha vengadora y de la rabia acumulada que estallará. De la desilusión inicial y de las dudas, pasa a manifestar su esperanza, parafreaseándose a sí mismo reitera en carta versificada a Azorín de la misma fecha:
Oh, tu, Azorín, escucha: España quiere
surgir, brotar, toda una España empieza
¿Y ha de helarse en la España que se muere?
¿Ha de ahogarse en la España que bosteza?
Para salvar la nueva epifanía
hay que acudir, ya es hora,
con el hacha y el fuego al nuevo día.
Oye cantar los gallos de la aurora.
El poema es sintómático y rompe una cierta imagen de Machado como hombre propenso a la pasividad y a la mera reacreación ideal que, sin duda, está presente en versos como éstos:
Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tu: ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?
Ese es el primer Machado, el de las luces, el que todo lo fía a la razón, a la luz, a la observación. Pero hay otro Machado más maduro y avanzado que llama abiertamente a la acción, a la que habremos de acudir provistos de armas, preparados para el combate.
Cambia el lenguaje y en 1915 considera ya que no basta sólo con cambiar de gobierno: empieza a hablar de revolución, utilizando una metáfora brillante:
Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él... Si guía mal habrá que despedirlo. Porque dentro de su coche vamos todos. Mas ¿qué haremos con un cochero loco, borracho, que nos lleva a galope y alegremente al precipicio? Habrá que arrojarlo a la cuneta del camino, después de arrancarle por la fuerza la rienda de las manos. Revolución se llama a esta fulminante jubilación de cocheros borrachos. Palabra demasiasdo fuerte. No tan fuerte, sin embargo, como romperse el bautismo.
Esto no tendría ninguna relevancia en un tiempo en el que hasta el reaccionario Maura hablaba de revolución desde arriba. La revolución hay que promoverla, como preconizaba el poeta, no desde arriba, ni desde abajo, sino desde todas partes (carta a Unamuno de 16 de enero de 1915), pero especialmente desde abajo (entre otros textos, en Ahora, 3 de octubre de 1936).
Todos los escritos de Machado tienen una gran carga filosófica, de meditación sobre las cuestiones cardinales que han acaparado las reflexiones de todos los tiempos. Antonio Machado es un hombre influido por sus estudios en la Instución Libre de Enseñanza, fase completada por su asistencia en París a los cursos de Bergson y sus prolongadas lecturas, sobre todo en el destierro de Baeza.
Pero, una vez más, esa filosofía está impregnada de una minuciosa recopilación de sabiduría popular, expresada en refranes, proverbios y decires. En contraste con tantos de su época, está siembre presente el rechazo de Machado a las élites, a la aristocracia. Hay en él una reflexión básica que expresa en La tierra de Alvargonzález:
Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.
En sus Proverbios y cantares se aprecia una forma lírica, antes desconocida: el aforismo filosófico, la mezcla de poesía y filosofía:
La verdad es lo que es
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.
Consecuencia de esa admiración por lo popular es su progresivo abandono de las formas modernistas y su adhesión a las formas sencillas y directas, depojadas de metáforas y de barroquismos o, como diría Juan de Mairena, la prevalencia del sustantivo sobre el adjetivo. El de Machado es un estilo impresionista de trazos minúsculos. Por eso confiesa su amor por el romance, de origen popular, en el que encuentra la suprema expresión de la poesía.
Pero ese estilo tampoco es originario, sino consecuencia de una evolución y una creciente querencia por los viejos cancioneros populares, que comienza a advertirse a partir de 1916 en su poema A la orilla del Duero. Y la forma cambia tanto como el contenido, porque en sus versos comienzan a aparecer también los temas -y sobre todo los personajes- tradicionales del romancero: los molineros, los leñadores, los pastores... Es el pueblo. Machado escribe sobre el pueblo, porque mis romances, escribirá el poeta, no nacen de las grandes gestas, sino del pueblo que los compuso.

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